Cuerpos encarnizados a través de la mirada fílmica de Philippe Grandrieux

Yelenia Cuervo analiza el oscuro erotismo de «Malgré la nuit», de Philippe Grandrieux, película en la que las imágenes del cuerpo y la pasión tienen el protagonismo.

Las imágenes se abren y se cierran

como nuestros cuerpos que las piensan.

Didi- Huberman

 

Pensar el cine implica irremediablemente internarnos en una reflexión sobre sus potencialidades como arte, pues si algo trajo la modernidad fue precisamente un deseo de transformación y de emancipación de las convencionalidades del arte (como sucedió con todas las vanguardias); libertad que en última instancia produjo un pensamiento autorreferencial en cada una de las artes, una suerte de búsqueda sobre su propia esencialidad. Así, el cine, como nos ha hecho ver el filósofo Gilles Deleuze, logra en la época moderna independizarse del régimen de la causalidad narrativa para asociar las imágenes de modos distintos de los habituales; la relación causal entre las imágenes y las acciones de los personajes deja de ser el único esquema posible y el universo fílmico puede hacer mucho más que «contar una historia».

Los filmes requieren, como advierte Didi Huberman, abrir los ojos a fin de experimentar la obra. Apertura del cuerpo, los sentidos, la memoria. Son líneas de temporalidad que nos tocan y trastocan. Experiencia estética y extática que logra atravesarnos a veces sin mediación alguna. Los filmes además involucran una manera de pensamiento, a decir de Deleuze, y entonces habrá que considerarlos como acontecimientos o singularidades, más que como historias dispuestas para el espectáculo.

Para Deleuze, cuando se da la ruptura del cine clásico, acaece una fisura que nos lleva a presenciar situaciones ópticas y sonoras puras que ya no se transforman en acciones. Estamos entonces ante la imagen, el sonido y el montaje. Sin embargo, frente a la imagen cabe preguntarse cómo opera la presentación de los cuerpos en el cine, cómo es su plasticidad, su fuerza, su luz, su disposición en el espacio, su propia creación del espacio.  ¿Cómo nos miran esos cuerpos? ¿Qué despiertan en nuestros propios cuerpos? ¿Cómo nos tocan y son tocados a partir de nuestra experiencia corpórea?

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En el universo fílmico de Philippe Grandrieux no hay una trama narrativa que funja como eje funcional. En A pesar de la noche (Malgré la nuit, 2015) no existe una situación narrativa predominante que nos lleve a una expresión emocional, a una identificación con los personajes o a un desarrollo canónico de la acción; lo que existen son imágenes de la corporalidad: rostros, manos, piernas, brazos… desnudez. La luz genera una estética propia para la exposición de los objetos.

Lenz regresa a París a buscar a Madeleine, un amor que ha quedado fragmentado en sus recuerdos y sus sueños asfixiantes. Pronto conoce a Hélène, a quien observa dormida en un vagón del metro (la imagen del rostro se va enfocando de forma en principio insegura y poco a poco va obteniendo claridad). Después del encuentro, se da inicio a una diversidad de encuentros sexuales entre ambos en los que se presentan las potencias puras del deseo, la posesión de los cuerpos, el sonido acelerado de la respiración, la voz gutural entrecortada por el frenesí de la carne. Encuentros que al mismo tiempo nos conducen a la complicidad de los movimientos eróticos, hasta llegar a la paradójica situación del dolor, que se da a partir de la trasgresión del cuerpo para sentirse vivo.

Las imágenes revelan la materialidad de los cuerpos a través de una exposición fragmentada que se acota mediante constantes fundidos a negro que dominan la temporalidad del filme. Las variaciones en la iluminación son el medio por el cual los rostros y los cuerpos se anuncian o se difuminan, pierden foco, se deconstruyen o se esculpen para registrar los gestos en un esquema que asocia imágenes y afecciones: lágrimas, desesperación, angustia, deseo, insatisfacción, miedo, placer, sufrimiento. La manera en que las imágenes se iluminan nos transmite sensaciones táctiles o hápticas; se exhibe la piel con una corporalidad brillante, cegadora, como justamente se nos presenta en el momento extático del erotismo.

 

Más tarde Lenz conoce a Lena, una cantante con la que se vincula pasionalmente. Sin embargo, Lena llega a obsesionarse y a envidiar la propia vida de Lenz. Más que tener celos por el viejo amor de Lenz (Madeleine) o por su relación con Hélène, la fuerza que la mueve es una pulsión de asemejarse a él. Se presenta un orbe sombrío, una manifestación de lo oscuro, de las zonas abyectas de nuestra propia animalidad.

Hélène, por su parte, tiene que huir al bosque, descendiendo hacia las formas de la crueldad. Su cuerpo es encarnizado por un sujeto desconocido que la involucra en el mundo de la pornografía, de la violencia y de la muerte, mientras que Lena está cada vez más enferma en el deseo ser Lenz.

Así, la manera en que se presenta el instinto es a partir de las pulsiones, de la envidia, de la posesión y de la violencia. Violencia primigenia o fuerza que nos recuerda que lo más cercano y lo más lejano que tenemos como seres humanos es nuestra propia animalidad.

En una de las últimas secuencias, en donde el padre de Lena discute con Lenz, podemos hallar una disertación sobre la condición humana: «Si se pudiera experimentar la potencia absoluta del instinto, no podríamos regresar y la vida sería insoportable», y esto es así –advierte el padre de Lena– porque nosotros tenemos conciencia de la finitud de la existencia y los animales no.

La obra de Grandrieux está poblada de una sensualidad que gravita en los cuerpos, por intensidades y devenires sexuales que llegan hasta la posibilidad de devorar al otro. Una antropofagia que implica que quizá nuestro instinto esté menos culturalizado de lo que imaginamos. O quizá, como pensaba Bataille, solo a partir de la violencia arcaica, la que nos une con el ámbito de lo sagrado, es que podemos hallar nuestra continuidad ontológica, como acaece en el erotismo.

 

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Posted by Yelenia Cuervo

Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios de posgrado en Estética por la misma institución, y maestra en Filosofía y Medios de Comunicación egresada del Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Cursó el diplomado de Creación Literaria de la Sogem, así como el diplomado de Teoría y Análisis Cinematográfico en la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaboró en la revista Horizontum con una columna sobre cine y actualmente escribe en la revista Sombra del aire.

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