Autorretrato de lector con su padre

La lectura también puede ser un desafío, una confrontación con uno mismo. Ramsés LV, editor y director de Cuadrivio, escribe para «Caminos de la lectura».

Ramsés LV es fundador y director de Cuadrivio. En 2013 obtuvo el Premio Nacional Luis González a la mejor tesis de licenciatura y en 2014 El Colegio de Michoacán publicó su libro Contrainsurgencia en América del Norte. Influjo de Estados Unidos en la guerra contra el EZLN y el EPR. Textos suyos han aparecido también en HermanoCerdo, Escenarios XXI, Tierra Adentro y Playboy México.

  

 

Ramsés LV

  

Ustedes han cambiado todo. 

Ivan Turgueniev, Padres e hijos

 

I

 

Mi papá tomó un pequeño libro entre sus manos, lo abrió por la mitad y comenzó a leer. René, Manuel y Carlos, tres niños pobres y desharrapados, contemplaban desde la higuera de su casa la fiesta de cumpleaños de sus vecinos. Anhelaban los pasteles y los dulces, pero, por encima de todo, anhelaban romper la piñata. Picado por la tristeza, Carlos, el mayor, improvisó cinco piñatitas con bolsas de papel para pan, llamó a sus hermanos y juntos jugaron a que festejaban su cumpleaños a lo grande. En casa apenas alcanzaba para comer, pero, por un momento, la imaginación los había salvado de la pobreza.

Mi hermano y yo, envueltos en el mismo cobertor, escuchábamos fascinados. Pedimos a mi papá que nos leyera otra vez el cuento, y se lo volvimos a pedir la noche siguiente, y la siguiente también. Para mí fue como una revelación. Dediqué innumerables horas a reflexionar sobre el relato y lo releí decenas de veces por mi cuenta. Me parecía que, de algún modo, la autora narraba mi propia historia. No podía creer que los libros tuvieran semejante poder.

Entonces no me daba cuenta de que «La piñata», cuento de la escritora evangélica Alma García de Sandoval, rezumaba rencor y amargura –típico del evangelismo–, y que su fin no era estético sino ejemplar: reforzar la fe de los niños en dios. La crisis del 95 había arrasado el patrimonio de mis padres. La estábamos pasando realmente mal. Lo único que alcanzaba a comprender era que los libros podían ser un reflejo redimido de mis circunstancias, porque en ellos sucedía lo mismo que en la vida real, pero embellecido por las palabras.

 

II

 

De dónde sacó mi papá su gusto por los libros y la lectura es algo que nunca sabré. Era un hombre humilde, hijo de comerciantes de verduras y mariscos. Los libros no eran parte de su entorno familiar. Se había instruido en un instituto teológico (fue pastor evangélico algunos años) y ejercía oficios que nada tenían que ver con la cultura. Le gustaba ser reservado y misterioso. Tal vez por eso se rehusó a revelarme su secreto.

Desde mi temprana infancia siempre hubo libros en casa. Unos cuantos (poemarios y novelas) procedían de los años estudiantiles de mi mamá; la mayoría había sido adquirida por mi papá: enciclopedias, una colección de novelas clásicas, y muchos, muchos libros de exégesis y doctrina bíblicas.

A veces, cuando mi papá llegaba a casa con una nueva enciclopedia infantil, sentía un vivo aborrecimiento. Yo quería juguetes, no aburridos pedazos de papel llenos de letras. El interés por la lectura nació hasta que mi papá comenzó a leernos por las noches, antes de dormir. Alma García abrió la compuerta del tesoro, y tras ella vinieron Hans Christian Andersen y los hermanos Grimm (en versión resumida para la Enciclopedia Juvenil Grolier), así como los pequeños artículos de Mi Primera Enciclopedia, de Disney. La calidez del ritual (mi hermano y yo escuchando gozosos cada noche una nueva historia) y el cariño que mi papá depositaba en él me predispusieron para disfrutar también de las sesiones de lectura en la primaria, ya fuera de los cuentos y poemas del hermoso Español Lecturas, ya de algún título de la colección «Libros del Rincón».

Sin embargo, tardé aún varios años en volverme lector. Los libros me entretenían, mas no me apasionaban. Prefería dibujar, tramar aventuras y jugar futbol con mi hermano y mis primos. Mi papá seguía con atención mis aficiones y las alimentaba (me enseñó a patear el balón, me llevaba a escuelas de dibujo), pero también las orientaba. Cuando se dio cuenta de la honda impresión que causó en mí «Canastitas en serie», de Bruno Traven –lectura obligatoria en quinto de primaria–, hizo su primer intento por que leyera una obra literaria completa: El príncipe y el mendigo, de Mark Twain. Desafortunadamente tardé mucho en leerla y no le entendí nada.

El golpe de fortuna llegaría casi por equivocación. Un día, mi papá me contó la historia de su pasión por Cruz Azul. Cuando él era un adolescente, dijo, su primo Gerardo le habló de las proezas de Miguel «El Gato» Marín y lo invitó centenares de veces a su casa a ver los juegos de «La Máquina». Su amistad quedó sellada gracias a la colección de Don Balón (una revista deportiva editada en algún momento de los setenta) que Gerardo atesoraba en su habitación. Don Balón publicaba crónicas y editoriales sobre las entonces abundantes glorias de «La Máquina», y mi papá y su primo se deleitaban leyéndolas y comentándolas, recreando sus jugadas favoritas. Mi papá me dijo que eso había sido muy lindo y que quería que yo también lo viviera, por lo que comenzó a comprarme una revista semanal editada por Reforma: Señor Futbol.

En ese momento, a mis doce años, solo había balones en mi cabeza. Podía pasar horas revisando las jugadas de Mauro Camoranesi y Paco Palencia para aprender a driblar en el área, y contemplaba extasiado las hazañas de Schmeichel y Beckham en el United. Entonces sucedió. Abrí Señor Futbol y ante mí refulgieron las columnas de Jorge Valdano. Su exaltación de las «cascaritas» callejeras, sus odas a la belleza del juego de Pelé y Maradona, sus análisis de los estilos de Ángel Cappa y «El Flaco» Menotti, sus crónicas de la mítica final entre Argentina y Alemania de México 86, me engancharon sin remedio a la lectura. Encontraba prodigioso que Valdano le sacara brillo a algo tan ordinario como el futbol, pues más que peroratas sobre hechos consabidos (lo único que saben escribir los periodistas deportivos), las columnas de Valdano eran disquisiciones sobre el arrojo, la humildad y el espíritu de juego. Anhelé tener una capacidad de observación y una pluma tan afilada como las suyas.

Valdano, el exfutbolista devenido en periodista, le hablaba a un puberto que quería ser centrocampista, pero lejos de alentarlo a patear la pelota, le decía que la lectura podía ser tan gloriosa como marcar un gol en la Copa del Mundo. ¿Leer las columnas de un buen periodista deportivo cuenta como leer? Los exquisitos dirán que no. Lo cierto es que a mí Valdano me atrapó. No había semana que no leyera sus textos ni día que no los estudiara y emulara para aprender a escribir. El deseo de expandir mi lenguaje y mis ideas, de ver debajo de la superficie, me llevó a buscar nuevos textos y nuevos autores. ¿No es esto a lo que debe conducir la lectura?

Por supuesto, no voy a cometer la necedad de decir que, mientras uno se regodee en lo que hace, vale lo mismo leer a Valdano que a Borges. Hay lecturas mejores que otras, frutos del ingenio humano que sacuden tu existencia, y géneros (como el periodismo deportivo) que te dejan casi como estás. Quien sacudió mi alma no fue Valdano, desde luego. Fue Oscar Wilde.

Mi papá se dio perfecta cuenta de que, a mis catorce, ya era yo un adolescente cabal (dilemas existenciales, corazón roto, interminables horas frente al espejo), y, como siempre, quiso orientarme. «Te traje un libro», me dijo una tarde, poniendo en mis manos un ejemplar de El retrato de Dorian Gray. «Me dijeron que está muy bueno. Léelo. Lo vamos a ir comentando». El objetivo de mi papá era enseñarme que la belleza es efímera y engañosa, y que la verdadera esencia de un ser humano está en su interior (lección básica pero fundamental para cualquier adolescente atolondrado). Sin embargo, la novela me llevó mucho más lejos. Wilde, el esteta, desnudaba el alma de sus personajes y ridiculizaba implacablemente la estrechez de miras de su sociedad; construía con sagacidad diálogos brillantes y corrosivos, y, por mucho que despeñara a Dorian a la tragedia, bruñía con esmero el sobrecogedor encanto de la corrupción moral.

Fue como un terremoto. Tuve la sensación de haber sido un ciego hasta entonces, pero también de entrever la luz. Me emocionaba lo indecible el solo hecho de pensar que detrás de cada rostro, de cada alma, se ocultaba (como sucedía en el relato de Wilde) un profundo bosque henchido de secretos y matices, y que yo podía adentrarme y explorar esos bosques (incluido mi propio bosque) mediante las posibilidades infinitas de la palabra –mediante la literatura. ¿Cómo podía haberlo ignorado? Pero ahora que lo sabía, no había marcha atrás. No la ha habido. De alguna manera, mi forma de acercarme a la lectura (y desde hace algunos años, también a la edición) no ha cambiado. Busco con obstinación autores, libros y temas que arañen, que despierten como un golpe; que sean, como quería Kafka, un hacha que quiebre el mar helado dentro de mí.

 

III

 

Al volver, obligado por la composición de este relato, a los días de mi adolescencia, me sorprende descubrir cuán importante fue esa etapa en mi vida. No solo por los cambios biológicos que tuvieron lugar en ella, sino porque fue ahí cuando (ahora creo verlo) la lectura se volvió parte inseparable de mi vida, y viceversa. Para mí, leer es más que un placentero medio de escape: es una manera de transformar y transformarse. Y, al mismo tiempo, la vida (no el prurito libresco, no los compromisos curriculares) es la brújula que debería guiar la elección de las lecturas.

Ya he dicho que a mi papá le gustaban los libros, que era amoroso y procuraba instruir a sus hijos. Sin embargo, distaba mucho de ser un librepensador. Su principal anhelo era que mi hermano y yo, además de profesionistas, fuéramos «siervos de dios», es decir, predicadores. Su corazón y su pedagogía estaban encaminados a ello.

Para un evangelista protestante, la religión es cuestión de vida o muerte. A diferencia del católico, el evangelista prescinde de santos y sacramentos, pero su vida está dominada por el miedo a las llamas eternas del infierno. Cada acto, cada palabra y cada pensamiento pueden salvarle o condenarle. La religión, pues, es el núcleo de su existencia, una obsesión que dura día y noche. Por eso, cuando mi papá, en medio de una charla sobre sus lecturas piadosas, sacó a relucir a Friedrich Nietzsche y lo retrató como a un prodigioso pensador que se había rebelado contra dios al grado de volverse un anticristo, mi curiosidad y mi temor despertaron de inmediato: ¿cómo era posible que un hombre sabio renegara de dios?

Pude leer a Nietzsche, y a muchos otros autores que a la postre han sido fundamentales en mi formación, gracias a una biblioteca pública: la del plantel sur del Colegio de Ciencias y Humanidades. Sin ella (y, en general, sin la educación pública) las cosas habrían sido muy diferentes, pues en esa época nuestra pobreza nos privaba de casi todo excepto lo elemental.

Las primeras obras que leí de Nietzsche fueron Ecce Homo y El Anticristo. Si bien no entendí gran cosa sobre su crítica a la filosofía occidental, sus invectivas contra la moral y el cristianismo tuvieron un efecto demoledor en mí. Luego, cuando leí la maravillosa canción de «Los siete sellos», y recorrí con Zaratustra cada uno de sus periplos, descubrí –muy a mi pesar– que, contrario a la valentía, la bondad y el regocijo que manaban de la filosofía de Nietzsche, del cristianismo brotaban únicamente resentimiento, adustez y hostilidad hacia cualquier forma de goce. Si Wilde fue un terremoto, Nietzsche fue el impacto de un meteorito. Por primera vez me pregunté si lo que mis padres me habían enseñado era un error.

En la biblioteca del Colegio encontré también manuales de filosofía e historias de la literatura que, partiendo de Wilde y Nietzsche, me condujeron a Dostoyevski, Sade, Darwin, Marx, Freud, Russell y los existencialistas. Complementaba estas lecturas (porque en las vacaciones de verano no había préstamos a domicilio) con la colección de clásicos de la vilipendiada editorial Tomo, a la que le guardo cierto cariño –un slumdog como yo no podía ni soñar con una edición de Alianza o Cátedra. Es una fortuna que existan grandes obras a precios accesibles.

Después de Wilde y Nietzsche, Dostoyevski fue el autor que más me impresionó. Naturalmente, encontraba solaz en la fe de Aliosha Karamázov y Sonya Marmeládova, pero quienes me seducían eran los personajes desmesurados: Raskólnikov y el asesinato sobre bases filosóficas; Iván Karamázov y su Gran Inquisidor; Kirillov y el suicidio como prueba de que dios no existe; Stavroguin y el ilimitado sensualismo de la crueldad. Cuán lejos podía llegar un ser humano, cuán polifacética podía ser su alma, con tan solo sacudirse el hollín de la religión y asomarse al abismo.

El fermento de escepticismo que estos autores, libros y personajes habían dejado en mi corazón fue finalmente catalizado por la ciencia. Durante mi último año de preparatoria leí ávidamente sobre teoría de la evolución, psicoanálisis y marxismo. El método científico, con su cautelosa búsqueda de la verdad, y su apego a las pruebas y la experimentación, me cautivó tanto como las ficciones literarias. También encontré ejemplares las vidas de Galileo y Darwin, quienes lograron auténticas proezas a pesar de su fe, encarnando a mis ojos el principio lúcidamente defendido por Russell en sus alegatos a favor de la ciencia: a saber, que a las convicciones debe dárseles únicamente el grado de certeza que la prueba autoriza. Y, desde luego, las cosmovisiones: descubrir que el azar, y no el designio, es lo que ha dominado la historia de la vida en la Tierra, y que el ser humano no es en absoluto la cúspide de la naturaleza, cambió para siempre mi forma de percibir el mundo y aun de percibirme a mí mismo.

El examen de las pulsiones sexuales que hallé en Freud fue una especie de liberación, atribulado como estaba por la condena cristiana del placer sexual. Y, por último, Marx y el materialismo histórico terminaron de revolver mi espíritu. No fue solamente su llamado a la acción (la archiconocida tesis XI sobre Feuerbach) en una etapa en la que era yo un misántropo de biblioteca, sino el tenaz denuedo de Marx por encontrar las leyes de la historia (como los físicos las de la gravitación), desenmascarar la enajenación subyacente a las formas de organización social y fundir el conocimiento y la práctica en un acto transformador. «Después de descubrir –v. gr.: en la familia terrenal–», dice su no tan conocida tesis IV, «el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquella». Estas tesis aún reverberan en mi mente. Bajo su influjo elegí una carrera de estudios políticos, y todavía hoy alimentan mi deseo de editar revistas y mi recelo hacia los escritores y académicos de torre de marfil.

Al final de mi paso por la preparatoria, yo ya no era la misma persona. La lectura me había transformado y, a su vez, mi vida y sus vicisitudes habían determinado el rumbo de mis lecturas. Mi cuerpo cambiaba, me hacía consciente del poder y la naturalidad de los deseos sexuales, y también de las mentiras sobre las que mi mundo estaba construido. Al levantar mi vista de las páginas de un libro, no creía ya que el sojuzgamiento de la mujer por el hombre ni la obediencia a la autoridad fueran mandatos divinos; miraba la crueldad con que las mujeres eran tratadas en el evangelismo (para desagrado de muchos, mi mamá había comenzado a trabajar y a encontrar su independencia) y avistaba la flagrante injusticia que tenía hundido a mi entorno, un arrabal en la periferia de la Ciudad de México, en la pobreza y la inseguridad. Las letanías dominicales regurgitadas desde el altar y la permanente condena de los pastores a toda clase de curiosidad intelectual pasaron de ser tranquilizadoras a abominables. Los dogmas cristianos no tenían mayor efecto, porque lo primero que hacía era buscar pruebas empíricas que los corroboraran, y nunca las encontraba (al contrario).

No era que yo quisiera volverme ateo. Confiaba tanto en mi fe que acudía a los libros para reafirmar la gloria de dios –quería ser un predicador instruido. La lectura, sin embargo, también es un desafío y un salto al vacío. Si se tiene un poco de disposición, es confrontarse con uno mismo y con lo que uno cree; si se tiene un poco de valentía, es admitir la posibilidad de que nuestra vida esté fundada en un error. Un hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros, nuevamente.

A mi papá no le entusiasmaban –no podían entusiasmarle– estos cambios. Al principio había tratado de orientarme, tal como lo hiciera durante mi infancia y mi pubertad. Me obsequiaba libros, me invitaba a algún café a conversar largas horas sobre mis lecturas e inquietudes (aún extraño esas charlas); le alegraban mis progresos en la escuela y me alentaba a seguir adelante. Pero cuando mi corazón se llenó de dudas, y me atreví cuestionar sus actitudes hacia mi mamá y las facetas aberrantes de la religión, los intercambios amistosos se volvieron agrias discusiones. Además, la biblioteca del Colegio me dio cierta autonomía: con tantos libros a mi alcance, ya no dependía de mi papá, y mucho menos de los pastores, para formarme una opinión.

Mi corazón, no obstante, estaba atormentado. Me sentía atraído por la libertad que manaba de la literatura, las ciencias y la filosofía, pero también creía que, al dudar, cometía un pecado imperdonable. Hice un último intento. Le pedí a mi papá que me obsequiara Cuando lo que Dios hace no tiene sentido, libro en el que James Dobson, un venerado psicólogo evangélico, promete revelar a los fieles el porqué de los aparentes sinsentidos de la voluntad divina –y yo había reunido un descomunal alijo de sinsentidos. Mi papá me lo obsequió con tal gusto que incluso escribió una bella dedicatoria en él: «De la pequeña roca que todavía eres, la fe y el conocimiento harán emerger un diamante». Pero fue el fin. James Dobson, como todos los predicadores, desde los más doctos hasta los más ignorantes y prejuiciosos, decía que los absurdos que dios permitía no eran tales sino actos llenos de sensatez, cuyo significado se nos velaba por ser nosotros seres finitos y miserables, y que lo único que nos correspondía era agachar la cabeza, abstenernos de cuestionar y dar gracias a dios por su infinita misericordia.

Yo ya no tenía nada que hacer en el redil.

 

IV

 

Una multitud enardecida rebosa las calles del Centro Histórico. Andrés Manuel López Obrador, el último caudillo de la historia moderna de México, está a punto de proclamarse «presidente legítimo» del país. El paralelismo con Benito Juárez en 1863 es evidente y, por añadidura, grotesco. El personaje irrumpe por segunda ocasión, pero en 2006 ya no como tragedia sino como farsa. Más grotesco aún resulta que una destacada escritora, Elena Poniatowska, legitime el esperpento laureando al caudillo en la plaza pública. Mas no es la única. Detrás y a los costados de López Obrador hay una pléyade de intelectuales que lo defienden ciegos, recalcitrantes. En el otro extremo, la oligarquía se refocila en su triunfo. En los diarios y noticieros mantiene viva la campaña de odio que emprendiera meses atrás para evitar la victoria del caudillo; no le preocupa haber dividido a la sociedad mexicana ni haber atizado el clasismo y el racismo de las clases medias, satisfechas porque la amenaza del «naco», el candidato de los «gatos» y los «indios», ha sido conjurada.

La religión no era el único mal contra el cual había que vacunarse, después de todo. La política podía ser infinitamente peor.

Ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM con la esperanza de comprender mejor algo que hasta entonces apenas vislumbraba: la historia, la política y la economía. Afortunadamente, mis expectativas fueron satisfechas. Por primera y única vez en mi vida, la educación institucionalizada me brindó, a través del diálogo y la lectura, una manera de interpretar el mundo y de orientarme en él.

Las lecturas de esta etapa, así como la cátedra de varios profesores, fueron fundamentales. Profundicé en la obra de pensadores a los que ya conocía, como Marx, y descubrí a varios clásicos que modelaron mi forma de pensar: Weber, Hobbes, Maquiavelo, Gramsci. Pero quizá lo más importante haya sido la lectura de autores latinoamericanos que, aclimatando la tradición filosófica europea, pensaban su propia realidad y buscaban un nuevo lenguaje para interpelarla (recuerdo con especial gratitud a Arnaldo Córdova y Leopoldo Zea). Mis predilectos fueron, y lo siguen siendo, acaso por su pertinaz cultivo del método científico, Norberto Bobbio y Giovanni Sartori. Un recorrido por la obra de los italianos es prenda suficiente de que, a pesar de la vileza de los políticos y la naturaleza inasible de los fenómenos sociales, la política puede ser una ciencia.

En el papel, un lugar como la Facultad, donde la educación está basada en el pensamiento crítico y los alumnos son impelidos a pensar con método y lógica, debería estar a salvo del dogmatismo político. Pero en 2006, ese año fatídico, todo fue un engaño. Profesores y alumnos, al igual que el resto de la sociedad mexicana, estábamos polarizados y trastornados de odio. Los profesores hacían hasta lo imposible por justificar o denostar a López Obrador con las armas de la historiografía y la teoría política, y los alumnos pregonábamos a favor o en contra del caudillo. Unos y otros nos complacíamos pensando que eso era ciencia, que seguíamos siendo habitantes del topos uranios impoluto; o, en el mejor de los casos, creíamos que la degeneración del pensamiento en propaganda era temporal y estaba excusada por la urgencia política del momento. Nadie quería comprender lo que estaba sucediendo. La tribu del espíritu obnubilada por sus pasiones.

El drama no cesó con las elecciones de julio. Por el contrario, se agudizó. Yo también me había radicalizado, en parte por el clima de confrontación, en parte porque mi pobreza (otra vez recrudecida) me inclinaba al candidato populista. Pero cuando, tras el fraude, la ira se apoderó de López Obrador y sus seguidores, noté que las cosas empezaban a descomponerse –y que quizá llevaban ya un rato descompuestas. El caudillo desbarraba y tomaba decisiones a todas luces perjudiciales para sí mismo, como el «plantón» en Reforma y el Centro Histórico o la disparatada Convención Nacional Democrática; sin embargo, sus partidarios le aplaudían todo y se lanzaban con saña contra quienes no lo apoyaban y hasta contra quienes querían debatir en buena lid el rumbo que tomaban los hechos. Se estaba con López Obrador o contra él.

En la Facultad, los cursos también se descomponían. Ganaban terreno los profesores para quienes la historia y los sucesos recientes se leían en clave binaria. En una trinchera, los neoliberales; en otra, la izquierda nacionalista y redentora. En este infantil esquema conceptual, Hugo Chávez, Lula da Silva, Daniel Ortega, Rafael Correa, Evo Morales, Néstor Kirchner, Michelle Bachelet, Ollanta Humala y, por supuesto, López Obrador, eran una y la misma cosa y había que apoyarlos so pena de entorpecer el progreso de la historia. Hasta el herrumbroso Fidel Castro fue rescatado de la ignominia y reivindicado como el padrino de la «revolución» que se cocinaba en el continente.

Incluso para un joven estudiante de izquierda indignado por las elecciones de 2006, esto era demasiado.

Desilusionado, busqué otras alternativas. Estaba convencido de que, en una circunstancia tan crítica, era necesario hacer algo. Conocí algunas organizaciones obreras de corte socialista y frecuenté un par de círculos de estudio marxistas, pero la situación no mejoró. Los marxistas vivían empantanados en una interpretación reduccionista del prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política y en una lectura religiosa de El capital, libro que citaban con la misma devoción con que los cristianos citan los evangelios. Lastres que los marxistas parecen empeñados en cargar generación tras generación.

Me sentí de vuelta a mi época como creyente. Dogmatismo, fanatismo, intolerancia, cofradías y condena de las pruebas que no convaliden la fe. La religión secularizada. Los marxistas y lopezobradoristas podían ser gente cultivada, pero lo que yo veía en ellos nada tenía que ver con el espíritu crítico que encontraba en la ciencia y la filosofía. Naturalmente, no estaba dispuesto a reincidir en los errores del pasado, por mucho que ahora se disfrazaran de progresismo.

En esta época, la lectura fue, de nueva cuenta, una confrontación conmigo mismo y con mi entorno. Mientras estos hechos ocurrían, leí a Isaac Deutscher, Albert Camus, Octavio Paz y J.M. Coetzee. Salvo en el caso de este último, que llegó por casualidad (como todos los encuentros afortunados de la vida), mi búsqueda se centró en autores que hubieran vivido coyunturas de polarización similares a la mía.

De aquellas lecturas extraje una conclusión: la política es tan decisiva en las vidas de las sociedades y los individuos que involucrarse y tomar partido es indispensable; sin embargo, poner la cultura al servicio del poder (cualquiera que sea su orientación), renunciar a la crítica y hacer de los ideales un dogma es el camino más rápido a la tragedia. Por borrascosas que sean las crisis, es posible aferrarse a la sensatez y recurrir a la reflexión y el conocimiento para guiar nuestros pasos. No hay duda de que los ideales son necesarios, pero en la política están encarnados por seres humanos de carne y hueso, propensos, como cualquier otro, a la abyección. Criticarlos constantemente es, por tanto, un deber. Y la base más sólida de la crítica siempre será la lectura.

Eso fue lo que descubrí tras leer el poderoso análisis de la industrialización soviética y su anverso, las atrocidades del estalinismo, vertido por Deutscher en Stalin. Biografía política; las incisivas críticas de Camus al fanatismo nazi, al trasfondo religioso del marxismo y a la ceguera del «compromiso» de intelectuales como Sartre; la formidable crítica del Paz más lúcido –es decir, aquel que dio vida a Plural y a los primeros años de Vuelta– al régimen autoritario mexicano y al dogmatismo de la izquierda de los setenta; y la revelación de la soterrada pesadilla de odio y resentimiento que, en la Desgracia de Coetzee, abrasa a la ingenuamente aplaudida Sudáfrica post-apartheid.

Esta etapa selló definitivamente mi amor por la lectura. En otros tiempos, los caminos de la lectura me mostraron los prodigios de la imaginación y el lenguaje; me llevaron a inclinarme sobre el río de mi consciencia y preguntarme si el rostro que emergía del fondo del agua era el mío. Ahora, de algún modo, me proponían una forma de estar en el mundo: la de la duda y la crítica permanentes, no solo de mí mismo, sino de todo lo que me rodeaba, incluyendo las creencias, valores y convenciones que se tienen por infalibles. La lectura como una vía hacia la transformación permanente.

 

V

 

Mi papá dobló por la mitad una hoja de papel y la puso entre mis libros. «Léela cuando tengas un ratito libre», dijo. Era una confesión. Las cosas, decía en ella, no habían salido como él esperaba; su situación económica era ruinosa y su carrera como predicador había terminado para siempre. Con todo, aún había algo que lo alegraba: vernos a mi hermano y a mí apasionados por las artes y las letras (el dibujo y la pintura habían cautivado a mi hermano por completo). Consideraba que nosotros éramos su obra, pues él había alimentado esas pasiones, que para él valían más que cualquier riqueza.

Unos días antes de las elecciones de 2006, mi papá murió. Lo encontramos sin vida en su cama. Sobre la cabecera, adheridos con cera a la pared, había dos pequeños recuadros de papel: una mano trazaba las líneas iniciales de un dibujo en el primero; un hombre se inclinaba sobre las páginas de un libro en el segundo. Mi hermano y yo.

No estoy seguro de que mi papá se sentiría satisfecho si supiera a dónde me ha conducido la lectura. Después de todo, los libros tuvieron mucho que ver con mi ruptura con la religión, y, en años recientes, también con varios de los preceptos morales y sociales que él enarbolaba. Sin embargo, mi papá sabía que la lectura podía proporcionar las luces y el gozo suficientes para disfrutar esta vida pese a sus incontables miserias. No en vano se esforzó tanto en inculcarnos ese hábito. Quiero creer que, en sus momentos finales, tuvo al menos una alegría: la de saber que había heredado a sus hijos el amor por las letras, una de los regalos más generosos que pueden hacerse; no ciertamente aquel que lleva a la armonía y la satisfacción con este mundo (por fortuna), pero sí el que ayuda a trazarse un sendero propio.

 

 

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Posted by Ramsés LV

Es fundador y director de Cuadrivio. En 2013 obtuvo el Premio Nacional Luis González a la mejor tesis de licenciatura y en 2014 El Colegio de Michoacán publicó su libro «Contrainsurgencia en América del Norte. Influjo de Estados Unidos en la guerra contra el EZLN y el EPR». Textos suyos han aparecido también en HermanoCerdo, Escenarios XXI, Tierra Adentro y Playboy México.

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