Cuentos del sur VI. En los labios de los vivos

Cuento de Carlos Vadillo Buenfil.

Carlos Vadillo Buenfil

 

 

 

 

  …allí donde se reúnen los hombres muertos: en los labios de los vivos.

 

Samuel Butler

 

 

Ni los vientos del norte, ni los calores de fragua que rezumaban las tardes, ni los remolinos de polvo que se trenzaban en los empedrados, en las calzadas. Nada nos contenía: ni las caídas por los pavimentos húmedos, ni los derrapes por la arenisca en las cunetas; mucho menos las salpicaduras de barro sobre la ropa. Nadie nos impedía montar en las bicicletas para lanzarnos a las exploraciones. Pedaleábamos para eludir las malicias de los hermanos mayores y ausentarnos durante las visitas de las tías solteronas que no escatimaban en consejos; huíamos para evitar reprimendas y estremecernos con las ráfagas húmedas sobre nuestros rostros.

Ahora que descubro en el garaje la bicicleta corroída, que me cuentan en el café que edificarán bloques de casas en los suburbios del sur, ahora que leo la noticia sobre un hombre de mi edad que tramó durante años degollar a su padre, lo recuerdo, precisamente cuando por estos días las tormentas eléctricas fisuran los cielos y los chaparrones han anegado las riberas de los ríos de la comarca.

Cada viernes uno de nosotros asumía el mando de la excursión. Diversas geografías de la ciudad habían sido holladas por las ruedas de nuestros velocípedos: los muelles concurridos ya solo por pelícanos y gaviotas, los astilleros con sus barquías pútridas; las antiguas fincas de mangos y chicozapotes con sus pozos de aguas lamosas y sus veletas oxidadas. Nuestros ávidos ojos se habían paseado por el torreón que era refugio de murciélagos, por la abandonada estación del tren donde habíamos pateado una calavera con tiras de pellejos amarillentos, por el vetusto cementerio con sus lápidas hendidas y sus ángeles sin brazos, al que íbamos para fusilar ratas con el rifle de perdigones que cargaba Diego. Alguna vez fuimos dando tumbos hasta la cima de una loma para inspeccionar los pasillos, los muros desconchados de una edificación, habitada ya por ecos y sombras, que había sido sanatorio para deficientes mentales.

A Diego, mi mejor amigo del colegio, tocaba guiar la expedición de esa tarde. Fue el último en llegar a la plaza de armas: oloroso a colonia, los cabellos tiesos por el fijador, un pañuelo azul y rojo anudado en el cuello, una cantimplora atada en su cinto, una navaja tipo Rambo enfundada en su rodillera, los binoculares en las bolsas traseras del pantalón. Arribó eufórico y parlanchín, distinto a la seriedad con que nos tenía acostumbrados en la escuela. A veces sonreía sin motivo en medio de una lección de física, a menudo pegaba la frente en los vidrios del aula para mirar nostálgico hacia los almendros que se divisaban más allá de los campos deportivos, o se quedaba como estatua en pleno partido de futbol, contemplando las nubes o las colinas. Diego se afanaba con los ejercicios en los cuadernos y las carpetas ordenadas, no hacía refunfuñar a los maestros y era entusiasta de las actividades religiosas, por eso era uno de los preferidos de los curas que regenteaban el colegio. Algunos días de la semana preparábamos las tareas en el caserón donde vivía con su padre: Diego era muy paciente para explicarme las ecuaciones de segundo grado y, mejor aún, las conjugaciones de los verbos. En los descansos, entre mordidas al pudín de coco que nos subía la sirvienta, yo gozaba contándole de las series policiacas, sobre las películas de marcianos y luchadores enmascarados, pues su padre –decía– casi no lo dejaba mirar el televisor, y mucho menos asistir a una sala de cine. Me complacía notar la avidez en sus ojos cuando le representaba escenas de besos y caricias entre los héroes y sus novias, o cuando describía las prendas íntimas de las protagonistas. Escuchaba bobalicón y parecía agradarle que lo visitara; quizás mi presencia lo redimía del enclaustramiento, de sus lecturas místicas que, en el fondo, tal vez lo abrumaban. Hacíamos los deberes y luego jugábamos al futbol en el patio trasero, callados y sin festejar los goles más que a brincos, con los brazos en alto: su padre no consentía los ruidos ni los alborotos. Por eso trepábamos a la buhardilla y cuando me carcajeaba Diego hacía una seña para silenciarme: «Sshh, por favor, sshh… Puede ser que mi papá esté dormido». Solamente en una ocasión coincidí con su padre, aquella tarde que fuimos por coca colas a la nevera. Estaba en la cocina, a la espera de que se calentara el café. Quizás por el cigarro prensado entre sus labios, contestó a mi saludo con un gruñido. Lo miré de reojo un par de veces: una prominente barriga dentro de la camiseta sin mangas, los párpados hinchados, los cabellos canosos revueltos, la barba de varios días, los calzoncillos blancos con oscurecidas manchas en la entrepierna. Salió de la cocina sin despedirse, una fumarada detrás de él. Tal vez tenía esos humores agrios porque la madre de Diego no vivía ahí, pero de esto mi amigo revelaba poco: ningún recuerdo, ningún objeto suyo, ni un retrato.

—Supongo –me confesó un día con aire mustio–, bueno, estoy seguro de que mi madre no se parecerá a las invitadas de mi padre, esas mujeres que he visto deambular algunas noches por los pasillos de la casa. Y ni siquiera sabía cómo se llamaba ella. Su nombre era una nebulosa bajo ese techo; cada vez que Diego había preguntado, el viejo salía con un nombre distinto. Una noche de otoño los había abandonado. «Nos dejó a nuestra suerte», lamentó alguna vez mi compañero. A eso se reducían sus saberes. Tan estricto era el hombre hasta con las palabras, las escasas que dirigía a su único hijo, al que trataba como extraño, como si no fuese su simiente.

Diego nos hizo una señal con el dedo índice, se puso en la punta de la fila india e iniciamos la travesía por vías y avenidas desoladas, por arterias cada vez más vacías de gente y de autos. Yo guiaba detrás de él y no sé si los demás alcanzarían a escucharla, pero hasta mí se arrastraba una tonadilla que Diego iba silbando, algo así como un bolero.

El cielo comenzó a encapotarse, pero los primeros soplos de brisa prometían empujar hacia otros rumbos el aguacero. Avanzamos contra el viento hasta los arrabales, por el lado del sur, hasta los terrenos donde, creía mi amigo, estuvieron los prostíbulos de la ciudad, «el barrio de las chiquillas de la vida alegre», le había dicho el ropavejero de su calle. Diego descendió de su vehículo. No lejos de ahí se vislumbraba una gasolinera donde cargaban diésel los camiones.

Nos internamos rodando las bicicletas por un sendero cubierto de surcos. Al final de una curva escuchamos voces y algarabías: unos niños descalzos y panzones jugaban a la pelota cerca de un chiquero en el que retozaban cerdos y patos. Seguimos entre los hacinamientos de casuchas de piedra y madera rajada, entre puertas y horadaciones de las que no tardaron en asomar cabezas de mujeres, algunas con rulos y horquillas; un hombre pelón con el cuerpo tatuado, argollas en la nariz y pendientes en las orejas orinaba entre unos platanares.

En medio de un terreno llano tropezamos con el Circo Melódico. En los ojos de mis compañeros sorprendí la curiosidad por esa carpa remendada, por los coches remolques de los fiesteros acampados, por el esquelético caballo y las cabras recostadas contra una valla, pero Diego no nos dejó acercarnos. Con voz ruda ordenó seguir adelante, casi al tiempo que los altavoces arrojaran un sonsonete destemplado.

—¡No los traje al circo!

Continuamos entre riachuelos de aguas que soltaban sus pestilencias y unas nubes de zancudos que sobrevolaban nuestras carnes.

—Entonces, ¿qué hay por aquí? –preguntamos en coro a Diego, deteniéndonos en lo que parecía ser la entrada de una calleja protegida por juncos y flamboyanes plantados a ambos lados de la vera.

—Me enteré que hay una famosa cruz, lo contó la criada de mi casa.

—¿Y?

―Algo habrá de interesante –respondió evasivo, y con un gesto de su mentón indicó que siguiéramos avanzando bajo unos árboles de vainas color marrón, por unos tramos de barrizales en los que se hundían los tobillos.

—Yo mejor me vuelvo –vociferó Carmiño.

—Si quieren que encontremos esa cruz tenemos que seguir. Tú te puedes quedar Carmiño, y así te dejamos encargado de las bicis.

―¡Noo, ni madres! Yo sigo con ustedes. Pero ¿no tendrán cocodrilos o culebras estas aguas? –dijo al tiempo que recogió una vaina que, cual machete, manoteó en el aire, como si ya se enfrentara a una bestia.

Nadie hizo caso y seguimos a Diego, aunque era claro que ni él sabía dónde estaba la célebre cruz. Miraba hacia uno y otro lado. La crecida maleza impedía ver más allá del camino, y entre los rayos de las llantas se enredaban hierbajos y trozos de fango.

―¡Ahí está, ahí! ¡Jujujuuuy!

Triunfal, el dedo de Diego señaló hacia el patio de una construcción con paredes derruidas cubiertas de hiedra. Ante nuestra irrupción, un par de iguanas desapareció entre las grietas. Arriba de un hueco abierto en la fachada, donde alguna vez estuvo la puerta, se distinguía con letras grandes y rojas el principio o la terminación eto. El resto de la palabra se había borrado en la caliza.

Sobre una base de argamasa, la cruz emergía bajo un cobertizo de lámina. Los restos de cera, las azucenas y gladiolas corrompidas dentro de sus tiestos y unas latas dispuestas alrededor de la cruz, donde al parecer se había quemado incienso, hacían pensar en un improvisado oratorio. Nos acercamos para sentir la madera, para acariciarla como a un valioso vestigio. Algunas astillas se quedaron entre nuestros dedos. Diego la tomó por la parte superior y la sacudió hasta liberarla de su asiento. A la cruz le hacía falta un pedazo, más allá de la mitad: el remate disparejo, dañado, lo evidenciaba. Cuando la encajaba en su sitio, escuchamos un silbido a nuestras espaldas.

―¡Qué carajos se les perdió por acá! Desde hace rato los estoy acechando.

―Nada, nada, solo estábamos viendo la cruz… bueno, lo que queda de ella –alzó la voz David al ver a nuestro interrogador al otro lado, sobre un montículo de piedras.

―¿No será que vienen a robarla?

El viejo regordete descendió de su mirador apoyándose en un palo, y atravesó, arrastrando una pierna, la vía medio seca. De su cinto colgaba una hoz.

—Estábamos paseando, señor.

—¿Paseeeando por aquí? Ja. A otro perro con ese hueso. Si ustedes no lo saben aquí se venera… Nos protege, por eso la sacamos en procesión para Semana Santa. Pero, bueno, bueno, ¿ustedes de dónde chingaos salieron?

Algunas rugosidades tasajeaban su rostro por debajo de los párpados. Parecía no escuchar muy bien, en todo momento inclinaba el cuello estriado como de tortuga, y se llevaba la mano hacia el pabellón de su oreja cuando alguno hablaba.

―Bueno, la verdad es que vinimos a visitar la cruz –intervino Diego, quien nos sorprendió cuando sacó de su camisa una foto color sepia, carcomida por los bordes, para enseñársela al viejo. Nos apretujamos en torno a ella y en el desteñido papel pudimos mirar el retrato del mismo establecimiento. Parecía que el interés del fotógrafo era el madero enterrado, pues el rótulo del sitio se difuminaba en el fondo; imposible la lectura de su nombre.

―Ahhh muchacho, pero si es este lugar, justo, El camarón inquieto. ¿De dónde sacaste esto?

Su aliento alcohólico era tan penetrante que Carmiño, sin ningún disimulo, se tapaba las fosas cada vez que el viejo conversaba. Por las muecas que desfiguraban su boca se entreveían los vacíos en su dentadura.

―Me la encontré por… por ahí… sí, por ahí… en un cubo de basura cercano a mi casa. Quisimos venir a ver la cruz…

Diego volvió a esconder el retrato entre su ropa.

―Pos esa cruz tiene su historia, síii. No nomás está puesta ahí porque sí. Nooo. Yo era vigilante en esos tiempos. Pero, bueno, bueno, a ustedes qué les importará. Uno desenrollando la lengua para naaa. Mejor sigo dándole tragos a mi botellita de ron.

―¡Sí nos interesa…! Cuéntelo, ande, ¡no sea malito! ¡Cuéntelo! –insistió David.

El vejete soltó un par de flemas antes de que sus palabras empezaran a fluir serpenteantes, como bisbiseos deslizándose en los remolinos, en los meandros de los ríos. Yo no sé de los demás, nunca supe si también Diego, pero comencé a verlo todo frente a mis ojos: el sitio color amarillo alimonado; en sus bordes chispean bombillas azules, rojas y verdes que se turnan para encandilar. Varias mujeres están adentro, dispuestas alrededor de las mesas: charlan entre ellas, se cuentan hablillas y sucedidos, se sirven de la botella de aguardiente y se carcajean de los piropos de los hombres que aprovechan cualquier pretexto para ponerles las manos entre las piernas, sobre las medias caladas o entre los escotes, para aproximarlas con un brutal abrazo hacia sus bocas. Por sus paliques parecen pescadores que festejan la buena captura de camarón y pulpo, el arribo al puerto sin novedades. De un aparato de sonido brota una cumbia, y uno de ellos, desde su silla, imita movimientos de baile y anima con los brazos a las mujeres. Como un títere, su cabeza se bambolea sin control. Por el vaivén del cuello unas cadenas de oro rebotan sobre su pecho. Otras mujeres, muy pocas, están sentadas afuera, fuman y se mecen en unas silletas de mimbre. Entre ellas está una que llama la atención por su presencia: la apodan la Muda. Casi no habla con nadie, altiva, de carnes muy blancas y cabellos castaños doblados en tirabuzones. Porta unos pendientes en los que se engarzan tres antiguas monedas de plata. En sus labios destella un intenso carmesí. No requiere de más afeites para resaltar los rasgos finos de su cara: no tiene pestañas falsas ni se dibuja las cejas como las otras muchachas. Se sabe la más guapa, la más cotizada de esos territorios. Es la preferida del dueño por los dividendos que produce su hermosura, y porque, según él, es el padre del niño de la Muda, aunque algunas lenguas rumoran que ella así se lo hizo creer. Quién sabe qué habrá de cierto…

Esa tarde la Muda está más ensimismada que de costumbre. Fuma un cigarro tras otro, en el cenicero de vidrio aplasta con furor las colillas. Su impaciencia tiene una explicación: su hijo tirita desde el mediodía de ayer bajo el acoso de calenturones que ningún remedio, ya médico, ya casero, puede aplacar. No sé si también mis amigos, pero yo miro que de pronto se levanta de su asiento y se encamina, con ese andar de duquesa, hacia la barra del tugurio; el hombre que baila solo la pretende coger de un brazo para incorporarla a sus meneos, pero ella se deshace de un manotazo y lo insulta. Recoge su bolso con la intención de marcharse a la casa de su madrina, donde ha dejado encomendado al crío. El propietario la reprende con una ojeada, pero nada dice. La ve acercarse a la imagen de un Cristo instalado sobre un alto esquinero en el que titilan dos foquitos de verbena; del pecho del icono brota un sanguinolento corazón. La Muda se persigna y farfulla una plegaria. Luego se retira presurosa bajo la mirada compasiva del tabernero, bajo los estupores y algunos alientos, entre ellos los míos, que se van detrás de sus caderas. Nadie se imagina la promesa que acaba de hacerle a la estatua, nadie. Y sí, ocurrió el milagro: el retoño se libró de la enfermedad a los pocos minutos de arrullarlo entre los brazos, ante su pasmo y las lágrimas de su madrina que no lo podía creer.

Ahora el murmullo se aleja, lo arrastra la corriente, el vórtice lo ahoga entre la floresta. Por la boca del anciano se despeña un líquido turbio proveniente de una garrafita de vidrio que sostiene por el gollete. Chasquea y vuelve a la narración, y yo sorprendo a la Muda, que se pasea entre las mesas de El camarón inquieto envuelta en una oscura tela de bayeta. Sus jeans apretujados, sus minifaldas, sus blusas de tirantes y chaquiras han sido sustituidos por un hábito marrón; sus tacones por unas alpargatas. Sus cabellos se muestran rebajados y sus pendientes han desaparecido. Alrededor de su cintura se enrosca un rosario de cuentas marfileñas y cruces de hojalata. Un escapulario con la Virgen del Carmen complementa el atuendo de la expiación. En el paladar trocó los dulzones vapores del ron por los aromas de la tila y la manzanilla.

Bajo las miradas de asombro, como en una procesión deambula impertérrita por los antros, la cabeza gacha y una cruz entre las manos que apoya en su vientre; en la punta del madero ha pegado una cartulina en la que se puede leer, con distorsionadas letras, una reprimenda: «Arrepiéntete: la venida del Señor está cerca».

En las primeras noches de su penitencia intentaron sacarla de los tugurios, se burlaron creyéndola poseída o drogada. Sus propias ex compañeras cuchicheaban, se reían, la tiraban de su atuendo, pero al ver la cara de piedra del patrón, la dejaban en paz y se silenciaban al mirarla venir; los que no la conocían la contemplaban entretenidos, como uno más de los divertimentos del antro. Mas ella pasa al lado de todos cual exhalación, como detrás de algún espejismo paradisiaco. El dueño pone los ojos en blanco, tabalea sobre el mostrador, bebe un tequila de sopetón, bufa y se pregunta por el tiempo que faltará para que concluya el absurdo capricho de la amante: ¡Esa va a labrar mi ruina! Pero nada más replica y se limita a torcer la boca. Bosteza y muestra dos incrustaciones de oro entre sus muelas.

Se va, se desdibuja la silueta de la Muda. En su lugar veo la cara polvorienta del custodio de la cruz. Mueve los párpados como si los sacudiera un tic nervioso. Suda. Usa la manga de su camiseta para secar la frente, la babeante boca. Con manos trepidantes espanta un insecto que revolotea por su oreja. Y todo vuelve a oscurecerse. No sé de los otros, pero yo la sorprendo de nuevo. La Muda se desliza frente a mí. Me parece que empiezo a compartir algo de su pena: mis pupilas se humedecen, como ese lloviznar que no cesa, que se abate sobre ese rincón de la ciudad. La miro andar bajo los goterones con su cruz enhiesta, entre los hombres que desesperan por guarecerse. Los ropajes se pegan a su cuerpo y las palabras del cartón empiezan a enturbiarse bajo los acosos del agua, entre las ventoleras que braman y se estrellan contra las ramas de los tamarindos que cierran el final de la arteria, bajo las nubosidades que descerrajan truenos.

Ahí, bajo las frondas, te refugias, Muda, como una aparición voluptuosa que desde esa vez irrumpe, de cuando en cuando, entre mis sueños. Entonces siento bajo mis pies la trepidación de la refulgencia que sacude también los cimientos y electriza los cabellos de los parroquianos. Ha sido ahí donde cayó el rayo, precisamente en el árbol de tu cobijo, Muda. Inútil es correr para ayudarte: sólo descubren rescoldos, cenizas, algunos huesitos carbonizados. «Eso quedó de ella», señalan asustadas voces, pero como una extraña señal, el símbolo bíblico quedó casi intacto, con sus orillas apenas ahumadas. Algunos no se lo pensaron dos veces y se arrodillaron para recoger restos óseos y guardarlos como recuerdos… A los pocos días del suceso, el dueño del burdel mandó armar un tinglado para plantar la cruz en el patio de sus dominios. Se hizo una misa cantada bajo la llovizna; mujeres enlutadas y uno que otro nostálgico de La Muda acudieron con velas encendidas. En señal de duelo, dos días permaneció cerrado El camarón inquieto.

El viejo bebió otro trago y pasó con delectación la lengua sobre su labio superior. Entonces abandonó el envase junto a sus pies, entornó los ojos, aprisionó el báculo entre las piernas, juntó las manos a la altura de su pecho y, como un cartujo, inició una perorata insólita:

―Te rezamos, Muda, para que nos reveles tus designios de ardor y agua… Sabemos de ti en la oscuridad, en medio de estos silencios que descienden como temporal sobre nuestros techos, sobre nuestras cabezas. Tu silueta vagarosa es hija del relámpago y el trueno. Como una bocanada te pierdes con tu madero en la lobreguez de estos contornos que te pertenecen. Los sigues habitando, aunque ya solo sean pantanales. Tu presencia insepulta es como la de esas hojas que caen bajo el impulso de hálitos y los que te han visto o presentido se persignan. Solo eso nos atrevemos a implorarte: no nos abandones. Que tu esencia de fuego fatuo nunca se extinga ni se difumine. Nos perteneces, te hemos mantenido viva como a una llama, porque conservarte en nuestra memoria, en nuestros anhelos, en nuestras rogaciones, ha sido suficiente para que nunca te acabes de marchar. Eso no es egoísmo, Muda, entiéndenos, solo es una forma, la única que conocemos, para encubrir nuestros agobios.

 

Poco a poco fue recuperando el resuello, como si retornara de una persecución. Impresionado, Carmiño movía los ojos de un lado a otro, David apretaba los dientes como para no reírse, mientras Diego entrelazaba los dedos por detrás de su espalda, enterrando la uña de un pulgar en la palma de su otra mano.

―¿Y qué pasó con el niño de la Muda? ¿Se supo algo de él? –pregunté.

―Aahh, pues creo que lo tuvo un tiempo más la madrina. Dicen que luego el padre lo reclamó, tal vez por remordimiento o por penitencia. Ja, qué sé yo… Nada es seguro, solo sé que al patrón se le avinagró el carácter. Por cualquier cosita buscaba camorra a las muchachas, a la clientela. Yo me cambié enfrente, al Quitapenas. ¡Qué coños!, ya ni las moscas se paraban por el chiringuito, fue como si le cayera una maldición. El muy mentecato tuvo que venderlo. Dicen que se hundió en las garras del infernal vicio. No lo sé de cierto…

El hombre se llevó la mano al remendado bolsillo del pantalón y sacó un pequeño envoltorio de tela roja que protegía un renegrido trocito de falange.

—Junto con mi última paga, el pinche viejo me dio esto. Ya se imaginarán ustedes… Ese don Diego era un gran canalla. Sí que lo era.

El hombre besó el resto óseo que nos había mostrado y lo volvió a guardar. Al ver su botella vacía suspiró, luego pegó una palmada para indicar el fin de la visita. Nos acompañó a la entrada del callejón y, sin que lo pidiera, Carmiño lo obsequió con una moneda. Hizo una caravana y se sentó trabajosamente sobre una piedra dispuesta bajo los troncos.

—¡Qué sofoco, qué sofoco! Uuff… Ta jodido llegar a esto.

Tenía los ojos rojizos y hablaba con dificultad. Estiró las piernas hasta juntar una sobre otra.

—¡Vaya! Bien, muchachos. Hasta otro sol, pero aligeren que ai viene el agua, ai viene…

Todos levantamos la mano para despedirnos del centinela. Todos menos Diego, que la ocultaba en la bolsa e iba mirando las hendiduras del camino, las puntas de sus botas. Las nubes grises ya se apelotonaban y los tonos purpurinos desaparecían por detrás de la llanura y de los cerros.

En la rampa de acceso al circo, una muchacha pelirroja con blusa ombliguera, falda corta y botines de charol vendía entradas bajo un radiante arco atiborrado con globos. David suspiró. Nos empezamos a alejar cuando se escuchó el anuncio de la primera función.

—¡Qué lástima que las bicis no tengan luces! –lamentó Carmiño.

Cuando el vejete era ya un punto borroso, Carmiño y David estallaron en carcajadas.

—¡Carajos, Diego, a lo que nos has traído! Mejor hubiéramos husmeado por los alrededores del cirquillo para espiar a las bailarinas.

Diego ni los miró, les dio la espalda sin rebatir nada. Cuando el terreno se volvió transitable, nos subimos a las bicicletas.

Diego y yo íbamos al final de la caravana. Me fui acercando a él, sin dejar de batir los pedales. Me extenuaba la curiosidad, no podría dejarla sin saciar para los siguientes días. Esperé a que los demás avanzaran y nos quedamos rezagados.

―Oye, chito, ¿de dónde sacaste la fotografía? No es cierto lo que relataste, ¿verdad?

Mi amigo detuvo la marcha, retiró los dedos del manillar y se llevó la cantimplora a la boca. Bebió un largo trago. Enganchó el recipiente a su cinturón y tocó la cacha de la navaja para cerciorarse de que seguía en su sitio. Miró a su alrededor. Parpadeaba. Contra los fulgores del sol moribundo, en el perfil de su rostro alcancé a sorprender unas sombritas de bozo.

―Esa foto la hallé en mi casa, aprisionada en el cajón de un trastero húmedo que sacaron a la terraza para que se oreara.

—Ummm…

—Ah, se me estaba olvidando comentarte: no podré salir más con ustedes, quién sabe hasta cuándo. Y ya no podrás venir a mi casa, eso me ha dicho mi padre. Ha vuelto con sus rarezas… Pero algún día, sí, algún día veremos… Esto último lo dijo con el rostro inflamado y la quijada contraída, casi tartamudeando, con la vista en el asfalto y los dedos retorcidos sobre el manubrio. Resopló y, dejándome atrás, aceleró los movimientos de su cuerpo sobre la bicicleta, justo cuando comenzaron a caer los primeros goterones.

Antes de desaparecer por la avenida principal de la ciudad  –sin que los compañeros se percataran– lo miré arrojar contra los matorrales un papel estrujado.

 

 

 

 

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Carlos Vadillo Buenfil (Campeche, 1966) es doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros de cuentos Donde se fragmenta el oleaje (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1996) y Los que callan y otros silencios (Editorial Ficticia, 2004), y las novelas Te están buscando (Editorial Arguval, 2004) y Tus ojos serán silencio (Diputación de Cáceres, 2006; Editorial Ficticia, 2012).

Es profesor de literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Campeche.

«En los labios de los vivos» está incluido en la antología Quince cuentos canallas, libro publicado en Madrid en 2010 por Trama Editorial.

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Posted by Revista Cuadrivio

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