Breve visita al planeta Foster Wallace

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David Foster Wallace, David Foster Wallace Portátil. Relatos, ensayos & materiales inéditos, trad. Javier Calvo Perales, México, Literatura Random House, 2016, 672 pp.

 

 

Yeni Rueda

 

Mucho se ha discutido si las obras póstumas son realmente necesarias, es decir, si realmente logran acrecentar el corpus creativo de un escritor o simplemente engrosan las cuentas bancarias. Ahora que, si se trata de reeditar lo que ya está publicado, la labor del editor se vuelve más compleja: hay que idear una o varias estrategias para que los textos o libros ya conocidos se sientan como un nuevo halo de luz en la bibliografía del autor. ¿Por qué debería comprar esta edición si puedo conseguir lo mismo en otro lado, probablemente más barato porque ya no es novedad? ¿Qué hace realmente diferente a esta edición de la anterior?

Esta fue una de las primeras reflexiones que surgió en mi cabeza al momento de leer Portátil de David Foster Wallace, una especie de compendio introductorio que publicó Penguin Random House en 2016, para celebrar el aniversario del  lanzamiento de La broma infinita, el gran hito del escritor norteamericano, cuya obra es voluminosa, no solo por la cantidad de páginas o de títulos, sino por la densidad de su prosa, la obsesiva delicadeza de sus detalles formales y la variedad de géneros narrativos en los que se reflejó constantemente a sí mismo.

 

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Era un genio. Un «cerebrito» con un ego enorme. Un escritor privilegiado. Tenía un cerebro brillante, pero depresivo. El escritor suicida que dejó una novela inacabada. Era diferente del resto. El ícono de toda una generación de escritores, pero, sobre todo, de lectores. El hombre de pañoleta y lentes de montura delgada. La lectura de sus libros es necesaria para todo aquel que se quiera llamar lector.

En cada nota que leía sobre David Foster Wallace había al menos una frase como las anteriores. Antes de hablar de sus libros, de su estilo, o de los temas –siempre constantes y hasta obsesivos–, notaba que algunos reseñistas caían en la trampa de la figura del escritor-genio-suicida dejando de lado lo que es realmente esencial de Wallace y de cualquier otro autor –aun cuando su vida esté tan presente–: su obra literaria. Gracias a la necedad de este enfoque y a la invitación a la pedantería de ser una lectora diferente por el simple hecho de tomar un libro de David Foster Wallace, me mantuve alejada de su obra por muchos años. Lo cierto es que tampoco tenía mucha idea de por dónde empezar. Aquí la respuesta lógica sería La broma infinita, pero quizás por mi carácter introvertido siempre me he interesado por los libros y autores que se mantienen al margen o poco conocidos o generalmente ignorados. No quería adentrarme al universo –que ahora me parece, más bien, un planeta– de David Foster Wallace a través de su obra más popular y comentada. Quería hacer mi propio itinerario en la bibliografía fosteriana. Al final, también quería ser diferente.

 

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En la nota introductoria de Portátil, el editor, Claudio López de Lamadrid, marca puntualmente las intenciones para crear un libro como este. En 2016 se cumplían veinte años de la publicación original de La broma infinita y Penguin Random House lanzó una edición conmemorativa. Sin embargo, quedaba la sensación de que se podía hacer algo más. Después de todo se trataba de uno de los autores más importantes y fundamentales para el sello editorial. Fue así que nació este libro recopilatorio (a excepción de las novelas) de los distintos discursos narrativos de Foster Wallace y que, aunque en palabras del editor, buscaba ser «[…] un Wallace portátil, un compañero de viaje, un libro manejable, de ahí el título y la selección acotada», se convirtió en un volumen inmenso que más bien parece una suerte de guía para aventurarse en el planeta fosteriano. De ninguna manera se trata de un libro manejable o sencillo y mucho menos portable. Ni siquiera en su forma física se asemeja al formato de bolsillo. Quizás portable porque intenta dar pequeños vistazos de los mundos narrativos de Foster Wallace. Para un lector nuevo, el volumen puede resultar abrumador por la cantidad de material que lo compone y la manera un tanto «dispareja» con la que se estructuró editorialmente. No sé cómo sea para un lector conocedor de Foster Wallace, probablemente un tanto confuso por la misma razón.

Un elemento inesperado se encuentra entre los relatos y los ensayos: el material que Wallace preparaba para sus clases y algunos mails que intercambiaba con su madre, en donde le consulta dudas surgidas en sus sesiones lectivas. Ciertamente es un material curioso e interesante de conocer, pues, aunque se trata de materiales muy concretos, objetivos y de cierta forma abstractos, dejan ver algunos de los rasgos de la narrativa fosteriana: son extensos, con una atención muy particular hacia el detalle, un interés por el ejercicio de una literatura dual, es decir una literatura en la que el autor y el escritor o el alumno y el profesor, se relacionan de manera horizontal, en un diálogo constante. En un rebote persistente que probablemente tenga accidentes que lo hagan más rápido, o lento, o llamativo o tedioso, no importa, mientras se mantenga el ritmo de comunicación entre ambos sujetos. Después de todo, Wallace fue tenista.

 

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Junto con el amor, probablemente el tema de la depresión sea uno de los más problemáticos de abordar en términos literarios, particularmente en la ficción o la poesía, puesto que se debe tener mucho cuidado de no caer en clichés repetitivos o anticuados. Escribir sobre estos temas y darle vida a personajes que se vean afectados por estos accidentes emocionales es muy parecido a tratar de terminar los niveles del buscaminas en Windows. Pero, cuando un autor lo logra, puede atrapar, a cuentagotas, rasgos esenciales y universales de nuestra humanidad. Es por ello que las historias que no se regodean en la cursilería o la idealización de estereotipos logran una conexión indescriptible y perdurable entre el autor y el lector, no importando ni el estilo ni el tono de los personajes, sino la fuerza de la emoción que subyace en sus acciones y en el texto. Y, justamente por eso, se vuelven más humanas, porque aquello que nos hace diferentes de otras formas de vida son estos conceptos que no se pueden definir en su totalidad con palabras, o signos o símbolos.

En el videoensayo Sobre David Foster Wallace, el escritor René López Villamar apunta cuál es desde su perspectiva el punto flaco del famoso discurso This is water, al ser un texto que se aleja de algunos de los elementos fundamentales que caracterizan a Foster Wallace: el carácter de incertidumbre, el darse cuenta de que a pesar de todos nuestros esfuerzos intelectuales o biológicos, no tenemos la respuesta para casi nada.  Además, añade que generalmente se cree que los escritores tienen todas las respuestas para los grandes temas y preguntas, pero que, en realidad, pueden estar igual de perdidos que todos los habitantes del planeta. Contrario a otros reseñistas o críticos, Villamar nos invita a ver esa parte frágil y humana de la obra fosteriana y no el carácter de escritor erudito, ególatra o narcisista.

En ese sentido, la selección que conforma a Portátil cumple con este cometido. Los textos seleccionados muestran a personajes siempre perdidos en la confusión, la identidad, la sexualidad, el aburrimiento, la depresión y una constante tensión entre lo público y lo privado. En «Mi aparición», vemos el espiral de angustia y ansiedad en la que una actriz se sumerge al tratar de prepararse física y emocionalmente para una entrevista en el famoso programa de David Letterman, un conductor especialista en poner en ridículo a sus invitados. Su esposo y amigos idean diversas tretas para que la actriz se adelante a las trampas de Letterman, y pareciera que finalmente y por voluntad propia, ella logra tomar al «toro por los cuernos» y salir victoriosa de la entrevista que pudo colmarla de vergüenza pública.

Wallace nos pone enfrente un ejercicio muy claro de la simulación que se lleva a cabo en el mundo del espectáculo, en donde lo público no es más que la punta del iceberg que se nos deja ver. Pero ¿este juego de máscaras y de montajes es exclusivo de la televisión, el cine o la vida pública? No. Nosotros repetimos esas dinámicas día con día. No es necesario ser famoso para ser partícipe del juego de máscaras y si Wallace usa la televisión como analogía es solo para hacernos ver lo inadvertidos que pueden llegar a ser para nosotros los problemas de identidad, pese a que lidiamos con ellos día con día. Incluso cuando, como la actriz de «Mi aparición», decidimos tomar nuestras decisiones sin pedir permiso a los demás ni pensar en cómo nos ven, en realidad seguimos realizando un performance, quizás solo para nosotros mismos, pero no por ello menos actuado. Entonces queda la incertidumbre: ¿realmente somos diferentes?

 

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Si bien Portátil no tiene una estructura editorial completamente definida tampoco es gratuita. En este volumen se encuentran tres de los géneros que Wallace abordó durante su vida literaria: cuento, ensayo y el material lectivo. El material literario fue tomado de los libros: La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Extinción, Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, Hablemos de langostas y En cuerpo y en el otro. Pero esto no es todo, hay una pieza que era inédita en español y fue la primera publicación de Foster Wallace: «El planeta Trilafon y su ubicación respecto a lo Malo». Los fragmentos de libros están colocados en orden más o menos cronológico haciendo evidente la evolución del autor, la maduración de sus temas y el crecimiento de su arrojo para retar las estructuras formales de la narrativa. A los textos de Wallace los acompañan sendos ensayos de escritores latinoamericanos y españoles que son conocidos lectores de Foster Wallace: Luna Miguel, Javier Calvo, Antonio J. Rodríguez, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet, Inés Martín Rodrigo y Leila Guerriero. Finalmente, el libro cierra con dos piezas poéticas de Andrés Calamaro que en realidad sobran, pues no apoyan ni en sustancia ni en estética las ideas de Foster Wallace, y como homenaje resultan un tanto predecibles y sosas.

En cuanto a los ensayos, el editor asegura que están ahí para contextualizar las obras, colocarlas como parte de nuestra cultura lectora desde el acercamiento personal de los autores. Sin embargo, en algunos casos, el argumento o hilo conductor de los ensayos es tan superficial que este propósito no se cumple y queda en el mero terreno de la anécdota olvidable, algo que lamento mucho, pues editorialmente la iniciativa resulta valiosa. Los ensayos le dan cierta accesibilidad al lector que no conoce a Wallace, pues ahora ya no solo dialoga con el autor, sino con otros lectores que han decidido aterrizar en los áridos pero enigmáticos terrenos de la narrativa fosteriana.

 

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Una de las características que me llamó la atención de la narrativa reunida en Portátil fue la necesidad de diálogo del autor. Es algo que se nota en su material lectivo, en donde el profesor insta a sus estudiantes a ser participativos, a leer los materiales, pero sobre todo a dialogar entre ellos durante las clases y fuera de ellas, por medio de comentarios textuales hacia el trabajo de sus compañeros. En la narrativa sucede lo mismo. «En lo alto para siempre» y en «La persona deprimida» los narradores sumamente objetivos no lo son tanto como parecen, porque son la puerta y el disfraz que nos ponemos como lectores para escuchar/leer lo que Wallace nos quiere decir a través del joven que descubre la fragilidad de su enorme masculinidad y la mujer que siempre pide disculpas a sus amigos por molestarlos con su depresión. Necesita un espectador-lector para funcionar y es probable que por ello utilice elementos tan particulares como las líneas temporales divisorias en Animalitos inexpresivos o las notas al pie de página de La broma infinita.

En una entrevista, Wallace admite que para él, el elemento de las notas funcionaba como la aparición de una segunda voz que participaba en el intercambio literario que sucede durante la escritura y la lectura. Probablemente buscaba esta relación dual y horizontal con el lector por su afición al tenis, o tal vez, como con sus alumnos, quería huir de la posición de autoridad que otorga la identidad de autor/profesor. O simplemente, porque de verdad era tan ególatra que necesitaba que alguien lo escuchara, que el lector de sus obras fuera lo suficientemente activo como para darse cuenta del genio al que se estaba leyendo. Al final, si estamos hablando de la obra de un autor tan inteligente y meticuloso, pero además de ello efectivo para contar historias al mismo tiempo que lanza sus ideas sobre temas tan complejos como la depresión, la incapacidad de conexión de dos personas, la necesidad de satisfacer al otro, la vida pública, ¿realmente importa? El caso es que Wallace quería realizar un diálogo real con sus lectores y hay muy pocos autores ya no solo interesados en establecerlo, sino que lo logran acertadamente.

 

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En «El planeta Trilafon y su ubicación respecto a lo Malo», Wallace intenta definir el estado depresivo como un planeta ajeno a la Tierra. El deprimido vive en un planeta diferente tanto por el dolor emocional como por las reacciones físicas y mentales provocadas por la medicación. El protagonista del cuento arma con puntillosa calma los distintos elementos que definieron su enfermedad mental, sin darle ese toque extraordinario, atractivo o exótico que se puede observar en otros textos literarios. Aquí, la depresión aparece tal como es: rutinaria, apabullante, densa, claustrofóbica. El protagonista nos dice: «No sé si es adecuado decir que la depresión se parece a estar bajo el agua, pero imaginaos quizás el momento en que te das cuenta, o en el que caes en la cuenta, de que no hay superficie para ti, de que simplemente te vas ahogar ahí sin importar en qué dirección nades; imaginaos cómo os sentirías en ese momento exacto.» Sin la excesiva poesía y con la suficiente naturalidad, ya en su primer cuento, Wallace tuvo la capacidad de definir exactamente uno de los estados más complejos que podemos llegar a experimentar. Y aun así no se trata de una respuesta a la pregunta sobre qué es la depresión. Hay incertidumbre. Hay duda. Es el perfecto mensaje de bienvenida al planeta de David Foster Wallace.

 

 

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Yeni Rueda López (Morelos, 1990). Narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2013).

 

 

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