Confieso que he leído

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Roberto Carlos Pérez

 

Que otros se jacten de las páginas que han escrito; 

a mí me enorgullecen las que he leído.

                      

                                                                              «Un lector», Elogio de la sombra, Jorge Luis Borges

 

 

UNO

 

Ejemplo 1: El viernes 19 de julio de 1374 falleció Francesco Petrarca. Fue encontrado en su mesa de trabajo sobre un manuscrito de Virgilio. El primer humanista hizo realidad hasta el último minuto sus ansias de vivir «en la completa calma del espíritu, lejos de los tumultos, los ruidos, las preocupaciones, leyendo y escribiendo continuamente».

Conocemos a Petrarca gracias a sus poemas escritos en lengua vernácula, Rime in vita e Rime in morte de Madonna Laura , aunque su obra en latín gozó de gran prestigio en el siglo XIV. En sus sonetos y sus canciones se conjugan y se funden la poesía trovadoresca, la tradición cristiana y la literatura grecolatina. Hacia finales de la Edad Media, Petrarca hizo del estudio de la Antigüedad clásica una forma de vida. Como los trovadores, el poeta convirtió el amor-pasión en un impulso trascendente en una época en que la mujer era solo un medio para continuar la especie.

Ejemplo 2: Durante el Renacimiento y el Barroco, el español se convirtió en el nuevo latín. Sin la poesía y la prosa de Garcilaso, Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Cervantes y Calderón -entre otros-, la cultura europea no sería la misma.

Tanto Fray Luis como Quevedo abogaron por la vida retirada. Este último se encerró en el señorío de la torre de Juan Abad para vivir en comunión con los libros que, gracias a la nueva imprenta de tipos móviles, se producían a gran escala.

La intensa lectura fue el refugio del poeta madrileño, y los escritores muertos -vivos mediante «doctos libros»-, fueron su única compañía. José Emilio Pacheco aseguró que «Francisco de Quevedo es el mayor artista que han tenido la prosa y el verso castellanos. Estéticamente no resulta inferior a ninguno de sus grandes contemporáneos, dentro y fuera de España. Por sí sola su obra justifica lo que Juan Ramón Jiménez, Salvador Madariaga y Tomás Navarro Tomás han reclamado para nuestra lengua: el ser entre los idiomas europeos aquel que permite la mayor variedad de estilos, tonos y registros».

Ejemplo 3: Un niño en una remota región de América hizo de la lectura el escape para el sufrimiento de haber sido abandonado por sus padres. Rubén Darío, el primer escritor profesional de nuestro idioma, quien antes de conocer a Verlaine conoció a Cervantes y a Quevedo, sus primeros y grandes maestros, también fue un voraz lector, primero de los libros de su padre adoptivo, el coronel Félix Ramírez Madregil, y luego los de los tomos de la Biblioteca Nacional en Managua. Los modernistas estaban de cara a lo nuevo, a todo lo que reaccionara contra el horror de la industrialización y la estandarización del gusto, pero antes habían leído a Homero, a Ovidio y a Dante, y fueron, por ello, una auténtica renovación del humanismo.

 

DOS

 

Dijo Michel de Montaigne en el siglo XVI: «En los libros solo busco el placer de una distracción honesta, y si estudio, únicamente persigo la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo, instruyéndome a vivir y morir bien». Tal era el proyecto de la filosofía griega.

Pero la lectura no solo sirve para conocerse a sí mismo sino también para reconocer al otro. No es solamente un pasatiempo sino la forma más concreta y certera de darse cuenta que hay otras formas de pensamiento, otras civilizaciones y seres distintos a nosotros con quienes debemos compartir tiempo y espacio.

«Leer no es un adorno -dijo José Emilio Pacheco-. Si Hitler hubiera leído historia jamás se hubiera embarcado en la desastrosa invasión de Rusia; tampoco Bush (hijo) hubiera invadido Afganistán si de niño se hubiese interesado en Kipling y los otros novelistas ingleses que hablaron del desastre que significó para el imperio británico aventurarse en esa tierra inconquistable».

La ignorancia es soberbia. En la era de Stalin, la biblioteca del célebre escritor húngaro, Sándor Márai, fue expurgada cuando las tropas rusas entraron en Budapest. Más de seis mil volúmenes le fueron destruidos al autor, quien se exilió en los Estados Unidos. En 1989 se suicidó en su casa de San Diego, poco antes de la caída del Muro de Berlín. El mundo supo de este gran novelista solo después del fin de la Guerra Fría, cuando sus libros fueron traducidos a todos los idiomas cultos. Su pasión era la lectura.

 

TRES

 

El Siglo de Oro comenzó cuando España se convirtió en el primer imperio global y el español se impuso como la lingua franca. Pero aquella edad gloriosa de la cultura no terminó en Madrid sino en un convento de Nueva España en 1695: con la muerte de Sor Juana, la lengua que hizo hablar al anónimo juglar del Cantar de Mio Cid, al Arcipreste de Hita y a Fernando de Rojas, hizo eco en aquella atrevida mujer que optó por los votos religiosos para realizar su sed de conocimiento. Su pasión por la lectura fue voraz y así lo admite en la Respuesta a Sor Filotea:

 

[…] no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban  lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puedetestificarlo.

 Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.

Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres –y más en tan florida juventud– es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

 

Sor Juana es el mejor ejemplo de que la lectura es una pasión tan nata como el gusto por la música. «Pasión gozada es la pasión sufrida», dijo Joaquín Pasos. Por eso, resulta difícil entender cómo una niña decide dejar de comer y medir el tiempo de aprendizaje mediante la rapidez con que le crece el cabello, porque la lectura, pasión de pasiones, no conoce los dictados de la razón.

 

CUATRO

 

Los que fuimos niños en la Nicaragua de los ochenta debíamos, por fuerza, aprender a leer siguiendo el plan de estudio diseñado por el gobierno sandinista. Tristemente, desaparecieron de las canasta básica de la lectura el Quijote, Platero y yo, Las mil y una noches o los cuentos de hadas recogidos por los hermanos Grimm, entre otros.

Lenin y Marx reemplazaron a los molinos de vientos y a la sin par Dulcinea del Toboso, la mujer más bella del mundo. También se fueron el entrañable burro que recorre, con su dueño, las desoladas calles de Moguer, las historias de ladrones y de lámparas mágicas y la Bella Durmiente y Cenicienta.

Hijos de los Baby boomers que vieron en la revolución sandinista la utopía siempre soñada, nuestro destino era leer los Epigramas de Ernesto Cardenal y los poemas de Leonel Rugama. Pero el destino es caprichoso: en la pequeña biblioteca de mi padre estaban los libros de Rubén Darío.

Una día descubrí que la mejor manera de silenciar las bombas y los muertos que de niño me tocó escuchar y ver en los días previos al 19 de julio de 1979, era a través de la voz de un poeta que llegaba, desde 1916, año en que murió, a rescatar a ese niño de ocho años atormentado por la violencia. Aquella mañana de 1984 abrí el libro al azar. Rubén Darío hablaba solo para mí:

 

Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.

Un soplo milenario trae amagos de peste.

Se asesinan los hombres en el extremo Este.

 

Me faltan palabras para describir el impacto que tuvieron esos versos en aquel niño que, por supuesto, no los entendió a plenitud, pero que intuía la desazón, el miedo y el horror de quien los había escrito. Darío me extendía la mano. Con los vientos de la Gran Guerra soplando, abogó por el milagro de la paz a través de la venida de Cristo en todo su poderío. También el niño de 1984 le temía a la guerra y a la muerte que alebrestaba su corazón y lo acorralaba como a un muñeco de trapo en medio de la oscuridad.

Luego, en la adolescencia, y todavía padeciendo los estragos de la guerra en mi nuevo país, los Estados Unidos, al que llegamos escapando de la violencia, Darío me iluminó el horizonte de lecturas, como Virgilio a Dante: de Cervantes y Calderón a Víctor Hugo, de Ovidio y Cicerón a Verlaine y Mallarmé. Porque el libro, o la lectura, para Darío, siguiendo la sentencia cristiana, es el «Camino, la Verdad y la Vida». Dice el poeta:

 

El libro males destierra;

da al espíritu solaz,

y derramando la paz,

va destruyendo la guerra

que nos confunde y aterra:

él nos pinta en lontananza

albas de dulce bonanza

que nos llenan de consuelo,

y nos muestra allá en el cielo

el iris de la esperanza.

 

……………………………………

 

Cuando triste alguna vez

el alma, sombría y muda,

el abismo de la duda

mira que se abre a sus pies,

del libro la brillantez

la felicidad le labra,

y hace que un cielo se abra,

y la razón antes muerta

se conmueve y se despierta

al trueno de la palabra.

 

El horror de la guerra menguó debido a la serenidad que traía la lectura. De vez en cuando recuerdo el tronar de las bombas, pero la comunión con la lectura disminuye su fragor pues, gracias a Darío, he aprendido a hacer mío el soneto de Quevedo «Retirado en la paz de estos desiertos», que hoy más que nunca me es indispensable citar:

 

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años vengadora,

libra, ¡oh gran don Ioseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora,

pero aquélla el mejor cálculo cuenta

 que en la lección y estudios nos mejora.

 

CINCO

 

De aquel niño queda un cuarentón que le tocó presenciar la llegada de Internet que cambió para siempre la manera cómo leemos y cómo circulan los libros. Hay más libros que nunca. Sin embargo, el deseo de entender al otro y la pasión por el conocimiento han sufrido una transformación que, sin afán de juzgarla, hay que verla como un fenómeno.

Para los jóvenes lectores del siglo XXI Petrarca es cursi, Quevedo complicado, Sor Juana una monja sepultada por el tiempo y Darío aburrido. El instante y la inmediatez le han ganado al deseo de conocer cómo se ha originado el pensamiento y cómo ha devenido en los escritores contemporáneos.

La Antigüedad es algo tan distante como la figura del otro, pues en la era del selfie, lo común es mirarse el ombligo, sin saber que Homero es tan actual como lo era para la Grecia del siglo VIII antes de Cristo. El libro se ha convertido en un acto de consumo en el que el conocimiento del pasado está fuera de moda y con lo que no nos podemos identificar.

No obstante, no hay acto más humano que leer un libro, puesto que su fin es darnos cuenta de que hay otros que tal vez no piensan como nosotros, y nos brinda la aventura de salir y adentrarnos en nuevos mundos.

En la actualidad la lectura se ha reducido, en gran parte, a la pantalla del computador, donde abundan los libros de autoayuda y las enciclopedias libres como Wikipedia. Ausentes de las lecturas de los escritores más jóvenes están libros tan importantes como la primera edición del Cantar de Mio Cid, anotada por el filólogo Ramón Menéndez Pidal, o las Poesías completas de Rubén Darío, editadas por Alfonso Méndez Plancarte y Antonio Oliver Belmás.

  Amazon, la librería virtual, ha hecho del libro una rareza y un lujo, bajo la apariencia de que todos tenemos acceso a ellos y, por ende, al conocimiento. Bastan dos ejemplos: el gran libro de Antonio Regalado Calderón: los orígenes de la modernidad, libro fundamental para entender al dramaturgo español, ha sido secuestrado por la mega librería mediante el impagable precio de 928 dólares. Sin embargo, las novelas de Dan Brown se venden por un centavo.

Para terminar, recordemos las palabras de Umberto Eco sobre la lectura en tiempos de Internet: «El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee».

 

 

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Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D. C. Además es máster en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro por Maryland University. Producto de sus investigaciones son los ensayos aparecidos en revistas nacionales e internacionales. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012) y de la novela corta Un mundo maravilloso (2017). Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Es también editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007) y de la edición crítica de la novela El vampiro (1910), de Froylán Turcios. Roberto Carlos Pérez es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

 

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