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Adriana Guadarrama (1954), periodista y editora, es egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Entre los años setenta y ochenta trabajó dentro del área de edición y redacción en periódicos como Unomásuno y La Jornada. En este último colaboró en la sección de Cultura, en el suplemento La Jornada Semanal, y también fue su corresponsal durante un año en Roma. Fue traductora y trabajó, asimismo, como correctora de estilo y de pruebas para varias editoriales. Actualmente es editora en el Departamento de Publicaciones del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

 

 

Adriana Guadarrama

 

Mi padre fue un médico al que le gustaban la música clásica, el cine norteamericano y europeo, y la lectura de novelas, biografías de hombres ilustres e historia del arte. A mi madre, de niña, le gustaba esconderse a leer revistas y periódicos viejos dentro de un cuarto apartado, en alguna de las inmensas casas que habitó en Toluca. Cuando su familia se trasladó a la Ciudad de México, la prohibición expresa de mi abuelo –también médico– le impidió estudiar Artes Plásticas en la Academia de San Carlos. Una señorita de Toluca no podía ir a una escuela en la que modelos desnudas o desnudos posaban para los estudiantes, así que, en compensación, permitió que entrara con su hermana Alicia a estudiar Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Antes estudió la prepa en el imponente edificio de San Ildefonso. Mis padres fueron estudiantes en la época en que el barrio universitario se encontraba en el centro histórico: él, en la antigua Escuela de Medicina en la Plaza de Santo Domingo; ella, en la emblemática Casa de los Mascarones, donde estuvo la Facultad de Filosofía y Letras en los años cuarenta del siglo XX. Después se casaron y se fueron a vivir a la ciudad de Córdoba, en el trópico veracruzano, tan distinto y alejado de su natal Toluca, donde se conocieron de niños. Mi padre se afianzó como médico en esa ciudad rodeada de cafetales e ingenios azucareros, y mi madre dejó su carrera de Historia y se dedicó a administrar su casa y a criar a su numerosa prole.

Esta biografía resumida de mis padres explica para mí el hecho de que en la casa siempre hubo libros, revistas, enciclopedias y discos de música clásica; pero también de boleros, valses, álbumes de cantantes famosos y de cuentos infantiles. Digamos que se respiraba un ambiente medianamente culto, que se abría paso en medio de la caótica vida familiar y a través de las humedades del trópico, el canto nocturno de los grillos, el croar de las ranas, los calores infernales, las enormes cucarachas voladoras, las libélulas que se estrellaban en el piso atarantadas, los mayates, los moscos y los mosquiteros, las lluvias torrenciales que azotaban puertas y ventanas, los alucinantes relámpagos que crispaban el horizonte de nuestra casa, el viento sur de la canícula que tumbaba árboles y volaba tejados, los nortazos con su fino chipichipi y su neblina que entristecían nuestras tardes de invierno y podían durar varios días.

Cuando la familia creció y nos cambiamos a una casa más grande, se inauguró la existencia de un nuevo espacio: la biblioteca, a la que por alguna razón que no me queda muy clara, siempre le llamamos «el despacho». Mi papá trabajaba fuera de casa: en su consultorio tenía un librero repleto de tomos muy gruesos, con pasta de cuero y letras doradas en lomo y portada, que contenían temas clásicos de su carrera de médico, además de los de ginecología y obstetricia, que eran sus especialidades. Así que lo del despacho no tenía que ver con él porque, en ese lugar donde había libros de historia, novelas, enciclopedias juveniles, una mesa de trabajo, cuatro sillas y una máquina de escribir Remington de color gris y pesado estuche, las niñas mayores nos encerrábamos por turnos a hacer tareas y a preparar las clases del día siguiente.

Mi infancia provinciana de fines de los años cincuenta y principios de los sesenta está inevitablemente ligada a esa costumbre de comprar los cómics o «muñequitos» los domingos. En casa se compraba el Novedades, y de sus páginas separábamos las tiras cómicas donde venían Los supersabios, El reyecito, El capitán y los cebollitas, Lorenzo y Pepita. Mi mamá siempre pedía que le apartáramos El príncipe valiente, que leía desde niña y que por lo visto era una saga interminable, lo cual me resultaba asombroso. Después vino la moda de comprar los «cuentos», como les llamábamos a las historietas en forma de libritos: devorábamos La pequeña Lulú, Archie, Daniel el travieso, Periquita, Susy (cuentos de hadas), Tom y Jerry, La zorra y el cuervo, Piolín y Silvestre, Supermán, Batman, El Pato Donald, Super Ratón, Memín Pinguín. Mis hermanos leían Kalimán, que no me gustaba porque era una historieta de rudo y sospechoso color sepia.

Mención especial merecen en mi formación como lectora los tomos de cuentos infantiles de la editorial Renacimiento, que fueron mi primera aproximación a las versiones originales de Perrault, Lewis Carroll, los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, algunos cuentos rusos sobre princesas de las nieves con capas y gorros de armiño, Las mil y una noches o El cascanueces de Hoffmann. Revisándolos ahora me percato, quizá por primera vez, de que fueron ilustrados por una mujer llamada Adrienne Ségur para la editorial Flammarion, que los publicó originalmente en francés. Sus deslumbrantes portadas y las lujosas ilustraciones de las páginas interiores eran un viaje en sí mismo, mucho más inquietante e hipnótico que las mismas historias, de por sí sobrecogedoras, a diferencia de las versiones edulcoradas y descafeinadas de Walt Disney. A la pobre Caperucita sí se la comía el lobo y punto, fin abrupto de la historia. El cuento y las ilustraciones de La Sirenita me parecían de una crueldad inusitada, e igualmente trágicos eran La novia del invierno, El príncipe Iván, la niña bruja y la hermanita del sol, Serpiente verde, El pájaro azul, La ondina del estanque, La bella y la bestia o El hombre que se fue por el mundo para aprender a temblar.

Con el paso de la infancia a la adolescencia aparecieron otras lecturas y la biblioteca del despacho se llenó de nuevas novelas, siempre suministradas por el criterio de mis padres. Desde luego Julio Verne, del que recuerdo especialmente la emocionante Miguel Strogoff, Los hijos del capitán Grant, Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en ochenta días y La isla misteriosa. Junto a los libros de Verne estaban La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, El príncipe y el mendigo y Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Fueron mis primeras novelas casi totalmente de texto, con muy pocas ilustraciones.

Los periódicos como el Novedades publicaban fotonovelas de algunos clásicos como Jane Eyre, la novela de Charlotte Brönte. Recuerdo haberla leído por primera vez precisamente en una de esas extrañas tiras de fotos en blanco y negro, donde el enigmático e imponente Rochester era Rogelio Guerra y Jane Eyre era, si mal no recuerdo, Blanca Sánchez.

Un hito literario de mi adolescencia fue la lectura de Mujercitas (del original Little Women), la clásica novela de la escritora estadounidense Louise M. Alcott, de la que hay varias versiones cinematográficas. Por supuesto que me identifiqué con Jo, la segunda de las cuatro hermanas, que soñaba con ser escritora y se encerraba en el ático a escribir obras de teatro. Era también la más rebelde y menos convencional; la que se niega a casarse con su amigo Laurie, el vecino rico; la que se corta el pelo para vender su tupida trenza pelirroja y mandar dinero a su padre que había sido herido en la Guerra Civil. Jo empieza a ganar un modesto ingreso al publicar sus primeros cuentos en revistas femeninas, hasta que finalmente se va a Nueva York para convertirse en escritora en serio.

Durante muchos años llegaron a mi casa la revista y los libros de Selecciones del Reader’s Digest. En uno de esos libros de pasta dura leí Matar a un ruiseñor, la famosa novela de Harper Lee. Mi papá nos había prohibido ver la película porque pensaba que era demasiado dura para niñas de nuestra edad, así que leer la novela fue mi desquite. Probablemente tenía yo once o doce años y quedé altamente impresionada por el abogado Atticus Finch (que interpreta magistralmente Gregory Peck en la película), por Scout, la hija pequeña de Atticus, quien narra la historia en primera persona, y por la injusta condena a muerte del joven negro. Me dejaba atónita que una niña pudiera llamarse Scout, vistiera overol de mezclilla con camisa a cuadros, usara cabello corto y se moviera con su hermano por todo el pueblo con total autonomía y libertad, generalmente metiéndose en líos.

La secundaria y la prepa dejaban mucho que desear en cuanto a propiciar buenos hábitos de lectura. En cada materia estudiábamos un solo libro de texto que, en el caso del área de humanidades, había que memorizar y recitar ante el profesor y el grupo. Al final del año hacíamos los exámenes escritos y se acabó. Por eso, el interminable suministro de novelas en la casa y el que mis padres fomentaran en nosotros la lectura fue tan importante. Teníamos además enciclopedias como Mis primeros conocimientos, libros de historia del arte, un atlas y hasta un ejemplar de la Biblia, de pasta roja y páginas de finísimo papel biblia, claro, con filos dorados.

Recuerdo especialmente la revista Life, con sus reportajes gráficos de los acontecimientos de la época, como la crisis de los misiles, que estuvo a punto de desatar una guerra nuclear entre Estados Unidos y la URSS, o el asesinato de Kennedy. Ambos sucesos marcaron la memoria de los niños de mi generación. A mediados de los años sesenta ya se leía en casa el Excélsior, y desde que yo tengo memoria llegaba cada semana la revista Siempre!, a través de la cual nos familiarizamos con los nombres de algunos famosos periodistas de la época como Alberto Domingo, don Francisco Martínez de la Vega, Luis Suárez, Renato Leduc, Víctor Rico Galán, desde luego Elena Poniatowska y escritores que publicaban su columna como Rosario Castellanos. Las páginas en blanco y negro eran nada menos que el suplemento La cultura en México, de cuya importancia desde luego no era yo consciente. Fue por la revista Siempre! que nos enteramos de la muerte del Che Guevara, de las tribulaciones de la Revolución cubana, de la guerra de Vietnam, y, por supuesto, del movimiento estudiantil del 68 y de la masacre de Tlatelolco. Mi memoria conserva intacta la imagen en sepia del cadáver ensangrentado de Regina Teuscher Kruger, la joven estudiante de Medicina que iba a ser edecán en las Olimpiadas, asesinada en la Plaza de las Tres Culturas.

Durante las vacaciones, en las que me liberaba de las tareas escolares, me encerraba en el despacho a leer novelas o me escapaba a la azotea para asegurarme de que nadie me interrumpiera. Explorando entre los libros de mis papás, encontré La piel, de Curzio Malaparte, que dejé enseguida porque no entendí nada; una biografía de Napoleón, muy extensa; si mi memoria no me engaña, creo recordar La montaña mágica, de Thomas Mann, que no me sedujo. Y fui a dar con las hiperrealistas y crudísimas novelas de Luis Spota, como La sangre enemiga, La estrella vacía o Casi el paraíso, que me dejaron un sabor amargo.

Fue precisamente en 1968, cuando cursaba tercer año de secundaria y cumplía catorce años, que llegó a la casa la edición sudamericana de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez –escritor del que no sabíamos prácticamente nada–, con la famosa portada de Vicente Rojo. La lectura de esa novela provocó una verdadera conmoción en la casa. Mis hermanas y yo nos sabíamos de memoria líneas enteras y expresiones que repetíamos en la mesa porque nos parecían sumamente exóticas, además de divertidas. El desfile interminable de personajes absolutamente desproporcionados y fuera de serie, los pasajes de realismo mágico como la elevación de Remedios la Bella entre las sábanas o el hilo de sangre que recorrió todo el pueblo, y ese sabroso lenguaje caribe colombiano de Gabo, salpicado de palabras fuertes que no se acostumbraban en la casa, enriquecían nuestro repertorio y exaltaban nuestra imaginación de niñas del trópico veracruzano, ya de por sí bastante desatada para entonces. Esta era definitivamente una novela diferente a todo lo que habíamos leído antes, que no era poco. Ni remotamente imaginábamos la resonancia universal que tendría ese libro, mucho menos que su autor ganaría el Premio Nobel de Literatura en 1982.

En la modesta biblioteca de la prepa recuerdo haber descubierto un tomo dedicado a escritores rusos. De esas lecturas viene siempre a mi memoria El músico ciego, de Vladimir Korolenko. Fue mi primer contacto con la literatura rusa, tan poderosa y brutal, donde los hombres se llamaban Fiodor o Serguei y las mujeres Natasha, Katia o Elisabeta. Sufrí con la lectura de El idiota de Dostoievski –la historia del príncipe Mishkin– y con cada uno de sus ataques epilépticos, así como con la historia de Ana Karenina, la clásica novela de Tolstoi.

Después vino, en 1972, el traslado de Córdoba a la Ciudad de México y mi entrada a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde estudié Periodismo y Comunicación. Fue un cambio radical. Mi primer calambre fue saber que tenía que leer un libro por semana y entregar reportes de lectura de las materias del tronco común. No estaba en absoluto dentro de mis planes leer sobre economía, sociología, ciencia política, ni tampoco sobre teoría de la comunicación. Sin embargo, recuerdo lecturas indispensables como El príncipe, de Maquiavelo; algunas obras escogidas de Marx y Engels, como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que me impactaban y deslumbraban, o libros raros como Psicología de las situaciones vitales del filósofo Eduardo Nicol. Pero uno no podía pasar por la facultad más politizada de la universidad y salvarse de leer el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels y el Qué hacer de Lenin. Umberto Eco y Marshall McLuhan eran los dioses de la teoría de la comunicación en los años setenta. A ellos se sumaba desde Chile, en los años de la Unidad Popular de Salvador Allende, Armand Mattelart y sus textos de cabecera Comunicación masiva y revolución socialista y Para leer al Pato Donald, que pretendían desmitificar, uno y otro, el colonialismo de los medios y al personaje de Disney. En resumen: me vi obligada en esos años a consumir toneladas de literatura sobre la comunicación y las ciencias sociales que, me guste o no, transformaron mi visión del mundo y son parte de mi formación como lectora.

De la árida teoría y del marxismo-leninismo me rescataron las clases de cine y de periodismo y literatura que impartían maestros extraordinarios como Fernando Benítez, Hugo Gutiérrez Vega o Gustavo Sainz. Con ellos aprendí a leer no solo sus respectivas obras, sino a Rulfo, Arreola, Neruda, Carlos Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Carpentier y otras lecturas obligadas del boom latinoamericano. Leía también México insurgente de John Reed y su emocionante Diez días que conmovieron al mundo; una y otra vez La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, así como Entrevista con la historia de la periodista italiana Oriana Fallaci, quien fue herida en México el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. La lectura de esos clásicos del periodismo me hizo creer que yo podía llegar a ser como sus autores.

Pero la suerte me tenía reservado otro destino, al que llegué por azar, que es otra forma de fatalidad. Terminada la carrera, en 1978 hice mi primera corrección de galeras para una editorial y colaboré con la traducción de un libro del italiano al español. A estos siguieron otros trabajos dentro del medio editorial, en el que aprendí una nueva forma de lectura –obsesiva, minuciosa y perfeccionista–, que es la que practicamos esos seres neuróticos y maniaco-depresivos que somos los correctores. Durante muchos años fui correctora de estilo y de pruebas en casas editoriales, en revistas, en las redacciones de un par de periódicos y finalmente en mi alma mater, donde me convertí en editora de publicaciones académicas.

A lo largo de mi vida profesional he leído miles de páginas que abarcan todos los temas imaginables. Se puede decir que hice de la lectura una forma de vida y también un medio para ganarme la vida. La mejor definición de este oficio de tinieblas que es la corrección editorial la encontré en el personaje de Raimundo Silva, el corrector cincuentón de la novela El cerco de Lisboa de José Saramago, quien le dice a un autor engreído: «Piense usted en la vida cotidiana de los correctores, piense en la tragedia de tener que leer una vez, dos, tres y cuatro o cinco veces libros que…». Y se apresura a responder el autor: «Probablemente no merecerían ni una sola lectura». Visto así, nuestro oficio se asemeja a la condena de Sísifo, al que estamos encadenados a perpetuidad como galeotes a las galeras, en el más amplio sentido del término: el literal, el metafórico y el editorial.

Los viajes, el aprendizaje de idiomas y los nuevos descubrimientos literarios de los años ochenta y noventa del siglo pasado me dejaron honda huella y abrieron nuevos caminos en la lectura y la escritura. Entre 1985 y 1987 me metí en la piel y en los zapatos de una periodista cultural y de «todo un poco», cuando fui corresponsal en Italia para el periódico La Jornada: enviaba notas periodísticas, relatos breves, traducciones del italiano al español de materiales que tomaba de las revistas y los suplementos culturales. Leía los libros y veía el cine de Pasolini, descubría a Italo Calvino, Elsa Morante, Alberto Moravia, y seguía los artículos de Rossana Rossanda en el diario Il Manifesto. En 1986 estaban en todas las librerías de Roma El nombre de la rosa de Eco, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Para mantenerme, trabajaba como traductora del inglés al español para una revista de la FAO sobre temas de agricultura y alimentación que me sacaban canas verdes.

Es probable que, durante todos esos años de lecturas, desde la infancia hasta la universidad y aun después, me estuve preparando sin saberlo para el oficio editorial que exige leer y corregir en soledad, silencio y encierro. El periodismo es un oficio de acción, de multitudes, propio de seres intrépidos, desinhibidos y temerarios que se confrontan permanentemente con la realidad, con los personajes o con los movimientos sociales. Y en los últimos tiempos, especialmente en México, se ha convertido en una profesión de alto riesgo, en el oficio más peligroso del mundo. Nunca pude con eso, para bien o para mal, a pesar de que la efervescencia y la adrenalina de la redacción de un periódico, así como su ambiente de camaradería e informalidad, fueron de las mejores experiencias de mi vida. El trabajo editorial, en cambio, es para quienes aman la tranquilidad y la soledad del cubículo, el atril, la lupa, el tipómetro, los diccionarios –impresos o virtuales–, los plumones de punta fina, el silencio y el mínimo trato con los seres humanos, en este caso representados por los incómodos y siempre impertinentes autores que tanta lata dan. Los editores y los correctores somos profundamente antisociales porque, al fin y al cabo, la lectura es una actividad solitaria y antisocial, aunque nos conecte con el mundo.

Solo dos cosas más. De esta forma de lectura que practico frente a la pantalla o en las pruebas impresas colocadas sobre el atril, sé que no me libraré nunca. Me brincan las faltas de ortografía en los anuncios de la calle, en las indicaciones viales, en los empaques, en los nombres de las misceláneas, en las defensas de los tráileres, en los subtítulos de las películas y, por supuesto, detecto erratas en los libros que leo por gusto, a lo largo de cuyas páginas voy dejando signos de corrección marcados con lápiz. Por obsesión y por deformación profesional. Sin embargo, como una suerte de reivindicación, dedico cada día aunque sea un par de horas, generalmente en la noche, a la lectura del libro de cabecera. Solo los correctores y editores sabemos del placer de regresar a esa lectura natural, sin la presión a la que se ve sometido el cazador de erratas y sin la concentración que exige un cierre editorial; del gusto por volver a esa lectura en la que por fin nos relajamos y despegamos los pies de la Tierra para ir al encuentro de la aventura, de la trama, exactamente como cuando éramos niños y nos embarcábamos en las historias fantásticas de nuestros primeros libros de cuentos. Esos que nos formaron como lectores y, sin los cuales, no seríamos nada.

 

 

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