Claudia Berrueto: el canto a la derrota y a la vida

Lucila Navarrete escribe sobre la obra de Claudia Berrueto, poeta coahuilense cuyo último libro, «Sesgo», obtuvo el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer.

La primera vez que crucé palabra con Claudia Berrueto fue hace más de diez años en los pasillos de la vieja casona porfiriana que aún alberga a la Fundación para las Letras Mexicanas. La poeta saltillense tenía veintiocho años, concluía su periodo de becaria y se disponía a regresar al terruño para nunca más volver a radicar en la Ciudad de México. Le perdí la pista durante años. Supe que había obtenido el Premio Nacional de Poesía Tijuana en el 2009 por su poemario Polvo doméstico. Algunos de estos versos los leí después en la revista Casa del tiempo. Lo cierto es que tras el premio Tijuana y su decisión de apartarse de los reflectores y las pautas culturales metropolitanas, Berrueto no ha dejado de demostrar que atrapar la autenticidad de la escritura requiere paciencia y concentración.

Contra el ritmo impuesto por la industria editorial, contra el pulso frenético de nuestra época, el tiempo de esta singular poeta coahuilense es el de la pausa, la decantación lenta de las emociones, la búsqueda de la palabra exacta y el retorno a una lengua primigenia. La virtud de su sobria y asertiva voz descansa en la creación de imágenes poderosas y ambientes auráticos. La cadencia de su poesía emana desde lo íntimo y autobiográfico, desde una dimensión atemperada en las antípodas de la lógica de este mundo evanescente.

Sesgo (2015), su último poemario, acreedor del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer 2016 por obra publicada, inicialmente se escribió en dos periodos de beca del FONCA (2009-10 y 2011-12) y tuvo casi quince versiones diferentes, según me confesó Claudia en entrevista. Los tiempos del libro «no los estaba poniendo yo, sino lo que iba escribiendo», me dijo. Uno de los mayores dones del poemario radica en la prudente escucha de la autora frente a lo que la escritura le fue demandando.

Tópicos ya presentes en otros poemarios como el hogar y sus artefactos, la experiencia del embarazo y la maternidad, la indefinición del amor, las huellas del padre y la madre en la infancia, reinciden en este pequeño y hermoso libro en el que perdura la manifestación, siempre desafiante, de una experiencia en los confines de la muerte y el amor. Berrueto señala que «en este escribir sobre la frontera vida/muerte se revela un profundo amor a la vida. Y en cuanto al amor y sus límites creo que hay una conciencia del fin sucediendo todo el tiempo». Versos como «frente a excavadoras / hablamos del amor que nos deshabita / palacios vueltos escombro / se despeñan por nuestras bocas» esgrimen una imagen sobre la imposibilidad para aprehender el amor. En otros se recurre a la infancia en escalofriante proximidad con la muerte: «la perra se transfiguraba en cadáver / mientras yo duermo enlamada de rabia / los pollos caen al resumidero atropellados por mis juguetes / cientos de atardeceres se ríen de mí / al verme atrapada en el interior del hueso roto de la casa».

Una proporción ontológica atraviesa las páginas de cada uno de los versos de Sesgo, como bien lo muestra el apartado «Casi una piedra», cuya primera evocación es vigorosa: «destrozo hormigas sobre la mesa / las froto con mis dedos hasta desintegrarlas / pero no es completo mi alivio / no veo el desorden de su muerte / el desmantelamiento de la brevedad sobre el mantel / el fragor de la destrucción me llama por momentos / cuando me descubro respirando como un mamífero / y no como una piedra».

La lucidez de esta voz que atraviesa los caminos del vacío, de la muerte y, sobre todo, la desintegración del amor y, al mismo tiempo, la necesidad de alcanzarlo, nos entrega un pequeño tesoro que irradia la experiencia de que las cosas no pueden revelársenos del todo, que manifiesta la imagen de habitar en un borde que inhabilita la aprehensión cabal del estado de cosas. «Creo que el abatimiento y la derrota están presentes en este libro porque hay un sentimiento de que ser humanos no nos basta para asir la realidad», me explica Berrueto, «habría que tener una sensibilidad vegetal y una sensibilidad mineral para agotar cada experiencia y cada realidad. Creo que el extrañamiento del que hablas es por no poder completar esta condición», dice la poeta en diálogo con mis impresiones de Sesgo.

 

 

Las reverberaciones de la memoria invisten de un cariz autobiográfico a las páginas de este libro preparado por Ediciones Sin Nombre y el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. No obstante, la voz poética trasciende lo estrictamente personal para habitar una dimensión casi universal desde la que emana el pasado como en una serie de imágenes irrepetibles, de huellas indelebles. Este matiz primigenio, casi esencial y desnudo que recorre el lenguaje de Berrueto, modela un idioma en sintonía con lo materno, o dicho de otro modo, con el aliento a la vida y el despertar al mundo durante la infancia. Al respecto cito algunos versos de uno de los poemas que, a mi juicio, es de los más poderosos: «ni cuando serví café en mi diminuta vajilla / y nuestros padres nos midieron los pies / con desconsuelo en la mirada / eligiendo los zapatos como quien elige un camino / ni cuando mis manos entraron en la nieve por primera vez / para atacarte con la blancura en el patio / […] / no lo logré / llegó todo y todo se fue / y jamás / hermano / pude mirar al mundo con ojos de niña».

La poesía, me dijo Claudia, ha sido su forma natural de estar: «Cuando era adolescente llevé un par de diarios, fue un ejercicio padrísimo, pero cuando realmente quise edificar una expresión fue cuando estaba esperando a mi hija. Sentía que el cuerpo no me alcanzaba para decir lo que quería, que necesitaba otro lugar desde el cual hablar, y la poesía fue y ha sido ese lugar, el que me ha dado una libertad real y la oportunidad de conocerme. Me encantaría escribir ensayo, pero estoy lejos de tener la capacidad para hacerlo». Ese yo poético habilita un desdoblamiento en el proceso de escritura que lidia con la cotidianidad, al tiempo que enfrenta las perplejidades del abatimiento. En ello radica la búsqueda de la luz y la grisura que sostienen a la humana existencia, es decir, el sesgo: la ambigüedad, el dolor, el desarraigo, la desesperación. Se trata de la expresión de «una voz que habla del miedo a la nada y de sus intentos por conjurarla» me explica la autora, «ejercer un lenguaje es una manera de hacerlo, creo que quien observa la realidad desde un lenguaje vence los miedos más encarnados porque al verbalizarlos les va restando rostros, músculos, poder».

El recurso de la intertextualidad permite hacernos partícipes de las lecturas que fueron marcando a la poeta a lo largo de la escritura de Sesgo. Versos de Emily Dickinson, de Eduardo Lizalde, Efraín Huerta y Raúl Zurita van intercalándose entre las páginas. Pero fue realmente la poeta estadounidense la que determinó el viso transversal del libro: «Mientras estuve trabajando las distintas versiones de Sesgo leí a Emily Dickinson, siento que su poesía marcó ejes en mi trabajo de poda y pulimento, me aferré a su descarnada lucidez. No pude dejar de leerla ni de subrayarla. Los poetas que mencionas, en cambio, ya estaban en los poemas, ya venían desde su escritura, pero siento que Dickinson fue la que le dio un temperamento final al libro, la lectura de su fascinante poesía durante este lapso final definió el lugar de las cosas que hay en Sesgo», señala la también autora de Costilla flotante.

Si algo me llama la atención de la figura de Berrueto es su negativa a dejarse enajenar por el mundo de las redes sociales, pero sobre todo, a no ceder al juego del reconocimiento público y la adulación que tantas veces impera en los circuitos culturales. Cuando me dijo que no le llamaban la atención las redes sociales, hizo énfasis en lo innecesario que le resultan: «simplemente no tengo la energía para sumergirme en ese mundo. Prefiero la realidad real, es lo único que tenemos». Supo también, tras vivir un año en la Ciudad de México, que su lugar no era otro que su tierra: «Para mí lo de los reflectores no define caminos. En Saltillo el tiempo corre de otro modo y siento que es el que yo necesito. Saltillo es el lugar en donde la realidad ha sido más asequible para mí, por eso me quedé». Entre su casa, su hija Sofía y su trabajo en la Dirección Editorial de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Coahuila reparte el tiempo de su vida y de su escritura.

El tema del envío al concurso no habría ocurrido de no haber sido por el aliento de su amiga Claudina Domingo, la también acreedora de este premio en 2012. «Fue ella quien me dio la convocatoria. La verdad yo no le veía ningún sentido porque sé qué libros se han ganado ese premio y pues ni pensarlo. Al final dije: bueno, que este libro se vaya de viaje al edén (Tabasco)». El jurado, compuesto por Luis Felipe Fabre, Dionicio Morales y Christian Peña, determinó que la poética de Sesgo «se articula desde la imposibilidad de la plenitud», sus poemas «se desvían de la pretensión de permanencia para aspirar a una interminable desaparición». El premio le ha significado a la poeta una «locura feliz».

Aunque heredera de algunas voces trágicas como las Pizarnik, Plath y Dickinson, sorprende la enorme capacidad de Claudia para templar lo ordinario con altas dosis de humor norteño. En cada e-mail que intercambiamos en el transcurso de varios días que dialogamos sobre mis impresiones de Sesgo, disfruté enormemente de su sentido risueño de ver las cosas: ágil en la autocrítica y la trivialización de lo solemnme. Al preguntarle por su hija, de quien conservo un vago y viejo recuerdo, me respondió: «la hija ya sale el año que entra de la carrera. En marzo cumplirá 21 años. Como dicen en Karate Kid: “¿hay piedad en este dojo? ¡No, sensei!”». ¡Qué deleite ha sido para mí leer estos contrastes!

Cuando estaba por concluir este texto escribí un mensaje a Claudia explicándole lo difícil, y al mismo tiempo lo grato que me estaba resultando expresarme sobre Sesgo. «Escribo ahora sobre tu libro y el precio de volver a él es alto porque siempre me hace llorar», le explicaba. Conmovida por mi lectura me respondió en el único tono posible del que ama y vive profundamente la poesía: «Yo leí un poema hoy temprano de un portugués y me la he pasado chillando por ratitos». El poema lo recibí de regalo en mi bandeja de correo, era «Vigilia» de Luis Filipe Castro Mendes: «No te duermas: / es lo que le dicen a quien lucha por estar vivo, / es lo que decimos cuando / el frío ya penetró muy profundo dentro de nosotros / y toda la vida se dejó cubrir por la niebla».

 

Lee una selección de Sesgo, de Claudia Berrueto, en la segunda entrega de nuestra serie «Poesía del desierto».

 

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Posted by Lucila Navarrete

Lucila Navarrete Turrent es doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM; periodista cultural para la Revista de Coahuila y docente del Colegio de Estudios Latinoamericanos y la Universidad de la Comunicación.

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