El canon de los idiotas

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Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991) estudia el doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Madrid. Es miembro fundador de la Escuela Mexicana de Escritores. En 2013 publicó el libro de cuentos Los designios del imaginero (Tintanueva/Sediento 2013). Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Novela José Revueltas por la novela Nuestro mismo idioma (Tierra Adentro, 2015), reeditada en España por Contrabando en 2017.

 

 

Alejandro Espinosa Fuentes

 

Mundus est fabula.

Escrito en un retrato de Descartes

 

Pertenezco a esa generación que pasó de leer Harry Potter a Roberto Bolaño sin una adolescencia bukowskiana de por medio. Para bien o para mal. Ahora el mago de Hogwarts y los real visceralistas son también los personajes predilectos de Oprah Winfrey y sus libros se pueden encontrar incluso en la tienda de recuerditos del aeropuerto de Tombuctú, frente a frente. Vaya coincidencia. Los cierto es que antes de Harry Potter ya leía novelitas de aventuras, Sandokán, Momo, cosas de «A la orilla del viento», La peor señora del mundo, blablablá. Regalos que por lo menos no eran ropa, pero tampoco eran juguetes.

¿Que por qué comencé a leer? Tal vez porque a los siete años sufrí una lesión de rodilla que malogró mi prometedora carrera futbolística. Tal vez porque me sentía interesante, o acaso respetable parapetado tras un escudito de ficción en prosa. O quizá fue porque me enamoré de una chica que leía a Carlos Fuentes en el recreo. Yo no conocía a ese autor y me obcequé en leer sus obras completas con la firme creencia de que, tras desentrañar todos sus libros, ella también me amaría. Craso error. Por supuesto, no fue así, y el desamor lleva a la poesía, y el lloriqueo a la política y blablablá. En vez de aprender la lección, seguí leyendo.

Cuando era niño buscaba en los libros lo mismo que en las caricaturas y en los videojuegos: un catálogo de habilidades y puntos débiles, tensos enfrentamientos, amenazas exageradas y el ingenio a la hora de matar o salvar el pellejo. Incluso me figuraba a los personajes de Emilio Salgari, Jack London y Michael Ende con los rostros y las voces dobladas de los protagonistas de Dragon Ball; Atreyu tenía la cara de Yamsha.

No fue hasta que me sumergí en las letras con ánimos creativos que le inventé una nueva imaginación al abecedario. Imaginación es mucho decir, pues lo que encontré en verdad fueron obsesiones más solemnes, quizá por ser ajenas al pintoresco barrio que me rodeaba, la bella Coapa, donde era muy difícil y divertido concebir a un personaje de Lovecraft, e incluso a uno de Martín Luis Guzmán, o del propio Carlos Fuentes.

Cuando empecé a moldear mi propia biblioteca, me formé como un lector de rarezas porque eran los libros que solían poner de oferta en las liquidaciones. De manera que a los quince años había leído la correspondencia entre Borges y Macedonio, pero no sus cuentos; la poesía completa de Bradbury sin zambullirme en Farenheit 451; y un capítulo de Finnegans Wake, editado por Cátedra, que me excusó por muchos años de reincidir en la llamémosle obra amable o menos esquizoide de Joyce. Ahora reflexiono que así es exactamente como no se debe acceder a la literatura.

Confieso que, además de mi escasez o mi tacañería, me llamaban la atención los epítetos publicitarios: manuscrito inédito, novela póstuma, edición facsímil, obra rescatada. Etiquetas que, por lo general, enmascaraban obras malísimas que yo veneraba por su leyenda. ¿Descubrían mis ojos lo literario? Supongo que sí. Pero no sé qué tanto este valor surgía de las palabras y qué tanto era inventado por mis expectativas.

Mi verdadero aprendizaje como lector tuvo más que ver con rellenar los vacíos de los clásicos que flanqueé en mi juventud. Fue durante esta enmienda que descubrí dos cosas.

La primera: que las marchitas colecciones de Salvat, «Lecturas mexicanas» y «Sepan Cuántos…» que heredamos de nuestros abuelos contienen más y mejor literatura –aunque precarias traducciones– que los libros de las rimbombantes editoriales modernas.

La segunda: que muy pocas personas de mi generación habían leído en verdad estas extrañas obras clásicas que se siguen empolvando en muchas casas. Mis conocidos, al igual que yo, buscaban anomalías, habían leído a Arthur Schnitzler, a Joseph Roth, a algún húngaro o un japonés remoto, pero no Huckleberry Finn, Los hermanos Karamázov o La educación sentimental. Creo que dábamos estas obras por sentadas, pues habíamos crecido oyendo hablar de ellas y queríamos encontrar algo nuevo, algo diferente. ¿Diferente a qué? Al canon. ¿Cuál canon? ¡Qué importa!

Había otros que, en vez de relegar las obras canónicas acudiendo a los inéditos, consumían los compendios aforísticos o temáticos de la obra de un autor o un grupo de autores afines. Surgían entonces graciosas diatribas entre el que había leído todo lo que escribió Kafka sobre el tema de la muerte, el que conocía sus aforismos (que no eran más que frases descontextualizadas) y yo, que había leído las cartas que escribió en el hospital (una ganga de veintidós pesos), pero no las famosas cartas a Felice, a Milena, o la Carta al padre. Y claro, ninguno se había imbuido en La metamorfosis o El proceso. Esas eran mainstream.

En cierto modo, cada uno proyectaba lo que le daba la gana en la literatura y faroleaba con sus mejores armas. Ahora, que ya leí La metamorfosis y el resto de la obra de Kafka, no puedo hablar con nadie al respecto, porque a nadie le interesa, creo que ni siquiera a mí.

Tras un balance general, entiendo que los clásicos me enseñaron aquello que ahora llamo literatura, pero las lecturas raras me proveyeron de un montón de datos curiosos que me sirven enormemente en las charlas de café. Porque a nadie le interesa solo que leas bien, hay que distorsionar los textos, de preferencia sin ahondar en el contenido y sí en los chismes periféricos en torno a la leyenda de su creación.

Hace un par de años participé en un evento para conmemorar el centenario de La metamorfosis. En lugar de hablar de la novela, nos enzarzamos en una discusión sobre el último suspiro de Franz Kafka. Según mi dudosa edición, sus últimas palabras fueron: «No es un muro de sombras, es la vida, querida, dulce vida apresada en la forma de un muro». Se trata de la última carta que le escribió a su familia, si bien otro ponente me contradijo, pues Kafka, antes de morir, le suplicó al doctor que le suministrara una dosis letal de morfina: «¡Mátame o de lo contrario serás un asesino!» Me resulta inverosímil un final tan literario, ya que, en sus últimos días, Kafka no podía comer ni mucho menos hablar.

Hay que confiar en los testigos. Pero lo escrito consta en el papel. Lo que problematiza esta perspectiva es que las últimas palabras de Kafka no las escribió Kafka, sino Dora Diamant, ya que él estaba muy débil para sostener el bolígrafo. Eso a otro especialista le tenía sin cuidado, pues confiaba ciegamente en que Diamant tomara un dictado preciso. En el auditorio, los asistentes asentían y renegaban, se produjo un debate interesantísimo, todos nos sentíamos parte de algo literario y eso que en ningún momento nos referimos a la obra conmemorada.

El muro de sombras del que hablaba Kafka era literalmente una pared en la que le gustaba proyectar, y lo hacía con maestría, las sombras de sus manos para producir bellas figuras animalescas y tramas infantiles. La vida apresada en un muro donde cada quien proyecta la sombra de su preferencia. Lo mismo, suponiendo que el muro fuera un párrafo, podría decirse de la literatura. El lector se proyecta en las palabras y debe dar el salto alquímico de la realidad a la ficción. La palabra transforma al lector, que reinterpreta sus emociones a través de esta y, a la par, deposita en esa misma palabra un pedazo de su biografía que jamás podrá domesticar.

Las palabras son una mera guía, un espectro visual y acústico que el lector ha de reconfigurar de acuerdo a un discurso íntimo. La palabra manzana, escribe no sé qué lingüista, inventa en mi cabeza una manzana verde, en mi hijo una manzana roja, mi mujer se figura una manzana envenenada y mi padre evoca una manzana podrida.

Si el lenguaje es así de inestable con una fruta, no quiero imaginar el terremoto psíquico que puede producir una emoción. Tal vez esta incertidumbre era la que me impedía enfocarme en el contenido y me apuraba a fanfarronear con el contexto, pues este, a diferencia de la obra, no pone en cuestión más que indirectamente el lugar desde el que uno actúa y nombra la realidad.

De modo que yo, en mi lejano barrio pintoresco, creo que era un mal lector por buscar en la literatura un exilio y no integrarla de manera crítica a mi vida. Lo cierto es que no hay tal cosa como un salto de la realidad a la ficción, sino que leer es (con o sin libro) reconstruir y cuestionar permanentemente las redes del lenguaje para producir la alquimia de los significados.

Poco a poco fui aprendiendo que un mal lector es el que encuentra lo que se le da la gana en las palabras. Es un flojo inventor, pues solo busca reafirmar sus certezas en signos vacíos. El mal lector sustituye el cascarón verbal por la idea más convencional, digamos, una prototípica manzana roja; o bien, lo contradice en aras del humor o de la sobreinterpretación y evoca intencionalmente una pera.

Aun peor que una lectura dócil es la mecanización de la lectura irónica. Su auge ha propagado la pereza psíquica. El lector irónico busca a priori valores positivos o negativos en el lenguaje. Si la palabra que lee no es la que busca, se distancia del enunciado y lo invierte en un coqueto guiño de complicidad con un autor falseado. El héroe o villano que necesita.

Pertenezco también a una generación de lectores a la que le repitieron una y otra vez que a estas alturas del partido ya no existirían los libros. ¡Pero oh sorpresa! ¡Los libros siguen ahí! Cada vez son más y están por todas partes, tienen ferias y convenciones dos veces por semana, sobre todo en año de elecciones. Al parecer, los libros ganaron la batalla. Penosamente, la literatura se fugó de la gran mayoría. Como si las mentes maquiavélicas se hubieran dicho: Bien, si los libros no quieren adaptarse al formato cibernético, la era cibernética se propagará en los libros.

La lectura en la era cibernética se traduce en tendencias seductoras que siempre buscan a un culpable. A sabiendas de esto, la vida escrita se vuelve cautelosa, como un debate presidencial, o provocadora, como la mala (que siempre es buena) publicidad. La escritura es condenable y sonríe; tolerante, en busca de la salvación, o cínica en busca de controversias facilonas.

La pragmática, esto es, la lectura funcional, promueve un peligroso juego de hipocresías, pues exagera el valor del contenido en miras del morbo controversial que tanto le gusta al mercado. Si Fernando del Paso, héroe literario, escribe que los pobres no leen, entonces es elocuente su crítica al sistema, o estaba siendo irónico y, en verdad, defendía a la cultura de los pueblos. Si Vargas Llosa, villano talentoso, escribe que los pobres no leen, resulta arrogante, clasista y rancio. Ya no importa lo que se escribe, sino quién, dónde y cuándo lo escribe.

Por mi parte, no sé si la gente pobre, rica o la que sea, lee o no lee, pero lo que sí puedo afirmar es que, debido a lo anterior, yo cada vez leo menos. Hago un esfuerzo casi titánico por evitar las distracciones, las redes sociales, las series que cada día mejoran, las noticias de un mundo sospechosamente conflictivo, y lo que encuentro en literatura actual, después de rascarme los bolsillos para costear esas ediciones que cuestan más que un boleto de avión, son puras escrituras publicitarias y autopromocionales que se regocijan en el morbo de una dinámica idiota.

Ya no sé si volver a los clásicos o a Harry Potter, o ya de plano a Dragon Ball. Ya no sé si todo esto era parte de un chiste que no entendí pero que, sin duda, ha sido de lo más ocurrente.