Crónica de un desencuentro

Alejandro Sal. P. Aguilar escribe una crítica de «Una esencia inmensa y viva», del narrador Emmanuel Islas.

Llegó a mis manos, circunstancialmente, la antología de cuento Una esencia inmensa y viva, de Emmanuel Islas. El libro no consigna ni una palabra sobre su autor, así que el ejercicio de exégesis e interpretación literaria se vuelve realmente sugerente. No se sabe quién es Emmanuel o a qué se dedica, o si tiene otras obras. Entonces, vayamos directamente a lo que la obra revela.

Digamos algunas palabras sobre el autor. Es conocedor de la buena literatura rusa decimonónica; Tolstoi y Dostoievski figuran entre sus lecturas predilectas. También hay alientos de los románticos en general, de Leopardi y Hölderlin especialmente. Crítico del racionalismo moderno, su obra es en parte una reacción contra Descartes y el positivismo; asume el papel de un Zaratustra posmoderno intentando devolver a los mitos la luz que tuvieran ayer, testimoniando su temporada en el infierno. Esto es decir mucho y no decir nada; así que, para decirlo pronto, el autor es un romántico: se alimenta de pasado y amor, embriaguez y mito, contradicción y patetismo. Hecha la carta astral, pasemos a lo siguiente.

No ocultemos lo más seguro, el autor, además de romántico, es inteligente. Es inteligente, sí, pero precisamente su inteligencia es su principal enemigo. Es un excelente tejedor de argumentos que no llegan a constituirse como fábulas plenas; concibe ideas geniales que no sabe terminar. Su obsesión por hallar contradicciones y paradojas lo lleva a figurarse historias que se configuran en torno al absurdo; pero como también padece de cierta urgencia, los argumentos se le resbalan entre las manos y no cuajan como podrían hacerlo si entre la idea y la escritura mediara algún tiempo de maduración. En la imaginación, su planteamiento del patetismo es visionario, pero la materialización de este ideal, salvo algunas excepciones en la obra, no llega a cumplirse cabal y satisfactoriamente. Y uno, como lector, hubiera querido que el argumento se desenvolviera de otra manera, menos precipitada y más pulida.

A Islas le place más la explicación del texto que su confección, ¿y quién quiere literatura que sea explicación de los recovecos de la vida? Si uno quiere explicaciones, va y desempolva a Fichte o a Schopenhauer, la literatura es para expresar vida y experiencia, símbolo y metáfora, no para desarrollar conceptos y categorías; o en el peor de los casos, lecciones de moral.

Sobra decir que el autor se inclina por el relato corto y la minificción. Entre nosotros, fueron Julio Torri, Juan José Arreola y Augusto Monterroso quienes nos mostraron los mejores caminos y efectos del relato corto. Examínense algunos de los recursos más usuales en este terreno: se recurre a mitos para trastocarlos, para falsearlos, para convertirlos en simulacros. Además, se importan otras codificaciones no propiamente literarias para «literaturizarlas», como el opúsculo, el aforismo, el instructivo, la nota, el anuncio, la parábola, la fábula, etc. –la gama es realmente muy variada–; por ello, en cierta forma, la minificción es deudora del ensayo.

El título constituye una parte esencial del microrelato, este nos revela una verdad que una primera lectura pasajera no se deja ver, el título es el complemento del silogismo que plantea el relato. En varios de los relatos de Islas el título está perfectamente expresado, pero su contenido es una promesa incumplida. Por su extensión, el relato breve no permite profundizar demasiado en acciones concretas o en personajes complejos; en cambio, ofrece un efecto estético y de sorpresa inmediatos, como una adivinanza, un refrán o un enigma. Valga decir que el momento del microrelato es el instante de la anagnórisis en la tragedia; el microrelato todo él es revelación de una verdad, pasado, presente y futuro congregados en un segundo fugaz. Y como tal, cada palabra, cada verbo, cada adjetivo, cada adverbio, cada figura literaria que contenga, debe ser artificio de un auténtico escultor de la palabra. Aquí no caben las precipitaciones. Si el cuento gana por knock-out, el microrelato gana por default.

En ese sentido, Una esencia inmensa y viva pasa sin consagrarse demasiado a la forma pulida de la prosa, su afán por nombrar el universal por el universal lo encasilla en cierto tipo de adjetivaciones y reiteraciones de tipo metafísico. Salvo una imagen que, efectivamente, vale como revelación sempiterna, pocas frases tiene la talla de: «Pícara, hueles a mar de noche, amar de noche. Y en mi calidad de Moisés abro tus nalgas como si fueran el Mar Rojo», cima y cisma del erotismo sacramental de la obra.

Los personajes de Dostoievski son auténticos paradigmas cuando de contradecirse se trata. Vemos al hombre del subsuelo hacer una afirmación y en la oración siguiente negarla. Así, la mentalidad de los personajes de Dostoievski es de una coherencia silogística pero equivocada, la suya es una irracionalidad caracterizada por su capacidad para estructurarse de acuerdo con los cánones de la razón: son defensores de disparates. Solo así pueden complacerse en caer y permanecer en la abyección. Deudor de Raskólnikov, el autor de Una esencia inmensa y viva desea contener el abismo de la conciencia y su jadeante ir y venir en apenas unas líneas. Los resultados no son satisfactorios; en varios relatos no se logran el patetismo y la paradoja pretendidos. La composición de algunos relatos no alcanza a acentuar lo suficiente la identidad de la extravagancia que el autor desea expresar, con lo que los efectos no son los esperados en el lector. Así que argumentos excelentes como «El suicidio postomrtem» o «Por culpa de Tolstoi» no alcanzan a cumplirse. Se salvan medianamente otros como el kafkiano y apócrifo «La incredulidad de Salomé», «Un collar de turquesas» y «Sorpresa». Más plenos resultan «El redactor orgulloso» y «Clase de Historia», los que, por otra parte, también se caracterizan por su sencillez, a veces es lo más sencillo lo que revela lo más profundo. Insisto que, en el fondo, se trata de un problema de paciencia: el autor quiere terminar los relatos cuando apenas comienza a plantearlos.

En la hechura de los textos, el autor revela también su afición borgeana. Y para decirlo con todas sus palabras, pienso que los seguidores de Borges eligieron un camino que ya había sido agotado por el maestro, y no podían, por tanto, sino andar por una carretera que terminaba en callejón. Donde el maestro es alumno de Plotino, Estos son peripatéticos medievales, donde el primero es homérico, estos son traductores y copistas de abadía. Por eso hacen bien aquéllos que aborrecen a Borges después de Borges. El escepticismo de Borges le permitió acercarse a las más variadas tradiciones de pensamiento, digamos, la tradición germánica, grecolatina e inglesa, y sacar de ellas verdaderas esferas literarias. La duda, la inversión, la aproximación tan lúdica como erudita a las ideas del tiempo, la eternidad, la muerte, el eterno retorno.

Pese a que sus obras parecen pequeños universos, ontologías en miniatura, Borges nunca tuvo un afán neto y real por filosofar. Detrás de sus cuentos, podemos imaginar, sobre todo, un homo ludens divirtiéndose libremente en su escepticismo, aunque, no obstante, prisionero de su biblioteca benedictina, para decirlo con Umberto Eco. Y esto es algo que los herederos de Borges no han comprendido. En ellos, el juego escéptico es sobrepujanza de la inteligencia, donde Borges buscaba sorprender y crear un efecto estético a través de las verdades pasadas, sus seguidores buscan restablecer esas verdades y se extravían en los tránsitos metafísicos que hacen posible reavivar el pasado. Sin duda, lo que revelan en el fondo es un afán moralizador. Solos y atrapados en una sociedad consumista y globalizada –prefiero apelar a estos dos términos que a la expresión sociedad posmoderna– buscan volver al pasado; son románticos y ortodoxos en el sentido más lato de la expresión.

Me parece que el autor de Una esencia inmensa y viva es tributario de esta generación. Habrá que advertir que tratar de imitar a Borges en alguno de sus recursos literarios equivale a convertirse automáticamente en un mal imitador; no se trata de emularlo, sino de superarlo, de llevar la lengua y la literatura a otras posibilidades, nadie sabe todavía cuáles sean esas otras posibilidades. Esta y no otra es la tarea de los nuevos escritores: ir más allá del único clásico de la literatura en lengua española que nos resultó coetáneo. Están Quevedo, Cervantes y Borges, por lo menos esta es la opinión de Vargas Llosa.

Pudiera uno ser complaciente y celebrar las ocurrencias del autor, pero es que donde hay verdadero talento en ciernes, aunado a una auténtica sensibilidad, es deber del crítico desentrañar los desvaríos de la obra, es preciso destruir lo que el autor conserva todavía de diletante y de filósofo. ¡De patitas a la calle, menso!, diría Islas. Espero de buena fe que este intento sea visto con buenos ojos.

 

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Posted by Alejandro Sal. P. Aguilar

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Es editor de Cuadrivio.

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