Apuntes de un forastero

David Huerta hace un examen minucioso y preciso de la poesía de Jorge Ortega a partir de «Guía forasteros».

En la visión sinóptica de Helen Vendler, ilustrísima crítica y lectora, el poeta joven avanza, casi siempre con pena y angustia, hacia la escritura de su primer poema, es decir: el puñado de versos en el cual le será posible, a sus propios ojos y oídos, conocer y explorar por fin una voz propia, entendida la palabra «voz» en su más exigente sentido de originalidad estilística.

Para ello, le ha sido necesario recorrer un camino tupido de espejos engañadores (a wilderness of mirrors, según la imagen del «Gerontion» de T. S. Eliot); decidir su postura ante un haz de temas pequeños y grandes; asomarse con intensidad a las texturas íntimas y sociales del lenguaje y en especial, naturalmente, de su idioma natal; hacer un inventario intuitivo, estético, afectivo e intelectual de su léxico y darse cuenta de sus riquezas, alcances y debilidades; entender su postura ante la tradición y ante el porvenir; sondear su sensibilidad rítmica y su sagacidad semántica. El poeta joven debe volverse, en suma, una especie de filólogo bizantino ante el texto del mundo: la fisiología, las pasiones, la identidad, los elementos, los cuerpos y los rostros, sus semejantes ruidosos y hundidos en la prosa diaria, entre otros temas absolutamente vitales.

Todo como si comenzar a escribir poemas, e insistir en hacerlo a lo largo de años adolescentes y de primera juventud, fuera un complicadísimo rito de pasaje. Si el poeta en ciernes resiste la dureza de las pruebas, la transformación de su psique le permitirá llevar a cabo un descubrimiento formidable: el del primer poema escrito por él al cual deberá considerar ya como un objeto propio ―es decir, suyo, articulado por él―, una especie de joya genética, una criatura acaso trémula pero inquieta y con los ojos abiertos y respirante, cordada, con una mente singular y una voluntad y una energía diáfanas, peculiares.

Helen Vendler es una lectora de poemas con una mirada auténticamente diamantina: luminosa y bien facetada; poseedora de una dureza erguida ante el texto como pleno rigor, no como inflexibilidad o intransigencia estériles. Su libro Coming of age as a poet me ha servido para comenzar a entender, por ejemplo, ese cuerpo extraño en la poesía de López Velarde: las 35 composiciones conocidas como «Primeras poesías», estudiadas muy bien por Fernando Fernández en un libro reciente (Ni sombra de disturbio). También me ha ayudado a entender diversos procesos de la escritura poética en su evolución; es decir, me ha abierto vías de comprensión diacrónica difícilmente aplicadas por los críticos convencionales, académicos o no académicos.

Las ideas de Vendler me han acompañado muchos años y he procurado asimilarlas. Ahora me toca invocarlas y ponerlas ante un libro mexicano publicado hace poco para seguir probando sus dones ―y para calibrar los poderes mismos de ese libro poético. Desde luego, no se culpe a Helen Vendler de mis juicios, ni al libro aquí comentado, ni mucho menos a su autor, el poeta Jorge Ortega, inocentes, como agua lustral, de mis tropiezos críticos, pero a la vez totalmente responsables de mi entusiasmo. El libro se titula Guía de forasteros y es una feliz coedición de Bonobos y el Conaculta, con fecha de octubre de 2014. Está diseñado con una sobriedad admirable. Lo mejor, desde luego, está entre las pastas y son los poemas de Ortega distribuidos en seis secciones.

He sido testigo de algunas peripecias en el camino poético de Jorge Ortega (Mexicali, 1972), cuya trayectoria no puede ser más llamativa. Lo es, para mí, pues en mi calidad de testigo-lector ―y, a veces, interlocutor― su escritura ha captado mi atención por unas cuantas de las mejores razones: el brillo extraño de la sintaxis, las torsiones del vocabulario, la elegante aspereza de sus hábitos métricos, la imaginación despierta para ver lo más cercano y lo cósmico desde lugares siempre enraizados en el humus fértil del lenguaje vivo. Sé cuánto se ha ocupado Ortega de estudiar y leer, de sumergirse en los clásicos antiguos y en los clásicos áureos, de pensar con una admirable intensidad en el sentido del acto de escribir y de sus consecuencias. Nunca olvidaré la mirada asombrada y un poco irónica de Alberto Blecua ante una cita de Estacio hecha por Ortega en una conversación más bien informal: «Mira, tú, ¡pero si traes a Estacio en la uña!».

Haré unas cuantas observaciones acerca de la poesía de Jorge Ortega, en particular en torno a Guía de forasteros. En mi opinión es uno de los libros de veras importantes de estos años en el horizonte mexicano.

Atrás han quedado los titubeos, las tentativas, algunos experimentos: este libro, como dos de los anteriores (Devoción por la piedra y Estado del tiempo), pero más todavía por sus claros perfiles y sus modulaciones de extrañeza y belleza, es el de un poeta maduro, de una inteligencia formal a toda prueba. (Es un punto de orgullo para mí el hecho de formar parte, de una manera modesta, de esta edición: unas palabras mías, de lector fervoroso, figuran en la nota editorial del libro).

Cuando digo «experimentos», como lo he hecho líneas arriba, no me refiero, en el caso de la poesía de Jorge Ortega, a los intentos de forzada originalidad formal discernibles en tantos y tantos poemas modernos (juegos tipográficos, retruécanos, coqueteos banales con la llamada, en nuestros días, «cultura popular»); hablo de incursiones a fondo en diversos vocabularios, en particular el de vocablos caídos en desuso, extraños y anacrónicos, o latinismos, como en el ejemplo siguiente: digamos, la frase «el ósculo del ponto» en Estado del tiempo. ¿Acaso alguien recuerda el significado de esas palabras y puede aventurar su posible «traducción»: «el beso del mar»? Jorge Ortega echa mano de esas voces pues le hacen falta, ni más ni menos, lo atraen y lo buscan irresistiblemente; son las imprescindibles, inevadibles en su poesía, en ese momento, en esos versos donde aparecen ―su actitud me parece admirable.

El dominio de los metros clásicos alcanzado por Jorge Ortega puesto al servicio de un tipo de poesía indudablemente moderna, como la suya, es tanto más meritorio cuanto desde el principio quiso escribir a su manera y no cedió a las tentaciones cercanas, es decir: ensayar la mano con falsos poemas de mero aprendizaje; dicho de otra manera: su aprendizaje fue una puesta a prueba continua y exigente de sus fuerzas expresivas. En libros anteriores a esos tres arriba mencionados puede verse con claridad. La formación de la mente poética tiene en Ajedrez de polvo (2003) emblemas notables, como estos versos de un par de los primeros poemas:

 

…brota, cría precoz,

la pulida estructura del entendimiento.

[…]
Todo queda en rudimentos de emoción

como sobre el mantel unas migajas.

 

Los epígrafes orteguianos merecerían un examen difícil de hacer aquí. Me limitaré a señalar algunos de Guía de forasteros. Antes, encontramos en esos paratextos a Valéry, Gorostiza, López Velarde, Alfonso Reyes, Efrén Rebolledo, entre otros, más o menos previsibles. En Guía…, un puñado de citas resultan verdaderamente llamativas: Reiner Kunze, Raimbaut d’Aurenga, Baltasar Álvarez traduciendo a Gregorio Magno; otras mantienen una fidelidad a lecturas asiduas, como Cernuda, Tomás Segovia y García Lorca. Hay unas palabras de Henry David Thoreau invocadas por Ortega para su poema «El pabellón suspendido», merecedoras de ser grabadas a fuego en la mente de todos los modernos: «La belleza y la riqueza auténticas suelen ser baratas y despreciadas. El cielo podría definirse como el lugar que los hombres evitan».

Hay en esta Guía… dos poemas «a modo de poéticas»: el titulado casi exactamente de esa manera, y otro «Anónimo» en el cual leo esta descripción de la escritura naciente:

 

Algo quiere ser dicho.

Algo pretende

desesperadamente
un ápice de tinta

para ingresar al mundo.

 

El poema «A modo de poética» me parece no nada más un despliegue de ideas acerca de la poesía sino sobre todo una ilustración de las vías y maneras del propio Jorge Ortega; no únicamente una declaración en verso de principios y métodos compositivos, sino una especie de puesta en escena o puesta en práctica de esas mismas ideas. Para mí, en el curso de la lectura de Guía de forasteros, es un extraño momento culminante, localizado en la parte penúltima del libro. El principio es notable: «Una imagen / primero…», sin especificar el tipo de imagen; debe uno barajar las posibilidades: imagen visual, imagen palabral o léxica, sintagma, tenue patrón rítmico.

He titulado estas módicas páginas «Apuntes de un forastero»; pero debo decir lo siguiente: ya no soy un forastero de ese país extraño y fascinante, la poesía de Jorge Ortega; sino uno de sus habitantes. Con toda naturalidad he ido adquiriendo carta de ciudadanía y permiso de residencia en esos territorios. El poeta me ha guiado pacientemente a lo largo de varias páginas por los rumbos inventados por él, de los cuales es cartógrafo y también habitante. Él ha inventado todo esto. Por esos caminos, ciudades, paisajes, yermos, edificios, desiertos, selvas, bibliotecas nos guía a nosotros, sus lectores.

Vuelvo a las ideas de Helen Vendler, para finalizar; en especial a su noción de coming of age, la mayoría de edad o madurez de un poeta. Desde hace algunos libros Jorge Ortega ha escrito poemas plenos, sus poemas, testimonios de su coming of age. No puedo sino pensar en ello como un motivo de inmensa alegría.

Veo a Jorge Ortega en la bulliciosa Tijuana, en Mexicali, en Aguascalientes, en el Museo Marítimo de Barcelona (y dentro del poema cuyo tema es ese museo). Lo veo frente a los desbarrancaderos de la Rumorosa y en restaurantes chinos de Baja California. Lo veo escuchar muy sonriente y quitado de la pena la acusación de ser «un cultito», es decir, un desconfiado de la sensiblería, la improvisación y la    chabacanería (esa acusación fue compartida por un camarada suyo menos estoico, mucho más impaciente). Lo veo leyendo con una atención reconcentrada un largo poema de Francisco de Aldana. Lo veo, sin haberlo visto nunca en la realidad real, en clases literarias de la Universidad Autónoma de Barcelona y con el manuscrito de Estado del tiempo en el momento de recibir la noticia de ser finalista en un concurso español en el cual una ley no escrita manda otorgarlo únicamente a peninsulares; con esa decisión del jurado, Ortega rompió ante los españoles una lanza por los poetas de América Latina y de México (ay, tantos españoles a menudo provincianos y obtusos ante las antiguas colonias). Lo veo conversando con españoles del todo diferentes de esos: sabios, estudiosos, auténticos maestros, hombres consagrados al conocimiento y al amor informado de la literatura, de la poesía. Lo veo, en fin, como el poeta maduro y enérgico, sagaz e imaginativo, de Guía de forasteros.

 

Texto publicado originalmente en el número 135, correspondiente al mes de mayo de 2015, de la Revista de la Universidad de México, como parte de la columna «Aguas aéreas» que mantuvo el autor en dicho medio.

 

Encuentra también una selección de poemas de Jorge Ortega en nuestra serie «Poesía del desierto» y un ensayo sobre su obra en nuestra sección de crítica, por Francisco Alcaraz.

 

(Visited 52 times, 1 visits today)

Posted by David Huerta

David Huerta nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 1993. Premio Diana Moreno Toscano 1971. Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para obra publicada 1990 por Historia. Premio Xavier Villaurrutia 2005 por Versión. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2015, en el área de Lingüística y Literatura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.