¿Apocalipsis climático o apocalipsis social?

Si la humanidad ha de afrontar un apocalipsis, ése será, sin lugar a dudas, el del calentamiento global y sus aterradoras secuelas sociales, políticas y ambientales. Pero ¿no hay, acaso, alguna posibilidad de salvarnos de esa debacle? Más aún: ¿no será que el pesimismo y la resignación con que afrontamos este problema se debe, en parte, a las deficiencias conceptuales del discurso ambiental? En este ensayo, Ana De Luca demuestra que existe una clara relación entre los yerros del discurso ambiental y las desatinadas políticas para combatir el cambio climático, al tiempo que insiste en que las soluciones y el futuro aún están en nuestras manos.

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Si la humanidad ha de afrontar un apocalipsis, ése será, sin lugar a dudas, el del calentamiento global y sus aterradoras secuelas sociales, políticas y ambientales. Pero ¿no hay, acaso, alguna posibilidad de salvarnos de esa debacle? Más aún: ¿no será que el pesimismo y la resignación con que afrontamos este problema se debe, en parte, a las deficiencias conceptuales del discurso ambiental? En este ensayo, Ana De Luca demuestra que existe una clara relación entre los yerros del discurso ambiental y las desatinadas políticas para combatir el cambio climático, al tiempo que insiste en que las soluciones y el futuro aún están en nuestras manos.

 

 

Ana De Luca

Cuantiosos científicos concuerdan en que el cambio climático es la mayor amenaza que enfrenta la humanidad hoy en día; por ello la idea de incorporar el tema a este número de Cuadrivio dedicado al fin del mundo. El grupo más renombrado de estos científicos climáticos, conformados bajo el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), ha proyectado múltiples escenarios, distinguiendo los distintos grados en que podría aumentar la temperatura de la Tierra, seguido de sus consecuencias sociales y económicas. Tales escenarios bien podrían asemejarse a la debacle de nuestro planeta: migraciones masivas, pobreza absoluta, escasez de agua y de alimentos, desertificación, incluso violencia y guerras civiles, todo esto a grandes escalas. Lo último ha culminado en un discurso ambiental que exhibe estos últimos escenarios, pero que a su vez omite la capacidad que tiene la humanidad, indefensa ante un futuro catastrófico, para enfrentarse a los cambios climáticos. Como consecuencia de ello se han desarrollado políticas que tienen serias repercusiones sociales y que van en detrimento de poblaciones locales.

La finalidad de este artículo es demostrar que el discurso ambiental debe de ser reformulado, puesto que se encuentra politizado, sesgado, presenta realidades complejas de forma simplista y omite variables que son importantes para enfrentar al cambio climático, lo que, en la realidad, genera políticas poco favorables para algunos grupos sociales. Esta reformulación se trata de lograr mediante la reflexión de dos planteamientos: el discurso de los llamados «desastres naturales» y el discurso de la «sobrepoblación». La primera parte expone la importancia que tiene la capacidad de una población determinada para adaptarse a los fenómenos naturales. Aunque el cambio climático aumente, la intensidad de ciertos fenómenos naturales –como un huracán, un ciclón o una tormenta– no es lo que los convierte en «desastre», sino la falta de preparación de las poblaciones que sufren sus efectos, la cual depende de su grado de vulnerabilidad, tanto en términos de infraestructura como de inequidad de género. Es decir, la adaptación podrá aportar los mecanismos necesarios para poder enfrentar tales eventualidades.

Se estudia el caso particular del ciclón de 1991 en Bangladesh, en el que la devastadora mayoría de las víctimas fueron las mujeres, y se demuestra así el papel que jugó la inequidad de género para hacer más vulnerable a la sociedad. Asimismo, se identifica la importancia de que a las mujeres se les otorguen derechos fundamentales y sean parte de una sociedad equitativa para afrontar de mejor manera los fenómenos naturales.

La segunda parte explica el peligro que se corre con estos escenarios catastróficos que, al alimentar el miedo, han servido como estrategia para llevar a cabo políticas que, en ocasiones, han fungido como una forma de manipulación política. Lo último se expone a través del caso de las políticas de planeación familiar como solución al problema de la sobrepoblación y sus consecuencias sociales.

La intención del presente artículo no es minimizar la gravedad del cambio climático, más aún porque éste no es nada más un problema de altas temperaturas, sino que refleja una desafortunada relación entre el hombre y la naturaleza. De ahí, la necesidad de construir un nuevo orden económico y reformar las falsas ideas que identifican progreso con la acumulación de bienes materiales. Aparte de ello, también pretende demostrar que se requiere constituir una nueva racionalidad social, no solamente en el campo de la producción, sino también del conocimiento, lo que aumenta la necesidad de transformar el discurso ambiental actual en uno que refleje de mejor manera tanto los problemas ambientales como las implicaciones que tienen algunas de sus soluciones. Este artículo hace énfasis especial tanto en el rol que tienen las mujeres durante los fenómenos naturales como en las consecuencias a las que se enfrentan producto de políticas para solucionar el problema del cambio climático, y en ese sentido solamente ofrece un pequeño segmento de un universo en el que se entremezclan temas sociológicos, políticos y económicos.

 

¿Desastres naturales o desastres políticos?

Una manera en la que es posible ver cómo el discurso ambiental está politizado es analizando todo aquello que se dice ante un fenómeno natural. Si, como se había visto, el impacto de los desastres naturales depende en gran medida de la capacidad de una sociedad para afrontarlos,[1]  los daños que causan no sólo se deben a la magnitud del fenómeno natural, sino a la debilidad de los Estados, en términos políticos, económicos y sociales. En este sentido, la capacidad para anticipar, enfrentar, resistir y recuperarse del impacto de una amenaza natural se ve obstaculizada en proporción al grado de vulnerabilidad de una sociedad, entendida la vulnerabilidad como el riesgo de resultar dañada al que está expuesta una sociedad por un evento identificable en la naturaleza.[2] Lo que hace a una sociedad vulnerable es, en parte, la marginación y pobreza en la que viven algunos de sus segmentos poblacionales, dependiendo de su clase, casta, etnia, género, discapacidad, o edad.[3] A su vez, el hecho de que estos grupos sociales sean más vulnerables contribuye a que la sociedad en sí misma sea más frágil y menos capaz de enfrentar un fenómeno natural.

Las sociedades en las que las mujeres están sujetas a la inequidad de género y a la constante violación de sus derechos son más vulnerables ante los fenómenos naturales. En prácticamente todas las sociedades, las mujeres son base sistémica de la desigualdad en todos los ámbitos –económico, social y político–, situación que se repite en todos los países en mayor o menor grado.[4] Estas desigualdades contribuyen a que las mujeres sean más vulnerables ante los peligros ambientales; las más afectadas son aquellas con discapacidades, las mujeres indígenas, pobres o de bajos ingresos, las mujeres mayores, refugiadas, recientes inmigrantes, indocumentadas, desnutridas, analfabetas, y las mujeres cuya movilidad está afectada por alguna creencia religiosa.[5] Algunos de estos factores contribuyen a que en muchos países en desarrollo las mujeres tengan un papel diferente al de los hombres en cuanto al acceso, gestión y derechos generales sobre los recursos naturales.[6] Estos roles limitan la acción de las mujeres durante los fenómenos naturales y en el proceso de reconstrucción. Por ejemplo, a las mujeres se les identifica como las responsables del cuidado de la familia, de los niños y de los ancianos, y su carga de trabajo aumenta cuando los hogares se ven afectados y necesitan trasladarse a refugios. Aunado a lo anterior, las mujeres generalmente tienen menos ingresos que los hombres,[7] lo que lleva a que dispongan de menos medios para hacer frente a los peligros ambientales. En un estudio realizado en 144 países después de que un fenómeno natural ocurrió, se comprobó que es 14 veces más probable que las mujeres y los niños mueran como consecuencia de un fenómeno natural que los hombres.[8]

Un claro ejemplo de lo anterior fue el ciclón de 1991 en Bangladesh, país propenso a desastres naturales como las inundaciones, los ciclones, las tormenas y los deslaves causados por las crecidas de los ríos. En el ciclón que pegó en la Bahía de Bengala, murieron 140 000 personas, de las cuales, el 90 por ciento eran mujeres y niños.[9] Las mujeres eran las responsables de cuidar de sus hogares, de la provisión del agua –tarea que se hace más difícil después de un ciclón–, además de verse dificultadas por las restricciones en cuanto a su movilidad debido a cuestiones religiosas.[10] Además, una vez que la ayuda exterior llegó a la Bahía, la comida fue dada a los hombres y niños primero, mientras que las mujeres fueron alimentadas hasta el último. Irónicamente, los rostros de las mujeres fueron utilizados para obtener ayuda del exterior, aunque no fueran una prioridad en la entrega de los víveres.[11]

El ejemplo de Bangladesh demuestra que tanto las mujeres como los demás grupos que se ven desfavorecidos en una sociedad pueden llevar a incrementar la vulnerabilidad de una sociedad ante el impacto de un fenómeno natural, o de cualquier otro cambio ambiental que requiera una sociedad desarrollada y preparada a diferentes escalas para hacerle frente. Además, ante un evento natural se hacen mucho más evidentes y se exarcerban las desigualdades. Por ejemplo, los estudios han demostrado que después de un fenómeno ambiental las mujeres son más propensas a ser víctimas de la violencia doméstica.[12] Si las mujeres y los demás grupos vulnerables carecen de derechos fundamentales, si no tienen acceso a los recursos naturales, si tienen roles inflexibles, harán que la sociedad en su conjunto sea más vulnerable. Al fortalecerse una sociedad atendiendo al problema de la inequidad, no solamente estará más capacitada para enfrentar cualquier fenómeno ambiental, sino que podrá alcanzar el desarrollo y una mejor calidad de vida. Es decir, la forma en la que una sociedad está construida institucionalmente tiene un gran papel en la forma en la que enfrentará un fenómeno natural, a diferencia de lo que normalmente se admite en los discursos ambientales.

 

¿Sobrepoblación o sobremanipulación?

Al soslayar el papel que tiene una sociedad para enfrentar estos fenómenos naturales y, por tanto, mostrar a una humanidad sin los instrumentos para enfrentar los eventos catastróficos que están por venir, el discurso ambiental ha mostrado escenarios desastrosos y ha sentado las bases para llevar a cabo políticas culturalmente insensibles. Lo último es muy claro a través del discurso de la «sobrepoblación». Una de las mayores preocupaciones de los ambientalistas tiene que ver con el crecimiento poblacional y el consecuente aumento de las emisiones de dióxido de carbono y la presión que se ejerce sobre la Tierra. De acuerdo con la ONG estadounidense Population Action International, si la población mundial llega a ocho mil millones en 2050 en vez de 9.2, como se espera, ello puede resultar en la reducción de dos mil millones de toneladas de emisiones de carbono, las cuales equivaldrían a detener toda la deforestación.[13] Además de una no reducción de las emisiones de dióxido de carbono, se espera que el crecimiento poblacional ocasione escasez de alimentos, estrés hídrico, y la pérdida de biodiversidad. Bajo esta lógica, hoy en día los neomalthusianos[14] están interesados ​​en promover cantidades masivas de servicios de planificación familiar, pues afirman que 120 millones de mujeres necesitan de estos servicios.[15] En consecuencia, las organizaciones internacionales que se ocupan de temas tales como la población y el medio ambiente retratan la relación entre la población y el medio ambiente de una manera muy simple: la sobrepoblación es el problema, la planificación familiar la solución, y las mujeres de los países en desarrollo las destinatarias de esos servicios.[16] Empero, no se consideran las causas complejas de las altas tasas de fertilidad y las consecuencias que puede acarrear su control: violaciones a los derechos humanos y la transgresión a la libertad de las mujeres de elegir el número de hijos que quieren tener.

La idea de reducir la población es parte de una agenda de Estados Unidos que tiene sus orígenes en la Guerra Fría, y no en una verdadera amenaza al planeta. Según Hartmann, los estadounidenses estaban preocupados por el crecimiento de la población de la China comunista, y por lo tanto asociaban el crecimiento poblacional con una amenaza, no solamente de China, sino de otros países comunistas. Los demógrafos estadounidenses también asociaban las bajas tasas de fertilidad con «modernidad» y, por lo tanto, con democracia; y una forma de combatir la Guerra Fría sería a través de la fuerza militar y la modernización.[17] Aunado a lo anterior, después de la Guerra Fría, el debate sobre la población se sumó a la causa ambiental y se empezó a asociar con problemas de seguridad, tales como las migraciones masivas y las llamadas guerras de recursos, que solamente se han exacerbado después del 11 de septiembre. Como consecuencia, en Estados Unidos surgen las organizaciones sobre población más importantes en el mundo, que año con año destinan cantidades masivas de recursos monetarios, a través de USAID, o de la Bill and Melinda Gates Foundation, a programas de planificación familiar.

Sin embargo, existen fallas en la lógica que supone un crecimiento descontrolado de la población y, por tanto, una catástrofe inminente en el planeta Tierra debida a esta causa. En primer lugar, se ha reconocido que el mundo desarrollado tiene patrones consumistas que están causando más daño ambiental que los países en desarrollo. Solamente el 20% de la población es responsable del 80% del dióxido de carbono acumulado en la atmósfera. Los países con la mayor cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero son aquellos con poco crecimiento demográfico, y los pocos países del mundo en donde hay tasas altas de fertilidad tienen las menores emisiones de gases de efecto invernadero per cápita.[18] Irónicamente, cuando se habla de sobrepoblación nunca aparece la cara de una mujer blanca estadounidense con dos hijos en la portada de National Geographic, en cambio sí aparece la de una mujer africana con seis hijos, pese a que es posible que la primera familia repercuta mucho más en el cambio climático que la segunda. Hay también el miedo de que, una vez que la gente de los países en desarrollo salga del estado de pobreza en el que se encuentra, adquiera los mismos patrones de consumo de los países desarrollados.[19] Ante lo anterior, Lohmann argumenta que es éticamente incorrecto que se dé demasiada importancia al propósito de lograr que las familias de países en desarrollo reduzcan el monto de los hijos que tienen, mientras que las familias de los países desarrollados no se cuestionen sus propios estilos de vida.[20]

La segunda razón por la que se puede argumentar que el discurso relacionado a la sobrepoblación está sesgado es que hay una relación compleja entre el medio ambiente y el crecimiento demográfico, y no necesariamente el crecimiento poblacional conduce a la degradación ambiental y la escasez de recursos. Han existido casos específicos en los que el crecimiento demográfico y la alta densidad pueden llevar hacia la utilización de técnicas de intensificación de la tierra, mayor especialización, mayor comercio, y, por tanto, a una sociedad con más riqueza, con mayor educación, lo que a su vez permitiría una transición demográfica.[21] Los países desarrollados buscan que no haya un crecimiento desmedido de las poblaciones de los países en desarrollo, sobre todo en África y en Asia, siendo que su propio desarrollo y crecimiento económico –el ejemplo de Europa es claro– está muy ligado a una alta densidad demográfica que les permitió la especialización del trabajo. Dado que cada localidad tiene sus propias estructuras complejas que definen la dinámica entre el medio ambiente y su demografía, no se puede concluir de forma universal que el crecimiento de la población trae consigo el agotamiento de los recursos y el futuro colapso de la Tierra.[22]

La tercera razón es que, cuando se habla de sobrepoblación y se exponen las posibles soluciones, se muestra una interpretación simplista de un problema muy complejo. Se afirma de forma no fundamentada que las altas tasas de fecundidad son la causa de problemas como la pobreza y la degradación ambiental, cuando en realidad son un síntoma de un problema mucho más grave que va de la mano con un bajo grado de desarrollo. En ausencia de muchas instituciones financieras y legales, en estos países los niños fungen como mano de obra, como fuente de riqueza y como un seguro a la vejez de sus padres y otros familiares.[23] Es decir, la explicación sobre las razones por las que las mujeres tienen más de dos hijos es mucho más compleja de lo que se presenta. La solución generalmente implica el otorgamiento de anticonceptivos, nada más, cuando las razones detrás de tener muchos hijos tienen un trasfondo mucho más complejo que la simple falta de anticonceptivos. Por ejemplo, otorgarle autonomía a la mujer y equidad de género por sí mismo ha demostrado producir tasas de fecundidad más bajas, sin la imposición de un punto de vista de la cantidad de niños que es adecuado tener.[24]

Las repercusión de ver de forma tan catastrófica, en el discurso ambiental, el crecimiento demográfico es que se utilizan muchos recursos financieros y de capital humano para llevar a cabo los servicios de planificación familiar y se dejan de lado problemas mucho más graves y urgentes, como el hecho de que un alto porcentaje de la población en los países menos desarrollados de África esté infectada con VIH. África solamente tiene el 10% de la población mundial, pero el 60% de su población está infectada por este virus.[25] En Bangladesh, Indonesia e India el control poblacional solía tener prioridad sobre los servicios de salud.[26] Además, estos servicios supuestamente están dirigidos a la planificación familiar y a la salud reproductiva; no obstante, en África el 15% de las mujeres son infértiles a causa de enfermedades fácilmente tratables, pero los servicios de salud no ayudan a las mujeres que sí quieren tener hijos. La «salud reproductiva» solamente va en función de evitar altas tasas de fertilidad.[27] Además, las imágenes de «sobrepoblación» refuerzan los estereotipos étnicos y raciales, pues se tiene miedo de que la gente de los países en desarrollo supere en número a la de los países desarrollados.[28]

Aunado a lo anterior, los programas de planificación familiar están enfocados a reducir las tasas de fertilidad de las mujeres sin considerar las razones complejas por las que deciden tener hijos. Sin embargo, estas políticas se han hecho legítimas ante la «urgencia» de reducir la población debida al posible colapso ambiental. Otras políticas, como la de un solo hijo en China, violan radicalmente los derechos humanos y pueden tener serias repercusiones en la vida de una familia. Además, el hecho de que en China solamente se pueda tener un hijo ha ocasionado que muchas mujeres aborten a las niñas por razones culturales y económicas, y, por tanto, que haya una falta de balance en el número de mujeres por hombre. Esto a su vez ha tenido como consecuencia que los hombres de bajos recursos o poca educación no puedan casarse y que se recurra más a la prostitución, con un aumento del VIH derivado de ello, entre otros muchos problemas sociales.

 

Conclusión

En el discurso ambiental predominante se presentan realidades complejas de forma sencilla para que la audiencia pueda entender los problemas y sus causas. Esto, como consecuencia, ha derivado en políticas que resuelven el problema en la forma en que se presenta y no como realmente es.[29] Sin embargo, utilizar de forma universal y sin crítica alguna estos conceptos puede socavar tanto la gestión ambiental como el desarrollo social mediante la adopción de enfoques simplistas. En muchas ocasiones, las propias organizaciones internacionales utilizan el discurso basado en el conflicto para legitimar sus propios intereses y reunir fondos para sus causas. Estas explicaciones tienden a hacer generalizaciones del rol de la población, de la conservación y del balance de la Tierra. Los problemas ambientales se han situado, en el discurso, geográficamente alejados de los países que realmente los están originando, y esto implica que no se intervenga en el estilo de vida de la población de los países desarrollados. Con ello no solamente se está repercudiendo de forma negativa en quienes menos culpa tienen del cambio climático, sino que se está muy lejos de resolver el problema. Es por ello que es necesario diseñar nuevos discursos y retar las ideas preexistentes, sobre todo porque el actual discurso ambiental y sus medidas de respuesta ante el cambio climático involucran a las comunidades de los países en desarrollo, que tienen poca voz en la elaboración de las políticas ambientales y que son quienes se ven más afectados directamente por ellas.[30]

Hay una necesidad de construir formas más efectivas y con mayor significado de explicar los problemas ambientales. Se debe manejar con cuidado el discurso ambiental, ya que no deben verse las consecuencias del cambio climático de forma estoica, como una muralla infranqueable (aunque esto le resulte cómodo a algunos), cuando en realidad debiera verse al cambio climático con una abierta y firme disposición a enfrentársele, sobre todo cuando se trata de combatir la desigualdad, la pobreza, la inequidad, y la corrupción.Además, tener una visión apocalíptica de la causa ambiental puede tener como resultado una reacción instintiva de miedo que resulte en, o que legitime, políticas como la preeminencia de los programas masivos de planificación familiar, que pueden ser contraproducentes en la vida de una familia. Como dice Lohmann, al cambio climático deberá vérsele como una continuación y manifestación de algunos de los mismos problemas y fuerzas sociales con los que la humanidad lleva lidiando siglos. Formulando políticas de adaptación al cambio climático que en su mayoría sean proyectos de desarrollo, mejorando el grado de educación, capacitación, incluyendo a las minorías, entre otras cosas, la humanidad podrá enfrentar no solamente el cambio climático, sino cualquier otro reto que se le presente, pero para ello habrá que reformular el discurso ambiental.

 

 

NOTAS


[1] P. Blaikie, T. Cannon, I. Davis y B. Wisner, At Risk: Natural Hazards, People’s Vulnerability and Disasters, Londres, Routledge, 2003.

[2] Ibidem, pp. 8-9.

[3] Ibidem, p. 9.

[4] B. Agarwal, «Gender, Environment and Poverty Interlinks: Regional Variations and Temporal Shifts in Rural India», World Development, 25, 1997, p. 1373.

[5] M. Fordham, «Gender, Development and Disaster: The Necessity for Integration», en M. Pelling (ed.), Natural Disasters and Development in a Globalizing World,Londres, 2003, p. 65.

[6] Lotsmart Fonjong,«Gender roles and practices in natural resource management in the North West Province of Cameroon», Local environment, vol. 13, julio 2008, p. 467.

[7] Incluso en países como el Reino Unido, las mujeres tienen menos ingresos que los hombres, y esta tendencia sólo se agrava en países en desarrollo.

[8] Ariana Araujo et al., «Gender Equality and Adaptation. Women’s Environment and Development Organization», p. 1. Disponible en: <http://www.gdnonline.org/resources/IUCN_FactsheetAdaptation.pdf>.

[9] Fordham, op. cit., p. 67.

[10] Farhana Sultana, «Living in hazardous waterscapes: Gendered vulnerabilities and experiences of floods and disasters», Environmental Hazards, vol. 9, núm. 1, 2010, p. 47.

[11] R. Begum, «Women in Environmental Disasters: The 1991 Cyclone in Bangladesh», 1993, p. 34.

[12] Elain Enarson, «Through Women’s Eyes: A Gendered Research Agenda for Disaster Social Science», Disasters, vol. 22, núm. 2, junio 1998, p. 162.

[13] Population Action International, «Climate Change», 2012. Disponible en: <http://populationaction.org/>.

[14] En su Ensayo sobre el principio de la población (1798), Malthus argumenta que hay límites naturales en cuanto al espacio y al alimento, pues la población crece geométricamente, mientras que la producción de alimentos crece aritméticamente.

[15] L. Brown, «Troubling New Flows of Environmental Refugees», Earth Policy Institute, 28 de enero de 2004. <http://www.earth-policy.org/plan_b_updates/2004/update33>.

[16] Elizabeth Hartmann, «Strategic Scarcity: The Origins and Impacts of Environmental Conflict Ideas», tesis para obtener el grado en el Instituto de Estudios de Desarrollo, London School of Economics, 2002.

[17] Ibidem, pp. 91-94.

[18] Corner House, «Climate Change and Overpopulation», Some Reflections, 5 de diciembre de 2002. Disponible en: <http://www.thecornerhouse.org.uk/resources/results/taxonomy:7>.

[19] Nicholas Stern, The Economics of Climate Change. The Stern Review, Cambridge, 2007, p. 193.

[20] L. Lohmann, «Re-imaging the population debate», Dorset, The Corner House, 2003.

[21] James Gockowksi et al., «Implications of Resource-use Intensification for the Environment and Sustainable Technology Systems in the Central African Rainforest», en D. R. Lee, y C.B. Barret, Tradeoffs or Synergies? Agricultural Intensification, Economic Development and the Environment, Reino Unido, p. 199.

[22] Richard Bilsborrow y David L. Carr, «Population, Agricultural Land Use and the Environment in Developing Countries», en D.R. Lee y C.B. Barret, Tradeoffs or Synergies? Agricultural Intensification, Economic Development and the Environment, Reino Unido, 2001, pp. 37-53.

[23] Barney Cohen, «The emerging fertility transition in sub-Saharan Africa», World Development, vol. 26, núm. 8, 1998.

[24] Martin Robbins, «Where are the women in the “population control” debate?», The Guardian, 25 de octubre de 2010.

[25] New Hampshire College, «10 reasons to rethink overpopulation», Population and Development Program, No. 40, 2006.

[26] Idem.

[27]Conelly, entrevista en el programa «Cross Talk with Peter Lavelle», hecha el 31 de octubre de 2011. Disponible en: <http://rt.com/programs/crosstalk/seven-billion-overcrowded-world/>.

[28] New Hampshire College, op. cit.

[29] Tim Forsyth, «Fighting Back: Human Adaptation in Marginal Environments», Environment: Science and Policy for Sustainable Development, vol. 41, núm. 6, 1999.

[30] T. Forsyth, Critical Political Ecology: the politics of environmental science, Londres, Routledge, 2003.

 

 

 

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Ana De Luca (Ciudad de México, 1983) estudió una maestría en Medio Ambiente y Desarrollo en la London School of Economics and Political Science y es egresada de la carrera de Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Amante de la naturaleza, pero aún más del ser humano. Defensora de la justicia social y ambiental.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

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