Chairo o la incomodidad de la crítica

José Luis Gómez desmenuza los porqués de la categoría «chairo», imprecisa y despectiva, que ha poblado el lenguaje común en los tiempos espinosos que vive México.

Las categorías del sentido común, al mismo tiempo sabio e ignorante, pesan sobre la sociedad como un velo plomizo, encajonando a cosas y personas. «Chairo», categoría imprecisa y despectiva, ha poblado el lenguaje común en los tiempos espinosos que vive México. José Luis Gómez desmenuza las razones de este etiquetaje, que banaliza y descarta para no saber, no mirar lo que ocurre en este mundo del espanto y la desilusión, donde toda lucha parece quijotesca.

 

 

José Luis Gómez Vázquez

 

 

La clasificación y el etiquetado nos facilitan la vida, no hay duda. Sin embargo, son actos divisorios que nos alejan de los fenómenos reales. En el epílogo de Niebla, dice el viejo Unamuno que «[el hombre] habla, y eso le ha servido para inventar lo que no hay y no fijarse en lo que hay». Una filosofía del lenguaje muy sintética y sincera sobre todo si se piensa que la afirmación se ha puesto en boca de un perro. Las palabras son etiquetas de las que nos valemos para tomar distancia: nos pasa con las marcas comerciales, pero nos pasa también con ciertos sectores de la sociedad. En un segundo escenario las etiquetas pueden alimentar la división social, sin que calculemos sus consecuencias al usarlas. Éste es el caso de la etiqueta chairo, de aparición cada vez más frecuente en los espacios –principalmente las redes sociales– destinados a la discusión política.

La voz chairo ya existía en el lenguaje popular antes del auge de las redes. Deriva de chaqueto, es decir: el que se hace chaquetas, el masturbador. Más allá de la condena moral contra los onanistas, el chairo o chaqueto tiene una connotación insultante en el sentido de incapacidad: el chairo se masturba porque no puede realizar el acto sexual; es activo pero su actividad no vale, porque es individual y nadie puede acreditarla. En un segundo plano, el chairo vive en un éxtasis permanente cuyo origen y fin es él mismo. Si el adolescente pasa una etapa de chairez, lo normal es que la supere. Algunos tardan más y son objeto de burla de los otros, los que se hacen pasar por maduros. Tachar a alguien de chairo es echarle en cara una especie de retraso. La significación de esta palabra se proyecta entonces a un tercer plano: si el chairo aún es inmaduro, como un niño, es inofensivo y por lo tanto no debe ser tomado en serio.

Lo curioso es que se le toma muy en serio, al grado de que ya han aparecido acercamientos más o menos pensados y acertados a la cuestión. En todos los casos queda claro que, a pesar del giro connotativo que ha sufrido en el terreno político, el término chairo, con todos sus derivados, ha conservado el sentido peyorativo de la expresión original. La palabra se sigue empleando para descalificar e invalidar el discurso de otros.

Los acercamientos más significativos hasta el momento, por su búsqueda de definición, son el texto de Alejandro Saldívar,[i] quien describe la actitud o filosofía chaira con toda la precisión que permite una sarta de medias-citas y metáforas, y el breve documental de Tamara de Anda,[ii] quien se toma la molestia de consultar a una autoridad académica, capaz de dar una opinión más allá de la propia postura del documentalista o la que intenta imponer el escritor, como en el caso de Saldívar.

Equiparar un objeto con otro de características similares se considera válido en los primeros intentos de definición. Al comparar al chairo con el hipster, Saldívar revela un señalamiento de grupo o de actitud, moda o filosofía que conforman un modo alternativo de ser. El chairo estaría relacionado con una suerte de contracultura. Un tanto de lo mismo hace el doctor Jorge Lumbreras, entrevistado en el documental de Tamara de Anda, aunque con mayor acierto, pues al compararlos con darks, punks y skinheads hace hincapié en una diferencia fundamental: el bautismo proviene de fuera. Esto arroja una primera pregunta: ¿se puede hablar del chairo como un grupo contracultural, tomando en cuenta que el término es producto de una conceptualización elaborada desde fuera?

El hipster, el punk, el dark, el skinhead son grupos contraculturales desde que crean y asumen como propios signos de identidad con los que pueden distinguirse de la mainstream. Pero el chairo no dice «soy chairo» con el pecho inflamado, como diría «soy punk» un adolescente que acabara de raparse a la mohicana. Validar o reírse de estas formas de otredad son síntomas de la aceptación o rechazo a una sociedad plural.

El carácter efímero de las contraculturas es resultado del eficiente mecanismo inmunológico de la mainstream social que Luis Britto García[iii] ha dividido en los pasos de universalización del símbolo e inversión del significado: para limarle el filo a las púas del punk basta con poner en un escaparate todos los accesorios que permitan al consumidor adquirir la apariencia de uno: para ser punk ya no se requiere anarquismo ni rebeldía, basta con parecer punk. En pocas palabras: hacer de la rebeldía una moda, un artículo de consumo accesible a todos; todo lo disponible debe ser identificable, un acto humano tan básico, como nombrar, se vuelve sinónimo de transacción mercantil: etiqueto, luego existo.

En este contexto todo acto de identidad se puede reducir a la selección de un outfit, que mimetiza al usuario con un «modo de ser» deseado. La adquisición de una etiqueta va creando el perfil del usuario de modo que, si lográramos identificarlas todas, podríamos predecir, sobre la base del estereotipo, su actitud, sus preferencias y su postura ante la vida en un nivel más profundo del que su outfit revela. Si después de la lectura detallada de todas las etiquetas que conforman la apariencia de un individuo éste ya no arrojara más datos, si encajase perfectamente en el estereotipo, la especie habría perdido a un sujeto. El individuo se cumple en la abstracción y se anula.

La dificultad para la definición de lo chairo se relaciona con el hecho preciso de que no son una contracultura, de que toda comparación con una derivaría en equívoco. El chairo no tiene un outfit, de modo que se vuelve necesario definirlo a través de rasgos menos concretos. En los «Apuntes para el manifiesto chairo» se afirma que «hasta ahora, la filosofía chaira no ha adquirido definición y solidez». No las va a adquirir nunca, porque no se trata de una etiqueta autoasumida sino de una creada desde fuera para facilitar la tarea de uniformar –y descalificar de pasada– un modo de ser disímbolo. Su empleo es similar al que, durante el Franquismo, se hacía de la etiqueta rojo (y aún ésta tenía un origen político, determinado por el color del carné de afiliación del partido republicano) que daba cabida a marxistas-leninistas, trotskos, social-demócratas, anarquistas, jacobinos trasnochados e incluso a la eta; todos con teorías y praxis inconciliables entre sí, aunque vinculados por la apremiante realidad de la dictadura. «Lo chairo –dice Saldívar– es una expresión que mágicamente cataliza la oposición de todos, incluidos lopezobradoristas, normalistas y desilusionados».

Como en todo pase mágico, el truco está en lo no mostrado: los grandes ausentes en el texto de Saldívar son los usuarios del término, las intenciones y connotaciones de que lo dotan. El autor en ningún momento sugiere que tal magia catalizadora no proviene del chairismo sino de un estado de cosas imposible de negar o tomar a la ligera: los crímenes de Ayotzinapa, Apatzingán y Tlataya; las 25,821 personas desaparecidas, según datos de la SSP;[iv] la crisis de credibilidad institucional; el tapabocas al periodismo de investigación; la ineptitud y olímpica indiferencia de los representantes del Estado en todas las cuestiones de gobierno. El resultado visible de la magia es el despertar a la indignación, al hartazgo, a la escandalosa protesta social, pero como usuario frecuente de la etiqueta, el crítico de los chairos prefiere darle vuelta a todas estas causales, señala sin explicar, dejándose llevar por su aversión a la etiqueta y lo que representa.

La cuestión del chairo no es nueva en absoluto, tampoco la actitud ante el fenómeno. La revisión de fuentes ha arrojado ya un acercamiento en fechas tan lejanas como 2005. En su blog, Alejo Cava compara al chairo con un tipo norteamericano similar, el middle minded, sugerido por Curtis White.[v] Además, estos fenómenos rebasan nuestras fronteras: en el documental de Tamara de Anda uno de los entrevistados sugiere una actitud similar en jóvenes extranjeros: ¿los ocupas norteamericanos y españoles son chairos internacionales? Si lo son, probablemente se deba a que el chairismo es la parcela mexicana de una reacción global –no necesariamente consciente ni consecuente– a lo que Peter Sloterdijk reconoce como «el giro del sistema de mundo al capitalismo autoritario».[vi] El contexto donde se usan términos como chairo o rojo, coincide con ambientes políticos altamente polarizados.   Debido a ellos, lejos de mostrar imparcialidad, la postura de los críticos frente al chairismo sirve para justificar el empleo del término y acentuar las tensiones sociales e ideológicas que entran en juego. El más contundente en este sentido es Saldívar, que logra ver con agudeza algunos aspectos del fenómeno para servirse de afirmaciones abiertamente malintencionadas pero también burdamente falaces:

No importa que en sí mismos sean producto de la ideología del actual capitalismo global. Sus argumentos fóbicos son un reflejo defensivo: confunden el dinero con los malos sentimientos. Pareciera que ellos siguen la promesa de cuento de hadas de que los deseos se conceden.[vii]

Efectivamente lo chairo es producto de una ideología global, tanto en sus reflejos defensivos como en sus ciertamente reprochables contradicciones o debilidades.[viii] La segunda parte de la afirmación es la que cuesta separar de la visceralidad del crítico. Al hablar de la confusión entre el dinero y los sentimientos, Saldívar sugiere no sólo la incapacidad del chairo para distinguir entre dos conceptos sumamente corrientes, sino que deja entrever una acusación de resentimiento social: «lo que les molesta a los chairos es la apariencia de que los otros “tienen”, es decir los que aparentan tener una relación privilegiada con sus objetos». Más aún, se acusa al chairo de infantilismo por creer en cuentos de hadas, una vez que se ha criticado su postura frente a la dicotomía ocio-trabajo, de donde, como es de esperar, el chairo da más valor al ocio. Para Saldívar, el chairismo se explica como resentimiento social (inherente a la pobreza), incapacidad para discernir, infantilismo y ociosidad.

Si las generalizaciones anteriores no muestran con suficiencia que aún el ejercicio más rescatable de la crítica hacia el chairo comienza como un intento por definir para terminar en una descalificación a mansalva, basta dar muestra de otras, del mismo autor: «se sienten fuera del dócil rebaño del populacho, cuando no son más que una manada de peleles insensibles y egoístas, víctimas del onanismo intelectual» o «se imaginan lobos, pero sólo balan como ovejas». Lejos de señalar el afán insultante del término, los críticos se valen de su semántica de signo negativo para tensar más el nudo y descalificar un estereotipo que ellos sostienen con afirmaciones de lo más intolerante, como esta de Cava, que agotado por su «esfuerzo» intelectual, concluye:

Yo con los chairos estoy de acuerdo en algunos ideales; sin embargo, la diferencia es que puedo dar cuenta de mis pensamientos. Por ejemplo coincido con ellos acerca de la legislación de la mariguana, de ese modo se caería el negocio del narco y los Chairos se acabarían de pudrir el cerebro [sic] para nunca volver a hablar.[ix]

Por su parte, el documental de Tamara de Anda posee una intención paródica que predomina sobre las afirmaciones del especialista entrevistado, quien presenta una postura más abierta, más comprensiva con el fenómeno: «si eres joven vuélvete chairo: éntrale a la incongruencia porque este mundo es incongruente, porque este mundo no tiene corazón».

La única excepción, aunque no ahonda en la conceptualización, es la columna de Santa Paola en el portal de SDP Noticias, pues revela el uso que generalmente se le da al término, semánticamente cercano a otros como: pejista, amlover, pejezombie, desadaptado, resentido social, confundido, soñador.[x] La autora deja en claro que su manejo es insultante: «en las redes sociales llamar “chairo” a cierta persona es como una mentada de madre».

Saldívar sostiene que «no podemos calificar a los chairos de fanáticos izquierdistas, ya que ello implica una certidumbre metafísica acerca de lo que supondría el no ser un chairo», y es en ese momento de su argumentación –que no logra desarrollar del todo (y antes de soltar un decálogo chairo que tiene de todo menos de incertidumbre)– cuando se acerca más a la compleja realidad del fenómeno y cuando de forma más alevosa rehúye una de sus aristas: tal certidumbre metafísica llevaría a ver la otra cara de la moneda, esa que lo orillaría a sostener que quienes emplean el término abominan del chairismo aunque, irónicamente, tampoco sepan explicar por qué.

Si desde el origen de la palabra hasta las elaboradas interpretaciones de los críticos, los chairos pasan por ser infantiles, soñadores, inofensivas ovejas, producto de un mundo gelatinoso, pero capaz de engendrar resentimientos sociales ¿por qué señalarlos con tanta enjundia?

Afirma Saldívar que en los chairos más avanzados «sus discusiones giran alrededor del eurocentrismo y los planteamientos sobre la liberación epistemológica». Es verdad. Estos chairos comienzan a plantearse cuestiones que los pensadores de primer mundo descubrieron hace tres o cuatro décadas. Esgrimen, digeridas desde sus iPhones a través de redes sociales (porque viven en este mundo aunque sueñen en otro), ideologías que precisamente por trasnochadas arrastran el carácter histórico de la injusticia, la desigualdad y la frustración que denuncian. No son intelectuales al uso, son inconformes; seres humanos no necesariamente brillantes cuya peligrosidad radica en su capacidad expansiva, acelerada por la facilidad del acceso a la información que puede diseminarse al instante.

Indigestos de ideología, retóricos a la sombra de utopías inciertas, los chairos incomodan. En la ataraxia del confort deshumanizado, en el relativismo intelectual que nos ha regalado la Posmodernidad, los fans de Rubén Albarrán incomodan con sus pancartas y sus consignas. –¿Acaso no han entendido que ya se acabaron los relatos, que ya no hay Historia? –gritarían los integrados de Eco a estos apocalípticos.

¿Cómo es que el manifiesto chairo proviene («en una época donde ya no se hacen manifiestos») de quienes más cuidan su distancia con el fenómeno? Saldívar ha afirmado líneas antes que el chairo es el hombre utópico por excelencia. En un mundo donde la Historia se sigue construyendo, las utopías son aspiraciones necesarias; en la conocida inconsistencia entre la teoría y la praxis, son ellas quienes han dado origen al mundo moderno. Al tratar sobre la época de los descubrimientos y la expansión europea afirma Peter Sloterdijk que: «sin sistemas de delirio motivadores, que justificaran tales saltos a lo impreciso y desconocido como hechos racionales, nunca se hubieran podido emprender los viajes de los portugueses y españoles».[xi]

Este tipo de críticas, sin escapar a lo light, reviste de seriedad intelectual una burda labor de etiquetado. Orquestada por las derechas o nacida de un rechazo legítimo a toda inconformidad, la etiqueta facilita la designación de cualquier acto contestatario; un miembro del CCE que se tirara encima el café de la mañana la podría aplicar por igual a un volantero de MORENA o a Lorenzo Meyer, que renuncia a mvs en solidaridad con Carmen Aristegui, la mártir canonizada del chairismo.

En el mejor de los mundos posibles donde todos habitamos porque ya se murió Chávez y a Fidel le queda poco, señalar al chairo equivale a colgar un atrapasueños en la cabecera para que su verborrea no trasmine en nuestras aspiraciones pequeño-burguesas, nuestras utopías del bienestar, tampoco exentas de chairez. A esos flâneurs que espantan a nuestras hijas con sus tenis, sus jeans rotos y sus camisas de manta hechas en China pero compradas a una indígena en Coyoacán hay que taparles la boca, ponerles un traje y conseguirles un empleo.

Por mental que sea, la chaqueta es ruidosa porque está hecha de conceptos y de ideas, despierta a los papás que se persignan y le amarran las manos al hijo malcriado. Ven el pecado pero no la madurez sexual del hijo, menos abstracta y más urgente que aquél. Hermano menor del zapatista (Saldívar), el chairo es el gemelo inverso del chaquetero (creación verbal, creada décadas antes desde las izquierdas): si el primero es negacionista, el segundo es servil, barbero. Quizá la vida castigue al chairo con la eyaculación precoz que deja a todos insatisfechos, pero el chaquetero, que prospera en el placer ajeno, desarrolla la psicopatía silenciosa del agresor sexual. El chairo pide espacio para sus chaquetas, el otro actúa en lo oscurito. Se reserva el derecho a la hipocresía. Mientras el chaquetero se afana por trepar, el chairo sueña, pero su sueño es pesado y sus ronquidos molestan al resto de los durmientes y sobresaltan a los que han aprendido a aprovechar la oscuridad. En las trincheras del etiquetado, la batalla se sostiene.

 

 

NOTAS

[i] Fernando Saldívar, «Apuntes para un manifiesto chairo», Diez cuatro, 28 feb 2015, http://diez4.com/2015/apuntes-para-un-manifiesto-chairo/. Consultado el 14 de marzo de 2015.

[ii] Tamara de Anda (dir.), Los chairos. Visto en: https://www.youtube.com/watch?v=8r0TFHfiWjM 12 de mayo de 2015.

[iii] Luis Britto García, El imperio contracultural: del rock a la Postmodernidad, La Habana, Argos, 2005.

[iv] Flor Goche, «Tragedia nacional: 25821 personas desaparecidas en México», Contralínea, 26 de abril de 2015, http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2015/04/26/tragedia-nacional-25-mil-821-personas-desaparecidas-en-mexico/ . Consultado el 16 de mayo de 2015.

[v] Cava, Alejo, ¿Qué es un chairo?…http://majaderia.blogspot.mx/2005/11/que-es-un-chairo-el-analisis-mas.html. Consultado el 13 de mayo de 2015.

[vi] Peter Sloterdijk. En el mundo interior del capital, Madrid, Siruela, 2007.

[vii] Saldívar. Ídem.

[viii] En el texto citado de Sloterdijk se afirma algo muy similar «La protesta contra la globalización es también la globalización misma: pertenece a la reacción ineludible e indispensable de inmunidad de los organismos locales frente a las infecciones por el formato superior del mundo». p. 184.

[ix] Cava, Loc. cit.

[x] Santa Paola, «¿Qué es chairo? ¿Quién de aquí es chairo?», SDP Noticias, 28 de septiembre de 2013, http://www.sdpnoticias.com/columnas/2013/09/26/que-es-un-chairo-quien-de-aqui-es-chairo. Consultado el 21 de marzo de 2015.

[xi] Sloterdijk, op. cit., p. 75.

 

 

 

 

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Joselo Gómez (José Luis Gómez Vázquez, Ciudad de México, 1984) es escritor y profesor de literatura. Divide su tiempo entre la escritura, el deporte y la vida académica. Es maestro en Letras Modernas por la UNAM. De su trayectoria destaca la obtención en 2013 del premio de cuento Cielito Lindo, en el marco del Festival del Libro y la Rosa, así como la finalización de su primera novela Melany. La leve edad. Además ha participado en publicaciones electrónicas e impresas con su trabajo de investigación literaria, por ejemplo el Manual de Pragmática de la comunicación literaria, publicado por la UNAM  en 2014.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Por fin encuentro una aproximación pertinente al concepto. Por fin hallo un acercamiento sin afán de meter su opinión en toda cita; juzgando el concepto antes de definirlo.

    Gracias por eso.

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