Breve crónica de los inicios de una dramaturga. El teatro de Elena Garro sesenta años después

Patricia Rosas Lopátegui escribe sobre la carrera de Elena Garro como dramaturga.

 

Este mes, julio de 2017, estamos celebrando sesenta años del quehacer dramatúrgico de Elena Garro. Después de haber vivido de 1945 a 1953 en Estados Unidos, varios países europeos y Japón, al lado de su esposo Octavio Paz y de la hija de ambos: Helena Paz Garro, por fin, el 19 de julio de 1957, entró al mundo de las tablas. Paz, uno de los dirigentes de Poesía en Voz Alta, permitió que su cónyuge se diera a conocer como dramaturga –habían pasado veinte años de matrimonio y de represión intelectual para Elena. La pareja había contraído nupcias el 25 de mayo de 1937.

Dentro del cuarto programa de Poesía en Voz Alta se llevaron a escena tres de sus piezas teatrales: Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca (originalmente subtitulada La muralla) y Un hogar sólido. Las dos primeras abrían el evento, seguidas por una adaptación de varios trabajos de Quevedo (bajo el título de La vida airada), y lo cerraba Un hogar sólido. Debido a los escasos fondos con que contaba el grupo, este programa consistiría en una representación diaria durante quince días, pero comenzó el 19 de julio y cerró hasta el 11 de agosto, con nueve representaciones más que las quince planeadas inicialmente.[1] Este acontecimiento tuvo lugar en el Teatro Moderno de la Ciudad de México, que se encontraba en Marsella 23, en la colonia Juárez. Sus piezas deslumbraron a los intelectuales, así como a quienes hacían el periodismo cultural en esa época. Revistas y periódicos se dieron a la tarea de difundir una serie de reseñas para encapsular el ambiente que produjo la aparición repentina de un gran talento nacional.[2]

De acuerdo con Roni Unger, la Agrupación de Críticos de Teatro eligió Un hogar sólido como la mejor obra mexicana de 1957; a Héctor Mendoza como el mejor director del año; a Carlos Fernández y a Tara Parra como el mejor actor y la mejor actriz jóvenes. Sin embargo, el cuarto programa terminó el 11 de agosto de 1957 y los premios fueron anunciados hasta febrero de 1958: un destiempo que impidió acreditar las aportaciones que hacía el laboratorio teatral de Poesía en Voz Alta.[3]

Pero nada detuvo el éxito de Un hogar sólido. El 3 de agosto de 1957, la revista Mañana la publicó por primera vez; además, la palabra de Garro llegó a la Argentina por medio de las páginas de Sur, que la incluyó en su número de marzo-abril de 1958. Es obvio que esto se debió a sus amigos José Bianco y Adolfo Bioy Casares, quienes apoyaban el talento de la dramaturga. Quizá esos merecidos aplausos que recibió en el Teatro Moderno en 1957 reanimaron su implacable espíritu creativo y se dio a la tarea de escribir bajo el fuego sagrado del teatro.

 

La pareja que nunca lo fue

Octavio Paz sabía del talento de su esposa y se había propuesto férreamente, desde 1937, que no opacara el suyo. Varias parecen ser las razones para que el poeta, ensayista y diplomático consintiera en ese momento la incursión de Elena Garro en la literatura. Había regresado a México a finales de 1953 con cierto prestigio, se reinstaló en un ámbito que lo favorecía, por lo tanto se sentía menos inseguro y podía prescindir, hasta cierto punto, de su consorte. De allí que en este periodo empiece a darse un abismo mayor entre la pareja que nunca lo fue.[4] Además, es muy probable que Paz haya tenido que ceder ante la presión de escritores y artistas como Juan Soriano, Sergio Galindo, Emilio Carballido, Adolfo Bioy Casares y José Bianco, entre otros, quienes promovían la escritura de Garro, a la inversa del marido ególatra y autoritario.

Si el matrimonio con Paz no le permitió a Garro continuar con sus estudios universitarios en 1938, dedicarse al teatro o a la danza, sin duda se benefició del desplazamiento al lado de su marido por los ámbitos intelectuales de Europa y Oriente a lo largo de ocho años. Asimiló las vanguardias del viejo continente y se enriqueció con la cosmovisión y el arte japoneses. Este cosmopolitismo, aunado a su conocimiento de las culturas prehispánicas, le sirvió para renovar las letras y el teatro en lengua española.

Por un lado, crea una nueva dimensión en la literatura con Los recuerdos del porvenir (escrita en París y Berna entre 1951 y 1953, aunque publicada hasta 1963) y, en el campo teatral, sus piezas sorprenden por su lenguaje poético desprovisto de toda retórica. La autora le da un nuevo giro a la dramaturgia a través del elemento fantástico inesperado que rompe con la realidad mecanizada y superficial al insertar la magia y la atemporalidad de lo ilusorio para liquidar el espacio y el tiempo realistas de los viejos moldes teatrales; sin olvidar que la tradición dramática griega y el universo de los antiguos mexicanos se renuevan en sus obras. Como dice José Emilio Pacheco, «Elena Garro no desdeña la tradición, sino que la redescubre, la actualiza», y abunda:

A una originalidad que corre pareja con la del más reciente teatro europeo, Elena Garro añade un orbe nacional, vigorosamente mexicano, pero lejos del folclorismo que suele demorar a nuestro teatro. Sus obras, de algún modo, vienen a ser el equivalente escénico de López Velarde. La provincia, el orbe de la infancia, la maliciosa ingenuidad, el triste sueño se aluden con frecuencia en este libro.

La realidad queda abolida, o mejor, encajada dentro de una frontera mágica que acepta la vida como peldaño para dar forma a otro universo, solo regido por el talento de la autora. A la aridez de lo inmediato, Elena Garro opone el solar crecimiento de un bosque de artificios. Las palabras se elevan, nos queman y aprisionan; frente a los ojos están seis piezas cortas que crecen sobre las ruinas de lo extinto para inscribir su propio tiempo.

Sirviéndose de un diálogo dúctil, coherente con sus significados, las obras se estructuran por sí mismas, creando su propia técnica. Teatro personal, tierno y simbólico; de ahí la unidad que eslabona a este libro.

De las seis, Un hogar sólido es quizá la más perfecta, la más hermosa. Aquí la muerte mexicana como la vio Posada. Más allá de su final terrestre, los seres están vivos, despiertos en la noche de sus recuerdos y de su risa. Por muchos caminos, Un hogar sólido viene a ser el espejo de la familia mexicana. En Los pilares de doña Blanca, como en muchas de las obras restantes, todo se crea y se aniquila por los esguinces del deseo. Fábula de niñez, de alados corazones, de agua que convoca a la sonrisa, o vals de las palabras contra el cielo redondo, la obra de Elena Garro da nueva vida a nuestro teatro; marca un hito que repudia lo usado y abre un vasto horizonte a la expresión escénica.[5]

Nada escapó a la sensibilidad de la dramaturga y también en sus piezas se percibe la influencia del lenguaje sintético y la visión artística que la maravillaron en Japón. Podemos afirmar que la expresión sucinta y simbólica que caracteriza a sus piezas teatrales se remonta tanto a la poesía indígena como a la japonesa. En sus apuntes de 1952 escribió:

La poesía japonesa, la luz y la sombra separadas por una espada alta y afilada. Entrar en ella es herirse. La ausencia de palabras. Pienso en los habladores de Occidente. Qué madeja de discursos Shakespeare. Aquí, el silencio iluminado sólo por dos o tres versos.[6]

 

El deslumbramiento

A partir de aquel 19 de julio de 1957, Elena Garro fue noticia periodística y sobre ella y su teatro poético escribieron en los principales periódicos y revistas Armando de Maria y Campos, Wilberto Cantón, Octavio Paz, Juan García Ponce, Margarita Michelena, José Emilio Pacheco, Luis G. Basurto, Antonio Magaña Esquivel, Consuelo Colón, entre otros. Tanto impactó a los intelectuales, en especial con Un hogar sólido, que el 3 de agosto de 1957 la revista Mañana no solo difundió una reseña de Luis Vicent sobre el cuarto programa, sino que se reservó el derecho de publicar por primera vez la obra que urde a «la muerte mexicana como la vio Posada», al decir de Pacheco. En esta impresión, su nombre aparece como Elena Garro de Paz. La pieza en un acto se encuentra precedida por un pequeño texto de Luis Dam que funciona a manera de prólogo. Esta nota introductoria resulta aún más relevante porque está basada en un diálogo que Dam sostuvo con la autora y contiene las anécdotas que la misma Garro le contó sobre el acto creativo, así que bien puede catalogarse como una de las primeras entrevistas realizadas a la dramaturga. Así comienza:

Un día cualquiera, hace cosa de seis meses, Octavio Paz invitó a Elena, su esposa, a tomar una copa. Fueron al Nicte-Ha. El lugar, elegante y oscuro, cosmopolita y caro, le pareció horrible a Elena Garro. El lugar, y aquellas gentes que bebían y hablaban sin cesar. Un par de horas después, Elena tomó la carretera para Cuernavaca. En la media hora larga de camino fue cosiendo, mentalmente, los hilos de su penosa impresión… El Nicte-Ha y su vacuo mundo se mezclaban en el pensamiento de Elena con un hecho reciente que había sacudido a su familia: el suicidio de un primo… Así llegó a su destino. Se sentía cansada. Y se puso a escribir. Así nació Un hogar sólido.[7]

El 29 de noviembre de 1958, la Universidad Veracruzana publicó su primer libro, Un hogar sólido y otras piezas en un acto. Sobre este acontecimiento destacan la reseña poética de José Emilio Pacheco ya citada y la exploración que realiza Salvador Reyes Nevares:

La Universidad Veracruzana ha publicado un tomo con obras teatrales breves de Elena Garro (Un hogar sólido, Serie Ficción no. 5, Universidad Veracruzana, Xalapa, 1958, 151 páginas). Varias de estas piezas eran ya conocidas en la escena, ya que fueron puestas por Poesía en Voz Alta con un buen éxito, que el lector recuerda seguramente. En el tomo de que hablamos figuran los textos de Un hogar sólido, Los pilares de doña Blanca, El rey mago, Andarse por las ramas, Ventura Allende y El Encanto, tendajón mixto.

Mediante las primeras palabras y con los primeros gestos de sus personajes, la autora llena sus cuadros con una atmósfera de irrealidad, o mejor dicho, los llena con un aire de una especial consistencia por cuya virtud la imagen de la realidad se quiebra. Las cosas aparecen con figura extraña, como no las ven los ojos ante los cuales comparecen todos los días.

Estas cosas que pinta Elena Garro son objetos físicos, pero también, y sobre todo, objetos ideales o espirituales. No importa. Lo mismo da que se trate de una roca en que va a abrirse inopinadamente una puerta por la que escapará la protagonista, o que se trate de la soledad de un preso, o de un amor o de una gran miseria. Los parlamentos de las criaturas de teatro, sus actitudes y sus acciones van a designar a esos entes de una manera tan poco habitual que parecen hendirlos, deshacerlos, corroerlos con juegos de buen humor o de humor negro. Sin embargo, las cosas tratadas con esta química terriblemente eficaz de la palabra no sufren transformaciones que lleguen a alterar su esencia. Sucede exactamente al revés. Elena Garro ni traza retratos arbitrarios del mundo, ni caricaturas, ni interpretaciones grotescas. Dibuja la verdad, una verdad que puede ser solo de ella, pero que tiene en sí capacidad suficiente para vencer la costumbre de los ojos cansados del público. El público –en este caso el lector– cede y se pone a soñar de tal manera que comparte ese punto de vista tan especial que no conduce a los paisajes de siempre, sino a otros, más complejos, más raros y poco frecuentados. Sin embargo, son verdaderos. Acaso podría decirse que son los verdaderos.[8]

También sobresale el artículo de Ricardo Ernesto Montes i Bradley. El escritor argentino puntualiza las aportaciones de la escritora en el teatro, recrea las luchas por el poder entre las capillas (una de ellas acaudillada por Octavio Paz), y se detiene en describir el machismo padecido por Garro como esposa de uno de los patriarcas de la cultura mexicana. Valiente análisis de un verdadero intelectual que se atreve a poner los puntos sobre las íes, a exponer con claridad y justicia la discriminación de género:

Elena Garro en los círculos –es preferible llamarles así– diplomáticos no fue sino la esposa de Octavio Paz. Que aunque no es condición en nada subestimable, débese convenir que no denuncia personalidad per se (…). No obstante lo susodicho, un día, que para ella tiene que haber sido extraordinario y que debe ser inolvidable, se sentó a escribir venciendo quizás el complejo de la subestimación, y… escribió. Escribió dendeveras, como dice el vulgo intonso. No solamente tomando la pluma, sino descargando mediante ella una excepcional riqueza imaginativa que no podía haber engendrado de la noche a la mañana, y menos con tanta esplendidez, como, a medida que lo escribía, lo mostraba y probaba el papel.[9]

 

El silencio y el ninguneo

En el periodo del quinto programa de Poesía en Voz Alta, en las palabras de Roni Unger, la «celebrada y poco convencional dramaturga Elena Garro»[10] contribuyó con tres nuevas obras en un acto: El rey mago, Ventura Allende[11] y El Encanto, tendajón mixto. Lamentablemente solo se realizó la lectura dramatizada de Ventura Allende y El Encanto, tendajón mixto en una sola ocasión. El programa de mano indica que esta lectura tuvo lugar el 28 de mayo de 1958 en el Ateneo Español de México. Cabe señalar que, para Unger,

Poesía en Voz Alta alentó algunos esfuerzos dramáticos entre sus participantes, pero solo produjo una dramaturga importante, ahora reconocida internacionalmente: Elena Garro, quien escribió una docena de obras. Coincidencia o no, después de Poesía en Voz Alta hubo un incremento sustancial en el número de obras poéticas mexicanas en un acto, pues antes no había prácticamente ninguna (con excepción de aquellas escritas durante los años veinte o treinta).[12]

Por supuesto, las capillas, las mafias, se impusieron, no solo en contra de la producción dramatúrgica de Elena Garro, sino también en contra de Poesía en Voz Alta. México ha sido por antonomasia un país que destruye su talento, las innovaciones.

 

El poder inagotable de la fantasía

Para celebrar la incursión de Elena Garro en el mundo de las tablas, se reproduce el texto que escribió la autora para la edición de El árbol, en donde define lo que significó para ella el teatro.

Nota

Elena Garro

En realidad he escrito teatro por compensación, ya que mis verdaderos deseos fueron los de hacer teatro desde la escena. Es decir, ser actriz, apuntadora, tramoyista, bailarina o aun acomodadora.

Mi primer contacto con el teatro fue en la infancia y a través de las lecturas de los clásicos españoles. La dama boba, La estrella de Sevilla, Las paredes oyen, El perro del hortelano, El condenado por desconfiado, etcétera, me iniciaron en el deslumbrante mundo de la fantasía española del cual todavía no acabo de salir. El descubrimiento de un mundo que existe encerrado en los libros, y que puede recrearse a voluntad, me reveló la posibilidad de vivir dentro de una realidad infinitamente más rica que la realidad cotidiana.

Mi paso por la Universidad de México fue una continua presencia del teatro español, que para mí sigue siendo el teatro superior. Para aproximarme a estos escritores, creadores de la fantasía que más entiendo, me incorporé al grupo de teatro que dirigía Julio Bracho en la universidad. Mi trabajo fue el de coreógrafa; había estudiado baile clásico, convencida de que la debilidad de mi voz no me permitiría ser actriz. Pero lo importante era estar en el teatro. Un matrimonio temprano me impidió, con decisión férrea, la cercanía de las tablas. Pasaron los años y comprendí que el paraíso del teatro se había alejado de mí para siempre. Entonces decidí aproximarme a él escribiéndolo. La convicción de que el teatro que escribo no solo palidece sino que desaparece junto al teatro que admiro me ha hecho perder el entusiasmo para continuar escribiendo. Creo que ser lectora de teatro, como lo he sido tantos años, es más grato que tratar de seguir escribiendo un teatro que sé que no podré escribir nunca.

Me da risa que algunos piensen que mi manera de escribir proviene de Ionesco, y me parece que este juicio viene de personas que sólo leen a los autores de moda. Me proclamo discípula, mala, pero discípula, de los escritores españoles. No sólo de los autores de teatro sino de los prosistas, desde los clásicos hasta Valle-Inclán, Gómez de la Serna, etcétera, que me han enseñado el disparate, ya que no he podido alcanzar su imaginación y fantasía. Me siguen asombrando: El licenciado Vidriera, Los cuernos de don Friolera, El coloquio de los perros, etcétera.

Para mi vergüenza no leo casi nunca a los autores modernos de vanguardia, me parecen ramplones y faltos de imaginación comparados con los incomparables y eternos vanguardistas españoles. Un baño diario en su inagotable fantasía es lo que deseo a todos aquellos que quieran permanecer siempre jóvenes.[13]

«El general Elena», la niña que había aprendido de Esperanza Navarro Benítez que la lectura encierra la mejor de las virtudes, en 1957 llenó de orgullo a su madre, pero sobre todo a José Antonio Garro, el «rey pobre»,[14] que luchó en una sociedad misógina para que su hija Elena pudiera serlo todo. Sin duda alguna, Elena Garro, la que encandiló al medio cultural mexicano en 1957, ocupa un sitio privilegiado en la literatura mundial de todos los siglos, del tiempo pasado y del porvenir.

 

 

NOTAS

[1] «Aunque la intención de estas nuevas representaciones consistía en compensar los días perdidos a causa del terremoto del domingo 28 de julio de 1957, que obligó a cerrar el teatro, […] el cuarto programa “tuvo mejores resultados de los esperados en cuanto a los ingresos de taquilla» (Roni Unger, citada por Patricia Rosas Lopátegui, «Introducción: Elena Garro, cincuenta años de magia y renovación teatral», en Elena Garro, Obras reunidas II. Teatro, México, Fondo de Cultura Económica, 2009, p. XIII).

[2] Estas reseñas pueden verse en: Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica, 2ª ed. aumentada, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014, así como en Yo quiero que haya mundo… Elena Garro 50 años de dramaturgia, México, Editorial Porrúa, 2008.

[3] Roni Unger, Poesía en Voz Alta, trad. Silvia Peláez, México, Universidad Nacional Autónoma de México/Instituto Nacional de Bellas Artes, 2006, p. 102.

[4] «Temo que no descubriré nunca el secreto de la pareja Mariana-Augusto, que nunca fue pareja», en Elena Garro, Testimonios sobre Mariana, México, Editorial Grijalbo, 1981, p. 123.

[5] José Emilio Pacheco, «Elena Garro, Un hogar sólido…», en Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro, op. cit., pp. 138-139.

[6] Patricia Rosas Lopátegui, Testimonios sobre Elena Garro. Biografía exclusiva y autorizada de Elena Garro, Monterrey, Ediciones Castillo, 2002, p. 219.

[7] Luis Dam, «La escritora y su obra», en Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro, op. cit., pp. 130-131.

[8] Salvador Reyes Nevares, «El Hogar sólido de Elena Garro», en Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro, op. cit., pp. 140-142.

[9] Ricardo Ernesto Montes i Bradley, «El caso insólito de Elena Garro», en Patricia Rosas Lopátegui, El asesinato de Elena Garro, op. cit., pp. 144-149.

[10] Roni Unger, ibidem, p. 112.

[11] «En Ventura Allende los hombres se convierten en animales bajo los gobiernos totalitarios, esta propuesta nos remite a la novela de George Orwell, Animal Farm (1945). En la dramaturgia, la obra de Garro precede al estreno de El rinoceronte, de Eugène Ionesco. La primera representación de Ventura Allende corresponde al 28 de mayo de 1958. El escritor rumano realizó una lectura pública del último acto de El rinoceronte en el Théâtre du Vieux Colombier en noviembre de 1958 y el estreno se llevó a cabo en Alemania el 31 de octubre del año siguiente. Ionesco y Garro utilizan el recurso teatral del hombre animalizado ante el creciente autoritarismo de los sistemas políticos del siglo XX y critican los movimientos masivos con intención nacionalista. Si El rinoceronte responde al nazismo de los años cuarenta, Ventura Allende a “la borregada” mexicana del Porfiriato y de la época posrevolucionaria como símbolo del hombre masa que no piensa y sigue cual bestia irracional al político demagogo. Elena Garro admiraba la obra de Ionesco a tal grado que con esa humildad que la distinguía en 1986 comentó: “Daría toda mi obra por haber escrito Las sillas”» (Carmen Alardín, «La realidad concreta son muchas realidades», Deslinde. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, núm. 18, vol. VI, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, octubre-diciembre de 1987, p. 48).

[12] Roni Unger, op. cit., pp. 187-188.

[13] Elena Garro, «Nota», en El árbol, Colección de Teatro de Bolsillo, México, Rafael Peregrina Editor, vol. XVIII, 1967. Se compila en El asesinato de Elena Garro.

[14] «Las hijas del rey pobre», poema donde describe su infancia al lado de su padre y de sus hermanas, en Cristales de tiempo. Poemas inéditos de Elena Garro, edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, pp. 83-87.

 

 

 

 

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Posted by Patricia Rosas Lopátegui

Patricia Rosas Lopátegui (1954), escritora, académica y editora mexicana, es catedrática en la Universidad de Nuevo México. Es la agente literaria de Guadalupe Dueñas, de Elena Garro y de Helena Paz Garro. Ha publicado la biografía de Elena Garro en tres volúmenes: Yo solo soy memoria (Castillo, 1999), Testimonios sobre Elena Garro (Castillo, 2002) y El asesinato de Elena Garro(Porrúa, 2005; 2ª ed. aumentada, UANL, 2014). Sus más recientes trabajos como editora se leen en Cristales de tiempo. Poemas inéditos de Elena Garro (UANL, 2016) y en las Obras completas de Guadalupe Dueñas (FCE, 2017).

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