Con pasión anárquica

La curiosidad y el encanto de la poesía, bajo la oscura época de la dictadura, marcaron los inicios en la lectura del destacado poeta chileno Jesús Sepúlveda.

Jesús Sepúlveda (1967) es uno de los principales poetas latinoamericanos surgidos a finales de los 80. Ha publicado ocho poemarios y tres libros de ensayo, incluyendo su manifiesto ecoanarquista El jardín de las peculiaridades (2012). Pulso Films llevó al cine su tercer poemario, Hotel Marconi, en 2009. Textos suyos se han publicado en una veintena de países y traducido a ocho idiomas. Su libro más reciente, Secoya, se publicó en 2015 en Nueva York. Actualmente es catedrático en la Universidad de Oregón.

 

 

Jesús Sepúlveda

 

Desde niño he tendido a masticar las palabras como queriendo escuchar el eco que su música provoca en la cueva de la conciencia. Para mí, leer ha sido un acto marcado por el ritmo de la poesía. Me gusta leer lentamente, perplejo ante el misterio del lenguaje, desvistiendo la forma que encarnan las palabras.

Comencé a leer como muchos: por curiosidad. Pero siempre he sido un lector desordenado que se enamora y desenamora de los libros. En el fondo, leo con pasión anárquica. La lectura veloz me parece un negocio, no un acto de fruición. Leer atentamente, poco a poco, permite que todo el ser entre en el túnel de las palabras y cruce al valle donde bailan la imaginación, la reflexión y la poesía. Cierto que descifrar mensajes y decodificar información puede ser útil y funcional. Pero leer es otra cosa. Es detener el tiempo y privilegiar el placer a las necesidades de la producción.

Lacan explica que hay un momento bisagra en el que se sale del reino imaginario para entrar al solipsismo de lo simbólico. También es un momento de separación de la conciencia holística que conforma la noosfera para centrar la atención en asuntos humanos y afianzar la conciencia individual en el mundo. Este proceso de individuación ocurre al unísono con la lectoescritura.

En la consecución de la lectura se va el mundo, porque el viaje de ida y vuelta entre lo que leemos y proyectamos y lo que percibimos e incorporamos es un espejo de detalles. Allí se refleja y repite el mundo. Después de todo, leer no es sino perpetuar la especie humana y el mundo que seguimos transformando, subvirtiendo o creando como un retablo de maravillas. Por eso leer es un acto encantatorio: proyectamos el mundo con la mente como magos del intelecto. Y quizás esto sea justamente lo que caracteriza la subjetividad moderna. No fue sino la proyección de sus lecturas la que hizo de Alonso Quijano don Quijote. Y no fue sino la lectura de Cervantes la que ha hecho de la lengua española el castellano. Leer, de hecho, es un proyecto de la imaginación.

 

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Recuerdo el poder magnetizante que producía en mí el silabario que traía a casa mi hermana normalista. En él me hundía las tardes de comedor y luz artificial antes de entrar en edad escolar y observaba el barullo de la casa sin saber si yo era yo, ni los otros, una extensión de mi conciencia. Lectura e identidad son, en efecto, dos nociones entrelazadas como lianas de la selva. El nudo que las sujeta es tan inextricable como el lenguaje articulado que hace a los humanos.

«Cuando entres al kínder aprenderás a leer», me decían en casa mientras yo seguía con la mano el camino de las vocales. La palabra kindergarten me embelesaba entonces. Quizás todavía lo haga. Leer, entonces, era un misterio y una capacidad vedada solo a los mayores que podían entrar en ese bosque de símbolos.

Desde un principio quise explorar esa foresta ignota de vocales y consonantes reservada a los aventureros de la mente, entrar en esa ciudad –o mundo– y recorrer el país que retrataban las palabras, conocer épocas remotas y poseer el conocimiento de las cosas y el don de la expresión que un niño en edad preescolar desconoce. Fue por curiosidad –y no otra cosa– que entré al bosque de la lectura. Así comencé a leer.

Luego vinieron las clases de castellano. En un principio, la profesora nos daba poemas que debíamos memorizar, interiorizando un sentido «propio» de la lengua. Héroes nacionales, leyendas regionales y breves ensayos se fueron mezclando con largos poemas rimados, hagiografías de próceres de la independencia y exóticas aves del sur para formar ese primer mundo imaginario que llamamos nación. Con el correr de los años, el mundo se hizo ancho y lejano, y algunos títulos se fueron quedando en la memoria: Corazón. Diario de un niño de Edmundo de Amicis, el cuento «El vaso de leche» de Manuel Rojas, El último grumete de la Baquedano de Francisco Coloane, El secreto del alquimista de Julio Verne, Días de infancia de Máximo Gorki, La metamorfosis de Franz Kafka, El rey del mar de Emilio Salgari, Leyendas del Cristo negro de Mahfud Massís, El tercer ojo de Lobsang Rampa, Madame Bovary de Gustave Flaubert. Las lecturas eclécticas forman subjetividades híbridas. En el liceo experimental donde estudié, los profesores quisieron darnos un gusto más latinoamericano: Carpentier, Sábato, Vargas Llosa, Cortázar y esa monumental obra de García Márquez que terminé leyendo una mañana de cimarra en una banca del Parque Bustamante, en Santiago de Chile. Hay libros fundamentales que atrapan y autores que obsesionan. Leer es buscar también desvíos existenciales.

Recuerdo que me sentaba a leer horas en el living de la casa de mis padres, ensimismado y ausente. En esas repisas y libreros de madera, encontraba en las noches de silencio o en las mañanas solitarias libros como compañeros: tomos de historia y geografía, enciclopedias, antologías de poesía, biografías, almanaques y la colección «Fauna» que mi padre fue empastando mientras alimentaba mi sed de aventuras con las historietas quincenales de Tarzán. Entonces yo sabía que había un mundo pleno de vida en otra parte. Algo distinto a la tristeza y el nerviosismo que producía la presencia de la dictadura.

 

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A veces me persigue una imagen borrosa. Como en un sueño veo a mi padre y mi tío cavando una fosa en la parte trasera de la casa natal donde antes hubo un gallinero. Allí los veo depositar unas bolsas de plástico repletas de libros. Pronto todo queda cubierto de tierra y madera. Me miran sin decir palabra. Todos entendemos, o yo creo que entendemos. Tengo cinco años y oigo en sordina que andan allanando.

Años más tarde, mi madre hizo edificar tres cuartos en esa parte de la casa para incrementar la economía familiar. Arrendatarios solitarios, ignorantes de que sus piezas se cimentaban sobre libros prohibidos, comenzaron a circular por esa casa de la calle Marconi. Quizás hallaban en nuestra mesa de comedor la familia que nunca tuvieron. Quizás estaban allí para implementar el ritmo de la lectura con la síncopa de la conversación.

Pero ¿qué secreto ocultaban esos libros? ¿Por qué eran tan peligrosos? ¿Qué había en ellos? Nada. Solo palabras. Oraciones impresas que el régimen no quería que se leyeran. Quizás por eso Orwell nunca me ha parecido tan descabellado.

 

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Otra biblioteca que recuerdo es la de mi abuelo paterno. En ella yo me escurría observando los títulos que revelaban sus intereses: masonería, educación y democracia. Algo privado había, sin embargo, en ese estudio forrado de libros que no me dejaba en paz. No en vano teníamos prohibida la entrada. Sobria y severa, esa biblioteca era un recinto sagrado. Había que ameritarlo para entrar. Descubrí así que las bibliotecas también son templos de reflexión y silencio.

En la pubertad leí furtivamente los libros de mi hermano. Casi diez años mayor que yo, mi hermano ordenaba celosamente sus libros en las repisas que mi padre fabricaba. Así, poco a poco, sus preocupaciones se volvieron también las mías: marxismo, filosofía y poesía. Cada vez que él salía, yo aprovechaba para revisar sus libros y leerlos a la carrera. Otras veces, simplemente, me los prestaba. Sus compañeros de universidad intentaban reclutarme: Trotsky, Nietzsche y El Estado y la revolución, o Humboldt y Simón Bolívar, o Roque Dalton. Fue gracias a mi hermano que leí a los poetas jóvenes de la época: Raúl Zurita, Rodrigo Lira, Diego Maquieira, entre otros. La nueva novela de Juan Luis Martínez la tenía en fotocopias pero no por eso dejó de impresionarme. Leí de un tirón Epigramas de Ernesto Cardenal y, en forma discontinua, Obra gruesa de Nicanor Parra y Altazor de Vicente Huidobro. También hallé en su repisa Flores para Hitler de Leonard Cohen, La caída de América de Allen Ginsberg y La pieza oscura de Enrique Lihn. Ahora no me cabe duda: uno lee por influencia, porque ve a otros leer. O porque simplemente quiere leer lo que otros leen. O quizás no. Las lecturas de mi padre eran diametralmente distintas a las de mi madre. Uno leía el Reader’s Digest y Adiós al séptimo de línea. La otra, Dostoievski, Hemingway y Pearl Buck.

 

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El primer arrendatario que mis padres tuvieron fue Ortiz: un profesor de historia, anárquico, existencialista y socializante, que me entregaba recortes de revistas, diarios y libros, todos subrayados con distintos colores, para que yo los leyera y estudiara. En los meses de verano, y quizás también durante algunos fines de semana, Ortiz me hablaba de esos recortes: Platón, Nietzsche, Schopenhauer, Marx, Sartre. Nombres que parecían importantes fueron despertando la curiosidad de mi intelecto de niño. Los mapas también fueron formas de lectura. En la pared de mi cama tenía colgados los planos que seguían la campaña de Rommel en El Alamein, el desembarco de los aliados en Normandía y la ruta de los barbados desde Santiago de la Peña frente a Tuxpan, en México, hasta la Sierra Maestra cubana. Ortiz me introdujo también a otro tipo de lecturas que, aunque ahora parezcan esotéricas, me alejaron de la religión: Mundos en colisión de Velikovski, cuya aparición serializada en las páginas del Reader’s Digest despertó mi interés en el racionalismo ilustrado: probar los hechos de la Biblia con información histórica y científica.

Luego, El retorno de los brujos de Pauwels y Bergier y Recuerdos del futuro de Erich von Däniken me hicieron creer en los ovnis. En cierto sentido, Ortiz era como ese personaje de Hermann Hesse, Harry Haller, que tanto influjo ejerció en mi psicología de adolescente. Recuerdo muy bien que mi profesor de geografía hacía hincapié cada vez que yo citaba a Hesse que el subtítulo del Lobo estepario era «Solo para locos».

 

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Con el tiempo entré al terreno exclusivo de la poesía y me transformé en un lector especializado. Como a muchos, Neruda me abrió la puerta. Pero fue Nicanor Parra quien encendió la casa y Vallejo quien la decoró. Entonces vino un período intenso de lectura poética que culminó con la publicación de mi primer libro antes de cumplir veinte años. A medio camino conocí a Carmen Berenguer que me dio a leer sus traducciones de Diane di Prima. En realidad fue Carmen quien me introdujo a los beats, Rimbaud y la tradición poética chilena. Leer ha sido, sin duda, dibujar un mapa personal de la literatura.

Desde entonces, la lectura y la escritura han sido una, sin fronteras ni tercos parapetos. Sabido es que la lectura borra las fronteras y desmorona los muros. Deshace también la hipnosis de la pantalla y le permite al animal humano mirarse por dentro. También hace soñar y volar la imaginación. De algún modo detiene el tiempo que produce la máquina de hacer basura. Esto, claro, cuando es lectura arbitraria y no trabajo asalariado. Es, en lenguaje de los brujos, un modo de detener el mundo. Pero también construye el pensamiento simbólico, ese mismo que hizo que hace más de cuarenta mil años nuestros ancestros pintaran en las cuevas rupestres sus visiones chamánicas. Una vez que se aprende a leer no se olvida. Pero reconocer los símbolos y descifrarlos sin interpretarlos no es leer. Leer es comprometerse, transformar la opinión en juicio interpretativo, fertilizar el pensamiento crítico. La lectura contradice el dogma y el sistema binario de los ordenadores.

He leído así desde entonces: interpretando, auscultando el misterio del lenguaje, lentamente, como si quisiera escribir un poema, masticando las palabras y escuchando el eco que su música provoca en la cueva de la conciencia.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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