Reveses y retuertos del transporte público chalquense VII

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En alguna ocasión todos necesitamos un transporte de emergencia para huir de alguna calamidad, agradezcamos entonces que los microbuseros siempre están allí para torcernos el cuello a volantazos. El microbusero, como cualquier otro, solo quiere ganarse la subsistencia y evadir los demonios que lo acechan. Te invitamos a leer la última parte de esta historia.

 

Vámonos de a ride

 

Alejandro Sal. P. Aguilar   

 

Cuando vivíamos en la calle Genaro Amezcua teníamos una vecina cuyos dos hijos se habían matado en un accidente automovilístico. De un trancazo se habían esfumado y mi mamá tuvo que ir a los rosarios durante esa semana. Nosotros nos quedamos solos, lo cual no era algo inusual. Lo inusual fue que una de esas noches anunciaron en todos los noticieros que el Popocatépetl estaba erupcionando. Las imágenes en la televisión no dejaban lugar a interpretaciones libres: fuego saltando del cráter, cenizas regándose en los alrededores, explosiones frecuentes. Un vómito naranja y ardoroso quemaba el esófago del volcán, le ensuciaba el hocico y se le regaba por el mentón; el reflujo le subía desde el estómago y su aliento piroplástico amenazaba a los pueblos circunvecinos.

Seguros a una distancia considerable, mis hermanos y yo corrimos a la azotea –no queríamos perdernos aquella pirotecnia–. ¿Cuántos kilómetros separan el cráter del Popo de los suburbios chalquenses? Deben de ser entre treinta y cinco y cuarenta, lo suficiente como para que la cólera de aquel guerrero se distinguiera apenas como una vela en el horizonte, una velita que, movida por el viento ligero, parpadeaba intermitentemente. Le salían chispas a una bengala en el horizonte, sobrevenía una breve oscuridad y el fuego aparecía con un nuevo impulso, iluminando el perfil de la montaña y de los cerros a su alrededor. Desde el techo de la casa nos parecía un espectáculo muy bonito. Las lenguas ardientes que salían del cráter eran como fuegos artificiales pero de un color más vivo.

Si el suelo vibraba o rumoraba al son de los escupitajos de lumbre, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo perfectamente es que mi hermano menor, que por entonces tendría unos cinco años, comenzó a chillar. Decía que nos íbamos a morir, que al ratito la lava iba a llegar, que nos iba a quemar y que quería a mi mamá. Nosotros lo cargábamos e intentábamos decirle que el volcán estaba muy lejos y que la lava jamás podría llegar hasta nosotros, cosa de la que no estábamos seguros. La incertidumbre dejaba un resquicio para nuestros temores (después de todo, ¿de cuántas erupciones habíamos sido testigos?). Mi hermano berreaba y nos ponía nerviosos. Por fortuna sobrevivimos esa noche, solo para darnos cuenta más tarde –con muchísima alegría– de que nuestra escuela era albergue y las clases se suspendían. Protección civil resguardaba la escuela y sus salones y patios pasaban a ser alojamiento para gente de los pueblos aledaños. Recuerdo la imagen aérea de los edificios y jardineras de mi primaria en la televisión. No podía creer que la escuela Doctor Gustavo Baz estuviera saliendo en las noticias, captada por un helicóptero.

El transporte público de la región tuvo que dar servicio de evacuación. Así que peseros, combis y chimecos se desplazaron a las faldas del volcán y esperaban que la fase cambiara para sacar a la gente de sus casas. A mi papá lo mandaron a algún pueblo de Ozumba. Allí veía a don Goyo en vertical, inmenso y rugiente sobre su cabeza. La tierra retumbaba pero el pueblo aguantaba atrincherado en sus casuchas, con la llovizna grisácea acumulada en sus patios y en sus tierras.

 

*

Postdata a un atolondrado checador adolescente

 

Lo que el timón es al barco ballenero, el volante es al chofer. Y se dirá: «¿qué comparación puede haber entre una isla navegante que rompe mundos y trota los continentes, con un lata oxidada, con las llantas desgastadas, rechinando en los frenos, rebotando tortuosamente en los amortiguadores, avanzando al tambaleante ritmo de su clutch. Y yo afirmo tajantemente que sí, que lo que la palanca es al microbusero, el arpón es al ballenero; lo que el acelerador, los remos; lo que el pasaje, el aceite: el medio para conseguir la papa, para evitar caer consumido en la inmensidad sin riquezas y sin nombre. Porque, ¡oh Cielos!, delante de todo está nuestro nombre. ¿Por qué parece que hemos nacido exclusivamente para hacernos de un NOMBRE? Apenas nacimos nuestros padres nos bautizaron con uno, se quemaron el seso o siguieron la tradición, pero nos dieron un nombre, e infelices de nosotros, venimos y buscamos hacernos de un NOMBRE a cuesta aún de nuestra dignidad.

Y sentencio en definitiva que, como el capitán Ahab, todos andamos detrás de nuestro cachalote blanco para que responda por lo que nos ha hecho; para que su masa grande y sin conciencia, toda ella arrobada y perdida en su naturaleza ruda, en su robustez hecha de vientos y corrientes, nos devuelva algo de lo que nos ha arrebatado; para que todo él, nacido y muerto en un océano sin voluntad, pague lo que tenga que pagar: una pierna, un brazo, un astillazo en las entrañas, en la sangrante memoria, en el recuerdo epidérmico. ¡Que pague el cachalote aunque ello implique su extinción! ¡Que pague aunque en su agonía muramos nosotros mismos! Para que, colgado a estribor, nos lastimemos en él. Conservar su esqueleto y sus molares es nuestra victoria, nuestra reliquia y trofeo. Atesorar los restos de lo que tanto anhelamos es, queramos o no, regocijarnos de nuestra ilusoria gallardía ante la muerte. Destrozar y destrozarnos en lo que más deseamos y hemos perseguido es, a pesar de que lo neguemos furiosamente, asomarnos a una vacua concavidad para darnos cuenta que él, nuestro blanco y aceitoso apetito, no es nada sino contemplación de nuestra arrogancia herida.

Porque el hombre primero es chalán y luego chofer y luego patrón. Y de patrón pasa a líder de la ruta y de las rutas. Pulpo camionero, domador de peseros, inquisidor de los chalanes y checadores, juez incluso de los puestos públicos. Y es la obsesión monomaníaca reproducida en cada vértebra de todo lo humano. Y no hay Noés, no hay Jonases, ni Budas, ni Gandhis, que se sustraigan a esta manía humana, tatuada salvajemente en su desbocada conciencia, mortífera y demoledora. Un buen día despertamos y vamos al cuarto donde guardamos el esqueleto de nuestro cachalote y nos percatamos de que aquella armadura ósea es nuestra propia calaca desfigurada, una representación enfermiza de nuestra enfermedad. Y nos sobrecogemos porque nos hemos devastado a nosotros mismos sin darnos cuenta. Somos la carrocería de nuestro microbús, sus llantas y asientos, el freno es nuestra conciencia puesta a la venta y sólo en el deshuesadero podremos estarnos en paz.

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Alejandro Sal. P. Aguilar (Ciudad de México, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

 

 

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