En busca del padre

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Mónica Maristain, escritora, periodista y editora argentina, vive en México desde el 2000. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales, fue editora en jefe para Playboy Latinoamérica y actualmente edita la sección «Cultura y Espectáculos» de SinEmbargo. Su libro más reciente es el poemario Antes, publicado en 2016 por Literal Publishing en coedición con la UANL.

 

 

Mónica Maristain

 

No recuerdo exactamente cuándo empecé a leer. Supongo que sí recuerdo el día aquel en que supe que iba a expresarme por escrito. La maestra pidió la redacción de «Mi casa» y con caligrafía prolija, muy redonda y clara, hablé de aquello que no tenía. Pensaba en una casa feliz, con mi padre, mi madre y mis hermanos viviendo de cara al día, satisfechos. La vida fue mucho más dura que aquella redacción: nunca tuvimos casa, pero yo ya había descubierto que no estaba sola. Que siempre en algún lugar, sin gente alrededor, iba a poder sacar mi lápiz, hacer una letra clara y redonda –aunque hoy tenga letra de médico, ininteligible– y poder sacar lo que sentía adentro de mí.

¿Cómo fue, pobres como éramos, que mi madrina de confirmación salió a comprar mi primer libro –lo recuerdo tan claramente– para regalármelo? Era un libro amarillo que se llamaba La guitarra andaluza. Mi madrina Adela tenía pasión por mí. Me sacaba a pasear por todos lados, como diciendo: «esta es mi chica, tiene ojos verdes, es buena alumna, muy educada». ¿Por qué mis padres no podían disfrutar eso? Ellos me iban preparando para la vida, golpeándome, exigiéndome, y los demás sentían goce por eso cuando me sentaba a una mesa. No hablaba mientras comía, no decía insultos, no corría tras la gente mayor como si estuviera perdida. Aunque sufría en silencio, era una niña-modelo que creció con la opinión de los demás, a fuego lento pero seguro. Hoy, que tengo más de 50 años, cada tanto me obligo a decir: «no importa lo que digan de mí, voy a hacer lo que quiero, libre», pero tras cartón viene una voz de mi conciencia diciéndome que no tengo que pasarme, que tengo que sentarme a la mesa sin hablar, la espalda derecha, la mirada hacia el horizonte.

Mi madrina Adela ya debe de haber muerto. Cuando crecí no me dio tanta atención como cuando yo era niña y poco a poco nos fuimos alejando. Sin embargo, la albergo en mi corazón con una presencia extenuante y exigente. Allí está para que me porte bien y obtenga cosas de ella, como ese libro: el primero que tuve. Haberlo leído de cabo a rabo, sintiéndome parte de él, es algo que todavía me conmueve. Lo he buscado de grande. El autor es Saint-Marcoux, un periodista francés que vivió 82 años y murió en 2002. Ahora lo buscaré más: tengo ganas de volver a leerlo, tratar de alcanzar a esa niña llena de sueños. Ya no tengo memoria para determinar de qué iba la historia. Recuerdo algo cursi, tal vez un amor pasajero o no correspondido, y el encuentro con la guitarra andaluza, pero no más.

¿De dónde venían los otros libros? Las aventuras de Tom Sawyer: esas tapas amarillas, duras, con un Mark Twain vivo y envolvente. Mujercitas: la dulce e inteligente Jo, cómo quería ser así. Las revistas de cómics. Cuando mi padre compraba Intervalo –durante mucho tiempo decía yo «Intérvalo», hasta que descubrí mi error– y Tony. Las historias de Intervalo eran menos guerreras, menos masculinas que las del Tony, pero de todas maneras leía las dos. Dibujaba Robin Wood una tira que se llamaba Mi novia y yo, cuya historia se centra en las aventuras y desventuras del periodista Tino Espinoza y que yo demoraba en terminar: siempre se me hacía corta.

Desde entonces leo rápido, casi contra mí misma. Ya de grande empecé a leer un poco más lento, sobre todo los ensayos: esos tratados de filosofía que necesitaban más concentración y rigor de pensamiento. Cuando empecé a volcarme en esas historias en las que yo buscaba a alguien que se me pareciera, lo hice con una velocidad feroz. Como cuando leí Corazón: Diario de un niño, de Edmundo de Amicis, y soñaba con que mi madre recorriera el mundo solo para buscarme, o al revés. Eran tiempos en que todas las lecturas me tenían a mí de protagonista, ¿cuándo fue que las lecturas pasaron a ser el testimonio, el patrimonio, de otros? Puede ser con Papillon, la novela de Henri Charrière que leíamos con mi padre en una tira que sacaba el diario Crónica todos los días. Ay si un día perdíamos el periódico o no teníamos plata para comprarlo: era un drama familiar. La tira aparecía en la página final; recortábamos los cinco o seis cuadros ilustrados y las frases de arriba.

Siempre estuve enojada con mi padre. En la infancia lo decepcionaba, no era perfecta como él quería que fuese. En la adolescencia era la rebeldía. Una vez me corrió por toda la calle porque me había encontrado un cigarro y más tarde –la policía, el ejército– recuerdo que quemó un montón de libros en el patio de la casa. Creo que se murió de pena. Yo le negaba los libros antes de que muriera. Tenía, como siempre, libros y revistas a montones, pero yo no se los dejaba leer. Supongo que fui tan mala con él por lo que me había hecho. Pero no fue justo. Llevo en mí un dolor tan hondo que no puedo tocarlo, como si tomar contacto con la herida me llevara a morir, en un río de sangre. Los libros, por carencia o por totalidad, tienen relación en mi vida. Y así será siempre, hasta que no pueda leer ni esconder los libros ni negarlos ni decir que en aquel libro hallé a mi padre.

 

 

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