El relato xalapeño de Sergio Pitol

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Eduardo Cerdán

 

Presencia, fuga, sueño, realidad, soledad, solidaridad, lejanía, textualidad y biografía han podido conjugarse con comodidad. Siento que he llegado al lugar donde todo está en todo.

Sergio Pitol, 2004

 

Hace dos semanas, en un tradicional restaurante del centro de Xalapa ubicado a unas cuadras de su casa, dedicamos una cena a la vida y obra de Sergio Pitol. Me sentía, y esto ocurre constantemente desde que estaba yo aún más verde, como un intruso entre el gineceo. Sentadas a la mesa hablaban cuatro mujeres de letras: íntimas amigas de Pitol desde años ha, grandes conocedoras de su obra. Y, en medio de ellas, yo. El cuadro era absolutamente carnavalesco no solo por extraño –y, para mí, gracioso–, sino porque allí se difuminaban las barreras (genérica, generacional y de bagaje cultural, en este caso) que entre las cuatro y yo existen: fenómeno típico del carnaval descrito por Bajtin. Ahí tenemos que, incluso en la logística, aquella cena se antojaba como un homenaje pitoliano.

La velada no fue del todo feliz, por supuesto, ya que –como se sabe gracias a la prensa mexicana– nuestro Premio Cervantes vive ahora la etapa final de su afasia progresiva. Sus lectores aprendimos, especialmente por sus últimos títulos, que Sergio habita en la palabra desde su infancia en El Potrero, ingenio azucarero de Veracruz. Que un hombre así haya perdido la capacidad de comunicarse verbalmente es sin duda cruel, pero también hace pensar –aquí sigo a Luz Fernández de Alba– en la indudable genialidad de Pitol, quien perdió el habla como Beethoven el oído y Borges la vista.

A partir de esa cena, movido y deleitado por las anécdotas que sobre él se contaron, cada noche he vuelto religiosamente a los textos suyos que más me han gustado –al menos uno por día–, y de esa experiencia abstraje un ejercicio de estimulación de la memoria contagiado por las páginas del «maestro», como todo mundo, y con justa razón, se refiere a él. «He observado que siempre que pienso en las cosas de Sergio, termino encontrando coincidencias inesperadas», dijo Enrique Vila-Matas en nombre de todos quienes nos hemos relacionado con él. Hablo de relacionarse con Pitol en un sentido amplio, es decir: no exclusivamente tête-à-tête, pues, como él lo ha reiterado en varias ocasiones, también lo que ocurre con y en los libros es parte de nuestra vida.

Desde que leí El arte de la fuga quedé profundamente imantado a su escritura y hallé en su obra una afinidad muy especial. Pensé –me acuerdo– que no solo Sergio Pitol vive en Xalapa, la ciudad donde nací y crecí, sino que Xalapa vive en él. Mantengo muy presente un pasaje del susodicho libro, parteaguas dentro de la literatura mexicana, en el que cuenta una pesadilla donde aparece su legendario perro Sacho y un universo que, aunque deformado como cualquier extracto del inconsciente, está anclado en mi ciudad. Lo sé porque menciona Los Berros, uno de sus parques emblemáticos. Sergio Pitol sueña con Xalapa, me dije, y desde entonces me fascina saber que comparto ciudad con una de las mentes más dotadas que ha dado México.

Mi «relación» con Pitol se ha establecido, desde entonces, a partir de las coincidencias de las que hablaba Vila-Matas. Mi encuentro más memorable con él fue casual: lo hallé en los alrededores de su casa y me invitó a ella. El recuerdo, seguramente porque en ese entonces vivía yo mi segundo episodio de depresión –enfermedad que no le es ajena a Sergio–, es muy nebuloso. Me lo figuro risueño, haciendo señas y con un humor envidiable. Me acuerdo del olor a cigarro (¿fumé con Sergio Pitol?), de un estudio, de una biblioteca, de varios retratos, de él riéndose de sí mismo en una foto donde aparece con el pelo largo en los setenta, y de que ese día me regaló un ejemplar de Memoria, 1933-1966.

Antes, dentro del marco de alguna Feria Internacional del Libro Universitario, en el stand de Ediciones Era, elogié con la mirada gacha y en voz alta quién sabe qué edición de un libro de Pitol. Al otro lado del puesto, alguien asintió conmigo: era Sergio. Llevaba yo un libro de Anamari Gomís, su amiga cercana. Le emocionó muchísimo la coincidencia y como pudo, pues ya no hablaba, me lo explicó. Esa tarde me acordé: cuando en una clase de mi licenciatura en la UNAM mencioné dónde nací, Anamari (mi entonces maestra de primer semestre, ahora entrañable mentora y ya, junto con sus perros que adoro, parte de la familia que por ventura puede elegirse) me había dicho: «Me encanta Xalapa. Ahí vive mi gran amigo Sergio Pitol».

Anamari, Xalapa y la Universidad Veracruzana (UV) han sido mis puntos de convergencia con el polígrafo que, aunque es sin duda veracruzano, nació en Puebla. Fue la UV la que, a los 19 años, me premió en un certamen universitario: el Nacional de Relato «Sergio Pitol», heredero del Premio de La Palabra y el Hombre que el mismo Sergio obtuvo en 1980 por su cuento «Asimetría», escrito mientras ocupaba un puesto en la embajada de México en Moscú. «Fue [escribió Pitol en el 2000] un premio formidable, soberbio, pues me significó la vuelta a la escritura».

Luego de ese premio, José Emilio Pacheco escribió el texto «Imitación de Tu Fu para Sergio Pitol», que inicia: «Leí hace poco en la revista Tiempo una carta / en que dos escritores jóvenes protestan / porque el premio de cuento / de la Universidad Veracruzana fue concedido / a Sergio Pitol, escritor veterano. // La protesta no es contra Pitol / (esos muchachos reconocen la calidad de sus libros) / sino contra el hecho / de que los escritores veteranos como él / se presenten a un premio que debe servir para que se conozcan / los escritores jóvenes. La carta / me dio de una vez por todas conciencia de que ya somos / los escritores veteranos. No importa / que yo sienta que aún no comienzo, que todavía me faltan / por aprender mil cosas del oficio. / El hecho escueto / es que ha pasado el tiempo. / Como Tu Fu / (hace casi mil años) me pregunto/ si mis amigos son ya espectros. / ¿Cómo llegué aquí, por cuál camino? / No acierto a responderme».

«Asimetría» forma parte del último cuentario de Sergio Pitol, acaso el más perfecto de su producción cuentística: Nocturno de Bujara (1981), que después se tituló Vals de Mefisto y que consta de cuatro textos: el premiado en Xalapa, «El relato veneciano de Billie Upward», «Mephisto-Waltzer» y «Nocturno de Bujara». Según apuntó en su prólogo de 2004 a la edición que de sus cuentos completos hizo el Fondo de Cultura Económica, su despedida del género breve ocurrió con «El oscuro hermano gemelo», incluido en El arte de la fuga (1996). «Esos cinco cuentos [escribió] son indudablemente los mejores, los que mayor felicidad me han proporcionado al escribirlos. A veces pienso que no he intentado hacer otros, porque serían inferiores a estos cinco preferidos, y por eso solo me he interesado en la novela y el ensayo».

Creo que hay otro texto digno de figurar en la recopilación de sus relatos breves: el extraordinario y autobiográfico «Vindicación de la hipnosis» –quizá uno de sus pocos cuentos redondos–, también incluido en El arte de la fuga. A principios de los noventa, Sergio Pitol descubrió por medio de la hipnosis que su vida hasta entonces había sido una constante fuga del dolor que lo enlutó cincuenta y tantos años atrás, cuando en una poza de Atoyac, «la poza zonza», se ahogó su madre. A partir de entonces se apropió conscientemente del duelo y también, por supuesto, de su escapismo. «Vindicación de la hipnosis» es, por eso, el texto medular de El arte de la fuga. Gracias a este relato, el título no se queda en la referencia a la pieza musical de Bach: se vuelve también el concentrado, en cinco palabras, de su modus vivendi.

Pero vuelvo a su cuentística.

Citaba yo el prólogo de sus cuentos reunidos. Se trata de un texto en forma de diario que inicia con una entrada del 12 de mayo de 2004 escrita cerca de La Habana, en el Centro Internacional de Salud La Pradera, donde Pitol se sentía personaje de La montaña mágica. En esas líneas se leía ya el temor de lo que vendría, de lo que nos asola hoy. El 27 de mayo escribió: «[…] el problema del lenguaje, dicen, puede ser resultado de fatiga o de temor a las vicisitudes de la vejez. Me han sugerido varios ejercicios de prosodia y articulación vocal para hacerlos al llegar a Xalapa. […] Hoy en la noche iremos a despedirnos de La Habana. Hacía muchos meses que no lograba escribir, desde enero, me parece. Se me escapaban las palabras, se me quedaban a medias, me confundía con las conjugaciones, con el uso de las preposiciones, se me paralizaba la lengua. Al tratar de leer lo que perpetraba en mis cuadernos durante los últimos meses encontraba fragmentos de algo parecido a un Finnegan’s Wake del paleolítico inferior grabados en piedra por un aturdido Tructutú».

El cuento es importantísimo en la carrera de Sergio Pitol: fue el género con que incursionó formalmente en la literatura. De hecho, durante mucho tiempo se creyó –porque el mismo autor así lo pensaba– que sus primeros textos literarios fueron los escritos en Tepoztlán a los 23 años: cuando, en lugar de traducir un libro infantil que le había encargado la editorial Novaro, escribió sus primeros cuentos de a de veras: «Victorio Ferri cuenta un cuento», «Amelia Otero» y «En familia». Por entonces, dice, quería ser editor.

Pero, luego de publicar su Nocturno de Bujara, alguien lo hizo recordar que ya había tenido un arrebato que lo movió a creer, poco antes de cumplir 18 años, que podría ser un poeta à la Tristan Tzara. En 1982, en la editorial Siglo XXI, Eugenia Huerta le entregó un sobre con unos poemas que él había escrito en Caracas treinta años antes. Al respecto, Pitol cuenta: «No los leí en la editorial, supuse que serían poemas de Efraín Huerta, su padre. En el taxi de regreso al hotel, los fui leyendo uno por uno. Fueron los momentos más abominables de mi vida. Llegué a mi cuarto, los releí y me fue difícil concebir que hubiera sido capaz de escribir esa basura. Tenía en las manos los horrendos poemas dizque dadaístas que había perpetrado en Venezuela y entregué a mis mejores amigos al llegar de aquel viaje. Quemé de inmediato el sobre y su contenido en el baño para que no quedara huella de ese fruto de auténtica imbecilidad».

Su universo cuentístico está lleno de personajes atormentados, la mayoría anodinos, que de pronto ven en sus vidas una fisura cuya magnitud y gravedad varía en cada relato. Las atmósferas enrarecidas son sus predilectas y, por ello, el mundo de lo improbable cobra mucha fuerza: se manifiesta en la degradación que de los márgenes entre sueño y vigilia hace Pitol, así como en sus criaturas extrañas. El pueblo tropical San Rafael, la Comala pitoliana, es donde se ambientan las primeras narraciones llenas de truculencias dichas al sesgo. Luego el espacio vira hacia Europa o Asia, pero los personajes no cambian: casi siempre son mexicanos en crisis que, como lo dice su demiurgo, están lejos del sitio donde se enterraron sus cordones umbilicales.

La factura de los cuentos de Sergio Pitol abreva del modo chéjoviano, en el que se sumerge un misterio –rara vez resuelto– bajo el lenguaje, el cual, a su vez, es en el caso de Pitol un intrincado despliegue de la anécdota que amarra inicio y final con una tensísima cuerda. A nivel formal, el cuentista tiene un uso muy especial de la lengua –distinto al de sus memorias o de sus ensayos, que es mucho más accesible–, con numerosas frases subordinadas, pocos respiros y la presencia constante, ominosa, de un secreto, de fuerzas oscuras que no se nos revelan del todo. A lo mejor sí se aparecen, como el animal de «La pantera» que llega una noche a hablar con el protagonista, pero dejan tras de sí incertidumbre y desasosiego, como esa pantera que da, cual valiosísimo obsequio, doce sustantivos que, aunque aparentemente sin sentido, guardan un importante mensaje que nunca se conoce. Por eso, lo dice bien Anamari, los cuentos conforman el área más extraña –y esto es mucho decir– de la literatura de Sergio Pitol: son «oblicuos» y ofrecen lecturas múltiples, cosa que él admira de los relatos de Chéjov. Como el autor de La dama del perrito, Pitol creó cuentos que mutan para el lector –quien debe ser cómplice, llenar los huecos– y que, cuando se revisitan, son capaces de decir algo nuevo. Los más arriesgados en su forma son los últimos, en especial «Mephisto-Waltzer», cuya estructura abismada es como un manual exquisito para quienquiera que desee narrar.

Cuando escribía yo mis primeros cuentos, Anamari me azuzó, como Sergio lo hiciera con ella, a releer «La cena» de Alfonso Reyes. Pitol le contó que ese texto lo estimuló enormemente para la creación. Ella apura una hipótesis, que comparto y que me encanta, sobre por qué el relato de don Alfonso es tan fascinante. Porque estamos –dice Anamari– ante la promesa de un cuento, porque «La cena» esconde y sugiere a través de un lenguaje críptico que invita a especular. Sabiendo esto, no extraña que el Sergio Pitol cuentista sea adepto a los símbolos, a la información entre líneas, a los secretos soterrados. Las dudas irresueltas son la clave del éxito de sus narraciones breves: cuanto más desazonan al lector, más grandes son sus aciertos.

En fin. Este recorrido arbitrario a través de los cuentos de Pitol –que, probablemente por raros, son mis favoritos dentro de su producción– y este breve esbozo de una parte de su vida fueron motivados por la cena de hace dos semanas. Llenarme, de oídas, con sus historias hizo que quisiera volver, como Sergio hacía con Chéjov, a releerlo y a mover los signos, a resignificar los textos. Cuando el oscurecer ya ha entrado a mi casa y estoy en la cama, leo a Pitol con la atmósfera propicia. Ahora que escribo esto es de noche otra vez. No tardo en volver a sus letras: las que nos quedan, las que nos quedarán siempre, inamovibles.

Lamento muchísimo que Sergio, quien realmente vivía por la literatura (es un lugar común y cursi, pero en el caso de Pitol es absolutamente cierto) se aleje cada vez más del mundo consciente, del mundo de la palabra. Pero como a través de su obra nos ha enseñado no solo a creer en lo improbable, sino a hallar también el humor y el revés dentro de lo terrible, me gusta pensar que a él, mientras viva, le quedan los sueños. Que en el mundo onírico, tan preciado en su obra y en su vida, es aún libre y curioso, con la inmensa capacidad de asombro que lo caracterizaba. Y después, ¿quién sabe? Lo que venga no es sino un viaje. Y si alguien sabe de viajes es Sergio, así que, de haber un billete de vuelta, estoy seguro de que él sabrá tomarlo.

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995), narrador y ensayista, es profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas, ha sido premiado en concursos nacionales de cuento y ha colaborado en publicaciones periódicas como la Revista de la Universidad de México, La Jornada Semanal, Confabulario de El Universal, Letras Libres, Literal, Latin American Voices, Punto de Partida, Crítica y La Palabra y el Hombre. Ha participado en libros colectivos de cuentos mexicanos e hispanoamericanos (UV, BUAP, UAM-X y Ediciones Cal y Arena), así como de ensayos sobre literatura hispánica (Sussex Press). Colabora en el Grupo Planeta México y edita la sección de narrativa en Cuadrivio. Textos suyos se han traducido al inglés y al francés.

 

 

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