Escribo, luego leo

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Ethel Krauze (1954) nació en la Ciudad de México. Poeta, ensayista, narradora y dramaturga, es maestra por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido profesora, coordinadora de talleres literarios, compiladora, conductora y guionista de diversos programas de radio y televisión. Su poemario más reciente, Lo que su cuerpo me provoca, se publicó en 2016 por la UAM-X.

 

Ethel Krauze

 

La lectura no es una actividad aislada. Nunca lo fue para mí. Me rebelo. Me parecen erradas las campañas de lectura que dan por hecho que leer, como hablar y escribir, no es parte natural del quehacer humano, porque todo quehacer humano implica la palabra: fuente originaria de la cultura, la historia, el pensamiento.

Fui oidora de las historias que María me contaba mientras me cuidaba en mis primeros años. Pollitos y nubes, vírgenes y adoraciones. Al mismo tiempo, tenía ante mí las historietas ilustradas de Superman y de Archie que mi hermano desechaba cada semana y que yo sentía «leer» mirando las páginas y suspirando. Siempre, al mismo tiempo, escuchaba con temblores en el corazón el disco de Pedro y el lobo de Prokófiev, que mi padre ponía los domingos en la sala, y me regocijaba con el hermoso volumen de El libro de oro de la juventud, empastado y dedicado con nuestros nombres grabados. Sí sabía que ahí decía «Ethel», cuando pasaba mi dedo por las letras pulidas de dorado filo. Estaba abierto ante mí y, claro, yo leía al modo en que se lee a los dos o tres años de edad. Mi hermana aún no había nacido; nunca se consoló por no haber estado en esa dedicatoria, aunque le explicaron el motivo, una y otra vez, mis padres.

El mundo era un lugar de palabras y de nombres, más que de cosas y de seres. Escribía en mi mente y repetía en voz alta. Le escribía al agua, a las tazas de chocolate, al salero, a los globos, a la luna. Escribía sólo con mi memoria y con mi voz.

Un día, mi hermano me puso un cuaderno en la mano y un lápiz:

—No sabes leer, eres una burra. Mira: ésta es la M y se dice mmm, ésta es la A y se dice aaa: MA, otra vez: MAMÁ.

Fue diciendo mientras escribía. Lo mismo hizo con PAPÁ y con CACA.

Yo lo imité, brincando de alegría.

—Ahora sí ya sabes leer.

Fui corriendo con mi madre, cuaderno en mano.

Por eso, cuando entré al kínder, yo ya era una escritora.

Durante la primaria, en la voz de mi madre, que nos hablaba durante las comidas de versos y de autores como quien habla hoy de películas y de actores, entendí que el libro era el lugar donde estaba el mundo, el profundo y verdadero mundo. Pero no el libro que «otros» hacen, sino el que hacemos todos y cada uno de nosotros, hilando palabras, pensando, respondiendo, preguntando, escribiendo con la mente y la memoria, con la mano o con el teclado. La mirada compartida de la vida que nos ha tocado vivir.

He contado en mi libro Cómo acercarse a la poesía, publicado por primera vez en 1992, y convertido en texto oficial en Salas de Lectura y Biblioteca de Aula de la SEP, mis primeros y eternos compañeros de aventuras. No lo repetiré aquí.

Lo que he aprendido desde entonces es que leer por convicción y por amor es una consecuencia de vivir, de hablar, de pensar, de escribir. Lo demás es pancarta, panfleto, burocracia y demagogia.  Aprendí que leer es el segundo paso y que escribir desde el interior es construir la llave para ir a buscar el tesoro que abre las puertas de todos los caminos.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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