De cuando quise ser Sor Juana

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Anamari Gomís (1950), narradora y ensayista mexicana, es catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y posgraduada de la Universidad de Nueva York. Ha publicado cuento, novela y ensayo. Hija de refugiados españoles en México, su obra explora la memoria histórica, la intersección de los ámbitos público y privado, el viaje y el humor. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores –con Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde como tutores– y estuvo a cargo de la hoy Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (CNL-INBA). Ha pertenecido al Sistema Nacional de Creadores y también al de Investigadores. Su cuentario El otro Jardín del Edén está por publicarse en Textofilia y su novela más reciente, La vida por un imperio, se publicó en 2016 bajo el sello de Ediciones B.

 

  

Anamari Gomís

 

Mi papá, un hombre informadísimo: escritor él mismo, pensaba que una forma de acercarme a la lectura era a través de los cómics de El Pato Donald y La pequeña Lulú. Todavía recuerdo cómo me los leía cuando yo no sabía leer. A los seis años entré a la primaria y, según mi memoria, aprendí el maravilloso acto de la lectura en una tarde. ¿Habrá sido así? De cómo empecé a leer yo sola cómics ya no me acuerdo. Lo que sí sé es que resultó extraño para mí que la pequeña Lulú siguiera teniendo seis años todo el tiempo, mientras que yo sí crecía.

Cuando tenía nueve años, me contagié de hepatitis A seguramente por medio de una aguja no esterilizada. En mi colegio, donde leíamos en inglés, nos vacunaban y no había manera de evitarlo. Mientras duró mi enfermedad sucedieron dos cosas: leí en español El libro de oro de los niños, en cuya primera página venía impreso, con mi nombre en letras doradas –creo–, que esos tomos eran un regalo de mis papás para mí (también hojeé, por cierto, los libros de El tesoro de la juventud) y extrañamente escribí un primer poema. Durante esa época, mi mamá pasó una larga temporada en España y mi papá le ocultó lo de mi enfermedad. La extrañaba mucho, así que de ahí nació el poema. Recuerdo que mi hermana, a escondidas de mi papá, me llevó La familia Burrón, cuyas anécdotas me parecían divertidísimas.

Cuando mi mamá, narradora nata, regresó de España, me dio a leer Corazón. Diario de un niño: la famosa novela de Edmundo de Amicis. Casi me lo tragué. ¡Cómo me movió emocionalmente la vida del personaje! Lloré muchísimo. Luego leí Quo vadis?, de nuevo a instancias de mi mamá. Ahí estaba yo, a los diez años, enterándome de cómo se vivía en los tiempos de Nerón. En esa época los nombres de los autores no me importaban. No sabía, por lo tanto, que Henryk Sienkiewicz, el escritor de esa novela histórica, era un polaco que había ganado el Premio Nobel.

Luego, también recomendada por mi mamá, leí Fabiola. Googleo el texto y no lo encuentro: a lo mejor era otro el título. Se trataba de una novela sobre los primeros cristianos. Me imagino que mi papá no autorizó esa lectura porque no éramos religiosos. Bueno, mi mamá sí: a escondidas, como esos cristianos que se escondían en las catacumbas.

Después, seguro por mediación de mi hermana –que estudió la carrera de Historia– leí con fascinación El dios de la lluvia llora sobre México, de Lazlo Passuth. En ese entonces ya me fijaba en los nombres de los autores. Justo por ese tiempo, en los primeros años de la década de los sesenta, un novio de mi hermana me regaló un long play de Voz Viva de México, en el que varios actores leían sonetos de Sor Juana por el lado A y, por el B, se cantaban villancicos de la monja jerónima. Fue un Big Bang para mí. No sé bien cómo, pero entre los diez y los once años percibí el sentido de la poesía.

Decidí entonces que quería ser como Sor Juana Inés de la Cruz.

El primer paso consistía en bautizarme y hacer la Primera Comunión. A mi padre le sentó mal mi arrebato místico, pero no lo impidió. Acudí al catecismo y luego, una tarde, la actriz María Rivas y su marido Luis de Llano, muy queridos de mis papás, fungieron como mis padrinos.

Dada mi vocación sorjuanista, escribí un largo poema que comenzaba así: «Cuatro muertos platicaban al pie de una celosía / y los cuatro decíanse que no añoraban la vida.» El dizque poema, cuyos dos primeros versos constan de dieciséis sílabas (hexadecasílabos) y que se perdió en la noche de los tiempos, debió tener el ritmo de las canciones pop que escuchaba en esos lejanos años.

Mi carrera poética se interrumpió por la de la narrativa. Desde entonces he leído poesía y mucha narrativa. Mi pasión por leer ya es cosa de toda la vida. Siempre llevo un libro conmigo, a donde vaya. En las noches, cuando ya me meto en la cama, suelo leer un largo rato, a menos que llegue a casa arrastrándome de cansancio. La lectura es un acto solitario. Cuando uno lee, se crea una relación especial entre el texto y uno. Es más: uno acaba reconociéndose en el texto sin importar de dónde venga o de quién sea. A lo mejor nada tiene que ver con nosotros y, sin embargo, nos habla. Esa sensación de soledad con el texto es muy importante para quien lee: es la única manera de acceder a otros universos, tiempos, estados o personajes aparentemente ajenos. Puedo decir que, si no leí aunque sea un ratito en la noche, no tuve un buen día. Necesito esa relación con el Otro. Leer en la tranquilidad de mi habitación, con mis perros junto a mí mientras oigo música de mi preferencia, es una gran forma de la felicidad.

 

 

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