Del periódico a la red: breve acercamiento al webcómic

Símbolo por excelencia de la cultura de masas, el cómic goza de la simpatía de millones de lectores alrededor del mundo, pero también de un profundo desprecio en los círculos literarios y en los mentideros de la «alta cultura». En este ensayo, Kim Navarro explora los significados y matices del cómic como producto cultural, así como los rumbos que las nuevas tecnologías obligan a tomar a este género de la narrativa.

Símbolo por excelencia de la cultura de masas, el cómic goza de la simpatía de millones de lectores alrededor del mundo, pero también de un profundo desprecio en los círculos literarios y en los mentideros de la «alta cultura». En este ensayo, Kim Navarro explora los significados y matices del cómic como producto cultural, así como los rumbos que las nuevas tecnologías obligan a tomar a este género de la narrativa.

 

Kin Navarro Reza

 

I. Cuadritos, monitos

¿Se puede hablar actualmente de la historieta o del cómic como un arte? A pesar del interés de algunos críticos en distintos países, de la producción de novelas gráficas y series galardonadas por instituciones[1] y jurados ajenos al medio, de lo único que se puede estar seguro es de que no hay acuerdo.

En una época donde las fronteras del concepto «arte» son cada vez menos claras resulta sospechoso el brío por lograr el reconocimiento institucional de la historieta dentro de un enfoque académico. Sobran ejemplos de la gran calidad artística de este medio: The Sandman de Neil Gaiman, El eternauta de Germán Oesterheld o Cinema Panopticum de Thomas Ott, por citar algunos. El propio enfoque académico ha condenado al cómic a ser un producto para masas con todo lo que ello implica. Precisamente Román Gubern, uno de los grandes entusiastas del medio nos dice que:

la existencia actual de la cultura popular o cultura de masas, como distinta de la cultura highbrow (de élite) no es más que una de las muchas consecuencias de la estratificación social, de la diversidad de los niveles educacionales y de la división del trabajo.[2]

Dividir la cultura en «cultura de masas» y «alta cultura» implica pensar en una más válida que la otra dejando fuera toda clase de experimentación artística que no quepa dentro del concepto de «artísticamente aceptable». Creo que el arte lo es mientras utilice o trascienda sus posibilidades técnicas y agregue a la experiencia de «lectura» un diálogo con el espectador o participante que redimensione su estar en el mundo.

En el caso del cómic, si bien existen estudios desde diversos enfoques, éstos difícilmente serán de otro carácter que no sea antropológico, sociológico o semiótico, dejando fuera toda posibilidad de un análisis estético o pictoliterario profundo ya que no existe un interés profundo en estos temas.

II. ¿Cómics? ¡Ay, fuchi!

El aparente desinterés por analizar este medio desde los puntos de vista artísticos encuentra raíz en prejuicios que sobreviven hasta ahora:

a)      «Las historietitas sólo son para niños o para sociópatas obsesionados con los superhéroes».

Por un lado, es cierto que, desde su surgimiento, esta industria buscó captar la atención del público infantil ciñéndose a códigos de censura estrictos, pero siempre han existido autores en el medio cuyas obras se alejan radicalmente de lo que se considera «literatura infantil y juvenil». Por otro lado, los superhéroes son la cara popular de este fenómeno y en modo alguno constituyen un pilar irremplazable o su único tema. Sus posibilidades narrativas son infinitas y comparten la multiplicidad temática con otras artes, basta leer From hell de Alan Moore o  Bordados de Marjane Satrapi. La primera es la reconstrucción psicológica de Jack, el Destripador, desde distintas perspectivas; la otra, una exposición puntillosa del machismo en Irán y las prácticas de resistencia femenina comunes entre las mujeres de aquel país.

b)      «Las historietitas son un tentáculo más del imperialismo ideológico gringo».

Desde su éxito en la prensa, la exportación de historietas americanas en occidente ha afectado la percepción que se tiene del medio. Ni todos los cómics son americanos ni todo cómic americano refleja o defiende el American Way of Life.

c)      «Su contenido nunca tiene alcances o méritos artísticos».

Esta afirmación resulta sumamente subjetiva, ¿podemos comprobar objetivamente el valor artístico de una obra? Para responder a esto, Daniel Clowes, famoso novelista gráfico nos dice:

Son los cómics una forma de expresión válida? […] mientras que la prosa tiende hacia la «interioridad» cobra vida en la mente del lector y el cine gravita hacia la «exterioridad» del espectáculo experiencial, quizá los «cómics», al abarcar tanto la palabra escrita como la fisicidad de la imagen, reproducen con mayor rigurosidad la verdadera naturaleza de la conciencia humana y la lucha entre la autodefinición privada y la «realidad» corpórea.[3]

De tal suerte que este tipo de prejuicios aleja al público e incluso impide su acercamiento por considerar al cómic en sus distintas presentaciones como un producto de consumo infantil, ideológicamente dirigido y sin mérito artístico comparable al contenido televisivo más insulso o idiota.

III. Evolución, distribución, extinción

La historia comenzó con caricaturas publicadas en los periódicos que poco a poco fueron mezclándose con los textos. Después, sus formas fueron delimitándose hasta lograr cierta homogeneidad. Umberto Eco, en su análisis del medio, concluye que el cómic es:

un «género literario» autónomo, dotado de elementos estructurales propios de una técnica comunicativa original, fundada en la existencia de un código compartido por los lectores y al cual el autor se remite para articular, según leyes formativas inéditas, un mensaje que se dirige simultáneamente a la inteligencia, la imaginación y el gusto de los propios lectores.[4]

Una vez logrado el consenso entre lector y autor de dichos códigos, la historieta se configuró como la conocemos actualmente: una serie de viñetas que combinan texto con dibujo para formar una secuencia narrativa, en algunos casos se presenta una historia larga dividida por capítulos con uno o varios protagonistas (Dick Tracy); en otros, el autor dispone de un abanico amplio de personajes recurrentes, cuya caracterización es familiar al lector, que conviven en gags o pequeñas historias autoconclusivas (Mafalda).

La prensa internacional adoptó entre sus páginas diversos títulos americanos, generalmente de corte humorístico o de aventuras. Éstos podían ser publicados a diario o tan sólo los domingos en algún suplemento y su extensión iba de las tres o cuatro viñetas a una página completa, a esto se le conoce como tira cómica. Al pensar en el webcómic me remito principalmente a este formato.

Desde su auge en los años veinte hasta los años sesenta aproximadamente, los autores estaban organizados mediante los Syndicates que fungían como intermediarios entre los periódicos y creadores. «En la época anterior a los Syndicates, autor y periódico se disputaban la orientación ideológica de los cómics[, éstos] se elabora[ban] sobre la máxima de respeto absoluto al American Way of Life, pero también se presentaban idearios diferentes según el Syndicate propietario»[5]

Esto aunado a la cacería de brujas McCarthyana en los años cincuenta, que explica en gran medida el tardo surgimiento de contenido ideológico y temáticamente contrario al imperio, lo que no implica que no existiese. La producción pictoliteraria de cada país debe analizarse por separado pues varía ampliamente entre uno y otro.

En México, la producción de historietas, dentro y fuera de los periódicos, fue más que abundante y diversa: Memín Pinguín, Lágrimas y Risas, Chanoc, Kalimán, Hermelinda Linda, Aventuras de Capulina, La familia Burrón, Los supermachos, etcétera.

La industria del cómic en México fue de las más fructíferas; para el año 1937 había dos millones de lectores diarios. Los tirajes se contaban en miles (difícilmente vemos una publicación con tirajes amplios hoy). «En 1977 se editaban 70 millones de historietas y fotonovelas en nuestro país. Más de una por habitante, según el censo de población y vivienda»[6]

En la actualidad, con la desaparición o absorción de la mayoría de las antiguas editoriales, se publican pocos y la gran mayoría son importados. Lo mismo sucede con las tiras cómicas en los periódicos: han perdido espacio. Hay pocas o nulas oportunidades de publicar en un medio impreso para un dibujante o guionista de cómics que apenas comienza. El medio de cómics impresos en México es casi inexistente.

IV. Si Mahoma no va a la montaña…

Es innegable que la tecnología se introdujo a nuestras vidas de un modo aparentemente irreversible, que su complejidad y constante cambio afectan casi todas las áreas de nuestra vida. Este ritmo tecnológico ha abierto un vastísimo campo para el intercambio inmediato de información (independientemente de que ésta sea útil, estable o deseable).

La web, la gran plataforma de este flujo informativo, ha abierto posibilidades antes inconcebibles en diversas áreas. No obstante, esto ha afectado a la industria editorial. Ahora los escritores (amateurs, profesionales, académicos o contraculturales) pueden prescindir del editor para dar a conocer y «publicar» su obra. La llamada blogósfera sustenta en gran parte la oferta en esta área.

No sólo los escritores han sabido aprovecharse de esto, los llamados moneros, dibujantes, caricaturistas e historietistas han emigrado su trabajo del papel a la red aprovechando esta enorme plataforma y dando paso al webcómic. Los autores se convierten en sus propios editores; han ganado terreno en cuanto a libertad creativa, han esquivado cualquier tipo de censura. Las posibilidades, en este aspectom se antojan infinitas: las restricciones religiosas, políticas, idiosincráticas y un largo etcétera se dejan a criterio del autor, pero ¿hasta qué punto están interesados en desarrollar o atacar dichos temas? La respuesta sólo la dará el tiempo.

Hay diversas formas de comercializar este trabajo dejando ganancias para su autor, pero es un hecho que la gran mayoría de creadores de webcómic subsiste gracias a otra actividad. Más allá de los problemas de índole económica que acarrea este tipo de publicación, las herramientas de la web abren posibilidades estéticas al creador.

A diferencia de la publicación impresa, al colgar su trabajo en la web siempre se tiene la posibilidad de modificarlo a conveniencia, es decir, el autor tiene pleno control sobre su obra. También el colgar links de webcómics temática o ideológicamente similares permite al autor construir una red de obras que suelen alimentarse entre sí.

Dentro de la tira, puede añadir elementos que enriquezcan o modifiquen la experiencia de lectura: agregar un hipervínculo al dibujo o una imagen con formato .gif (las imágenes que realizan un movimiento repetitivo). Los estilos a realizar con las herramientas de un software cada vez más complejo son inagotables.

Pero en donde radica la gran diferencia de la tira cómica impresa al webcómic es en el lector. Éste tiene acceso inmediato a todo el trabajo publicado por el autor en el momento que lo desee. Es la posibilidad de integrar a nuevos lectores sin las restricciones de la publicación periódica en papel que excluye si éste no ha seguido previamente la construcción de los personajes (en el caso de los gags) o la ilación de la historia (en el caso de las narraciones).

También configura (y esto incluye al blog) un nuevo tipo de lector. Uno que puede elegir entre la pasividad de la mera lectura o el diálogo. La posibilidad de dejar comentarios debajo de cada post es un canal directo de comunicación con el autor. El lector comparte sus impresiones sobre la tira con éste y el resto del quórum. Dado el carácter periódico de la historia, el autor puede tomar en cuenta las reacciones de los lectores para modificar su obra en el transcurso de la creación misma. El lector tiene la posibilidad de abandonar su característico papel pasivo con respecto a la obra y participa interactuando con el autor.

A pesar de la inmediatez de toda clase de webcómics, el auge real del género sólo podrá darse si no se superan los prejuicios que se mantienen alrededor del fenómeno.

Podemos señalar entonces al webcómic como un género cuyo contexto de publicación posibilita edificar una forma distinta de relación con el lector acercándonos a lo que podría llegar a ser una vasta y compleja forma de relacionarse con lo literario en un ambiente cibersocial. Así, el webcómic es característicamente posmoderno por estar nutrido necesariamente de los cambios tecnológicos en desarrollo.

[*] Esta ponencia fue leída originalmente el Coloquio Literatura y Posmodernidad, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 25 y 26 de octubre de 2010. Agradecemos a Drusila Torres el trabajo de edición.

______________

Kin Navarro Reza (1988) autor de artículos para la revista Bicaa’lu, ex editor de la extinta revista Síncope. Estudia actualmente la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

NOTAS

[1] En realidad no creo que arte alguno requiera un respaldo institucional para serlo, al contrario, basta que se produzca y dialogue con alguna parte de una determinada sociedad en cierto momento para lograr cumplir su función artística.

[2] Gubern, Román.  Mensajes icónicos en la cultura de masas, p. 259.

[3] Clowes, Daniel. Ice Heaven, p. 4, viñetas 5 y 6.

[4]Eco, Humberto. Apocalípticos e integrados, p. 160.

[5]Coma, Javier. Los comics. Una arte del siglo XX, p. 8

[6] Gantus, Luis. «Del paquín al webcómic». Centro cultural España, sala cuatro. Reproduce esta cita de V.A. Mitos y monitos, México, Nueva imagen, 1979.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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