De por qué los Muppet Babies me hicieron lector

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Raúl Bravo Aduna es ensayista y editor. Actualmente edita el blog «Economía y sociedad» de la revista Nexos, es profesor en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y locutor en NoFM Radio. Sus textos han sido publicados, entre otros medios, en Este País, Animal Político y Playboy. Raúl Bravo fue también uno de los fundadores de Cuadrivio, donde colaboró como editor y traductor hasta 2014.

 

 

Raúl Bravo Aduna

 

Tuve mi primer libro a los cuatro años. Lo digo porque lo recuerdo y lo recuerdo en gran medida porque muy conscientemente me he obligado a hacerlo. Si he de trazar mi camino hacia la lectura, invariablemente debo comenzar por él, la Rana René y los Muppet Babies. What does baby Kermit say? no sólo era un libro, sino también una almohada que me gustaba llevar a todos lados y que, invariablemente, me acompañaba a la hora de la siesta. En él, la Rana René me contaba sobre su día: se despertaba, lavaba los dientes, brincaba y también tomaba la siesta. Lo recuerdo con cariño –a pesar de no poder recordar haberlo leído– porque funciona muy bien como un objeto que puedo usar, veintitantos años después, para sugestionarme que, desde pequeñito, al dormir sobre letras, estaba condenado a vivir de ellas.

A pesar de no ser lectores, mamá y papá hicieron un esfuerzo notable porque nunca faltaran libros en casa. Todos bastante parecidos y muchos de ellos de los Muppet Babies y Clifford the Big Red Dog. En realidad, poco me importaba leer. Lo que me gustaba era saber que los libros, acomodaditos uno encima de otro en el buró, estaban ahí para acompañar lo que yo ya había visto en televisión. Aunque paso mucho tiempo con mis libros, y frente a ellos, ni siquiera haciendo un esfuerzo me puedo pensar como lector desde niño. Me gustaba presumirlos y me gustaba hojearlos. Supongo que incluso a ratos los leía, pero en realidad lo único que puedo recordar es que lo que me atraía era lo que ahora entiendo como transmedialidades y paratextualidades; es decir, lo único que buscaba era traslapar las horas que pasaba frente al televisor a hojas de papel brillante, para posteriormente regresar a sentarme más horas frente a la tele.

Por la misma época descubrí, ahora en el salón de clases, algunos poemas del Dr. Seuss. Mi favorito desde entonces ha sido «Green Eggs and Ham» –sin duda un recuerdo falso y construido, porque en realidad no lo es. Mentiría si tratara de dar una explicación sobre lo que me interesaba o llamaba la atención del poema. Probablemente lo recuerdo con nitidez por ser el primero de la lista y porque, a la fecha –y esto no es mentira–, sus versos son de los pocos que puedo recitar de memoria y sin chistar. Pero más que los poemas de Seuss, lo que me fascinaba eran las ilustraciones que los acompañaban: un gato ensombrerado, sneetches con estrellas en la panza, gente verde y peluda que odia la navidad, etcétera.

Poco tiempo después me encontré con The Wind in the Willows de Kenneth Grahame en la biblioteca de mi primaria. Tal vez fue el primer libro que leí a consciencia y por decisión enteramente propia y es un libro que, hasta la fecha, atesoro muchísimo. En aquel entonces no había visto The Adventures of Ichabod and Mr. Toad, y definitivamente no había escuchado «The Piper at the Gates of Dawn», pero reconocía a Mr. Toad por culpa de Disney y sus juegos mecánicos. Recuerdo el primer día frente al libro: inmediatamente reconocí a los personajes e inmediatamente, por ello mismo, me dieron ganas de leer el libro. No podría recordar qué pasó por mi cabeza al leerlo, ni siquiera puedo empezar a intuir si tuvo algún tipo de efecto en mí. Pero recuerdo que, un par de décadas más tarde, me gustaba decirle a la gente que lo primero que escribí en mi vida fue una reescritura de «The Piper at the Gates of Dawn» (capítulo 7 de la novela), para hacerles notar que yo sí sabía de dónde venía el nombre del disco de Pink Floyd y qué tan fan de Syd Barrett iba a ser.

Etcétera.

Etcétera.

Etcétera.

Es fácil encontrar libros y lecturas al hacer la arqueología emocional de una vida como lector, pero me parece demasiado ocioso hacerlo simplemente para aparentar que la literatura forjó mi vida. Por el contrario, fue ya de muy adulto y muy consciente de lo que podría significar leer que comencé a hacerlo. En mis libreros no habían Proust ni Dostoievski ni Joyce; es más, ni siquiera puedo recordar tener un librero en forma hasta que cumplí veinte años. Mi infancia se fue entre Tortugas Ninja y Muppets, mientras que mi adolescencia entre discos de Frank Zappa y Pink Floyd.

Quizá mi primer contacto con «verdadera» literatura fue en la preparatoria, cuando salió en cines Eternal Sunshine of the Spotless Mind, de Charlie Kaufman y Michel Gondry.

No tenía mucho que había descubierto el cine de Kaufman, con Adaptation, pero fue una de las primeras películas que me acercó al mal llamado «cine de arte». Sin embargo, recuerdo con emoción por qué. A lo largo de la película –una película sobre cómo hacer esa película– Nicolas Cage, personificando a Kaufman, batalla para sacar un guion que le fue asignado. No puede hacerlo. No sólo la heroica inspiración se mantiene lejos, sino que, incluso, no puede siquiera encontrar el camino para escribir, al mismo tiempo que las personas a su alrededor producen, sin esfuerzo, cualquier cantidad de tonterías que se venden y consumen. A lo largo de la primera mitad de la película, el espectador tiene pleno acceso a los pensamientos del guionista atormentado. Por supuesto. Ahí está la tensión. El regreso eterno a los problemas y dudas y cavilaciones de El Autor, El Genio, que batalla para sacar La Chambita. Desesperado, el personaje de Kaufman decide asistir, contra toda fibra de su cuerpo, a un seminario hechizo para escribir El Gran guion cinematográfico. A la mitad del seminario, el profesor grita con entusiasmo que a nadie, nunca, se le ocurra incluir soliloquios en sus películas; momento exacto de Adaptation en el que dejan de escucharse los soliloquios de Kaufman. Es probable que sea algo irrelevante, o pequeñito, o ambas, pero me pareció pirotecnia absoluta poder darme cuenta de ese segundo exacto y «descubrir» –interpretar, pues– el artificio del guionista que en su propia película muestra las decisiones de escritura sobre la marcha.

Eternal Sunshine of the Spotless Mind llegó después y corrí al cine a verla. Y, en voz de Kirsten Dunst, descubrí los versitos de Alexander Pope que le dan título a la película. Mismos que me llevaron a leer, eventualmente, «Eloisa to Abelard», An Essay On Criticism, para después brincar a Samuel Johnson.

Y de ahí pa’l real.

 

***

Mis primeros libros fueron de los Muppets. Mis primeros acercamientos a la literatura fueron el cine y la televisión. La música también. Eso me parece relevante porque de alguna manera predicen lo que sería toda mi vida como lector: brincar de un lugar a otro, de un género al que sigue, desde cualquier medio que se presente, siempre de manera azarosa, pero, al mismo tiempo, siempre de manera volitiva.

 

 

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