Crónicas de Atenea: historia de las mujeres en la ciencia

¿Quiénes han sido las mujeres más eminentes de la ciencia? ¿Qué hicieron y cómo vencieron las desventajas de su posición de género?

 

Sería un error negar que la historia de la sociedad occidental ha sido eminentemente patriarcal; sin embargo es un equívoco mayor negar reconocimiento a la aportación femenina en todos los ámbitos de la cultura. Reivindicación necesaria: particularmente en el ámbito científico, ¿quiénes fueron las mujeres más eminentes? ¿Qué hicieron y cómo vencieron las desventajas de su posición de género? 

 

 

Las mentes no tienen sexo, y si las mentes de las mujeres se cultivaran como las de los hombres, y si se usara tanto tiempo y energía para instruir las mentes de aquéllas, igualarían a las de éstos.

 

Marie Meurdrac, 1680

 

 

Lourdes Martín Aguilar

 

 

Nos enseñan las sumas de Bernhard Riemann, las leyes de Isaac Newton, la Teoría de la evolución de Alfred Russel Wallace y Charles Darwin, pero ¿de verdad la historiografía que presenta a los hombres como los únicos responsables del desarrollo científico dice todo lo que hay que decir acerca de la historia de los descubrimientos? Por un lado, desde los orígenes de la ciencia occidental, el mismo Aristóteles llegó a decir: «El macho es superior por naturaleza y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad» (Aristóteles, Política, 1254b, 13-15). Jean-Jacques Rousseau es otro filósofo (de los múltiples ejemplos que existen) que hace no pocas observaciones para justificar la supuesta necesidad de educar diferencialmente a mujeres y hombres, proponiendo una formación de la mujer relativa a las necesidades del hombre. En Emilio, o De la educación, Rousseau afirma que «una indagación en las verdades abstractas y especulativas, en los principios y axiomas de las ciencias y todas las cosas que hacen que nuestras ideas sean más generales, no es de la provincia de las mujeres» (Rousseau, 1762). La historia de la sociedad occidental ha sido patriarcal; a pesar de que las mujeres puedan haber influido en el desarrollo de la ciencia, no se les reconoce, porque la historia, en su mayoría, también ha estado escrita bajo el yugo del género masculino. Para desmentir, pues, los cánones de dicha narración, en el siguiente artículo me propongo hacer mención de algunos ejemplos del papel histórico de las mujeres en la ciencia.

Para el periodo del Imperio antiguo de Egipto (2778-2263 a.C.), podemos considerar a las sacerdotisas como las primeras mujeres de ciencia: las profetisas que se basaban en el estudio celeste para la predicción eran comunes. Además de ellas, las cirujanas, esenciales para todas las operaciones femeninas, algunas tan complejas como las cesáreas o la amputación de miembros, o el hecho de que la industria del perfume catalizó con las mujeres la invención de técnicas químicas ‒destilación, extracción, sublimación.

Siglos después, Pitágoras de Samos (582-500 a.C.) fundó la famosa comunidad teológico-científica de los pitagóricos; «la comunidad pitagórica se suele llamar “hermandad”, con lo cual no queda claro el hecho de que la orden incluía hombres y mujeres en igualdad de condiciones. En la escuela había por lo menos 28 mujeres estudiantes y maestras. Pitágoras era conocido como el “filósofo feminista”» (Alic, 2005).[i] Por otro lado, a la esposa de Pitágoras, Téano, se le atribuyen tratados de matemáticas, física y medicina. En Atenas, Aspasia de Mileto (470-410 a.C.) había migrado con el fin de obtener una buena educación, pero debido a su calidad de extranjera tuvo que dedicarse a la prostitución. A pesar de ello, estableció un salón en el que realizaba reuniones científicas. Anaxágoras, filósofo y cosmólogo, era uno de los asistentes más frecuentes.

Hipatia de Alejandría (370-415) es un caso siempre mencionado en la historia de la ciencia femenina. Hipatia no sólo representa a la figura de la mujer sabia y hermosa, sino que «ha llegado a simbolizar el fin de la ciencia antigua» (ibidem). Sus lecciones de astronomía, matemáticas, filosofía y mecánica tenían fama y llegaban alumnos de diversas ciudades sólo para escucharla. Sobre la geometría de las cónicas de Apolonio fue un trabajo donde Hipatia explicaba la obra del geómetra de Perga, que trataba sobre las secciones cónicas.[ii] También se le atribuye un comentario sobre la Aritmética de Diofanto, que trataba de las ecuaciones diofánticas, con más de una solución en números enteros. Se sabe que Hipatia diseñó un astrolabio plano y diversos instrumentos para otras mediciones relacionadas con el agua. Hipatia nunca renegó de sus ideales platónicos, y para ese entonces Alejandría ya era dominada por el emergente cristianismo; desgraciadamente murió brutalmente asesinada por monjes parabolanos.[iii]

En la baja Edad Media (s. XI-XV), la Sibila del Rin, Hildegarda de Bingen (1098-1179), fue una de las mujeres más eruditas: su situación de convento le permitió tener acceso a múltiples fuentes de conocimiento. Physica es su compendio de historia natural e incluía descripciones de plantas, animales y rocas. Se usó como texto didáctico para la enseñanza, y, a diferencia de sus escritos místicos, nunca señaló explícitamente que proviniera de una inspiración divina. Por otro lado, son conocidas sus especulaciones originales sobre la estructura del macrocosmos celeste, basadas en alegorías espirituales. Además de esto, Hildegarda fue, hasta donde sabemos, la primera mujer compositora en escribir una misa.

Para el siglo XVI hacer ciencia se había convertido en una actividad común entre los hombres de la aristocracia, y aunque no se les daban los mismos privilegios ni poder de palabra, las mujeres podían tener fácilmente acceso a los modernos instrumentos: microscopios, telescopios, y a varias publicaciones de ciencia. La sociedad científica muchas veces no pasó de verlas como meras aficionadas o asistentes; las mujeres que superaron ese rol son eslabones esenciales en la legitimación de su género como hacedor de ciencia y de teorías. Por desgracia, hubo muchas otras mujeres que, embebidas en el paradigma de ese entonces, o por miedo o reputación, permanecieron sumisas ante la idea de que la ciencia era dominio de varones y se veían a sí mismas como meras asistentes.

Algún tiempo después se popularizaron las publicaciones científicas dirigidas a la población femenina, tales como Il newtonianismo per le dame, de Francesco Algarotti, Fluxions for the ladies, de Robert Heath, y el periódico Athenian Mercury. Aunque esto pudiera parecer una apertura epistemológica hacia el género, se basaba en el supuesto de que las mujeres debían aprender la ciencia de un modo diferente al de los hombres y, por lo tanto, se trataba de un acto de marginalización.

El de la duquesa de Newcastle, Margaret Cavendish (1623-1673), es un caso muy particular de dama de ciencia; la mayoría de los estudiosos opinan que sus teorías carecen de argumentación o sentido (aunque no por eso de creatividad).[iv] Como sea, ese solo hecho muestra cómo era recibida una mujer que hacía ciencia en esa época: fue acusada de plagio, bajo el argumento de que una mujer no podría entender palabras tan complicadas. En su obra The blazing world (1666), Margaret llega a una isla imaginaria en la cual estudia astronomía, matemáticas, geología, etc. y funda escuelas y sociedades científicas, «acciones inconcebibles para una mujer en la Inglaterra del siglo XVII» (ibidem).

Y la revolución femenina seguía. Lady Mary Montagu (1689-1762) estableció la variolización[v] en gran parte de Europa, esto a raíz de un viaje realizado a Turquía en el cual observó la efectividad del proceso. Esto constituyó uno de los primeros pasos para postular a los microbios como causantes de enfermedades. Afirma Robert Reid que «sin el patrocinio real y los seguidores de la moda, el descubrimiento podía haber quedado oculto» (Reid, 1975),[vi] en otras palabras, sólo mujeres en condiciones sociales propicias y con cierta popularidad podían lograr esto.

Marie Anne Pierrette Paulze (1758-1836), química y esposa de Lavoisier, fue sepultada bajo la fama de las teorías de su compañero; todos los historiadores parecen olvidar que el experimento que demostró la inexistencia del flogisto,[vii] del cual se deduce la Ley de conservación de la materia, fue hecho y argumentado por ambos personajes; pero para esa época no habría sido nada ortodoxo que una mujer fungiera como coautora de la publicación. Lady Anne Finch Conway (1631-1679) es otra mujer de la que muy poco se sabe, pero que contribuyó enormemente a la Teoría de las mónadas[viii] de Leibniz (si no es que ella dio origen a la idea). Conway también insistía frecuentemente en que, por medio de la premisa monádica, la naturaleza podía ser transformada en formas más elevadas, lo que dio pie a un esquema que explicaba las propiedades emergentes de la materia al cambiar de escala en la naturaleza.

Ya en el siglo XIX, las sociedades botánicas fueron de las primeras en aceptar a las mujeres como miembros. Margaretta Riley fue una de las primeras mujeres en aportar artículos científicos, en este caso una monografía sobre helechos británicos (1840). Desafortunadamente, ésta fue atribuida a su esposo (¿por error o intencionalmente?), quien se quedó con el crédito. Margaret Gatty es la iniciadora de la biología marina hecha por mujeres, con su publicación British Seaweeds, en 1863. La obra de la baronesa Martine de Beausoleil, quien «quizá haya sido la primera mujer geóloga» (Alic, 2005), se dedicó a las ciencias aplicadas sobre la mineralogía. En el mismo ámbito, las hermanas Regis eran ávidas buscadoras de fósiles y proporcionaban material a personajes como sir Richard Owen y William Buckland. La esposa de Charles Lyell, Mary Elizabeth Horner, era una apasionada de la conquiliología,[ix] pero como suele pasar, su trabajo siempre se asociaba con el de su esposo, y ésta terminó opacada por los prejuicios de la sociedad.   

En la astronomía destaca un desfile diacrónico de mujeres: Sofie Brahe (hermana de Tycho Brahe), Maria Cunitz, Elisabeth Helvelius, Madame Lepaute y Caroline Herschel; esta última es más conocida por su hermano William, descubridor de Urano. Las contribuciones de Caroline Herschel son inigualables por ningún otro astrónomo, hombre o mujer: fue la primera mujer en descubrir un cometa (luego encontraría siete más nunca antes descritos), realizó un trabajo sobre las posiciones de unas 2 500 nebulosas y junto con su hermano descubrió múltiples sistemas binarios estelares: prueba de la existencia de gravedad fuera del sistema solar.

Respecto a la matemática, fue esencial la existencia de Maria Gaetana Agnesi (1718-1799) y Madame du Châtelet (1706-1749). La primera era famosa por su dominio de múltiples lenguajes y a los diecisiete años publicó un comentario sobre el análisis de las secciones cónicas del matemático L’Hôpital. Las instituciones analíticas es su obra más famosa y es considerada una obra sintética y de hábil pedagogía; fue escrita con el propósito de enseñar matemáticas a sus hijos. Madame du Châtelet es otro caso muy interesante. Conocía a Voltaire desde niña, ya en la adultez se harían amantes. A pesar de la importante idiosincrasia de su compañero, toda obra de Émilie (su nombre de pila), sí alcanzó una aceptación muy seria en los círculos de ciencia. Dissertation sur la nature et la propagation du feu (1739) e Institutions de Phisique (1740) son dos de sus obras más conocidas, la primera la hizo para un concurso convocado por la Academia de las Ciencias Francesa;[x] la segunda supuso toda una sacudida, ya que fusionaba en la física tanto el mecanicismo de Newton como las ideas metafísicas de Leibniz. Émilie se embarazó a los 42 años y, prediciendo una muerte debido al embarazo tardío, canalizó todos sus esfuerzos hacia la traducción de los Principia Mathematica de Newton, ya que pretendía lograrlo antes de su fallecimiento. Efectivamente, su empresa quedó completada y Émilie murió en el parto. Hasta ahora su edición sigue siendo la única traducción al francés.

El lector podrá reprochar que no me he explayado en las personalidades más representativas: Ada Lovelace y su máquina analítica, Marie Curie con la radiactividad, Rosalind Franklin y su desarrollo de la doble hélice, Lynn Margulis con la sublime teoría endosimbiótica. No por esto subestimo sus enormes logros, pero mi objetivo se enfocó en describir a las forjadoras más basales del lugar actual de la mujer en la ciencia. Como menciona Alic, «era frecuente que los historiadores (…) se preocuparan más por la castidad o el libertinaje de las mujeres de las que hablaban que de sus logros intelectuales» (ibidem). Es un alivio la fractura progresiva de esa idea, sobre todo gracias a las mujeres historiadoras. Hasta ahora la perspectiva es esperanzadora, pero su reconocimiento es algo que requiere un esfuerzo continuo. La ciencia es un placer y es propia de la naturaleza humana; todo el que quiera disfrutarla y hacerla tiene el derecho de hacerlo. Como científicos (tanto hombres y mujeres), debemos luchar constantemente por la equidad y la tolerancia. Que se invalide una teoría por su argumentación errónea, pero jamás por las cualidades personales de su autor.

 

 

 

NOTAS

[i] Alic, Margaret, El legado de Hipatia: historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. Madrid, Siglo XXI.

[ii] Son las curvas que se forman al cortar un cono con un plano: circunferencia, elipse, parábola e hipérbole.

[iii] Se sabe que esta hermandad cristiana cuidaba a los enfermos en un ámbito caritativo, y también cumplían la función de legitimar a Cirilo, el patriarca cristiano de Alejandría. De este modo, no se toleró el paganismo de gran parte de la población, entre la que se encontraba Hipatia.

[iv] Cavendish tenía ideas interesantes, como que las enfermedades se debían a una lucha entre los átomos. Se sabe que era escéptica respecto a la emergente experimentación con lentes, y afirmaba que lo observado en el microscopio por su contemporáneo Robert Hooke era erróneo y que las teorías debían deducirse más bien por una ciencia especulativa. Sin embargo, la duquesa nunca fundamentó bien esta idea.

[v] Técnica de inmunización contra la viruela en la cual se enjertaba, a modo de vacuna primitiva, viruela (a veces de vaca) para proteger a las personas de un ataque más fuerte y mortal de la enfermedad. Aunque la invención de la vacuna de la viruela se atribuye a Edward Jenner, la práctica de Montagu constituyó un estadio necesario para que ésta se desarrollase.

[vi] Reid, Robert, «Microbes and men».

[vii] La hipotética sustancia que perdía la materia en el estado de combustión.

[viii] La mónada es una especie de unidad metafísica, una homeomería del macrocosmos (que representa la naturaleza del Universo en sí misma). Es uno de los intentos por fusionar el mundo orgánico con el espiritual.

[ix] Estudio de las conchas de los moluscos.

[x] También participó Voltaire. Aunque ninguno ganó, ambos escritos fueron publicados.

 

 

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Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) cursa actualmente la licenciatura de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Conducida por su mayor pasión, la divulgación, es anfitriona en el Museo de las Ciencias Universum desde 2012. También tiene otras aficiones, como la literatura, la historia, la museología y, sobre todo, la ciencia ficción. Es editora de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Muy interesante recopilación, ya sospechaba que era poco texto para tantos datos, por lo que dedicarle a los casos más antigüos se me hizo un gran acierto. Felicidades porque la lectura me resultó muy amena, completa y me dejó con más ganas de saber sobre las mujeres en la ciencia. Es un gusto leer algo con un tinte objetivo y con un brillo de esperanza.

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