Venezuela: una metáfora cruel

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Ysaías L. Núñez

 

Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.

Hugo Chávez Frías, citando a Simón Bolívar

 

Quizá el deslave de Vargas no era más que una predicción, una metáfora cruel que nos advertía sobre lo que íbamos a pasar si seguíamos ese camino: el desplome de un país, con sus rocas, y sus árboles, con sus edificios y casas, con sus perros y gatos, con su gente.

El tiempo llevaba varios días advirtiendo sobre lo que se avecinaba: fuertes precipitaciones, con casi trescientos milímetros de agua durante al menos diez días seguidos, cayeron a mediados de diciembre de 1999, cuando estaba por celebrarse un referéndum para aprobar la nueva constitución, cuya redacción tomó cuatro meses y que aumentaría el poder del presidente. Fue el propio presidente quien pronunció aquellas fatídicas palabras sobre domar a la naturaleza y que se demostraron vacías: de diez mil a treinta mil muertos por el deslave del estado de Vargas, y unos doscientos mil damnificados, que fueron evacuados tardíamente en un esfuerzo en conjunto de las fuerzas armadas, la ayuda internacional y los mismos residentes.

Dieciocho años después, Venezuela flota entre una lava insustancial, en la que a veces se hunde. «Esto se lo llevó quien lo trajo», se puede oír de quien sea y donde sea. Hay pesimismo y pocas ganas de emprender algún proyecto, porque la realidad económica ha borrado el horizonte para la mayoría, y el futuro inmediato es mañana, por no decir hoy: saciar el hambre. «Todo lo que gano es para comprar comida», dice alguien, que es decir casi todos. Los centros comerciales ya no reciben a esa gran cantidad de personas que iban por diversión, lo cual implicaba comer en algún restaurante de comida rápida, algún postre, y casi siempre antes o después, la entrada al cine. Eso por no hablar de la temporada decembrina en la que las tiendas se abarrotaban de gente comprando desde ropa y zapatos, hasta juguetes para los niños, pasando por electrodomésticos o cualquier cosa que se quisiera; porque había, porque se podía.

La primera de las escaseces fue la del papel higiénico. ¡Cómo olvidar las colas que suscitaban hilaridad a propios y extraños! «¿Y esa cola?», preguntaba alguien, extrañado. «Es para comprar papel toilette», le respondían. «Ja, ja, ja», se desternillaba el otro haciendo algún chiste fácil. No obstante, la risa se fue difuminando poco a poco cuando las colas ya no fueron por papel higiénico sino por arroz, aceite vegetal, pañales para bebés, toallas sanitarias femeninas,[1] champú, jabón tocador, jabón para lavar, crema dental. «Yo me he cepillado con bicarbonato». «Sí, pero da sensibilidad». «Mejor con jabón azul», contesta alguien. «Lo haría, pero no tengo». Y si falta crema dental, también faltan lociones para el cuerpo, desodorante. «Con bicarbonato y limón». «Sí, pero mancha la axila», y un poco más adelante se hace cola por leche líquida, leche en polvo, leche especial para niños, desinfectantes, cauchos y baterías para los carros. «¿Y qué van a vender?», pregunta alguien en la fila. «No sé». «Aún no sabemos», responde otro. «Pero igual métete» y se mete, porque sigue faltando pan, azúcar, espagueti, café, pollo y carne. «¿Son regulados?». «Sí, pero en combo,[2] cuatro panes, y hay que comprar [obligatoriamente] algo de charcutería». «¿Y si no quiero?». «No le venden nada». «Esto es una maldición». «Lo es, señora, lo es», y eso lo podría decir otra persona por lo mismo, pero con diferente motivo.

«¿Hay amoxicilina?». «No», y a esto pregunte por cualquier antibiótico que, si mata a unas bacterias, tiene que matar a otras. «No, tampoco hay», y la gente continúa su «pasión farmacéutica» de un extremo a otro de la ciudad, su cruz puede ser cualquier dolencia: hipertensión, diabetes, infección en la orina, en la sangre, en la piel, algún absceso, algún hongo que se borraría con el antimicótico más simple; y ni hablar de los pacientes oncológicos y la dieta especial que tienen que llevar, los pacientes que se mueren en el hospital por falta de insumos básicos. En casi todas las farmacias será recibido con un «no hay», palabras que hacen suspirar y rechinar los dientes, y algunas tantas veces, como se dijo, maldecir, porque ya al mediodía los ánimos están a flor de piel. No hay que sobresaltarse cuando desde lejos se ve una trifulca, una revuelta porque alguien «se coleó», o sea, que llegando de último se mete de primero, disimuladamente o al descaro, y a veces hay sangre, heridos, muertos; sobre todo al principio, cuando el venezolano no creía esa magia de ver cómo las cosas se iban desapareciendo poco a poco, sin posibilidad de hacerlas aparecer tan rápido como antes.

«Antes» se ha convertido en la palabra favorita del venezolano, que evoca esos días felices e ignorados hasta entonces. De la forma más amarga lo saben los que han tenido que comer de la basura, y es que, para Chávez, lo peor del anterior gobierno había sido comer perrarina (alimento para perros). Y alguien dice, «Eso jamás pasó», lo cierto es que el dicho se extendió como una verdad entre las cúpulas y luego se repitió una y otra vez. Argumento que contradice a la razón: ¿la perrarina no ha sido siempre más costosa que el quilo de carne? Eso para empezar y, para terminar, que si ver a la gente apostada en las afueras de los supermercados, esperando a que cierren para recoger la basura no es suficiente para achacárselo a esta Quinta República (con culpa o sin ella), entonces pasemos a la «Dieta de Maduro».

La «Dieta de Maduro» es como se empezó a designar esta epidemia de delgadez. Como todo, comenzó como una broma, algo que daba risa, hasta que los mismos que preguntaban por curiosidad o estupidez, por qué aquél o aquélla estaba tan flaco, se vieron a sí mismos delgados, ajustándose el cinturón, haciendo nuevos orificios para poder llevar mejor los pantalones, y cuando no, el cordón de los zapatos suple mejor la función del otro. A vuelo de pájaro, se podría decir que el noventa por ciento de los residentes está delgado, pero no por una dieta balanceada como cabría esperar, sino por la carencia de proteínas, por el descenso brusco de nutrientes.

La sustitución de los alimentos por otros ha sido progresiva, radical y hasta inhumana. En su desespero, el venezolano de alguna manera supo, al principio, cómo bandear la escasez: si no hay harina para arepas, se usa yuca, o papas, o plátanos, pero cada vez que encuentra una solución, el mercado le sube el precio hasta rozar lo absurdo; puede haber un momento en el que la harina de maíz cueste menos que un trozo de yuca, o que un pescado de primera cueste menos que las sardinas, o que la azúcar sea más barata que el papelón. La mortadela, carne de muy baja calidad, cuesta más o igual que un quilo de carne de res (y contando). Esta delgadez la podemos ver ya no solo en nuestro vecino, sino también entre algunas «personalidades» de la televisión, actores, periodistas, porque la crisis es en todos los niveles, profesionales con empleo, sea raso o especialista; y ya ni se diga de los que están sin empleo, porque con los aumentos de sueldo las empresas se han visto obligadas a despedir a sus trabajadores, sin más…

Dormir sería gratificante de no ser por los anuncios sorpresas que hacen recordar a lo expuesto en «Armas silenciosas para guerras tranquilas» sobre la distracción, es decir, esa creación de problemas que desvían la atención del ciudadano mientras se implementan acciones colaterales que de otra forma el ciudadano rechazaría. ¿Cómo es que en pleno diciembre el gobierno anuncia el retiro del billete de mayor valor, y da solo tres días para el cambio? Caos, y más aún, cuando después de la prórroga solo dos bancos en todo el país estaban habilitados, igual, por tiempo limitado. Fueron días agotadores, tanto para los trabajadores como para los clientes. Días desperdiciados para nada, porque hasta hoy, no se ha sustituido el billete y todo lo que eso implica, desde la tenencia de la nueva moneda hasta la programación de los cajeros automáticos. Eso sin hablar de la limitación que hay a la hora de cobrar un cheque de una cantidad de por sí pírrica. El venezolano solo puede extraer una porción y así se mantiene en constante zozobra, porque cada tres días las mercancías aumentan un diez por ciento. La lista es larga sobre distracciones o diversiones que nos han dado los unos y los otros, porque la economía y el mercado tienen mucho que ver en esto, los cuales no han dado tregua jamás a la población. Hay escasez, pero seguro jamás el mercado había tenido tantas ganancias vendiendo tan poco y productos de tan baja calidad, porque aparte, el cliente tiene que resignarse al tácito grito que dan las empresas: «eso es lo que hay».

Seguro, igual que a nosotros, a Chávez se le tuvo que advertir sobre el posible cataclismo, y la necesidad de evacuar la región. Se nos advirtió cuando nos comparaban con Cuba y tales comentarios se nos antojaban excesivos, infantiles y hasta amarillistas, porque Venezuela es rica en todo, en #tierras, #oro, #diamantes, #playas, #Orinoco, #SaltoÁngel, #PicoBolívar, #teleféricoMásAltoDelMundo, agréguele usted el hashtag más pretencioso que se le ocurra, #8MissUniverso, #BackToBack, #LosRoques, etcétera y claro está, #LasReservasDePetróleoMásGrandeDelMundo, suficiente para sentirnos blindados y desoír cualquier designio o consejo… No se hizo caso, o se hizo pero se burló. Venezuela venía experimentando una diáspora constante, pero no significativa, como la de desde hace año y medio. A esas personas se las veía como exageradas. «¿Por qué te vas, vale? ». «Esto se acabó», respondía el otro en pleno apogeo «socialista». De alguna manera fueron visionarios a los que no se les oyó, y migraron, cansados, y se siguen yendo, porque sienten que todos los esfuerzos son en vano; unos se quedan porque quieren, por convicción, otros porque no tienen cómo irse.

Entonces, he aquí a este ser mirando de frente (o de reojo) el paisaje desolado tan igual o peor que el de Vargas, tapiado por algo donde las manos y las maquinarias son inútiles, ¿qué hacer? ¿Cómo escapar de esta guerra en la que no se ven los aviones combatiendo, ni se huele la pólvora, ni tampoco se oyen las bombas, sino las tripas al anochecer? Las tripas propias y las ajenas, y quizás sean esas las que más duelen, las de la gente que uno quiere y por quienes poco podemos hacer, las de los niños y los ancianos. Ya se dijo, es verdad, pero nunca será suficiente, solo resta «aguantar la pela», cerrando los ojos y esperar al otro día, donde «ya ni los perros tienen que comer».

 

 

NOTAS

[1] En un intento de «paliar» esta crisis, el gobierno propuso la utilización de las toallas sanitarias ecológicas, algo así como una especie de manopla de tela, la cual se podía lavar, y por supuesto, reutilizar. Muy ecológica.

[2] No se sabe si es real o falso, de todas maneras uno ya no sabe; el caso es que un señor se quejaba de que lo obligaran a comprar, junto con la mantequilla, un paquete de condones.

 

 

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Ysaías L. Núñez (1986). Odontólogo y docente universitario de Anatomía Humana en la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho. Primer lugar de Microlecturas Biblioteca Pública del Zulia (2011). Primer lugar de la IV Bienal Nacional de Literatura Félix Armando Núñez  (2015-2017) con el libro de cuentos Tarjetas de presentación.

 

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