Cuando fui náufrago

Una pequeña con hepatitis escapa al mundo de Robinson y Viernes para descubrir el hechizo de la lectura. Un relato autobiográfico de Mónica Lavín.

Mónica Lavín (1955) es narradora, ensayista y cronista gastronómica, bióloga de formación por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha colaborado en varias publicaciones periódicas y ha sido guionista para el Canal Once. Es profesora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y conduce, con Rosa Beltrán, el programa Contraseñas del Canal 22. Ha recibido varios premios, como el de Narrativa Colima 2001 por Café cortado y el Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2010 por Yo, la peor. Su novela más reciente, Cuando te hablen de amor, fue publicada por Planeta en 2017.

 

 

Mónica Lavín

 

Fue mi prima quien detectó lo amarillo de mis ojos; no sé por qué, si ella contaba con solo diez años, le dijo a mi madre que yo tenía hepatitis. Y acertó: los análisis de sangre revelaron el nivel de transaminasas que me llevaron a la cama dos meses a mis nueve años. Tenían que lavar mis sábanas y mi pijama por separado, igual que los platos y cubiertos con los que comía. Desde la puerta de la habitación, mi hermana me contaba cómo le había ido en la escuela. Me traía noticias del mundo y la televisión me entretenía por las tardes, cuando a las 3:30 comenzaba la programación del Canal 5. Pero la verdad me aburría. Me aburría mucho. Me gustaría hurgar en mis pensamientos de entonces, pero todo lo que poseo ahora es la sensación de tiempo lento y lo que sucedió después de que abrí aquel libro.

No es que no hubiera leído antes: los libros de Celia, escritos por Elena Fortún –una escritora refugiada a causa de la Guerra civil española, como la familia de mi madre– me habían dado (y me seguían dando) la compañía de una niña que de alguna manera tenía que ver conmigo. El paquete de libros, editado por Aguilar, llegó a casa cuando yo cumplí siete años, los mismos que tiene Celia en el primer volumen de la serie. Celia crecía conmigo y me daba ese puente entre mares del DF a Madrid, donde había nacido mi madre y desde donde los libros llegaban a casa, primero para ella cuando era niña y ahora para mi hermana y para mí. Los libros acercaban lo lejano y yo me sentía cómoda con esa niña que crecía en el barrio de Salamanca, se asombraba con todo, era muy graciosa, me hacía reír y hablaba como mi abuela. Tanta familiaridad me arropaba, pero aún no descubría el poder de los libros.

Fue cuando abrí aquel libro de otro espesor, regalo de la tía Lucy durante la enfermedad, que ocurrió la revelación. El nombre me pareció poco atractivo: Robinson Crusoe, y luego un muchacho con un itacate al hombro. El dibujo daba una sensación de aventura, así que sin más qué hacer en aquellas largas mañanas de octubre leí las primeras páginas. Antes de lo que imaginaba, el libro me había tragado. Tenía sed, y aprendí a tomar el rocío atrapado en las hojas, y tenía ganas de que me salvaran y veía un barco a lo lejos y hacía señales de humo –cuando aprendí a hacer fuego, que me tardé un rato– y luego noté que era insoportable estar solo y cuando encontré a Viernes, que no entendía mi idioma, sentí alivio, un alivio enorme. En esos días, mi cama se volvió una isla y yo dejé de ser una niña de ciudad con hepatitis. Y pensé que también extrañaba a mis amigas, que estaba tan sola como Robinson en aquel espacio rectangular. Sí, los amigos importaban y estar solo era lo más difícil para Robinson y para mí. El náufrago y yo teníamos algo que ver.

Por eso ahora sé que los libros salvan del naufragio, porque la sencillez de su forma es engañosa: son salvoconductos a otros mundos y situaciones y también a ti mismo. Te llevan lejos y te hacen mirar hacia adentro. Aventurarme a abrir la tentadora tapa de un libro me llevó al deseo de seguirlo haciendo, de querer saber qué me iba a pasar a mí en ese mundo de palabras desconocido. Los cómics eran el recreo, la posibilidad de que se hicieran cofradías de lectura cuando pasábamos Superman o Archie de mano en mano: así eran las vacaciones y los fines de semana en que nos veíamos con los primos, que eran más bien los hijos de los amigos de mis padres. El libro, en cambio, era la lectura privada, el tête a tête con aquellas palabras que solo me hablaban a mí. No las quería compartir: me daban una fuerza extraña, la de conocer algo, y haber vivido algo que los demás no.

En la secundaria fue diferente, el libro era una manera de relacionarme con quien me gustaba; así leí El hombre ilustrado de Ray Bradbury y las posibilidades del cuento me fascinaron: la magia de la narración breve. Y luego leería más allá de las lecturas escolares, que en una escuela bilingüe me acercaron a Mark Twain, Evelyn Waugh, Arthur Koestler, Graham Greene, Joseph Conrad, el Macbeth de Shakespeare, Zen y el arte de mantener una motocicleta, que si no fuera por aquel chico que tenía una motocicleta y que hablaba de ese libro, no hubiera elegido. Necesitaba una conversación que derivó en un largo noviazgo.

Los libros tienen lo suyo. Y los profesores que comunican la pasión lectora también. Un día el profesor de ética, ignoro la razón o la conexión con el tema de la clase, nos contó el despertar de Gregorio Samsa convertido en aquel insecto que no podía darse la vuelta, y conforme la historia avanzaba yo veía la manzana incrustada en el caparazón del maestro, que colorado y vehemente, se había convertido en el protagonista. Esa tarde llegué a leer La metamorfosis de Kafka, que estaba en el librero de mis padres.

Después llegó la emoción lectora de los autores del boom que me hacían sentir, mientras la quena sonaba en las peñas y las consignas políticas sembraban utopías, que el español era el mejor idioma para contarnos a nosotros mismos, para que regurgitáramos conejitos, o que nos eleváramos con las sábanas, o que deseáramos vengarnos a lo Emma Zunz. Entonces descubrí que los escritores no estaban muertos, que eran de este mundo, aunque no lo eran, y con el asombro llegó la sensación de familiaridad, de puente y de pertenencia que ya la Celia de Elena Fortún había despertado y que los libros seguían confirmando.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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