De la cancha a la favela: un abismo entre Brasiles

Fuera de sus fronteras, el gobierno de Brasil utiliza la Copa del Mundo como símbolo de su ascenso triunfal entre las naciones; al interior, promete que será un remedio a la pobreza y el desempleo que azotan a los brasileños. El fracaso en este último punto evidencia la falsedad del símbolo. Franco Bavoni y José Luis Rodríguez revelan el abismo que separa aquel carnaval idealizado que se esperaría de un país tan futbolero, del repudio real que mueve a amplios sectores de la sociedad brasileña en contra de una fiesta donde no hay nada que celebrar.

Favelas

Fuera de sus fronteras, el gobierno de Brasil utiliza la Copa del Mundo como símbolo de su ascenso triunfal entre las naciones; al interior, promete que será un remedio a la pobreza y el desempleo que azotan a los brasileños. El fracaso en este último punto evidencia la falsedad del símbolo. Franco Bavoni y José Luis Rodríguez revelan el abismo que separa aquel carnaval idealizado que se esperaría de un país tan futbolero, del repudio real que mueve a amplios sectores de la sociedad brasileña en contra de una fiesta donde no hay nada que celebrar.

 

La primavera prometida no llegó

La vida vale más que un gol

Y las mejoras, ¿dónde están?

Edu Krieger, «Desculpe, Neymar»

 

 

 

Franco Bavoni Escobedo y José Luis Rodríguez Aquino

 

 

En octubre de 2007, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) anunció a Brasil como sede de la Copa del Mundo 2014. Miles de personas celebraron en todo el país. En Río de Janeiro, alpinistas colgaron un uniforme brasileño gigante en el Pan de Azúcar, el famoso peñasco desde el cual se puede admirar la ciudad. En la playera se podía leer: «La Copa del Mundo 2014 es nuestra». Otro grupo de aficionados desplegó una manta con la misma frase a los pies de la imponente estatua de Cristo Redentor. En otras ciudades hubo fuegos artificiales y se festejó durante toda la noche.[i] Seis años después se llevó a cabo la Copa Confederaciones Brasil 2013. Con la emoción que había suscitado el anuncio de la Copa del Mundo años atrás, todo mundo esperaba un ambiente espléndido. No fue así. En varias ciudades brasileñas estallaron protestas masivas que marcaron el torneo. Con frases como «FIFA go home» o «No va a haber copa», las pancartas mostraban el descontento de la gente. ¿Cómo se explica este cambio de actitud?

En este ensayo sugerimos que la Copa del Mundo de Brasil se puede ver como una fiesta, un «carnaval futbolístico». En este sentido, el rechazo de muchos brasileños al mundial se explica por tres razones principales. En primer lugar, un anfitrión no busca enriquecerse, sino pasar un buen rato; no obstante, los organizadores prometieron que todo mundo se beneficiaría del torneo, algo que evidentemente no ha sucedido. En segundo lugar, a pesar de que se trata de un carnaval brasileño, no habrá samba: mediante la imposición de regulaciones, la FIFA determina el son de la música y excluye a todos aquellos que no sepan bailar a su ritmo. Por último, la fiesta es excesivamente costosa; los organizadores ofrecerán caviar y champán cuando podrían invertir ese dinero en mejorar la calidad de vida de la sociedad brasileña. En cada una de las secciones que siguen explicamos estos tres puntos con mayor detalle.

 

El carnaval mundialista

«Ke nako» (es hora), decía el eslogan del mundial Sudáfrica 2010; «Waka Waka, this time for Africa»,cantaba Shakira en la canción oficial del torneo. Se estaba anunciando al resto del mundo que el momento de África finalmente había llegado. A pesar de todos sus problemas ‒el apartheid, la pobreza, el sida‒, los sudafricanos habían trabajado duro y ahora estaban listos para organizar un evento de la magnitud de la Copa del Mundo. Mientras se llevaba a cabo el torneo y Javier el Chicharito Hernández hacía de las suyas en el partido de México contra Francia, algunos brasileños ya pensaban en su mundial, su fiesta. El panorama de Brasil era incluso más prometedor que el de Sudáfrica. Durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), más de cuarenta millones de brasileños se incorporaron a la clase media, cayó el número de indigentes y la desigualdad de ingreso se redujo considerablemente.[ii] Los prejuicios contra el país sudamericano empezaron a desvanecerse: Brasil era el país del futuro.

Si la situación ya era tan favorable, ¿para qué gastar miles de millones de dólares en el mundial de 2014 y en las olimpiadas de 2016? En su ensayo «Todos santos, Día de Muertos», Octavio Paz explica:

Algunos sociólogos franceses consideran a la fiesta como un gasto ritual. Gracias al derroche, la colectividad se pone al abrigo de la envidia celeste y humana […] El exceso en el gastar y el desprecio de energías afirman la opulencia de la colectividad. Ese lujo es una prueba de salud, una exhibición de abundancia y poder. O una trampa mágica. Porque con el derroche se espera atraer, por contagio, a la verdadera abundancia. Dinero llama dinero […] En suma, la función de la fiesta es más utilitaria de lo que se piensa; el desperdicio atrae o suscita la abundancia y es una inversión como cualquier otra.[iii]

Como en ediciones anteriores del mundial o las olimpiadas, los organizadores prometieron al pueblo brasileño toda clase de beneficios. Ney Campello, secretario de la Copa del Mundo en el estado de Bahía, hizo una presentación en el Barrio de la Paz, una favela que se ubica en las afueras de la ciudad de Salvador. En su intervención, Campello habló de los miles de empleos que se crearían mediante la demanda de servicios y la construcción de infraestructura nueva; dijo que las personas podrían participar como voluntarios; aseguró que se montarían toldos con pantallas gigantes para poder ver absolutamente todos los partidos; y, como parte del programa Olá, Turista!, invitó a los presentes a tomar clases de inglés sin costo alguno.[iv]

Y había más. En 2007, cuando la FIFA anunció a Brasil como sede del torneo, los organizadores afirmaron que una infraestructura renovada no sería el único legado del mundial. En el corto plazo, la población local podría gozar de la derrama económica que dejaría la visita de miles de aficionados y, en el largo plazo, las inversiones atraerían al turismo y la inversión extranjera, ya que el país se presentaría ante el mundo como un lugar moderno y dinámico, con gran riqueza cultural y natural.[v] Como dice Andrew Zimbalist, los eventos deportivos también pueden traer beneficios intangibles, difíciles de cuantificar. Durante el torneo, los habitantes del país anfitrión suelen sentir un orgullo nacional muy intenso. Además, la planeación y el trabajo que se requieren para organizar el evento dan lugar a un sentimiento colectivo de éxito y satisfacción.[vi] En el mundial de Alemania 2006, por ejemplo, la bandera alemana apareció por todas partes: casas, tiendas y automóviles lucían los colores nacionales. Hasta ese momento, el fantasma del nazismo había hecho de cualquier expresión nacionalista un tabú. La Copa del Mundo permitió que, por primera vez en mucho tiempo, millones de alemanes expresaran abiertamente su identidad nacional.[vii]

A todos estos beneficios hay que agregar que Brasil es una de las capitales mundiales del balompié. Conocidos por su música, sus bellas ciudades y su buen humor, los brasileños viven la fiesta futbolística con una pasión casi inigualable. Con un atractivo estilo de juego, la seleção brasileira es la única que ha participado en todos los mundiales, ha ganado el torneo en cinco ocasiones ‒algo que ningún otro equipo ha logrado‒ y constantemente tiene en sus filas jugadores excepcionales, como Pelé, Romario o Ronaldo.[viii] Después de pasar varias temporadas en Brasil, la socióloga estadounidense Janet Lever plasmó en el título de su libro lo que representa el balompié para sus aficionados: La locura por el futbol.

Con estos antecedentes, organizar la Copa del Mundo parecía ser una oportunidad magnífica. El pueblo brasileño recibiría innumerables beneficios ‒desde el desarrollo de infraestructura hasta la creación de miles de empleos‒ y, al mismo tiempo, podría presenciar los partidos en sus ciudades y estadios. El mundo entero, con la mirada puesta en Brasil, presenciaría un auténtico carnaval futbolístico. No obstante, aunque el país anfitrión busca presentarse ante el resto del mundo con una cara renovada y vigorosa para promover el turismo y la inversión extranjera, la atención mediática que conlleva el mundial es un arma de doble filo. Los grandes eventos deportivos permiten que los gobiernos presuman su buen desempeño, pero también son una plataforma para que otros actores levanten la voz y envíen un mensaje de disconformidad.

 

Una fiesta excepcional

En el partido inaugural de la Copa Confederaciones 2013 ‒que se considera el preludio del mundial‒, Dilma Rousseff y Joseph Blatter, presidentes de Brasil y de la FIFA respectivamente, recibieron un abucheo que difícilmente podrán olvidar. Algo no estaba saliendo bien en el carnaval futbolístico. En parte, la molestia del público puede atribuirse a la naturaleza excepcional de la fiesta. Como dice Paz, a ésta

[l]a rigen reglas especiales, privativas, que la aíslan y hacen un día de excepción. Y con ellas se introduce una lógica, una moral y hasta una economía que frecuentemente contradicen a las de todos los días […] El espacio cambia de aspecto, se desliga del resto de la tierra, se engalana y convierte en un sitio de fiesta.[ix]

Éste es el caso del mundial. Para que el evento fuera un éxito, la FIFA y el gobierno brasileño se empeñaron en embellecer las ciudades, en «limpiar» el país a toda costa, sin importar el precio, sin importar que en el proceso se violaran reglamentos, derechos y costumbres.

En ediciones anteriores de la Copa del Mundo y de las olimpiadas, los países anfitriones han tenido que lidiar con numerosos problemas. Uno de ellos tiene que ver con la construcción de recintos deportivos. Antes de los Juegos Olímpicos de 1968, por ejemplo, los medios internacionales dudaban que México, «el país de la siesta», pudiera estar listo a tiempo. Debido al retraso de obras como el Velódromo y la Alberca olímpica, cuya construcción no había iniciado a dieciocho meses de la inauguración, el periódico neozelandés The Auckland Star tituló a una nota «La olimpiada de México, sentenciada al fracaso».[x] Algo parecido sucedió en Brasil. A un par de meses del mundial, los estadios de São Paulo y Curitiba aún no estaban listos. También se retrasaron los trabajos en el sistema de transporte necesario para trasladar a deportistas y aficionados entre las doce ciudades sede, ubicadas en lugares tan distantes como Manaos, en el corazón del Amazonas, Recife, en la playa, o Cuiabá, en el «cerrado» brasileño. Sin embargo, el descontento de la gente no se debe al incumplimiento de los tiempos de construcción, sino que tiene raíces más profundas.

El presupuesto que Brasil designará al mundial y a los Juegos Olímpicos asciende aproximadamente a treinta y cinco mil millones de dólares, catorce de los cuales serán sólo para el mundial (poco menos que el presupuesto para educación en 2013).[xi] No obstante, esta inversión faraónica poco servirá a la economía brasileña. El gobierno planeaba compartir los costos de construcción con la iniciativa privada, pero como ésta no llegó en las cantidades esperadas, los ciudadanos brasileños pagan los proyectos con sus impuestos. Además, se teme que después del torneo los estadios se conviertan en «elefantes blancos». El Estadio Nacional de Brasilia, por ejemplo, tiene capacidad para setenta mil personas. El equipo local, Brasilia FC, juega en la liga estatal (una división baja) y, en promedio, asisten solamente mil aficionados a sus partidos.[xii] Con cinismo, el escritor Simon Kuper sugiere que Brasilia, Manaos, Cuiabá y Natal demuelan sus estadios para ahorrarse los costos de mantenimiento.

A esto hay que agregar, por una parte, las deplorables condiciones de trabajo en que han tenido que laborar los obreros brasileños: hasta ahora, ocho trabajadores han perdido la vida en accidentes. Por otra parte, en su afán por promover la imagen glamurosa del país, las autoridades han hecho una «lista de invitados» de la que excluyeron a los «indeseados»: vendedores, afrobrasileños, pobres… todos aquellos que afearían la foto del carnaval mundialista.[xiii] En un proceso sin transparencia, a menudo violento, sin consulta ni aviso previo, el gobierno ha desalojado favelas completas para «limpiar» las ciudades y construir caminos o estadios. Este proceso se ha llevado a cabo sin compensación para los habitantes, quienes no tienen títulos de propiedad ni forma alguna de oponerse o reclamar.[xiv] Además, desde 2007 el gobierno ha dado a los municipios sede ciertas prerrogativas de las que no gozan los demás municipios, como endeudarse por grandes cantidades y acelerar permisos ambientales y de construcción.[xv]

Para beneficiar a patrocinadores como McDonald’s y Coca-Cola, la FIFA también obliga al país anfitrión a establecer ciertas «zonas exclusivas», en las cuales la Federación controla la circulación e impide la publicidad y venta de productos no autorizados en un perímetro de dos kilómetros. Varias asociaciones brasileñas se han opuesto a que se prohíba la venta de comida tradicional brasileña en la calle, pues ello sería un atentado contra las costumbres locales al asistir a un estadio.[xvi] Aunado a esto, la FIFA decide qué empresas de seguridad mantendrán el orden en el estadio, a pesar de que el gobierno debe cubrir el costo.

En lugar de beneficiarse de los eventos, la mayoría de los brasileños tendrá que pagar un precio alto para que se puedan llevar a cabo. El mundial se ha convertido en una serie de transferencias financieras: «del brasileño que paga impuestos a los aficionados del futbol en el resto del mundo; de los contribuyentes a los equipos» que sacarán provecho de los estadios en el futuro.[xvii] Con este panorama en mente, no sorprende que muchos brasileños se opongan a que su gobierno gaste cantidades exorbitantes de dinero en eventos deportivos. Ahora bien, estas inquietudes sólo explican en parte el abucheo que recibieron Rousseff y Blatter durante la Copa Confederaciones. Además de los problemas directamente relacionados al mundial, las condiciones políticas y socioeconómicas de Brasil son fundamentales para explicar el descontento.

 

Cacofonías en la samba

Los malos presagios del mundial se insertan en un contexto de insatisfacción de una parte de la sociedad brasileña con su gobierno. La administración de Rousseff ha promovido cambios en programas sociales que benefician a los sectores más pobres de Brasil, como el programa de transferencia condicionada Bolsa Família. Sin embargo, estas políticas sólo favorecen a determinados grupos y no a la población en general.[xviii] A esto se suma la desaceleración del crecimiento económico brasileño.[xix] Incluso los créditos y los aumentos en el salario mínimo, políticas que permitieron el crecimiento de la clase media antes de la crisis, ahora se enfrentan a las realidades fiscales y al fantasma de la inflación.[xx] En estas difíciles circunstancias económicas, el mundial ha exacerbado, directa e indirectamente, varios problemas delicados para los brasileños, como la corrupción.[xxi] Sin embargo, las consecuencias sociales de las medidas que ha impuesto el organismo rector del futbol son aún más preocupantes.

En enero de 2013, una serie de protestas estalló en la ciudad de São Paulo debido a un aumento en el precio del transporte público. Poco después, los manifestantes aumentaron en número, las protestas se expandieron por todo el país y las causas se diversificaron.[xxii] Las protestas llegaron a su clímax en junio, justo durante la Copa Confederaciones. El torneo catalizó las manifestaciones y les dio cobertura internacional. Rafael Lima, activista del Barrio de la Paz, expresó el sentir de buena parte de la población brasileña: «Queremos trabajos, educación, títulos de propiedad y seguros médicos», no mega eventos.[xxiii]

El ex presidente Lula explica las protestas como producto del «éxito social, económico y político» del país. Los jóvenes de la clase media demandan una mejoría en la calidad de los servicios, mayor transparencia institucional y un mejor sistema político.[xxiv] Los manifestantes no sólo buscan tarifas más bajas o mayor seguridad, también quieren mejores oportunidades para su generación. Para el ex presidente, estas manifestaciones reflejan la movilidad social ascendente y un «despertar» de la juventud brasileña, pues «incluso aquellos que odian la política empiezan a participar en ella».[xxv]

Sin embargo, varios factores limitaron el alcance de las manifestaciones. Para mediados de julio de 2013, el ímpetu de las protestas se esfumó. A pesar de su gran capacidad de convocatoria, los manifestantes eran un grupo heterogéneo, sus demandas eran diversas, no lograron establecer coaliciones con otros grupos sociales y no representaban a toda la población.[xxvi] Algunos grupos pequeños se mantuvieron activos, pero actúan de forma fragmentada y, en algunos casos, con violencia. Especialmente en Río de Janeiro y São Paulo, la protesta masiva se reemplazó con peligrosas conflagraciones locales.[xxvii]

En un principio, las autoridades brasileñas no supieron cómo reaccionar ante las protestas. El gobierno «no las esperaba, no entendía su naturaleza y no estaba preparado para responder».[xxviii] La primera medida de los gobiernos municipales fue enviar a la policía antimotines, pero esto produjo enfrentamientos, heridos, muertos y escenas de brutalidad que rápidamente se esparcían por las redes sociales y medios de comunicación. Al igual que el gobierno, la policía no estaba preparada para hacer frente a manifestantes de las clases medias ‒estaban acostumbrados a reprimir favelas, no estudiantes‒ ante la mirada inquisitiva de cámaras de celulares y el internet.[xxix] La represión trajo de vuelta al fantasma de la dictadura militar de las décadas de 1970 y 1980. Además, las medidas legislativas que se propusieron reavivaron el recuerdo de las prácticas antidemocráticas de antaño. Por ejemplo, como estaba estipulado durante la dictadura, el «terrorismo» se estableció como crimen, con lo cual se estigmatizó a toda protesta social como acto terrorista.[xxx]

Las manifestaciones masivas que han tenido lugar en Brasil en el marco de los eventos deportivos suscitaron la esperanza de muchos: el «gigante» de América latina finalmente despertaba de su letargo. Incluso hubo quienes pensaron que Brasil había dado una lección a la FIFA: ahora el organismo sería más cauteloso con las leyes locales y pensaría dos veces antes de exigir la construcción de elefantes blancos. No obstante, el máximo árbitro del futbol internacional hizo oídos sordos. En junio de 2013, Jérôme Valcke, secretario general de la FIFA, declaró que «menor democracia a veces es mejor para organizar la Copa del Mundo» y comentó que esperaba que el mundial de 2018 en la Rusia de Vladimir Putin causara menos problemas al organismo rector del futbol.[xxxi]

 

Consideraciones finales

Ante las señales de alarma que amenazan con entorpecer el festejo del mundial, las autoridades brasileñas han promovido ciertas acciones para calmar las protestas. En lugar de acallarlas, la presidenta Dilma Rousseff optó por aceptar la legitimidad de las demandas sociales. Rousseff logró impulsar medidas en los tres niveles de gobierno para apaciguar las movilizaciones.[xxxii] A pesar de estos esfuerzos, parece que las autoridades buscan ocultar los problemas bajo la alfombra antes de la fiesta mundialista en lugar de arreglar el desorden.

En estas circunstancias, los estudiantes que denuncian las deficiencias del gobierno tienen dos retos principales. El primero es lograr el apoyo de otros sectores de la población para obligar al gobierno a escucharlos. Este punto es crucial, especialmente en una sociedad plural y poco organizada como la brasileña.[xxxiii] El segundo es evitar que las élites coopten a los inconformes, como ha ocurrido históricamente en este país.[xxxiv] A pesar del embrollo brasileño ‒protestas, problemas económicos, retrasos en la agenda logística del mundial‒, la candidatura de Rousseff para reelegirse en las elecciones de octubre es una de las más fuertes. Dado que su popularidad cayó en los primeros días de protestas, la presidenta implementó medidas conciliatorias que le ganaron mayor aprobación entre su electorado.[xxxv]

El caso brasileño muestra que la FIFA se rige por una lógica de mercado donde el mundial es el negocio más lucrativo. Si bien impone fuertes regulaciones al país anfitrión, la Federación no es la responsable de los problemas sociales y económicos que pudieran surgir. Las prioridades de la FIFA, como las de cualquier otra empresa transnacional, no están relacionadas con el bienestar de la población local. Ése es el deber del gobierno. Lo único que Blatter, Valcke y otros funcionarios futbolísticos tienen en mente es que se garanticen ciertos estándares de seguridad e infraestructura. Lo demás no importa.

A primera vista, parece contradictorio que un país loco por el futbol se oponga a la mayor celebración de este deporte. Paradójicamente, «esa pasión es precisamente lo que enoja tanto a los brasileños».[xxxvi] Si bien Brasil ofrece la casa, pone los recursos y organiza el festejo, la FIFA y algunos miembros de la élite local han secuestrado el carnaval. Incluso el despliegue de banderas y la tradicional batucada brasileña estarán prohibidos en los estadios. A esto se suma la incompetencia de las autoridades para organizar la Copa del Mundo y, peor aún, su renuencia a resolver los problemas de fondo que aquejan a la población. Una vez que la verde-amarela avance en las eliminatorias, veremos si los brasileños empiezan a bailar al ritmo de la FIFA y pasan por alto los conflictos que causó o catalizó el mundial o si, por el contrario, continúan con las protestas y obligan a las autoridades a bailar samba, a cambiar algo.

 

NOTAS

[i]Erica Bulman, «Brazil rejoices as FIFA offers 2014 World Cup», USA Today, 10 de octubre de 2007. Consultado en http://usatoday30.usatoday.com/sports/soccer/worldcup/2007-10-30-2014-bid_N.htm.

[ii] Moisés Naím, «In Brazil, Turkey, and Chile, Protests Follow Economic Success», Bloomberg Businessweek, 27 de junio de 2013.

[iii] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, Cuadernos Americanos, 1950, p. 19.

[iv] Maria Carrión, «Brazil’s Poor Pay World Cup Penalty», The Progressive, julio de 2014, p. 26.

[v] Ibid.,p. 27.

[vi] Andrew Zimbalist, «Is it Worth It?», Finance and Development, marzo de 2010, p. 9.

[vii] Richard Bernstein, «In World Cup Surprise, Flags Fly with German Pride», The New York Times, 18 de junio de 2006. Disponible en: http://www.nytimes.com/2006/06/18/world/europe/18germany.html?_r=1&.

[viii] Gabriel do Valle Rocha e Silva, «2014 FIFA World Cup and 2016 Olympics in Brazil. A real blessing for the Brazilian people?», The International Sports Law Journal, abril de 2012, p. 89.

[ix] Octavio Paz, loc. cit.

[x] The Auckland Star, 31 de marzo de 1967. Consultado en el Archivo Histórico Genaro Estrada.

[xi] Marina Amaral y Natalia Viana, «Brazil vs. the World Cup», The Nation, 22-29 de julio de 2013, p. 8.

[xii] Simon Kuper, «The real cost of hosting a World Cup», ESPN FC, 12 de diciembre de 2013.

[xiii] «Buscan librarse de la gente de la calle, de los meninos da rua [niños de la calle] y de cualquiera que no encaje en su imagen de postal. El mensaje es: pobres y negros fuera de la imagen». Palabras de Maura Cristina da Silva, activista de derechos de vivienda en Brasil. Maria Carrión, op. cit., p. 29.

[xiv] Para Manoel Nascimento, abogado en asuntos de derechos de vivienda, «hay una puerta giratoria entre la política y los bienes raíces, y el Mundial es la excusa perfecta para seguir adelante con planes de desarrollo [urbano] que tenían pocas posibilidades de éxito hace pocos años debido a la oposición local». Maria Carrión, loc. cit.

[xv]Marina Amaral y Natalia Viana, loc. cit.

[xvi] En el noreste de Brasil, especialmente en Salvador de Bahía, comer acarajé, una especie de torta afrobrasileña con camarones y frijoles de castilla, es todo un rito. Maria Carrión, op.cit., p. 28.

[xvii]Simon Kuper, loc. cit.

[xviii] Para que la mayoría de la gente se pueda beneficiar, la presidenta Rousseff requeriría que el Congreso aprobara reformas legislativas y constitucionales, como la fiscal o la laboral. Un caso similar ocurriría si se quisiera combatir la impunidad judicial, mejorar el sistema electoral y de partidos e impulsar la competencia económica internacional brasileña. Matthew M. Taylor, «Brazil’s Ebbing Tide», Current History, febrero de 2014.

[xix] La desaceleración se debe a una reducción en la inversión, modestas ganancias en productividad, una tendencia a la baja en los ingresos disponibles y la caída en los precios internacionales de las materias primas.

[xx] Matthew M. Taylor, op. cit.

[xxi] En 2012, después de lograr que Brasil fuese la sede del Mundial de 2014, Ricardo Teixeira, entonces director de la Confederación Brasileña de Futbol, renunció ante diversas acusaciones de corrupción. Actualmente vive tranquilamente en Miami en una casa con un valor de 7. 4 millones de dólares. Marina Amaral y Natalia Viana, op. cit.

[xxii] Los manifestantes mostraban su repudio a la corrupción, a los partidos tradicionales, a la violencia y a los altos costos del mundial; exigían mayor inversión en salud y educación y mejor movilidad urbana.

[xxiii] Maria Carrión, «Brazil’s Poor Pay World Cup Penalty», The Progressive, julio de 2013.

[xxiv] Para Samuel P. Huntington, en aquellas sociedades que experimentan cambios rápidos, las demandas por servicios públicos aumentan a una velocidad mayor que la habilidad del gobierno para satisfacerlas. Las instituciones no se pueden desarrollar a la velocidad requerida por las expectativas siempre crecientes de la población que ha mejorado gracias a la prosperidad, educación, mayor información y nuevas expectativas. Moisés Naím, «In Brazil, Turkey, and Chile, Protests Follow Economic Success», Bloomberg Businessweek, 27 de junio de 2013.

[xxv] Luiz Inácio Lula da Silva, «The Message of Brazil’s Youth», The New York Times, 16 de julio de 2013.

[xxvi] Francis Fukuyama, op. cit.

[xxvii] Matthew M. Taylor, op. cit.

[xxviii] Moisés Naím, op. cit.

[xxix] Matthew M. Taylor, op. cit.

[xxx] Marina Amaral y Natalia Viana, op. cit.

[xxxi] Idem.

[xxxii] Catorce ciudades cancelaron los aumentos en el precio del transporte público; se anunciaron proyectos de movilidad urbana; el Congreso aprobó dirigir las regalías petroleras a programas de educación y salud pública; el Senado catalogó la corrupción como «crimen atroz», sin posibilidad de amnistía o libertad condicional para los delincuentes y Dilma Rousseff propuso un plebiscito para establecer reglas de financiamiento de campañas y de participación de corporaciones en el gobierno. Idem.

[xxxiii] Kurt Weyland, «The Growing Sustainability of Brazil’s Low-Quality Democracy», en Frances Hagopian y Scott P. Mainwaring (ed.), The Third Wave of Democratization in Latin America. Advances and Setbacks, Nueva York, Cambridge University Press, 2005.

[xxxiv] Marshall C. Eakin, Brazil, the Once and Future Country, Nueva York, St. Martin’s Griffin, 1997.

[xxxv] Véase la encuesta «Datafolha»en Mathhew M. Taylor, op. cit., p. 62.

[xxxvi] Marina Amaral y Natalia Viana, loc. cit.

 

 

_________________________

José Luis Rodríguez Aquino (ciudad de México, 1989) es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Brasilófilo por convicción, con un gusto especial por la política exterior de Brasil. Mal jugador de futbol, pero aficionado del Mundial. 

 

Franco Bavoni Escobedo es licenaciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Es un apasionado del futbol; de jugarlo, verlo y estudiarlo. La editorial Cal y Arena publicará su primer libro, Los juegos del hombre, en junio de 2014.

 

(Visited 74 times, 1 visits today)

Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.