¿A quién le importa el fin del mundo? La crisis desde el sujeto

El fin del mundo está frente a nosotros: no una serie de siniestras profecías anunciadas por los fuegos fatuos del esoterismo, sino un cúmulo de problemas reales, tangibles, concretísimos: el calentamiento global, la miseria, el desempleo, las migraciones masivas, las guerras y conflictos al por mayor. Pero ¿a quién le importa esta crisis? ¿Estamos capacitados para comprender a cabalidad la dimensión de esta catástrofe, la inminencia del fin de nuestra época? En este ensayo, Armando Bartra propone un nuevo enfoque teórico para analizar la crisis y concentra su análisis en un personaje largamente olvidado por la ciencia social tradicional: el sujeto, el ser de carne y hueso que vive la hecatombe en carne propia y se rebela para hacerle frente.

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El fin del mundo está frente a nosotros: no una serie de siniestras profecías anunciadas por los fuegos fatuos del esoterismo, sino un cúmulo de problemas reales, tangibles, concretísimos: el calentamiento global, la miseria, el desempleo, las migraciones masivas, las guerras y conflictos al por mayor. Pero ¿a quién le importa esta crisis? ¿Estamos capacitados para comprender a cabalidad la dimensión de esta catástrofe, la inminencia del fin de nuestra época? En este ensayo, Armando Bartra propone un nuevo enfoque teórico para analizar la crisis y concentra su análisis en un personaje largamente olvidado por la ciencia social tradicional: el sujeto, el ser de carne y hueso que vive la hecatombe en carne propia y se rebela para hacerle frente. 

 

 

Armando Bartra

 

Introito algo lúgubre

«Venid acá, oh naciones, y escuchad… Contaminada está la tierra por sus habitantes… Por eso la maldición devorará la tierra… Enteramente arruinada quedará y totalmente devastada…». Así hablaba el profeta Isaías en los tiempos bíblicos.

Los hielos menguarán y se alzarán las aguas. Arderán los bosques y saldrán los ríos de sus cauces. Caerán lluvias torrenciales y soplarán vientos huracanados[1]. Perecerán en sus guaridas el lobo gris, el águila real y la pantera nebulosa. Se extinguirán el rinoceronte blanco y el rinoceronte negro. Para siempre se irán el tigre y el camaleón y el chimpancé y la foca y la perdiz y el samarugo[2]. Se agotarán los obscuros veneros del diablo que alimentaban vuestra prisa[3]. Secos los ríos y manantiales, hombres y bestias abrevarán en aguas acedas, sulfurosas, amargas. Hambrientos, sedientos y escarnecidos desfallecerán los pueblos[4]. Habrá plagas, pestes, mortandad, zozobra. Los hermanos se harán la guerra por un trozo de pan y un sorbo de agua. Crecerá el éxodo doliente de los que perdieron toda esperanza[5]. Así hablan los organismos multilaterales en el amanecer del milenio.

Escuchad la voz de los augures, oíd la palabra de los videntes. Pronosticó Immanuel: habrá desorden, habrá decadencia, habrá dispersión de lo que estaba unido[6]. Anunció Amin: no tránsito armonioso, sino desintegración, es lo que nos depara el futuro[7]. Predijo Prigogine: veremos caos, incertidumbre, fluctuación, desequilibrio: vienen tiempos turbios y entreverados[8].

Hemos perdido la tierra, hermanos. Será nuestra herencia una red de agujeros[9].

*

El mito del progreso concebido como ineluctable marcha hacia un orden de abundancia total y certeza plena en ancas del desarrollo científico-tecnológico, y su complemento: la negación del pasado y la fetichización del futuro, son convicciones mayores impresas a fuego en el imaginario colectivo del capitalismo. Paradigmas que, en el predicamento por el que atravesamos, actúan como inercias intelectuales que oscurecen los punzantes signos de que esto se acabó, de que vivimos un fin de época.

Tiempos fractales son los nuestros, y la cajonera de ideologías y disciplinas con que organizamos el saber y el hacer durante los últimos doscientos cincuenta años, comienza a resultar un estorbo. Urge liberar la historia del fatalismo y recuperarla para la aventura y la libertad; necesitamos un pensamiento transdisciplinario, holista, capaz de lidiar con el caos, la incertidumbre y los sistemas complejos de desarrollo no lineal, y posiblemente también nos hace falta carnavalizar la política y remitologizar el proyecto[10] a través de un nuevo utopismo aurático[11] del aquí y el ahora, que sepa provocar éxtasis seculares e intuiciones totalizadoras[12], como las del pensamiento salvaje[13] de los premodernos.

Crisis del abordaje positivista de la crisis

Hay muchos discursos sobre la gran crisis (incluyendo algunos míos[14]), que enfatizan su carácter multidimensional y despliegan diagnósticos de algunas de sus distintas facetas. Un primer problema con estos abordajes está en que, o se concentran en una de las dimensiones del magno descalabro –por lo general aquélla que domina el expositor–, o intentan una enumeración más o menos completa, pero abordando las varias cuestiones como si se tratara de problemas concurrentes pero de distinto origen: calentamiento global que confluye con astringencia energética, con escasez y carestía de los alimentos, con recesión económica, con crisis del estado nación y de la democracia liberal, con descrédito de los paradigmas de la modernidad. Estrategia discursiva a la que se apela por facilidad, en vez de tomar el camino difícil y asumir radicalmente la unicidad de la crisis, mostrando el origen común de problemas que ubicamos en diferentes ámbitos: economía, medioambiente, sociedad… No porque así se nos presenten efectivamente, sino porque esas son las disciplinas con las que de antiguo fuimos compartimentando la realidad.

Descoyuntado el mundo y sus saberes, hoy nos resulta cuesta arriba poner juntos los pedazos. Y más aun desplegar esas facetas, que ciertamente tienen relativa autonomía, como parte de un ejercicio analítico que abstrae conceptualmente lo que en el mundo real sigue estando inextricablemente entreverado.

La relación hombre-naturaleza, la producción y distribución de bienes, los sistemas de relaciones sociales, los órdenes políticos, los imaginarios colectivos, las constelaciones de la vida cotidiana no son originariamente esferas separadas, sino ámbitos sociales violentamente escindidos por la gran inversión que llamamos modernidad, y a la vez cajoneras que encierran los distintos saberes disciplinarios con que la pensamos.

Sin duda el desgajamiento y autonomización de los territorios de la religión, de la moral, de la política, de la economía, son históricamente verificables, pero su institucionalización epistemológica, bajo la forma de disciplinas científicas independientes, es aun más grave que la fáctica, porque legitima, prescribe y ontologiza el desgajamiento.

Entonces la forma disciplinaria como pensamos la crisis es parte de la crisis. Un colapso civilizatorio que, al rebalsar los compartimentos estancos de realidad y conocimiento que históricamente hemos construido, nos exige una ruptura cognoscitiva, una vuelta de tuerca epistemológica que restablezca, si no las intuiciones totalizadoras del «pensamiento salvaje», de que hablaba Levi-Strauss, sí una suerte de holismo crítico a la altura de los nuevos tiempos.

Ahora bien, cuestionar el encasillamiento disciplinario que legitima y remacha en el imaginario la compartimentación de lo real, es relativamente fácil. En cambio, sustituirlo por un holismo crítico puesto al día, es extremadamente difícil, habida cuenta de las rigideces e inercias intelectuales que entorpecen la reorientación de los saberes desde hace mucho encajonados.

¿Crisis para quién?

Hay sin embargo un atajo: en vez de tratar de leer la crisis en el objeto, leerla en el sujeto; en lugar de enfocarnos a las estructuras, enfocarnos a las experiencias de las personas. Porque –es una hipótesis– pese a que hemos interiorizado el desgarramiento fundacional de nuestros tiempos, hay aún cierta unidad preconceptual en el modo con que experimentamos el mundo. Tratar de restablecer la inteligibilidad de un todo balcanizado pasaría, entonces, por regresar al sujeto, por regresar a las experiencias del sujeto.

Es por esto que en el presente ensayo abordaré la crisis no desde alguna de sus facetas ni tampoco desde el conjunto falsamente sistémico de las mismas, sino desde el sujeto, desde quienes la vivimos como agravio, como incertidumbre, como angustia, como reto y oportunidad.

No descubro el hilo negro, dice Habermas, y con razón, que no hay crisis si no hay sujetos que la asuman: «Sólo cuando los miembros de la sociedad experimentan los cambios de estructura como críticos para su patrimonio sistémico y sienten amenazada su identidad social, podemos hablar de crisis»[15]. Yo iría más lejos afirmando que la crisis propiamente dicha son los sujetos puestos en cuestión, los sujetos en vilo. Y, claro está, los sujetos y su circunstancia. Porque son los sujetos sociales los que le dan –o no– el carácter de quiebre histórico, de mudanza epocal, de encrucijada civilizatoria a los desórdenes económicos, ambientales, alimentarios o energéticos que nos aquejan.

Entonces, si radicalizamos esta perspectiva, habrá que reconocer que, siendo cuestiones importantes cuyo análisis disciplinario es sin duda pertinente, ni el agotamiento del modelo neoliberal y los descalabros de la economía capitalista como tal, ni los desarreglos del clima y la erosión de la naturaleza, ni la escasez y carestía de los alimentos, ni el agotamiento tendencial de los combustibles fósiles, ni el desfondamiento de los Estados nacionales clásicos y el descrédito de la institucionalidad política de la democracia liberal, ni el cuestionamiento de la razón instrumental y las dudas sobre los paradigmas de la ciencia, ni siquiera el vaciamiento de los valores de la modernidad son en verdad la crisis o siquiera dimensiones de la misma.

Todos estos son procesos reales, entrelazados y susceptibles de análisis explicativos; sin embargo, lo que hace de la crisis una crisis es la percepción que las personas tienen de los mismos, los diferentes discursos con que procesan estas percepciones, los proyectos de futuro con que buscan sobrevivir al descalabro, los imaginarios colectivos que en este curso se generan, y las diversas y confrontadas prácticas sociales en que encarnan dichas percepciones, dichos discursos, dichos proyectos y dichos imaginarios.

En este enfoque, crisis sería categoría ordenadora de experiencias sociales, concepto que le da sentido fractal a situaciones vividas, y principio organizador de nuestras acciones de salvamento, tanto individuales como colectivas, tanto de simple resistencia como de transformación, tanto las míticas que pretenden restaurar equilibrios perdidos, como las utópicas que convocan a la construcción de escenarios inéditos. Porque la experiencia de la crisis no siempre es pasiva y expectante: también puede ser activa, resistente y, en ciertos casos, profética y visionaria.

Así como la crisis leída en el objeto, es decir, la crisis estructural, tiene tantas dimensiones como disciplinas científicas hemos inventado, la crisis desde el sujeto, la experiencia de la crisis o –dicho más propiamente– la experiencia crítica, se nos presenta como una gama de padecimientos diversos más o menos universales, pero desigualmente repartidos: pobreza, desempleo, hambre, enfermedad, desamparo, afectaciones por siniestros ambientales, éxodo, violencia, guerra, rebeliones. Dolencias diversas pero, en todos los casos, atravesadas por la incertidumbre, un sentimiento con el que los antiguos mal que bien coexistían, pero que nosotros, los hijos de la modernidad, ya no sabemos manejar.

Y es que buscando a toda costa la certidumbre desembocamos en el extremo contrario, y hoy vivimos en un sistema-mundo cuya estrecha interconexión maximiza los efectos desestabilizadores de lo inesperado, de las singularidades atípicas disruptivas de los modelos universales de nuestra ciencia, y disruptivas, por tanto, de los sistemas materiales con que intervenimos y pretendemos controlar el mundo: sistemas tecnológicos, económicos, políticos, jurídicos y axiológicos que tienen como supuesto mayor la presunta capacidad predictiva de la ciencia[16]. El culto a la previsibilidad magnifica el efecto disruptivo de lo inesperado, y en tiempos de crisis lo único seguro es la incertidumbre. Bien lo dijo Patrick Lagadec: «Las crisis llegan sin manual de uso».

Además de marcada por la incertidumbre, la subjetividad de la crisis está presidida por un sentimiento de inminencia. Vivir en crisis –y asumirlo– es vivir en vilo, al filo del agua, en el no va más, en el ya merito. Vivencia romántica si la hay, que llenó de barruntos y expectativas el siglo XIX y una parte del XX, y que regresa en el arranque del tercer milenio, con la diferencia de que entonces el mito de las modernidades, del capital y del trabajo, le daba una misma tonalidad a los sueños y pesadillas románticos, mientras que hoy la modernidad está desfondada, y aunque en la periferia resurgen y se politizan mitos premodernos, me parece que el imaginario social dominante ya no es capaz de incorporarlos.

Ausentes las grandes promesas del progreso, y ausente también la seguridad, que en las visiones cíclicas de la historia otorgaba la recurrencia, la crisis de nuestro tiempo es vivida como una surte de salto al vacío. Navegantes sin brújula ni sextante, estamos peor que Colón, pues él cuando menos sabía lo que buscaba.

Resumiendo: no pongo en duda la objetividad de una crisis cuyas dimensiones podemos medir con datos duros. Lo que sostengo es que el presunto colapso sólo cobra sentido histórico desde la perspectiva del sujeto. Sin duda el Titanic se está hundiendo, pero hasta que los pasajeros no nos percatemos y pongamos manos a la obra, esto no será un naufragio.

Crisis y revolución

Lo que propongo es que, además de estudiar los indicadores económicos, los parámetros ambientales, los saldos sociales del gran colapso, intentemos leerlo a partir de nuestra experiencia, y especialmente en experiencias extremas que por ello parecieran tocar fondo, como las de los indignados españoles, los Ocuppy Wall Street, el mexicano movimiento #YoSoy132. Pero también en insurgencias multitudinarias recientes, como las del norte de África y el Oriente Medio, y menos recientes, como las que en el cono sur americano han protagonizado los movimientos sociales, con frecuencia retomadas por gobiernos reformistas de talante posneoliberal, procesos de reconstrucción social en los que está claramente presente la experiencia colectiva de la crisis.

La primavera árabe

Las insurgencias populares multinacionales que desde enero de 2011 sacuden el norte de África y el Oriente Medio son, no las primeras, pero sí algunas de las más claras expresiones sociales de la debacle civilizatoria. Revoluciones en curso y de incierto destino con las que, al encarnar en un sujeto, el desarreglo estructural deviene crisis histórica en sentido estricto.

«Las alzas [en los alimentos] pueden haber contribuido al malestar social en Medio Oriente y norte de África», sostuvo el FMI, en marzo 2011. Y es muy posible que, en efecto, la crisis alimentaria haya contribuido a las rebeliones en cadena, pues entre enero y agosto de 2011 cayeron los gobiernos de Zine al Abidine Ben Alí, en Túnez, el de Hosni Mubarak, en Egipto, y de Muammar Kadafi, en Libia, se desataron insurgencias populares más o menos amplias en Siria, Yemen, Argelia, Barhéin, Jordania, Yibuti, Omán, Marruecos y Arabia Saudita, países importadores de básicos en los que aumentó el precio de la comida.

Como la pasada centuria, el siglo XXI empieza con revoluciones periféricas. Quiebres históricos que en algunos casos son eventos políticos breves y deslumbrantes de destino aún incierto, como los del norte de África y el Oriente Medio, mientras que otros, como los del cono sur americano, desembocaron ya en procesos duraderos de renovación sociopolítica y económica. Pero, de manera directa o sesgada, unos y otros remiten a las diversas tensiones que conforman la debacle, con lo que, al adquirir una dimensión subjetiva, las fracturas estructurales devienen crisis en sentido pleno.

No sólo por el estrangulamiento sistémico, sino también por sus expresiones político-sociales, estamos en un fin de época. Tránsito que desde la atalaya de la «cuenta larga» está definido por la gran crisis civilizatoria, pero que desde la perspectiva de la «cuenta corta» coincide con el descrédito del neoliberalismo.

Después de la Segunda Guerra mundial, el capitalismo regulado del Estado de bienestar tuvo también en el «tercer mundo» una fase moderadamente incluyente y redistributiva, pues el desarrollo endógeno demandaba fortalecer el mercado interno, entre otras cosas mediante reformas agrarias que propiciaran la integración subordinada de la agricultura a la industria. Sin embargo, la módica luna de miel del capital con los pueblos termina en divorcio durante el último tercio del pasado siglo, al generalizarse el extrovertido y marginador modelo neoliberal.

No es casual que varios de los países con revoluciones en curso durante 2011, hayan vivido en el pasado reformas agrarias importantes que luego fueron revertidas. Tal es el caso de Egipto, donde a partir de 1961, durante el gobierno de Gamal Abdel Nasser, se entregaron tierras a más de 350 mil familias a las que se organizó en cerca de 7 mil cooperativas de fuerte control estatal. Esta reforma se echó atrás a partir de 1986, durante el gobierno de Hosni Mubarak, con lo que Egipto pasó de la autosuficiencia a una abismal dependencia alimentaria[17]. Y procesos semejantes tuvieron lugar en Argelia, Irak, Túnez y Yemen, países donde, en el marco de su «modernización», se realizaron repartos agrarios, ciertamente de carácter burocrático y estatista, pero con significativos efectos en la producción, mudanzas favorables a los campesinos que más tarde fueron parcial o totalmente echadas atrás[18].

El saldo de reformas agrarias ausentes, truncas o desmontadas es la dependencia en el aprovisionamiento de bienes básicos de consumo. Razón por la cual Egipto, Túnez y otros países de la región son particularmente sensibles a las alzas de precios asociadas a la actual crisis alimentaria.

Así, en Túnez el disparador de la protesta que derrocó al gobierno de Ben Ali fue el encarecimiento de la comida. Y algo parecido sucedió en Egipto, país que había sido autosuficiente en alimentos pero que hoy compra en el exterior el 60% de lo que su pueblo come, y es el mayor importador mundial de trigo, con adquisiciones que representan el 17% del total de las ventas planetarias. En un primer balance realizado en enero de 2012, Graziano da Silva, director general de la FAO, concluye que «los precios altos de los alimentos han avivado la inflación, y contribuyeron con los disturbios civiles y con la primavera árabe del año pasado»[19].

La crisis alimentaria global es inseparable del cambio climático, pero en la región que nos ocupa, como en el resto de África, el nexo es excepcionalmente fuerte y directo. En Siria, la otrora fértil planicie de Houran, que fuera granero del Oriente Medio, ha padecido una severa sequía durante el último lustro, con reducción de lluvias de entre 45 y 66%, lo que aunado a la mala administración hídrica y al recorte de subsidios agrícolas, ha empobrecido a cerca de un millón de personas del oriente del país, muchas de las cuales son hoy desplazados. En este marco, la cosecha de trigo de Houran cayó 25% sólo en 2010.

En 2008, cuando nadie esperaba las rebeldías que hoy conmueven a esa zona, el BM informaba que «Medio Oriente y Noráfrica son las regiones más afectadas por la penuria global de agua». La mayor parte de países del norte de África y del Oriente Medio padecen una marcada dependencia de las importaciones para el abasto de alimentos, dependencia que en el caso de Arabia Saudita llega al 70%. Cierto, los países del golfo Pérsico cuentan con bastos ingresos petroleros y con sobrada capacidad de compra. Pero aun así, la insuficiencia en bienes básicos conlleva severos riesgos, potenciados por una crisis alimentaria estructural que en el último lustro ha tenido ya dos ápices coyunturales de carestía extrema.

«La inseguridad alimentaria se mantendrá con una sucesión de crisis que tendrán graves consecuencias para las poblaciones más pobres», escribió recientemente Jaques Diouf, cuando aún era director general de la FAO[20]. Y el FMI informa que durante 2010 el precio internacional promedio de los alimentos aumentó 32%, y que en el arranque de 2011 las cotizaciones ya superban los niveles de 2008.

Sin soslayar que en una zona rica en hidrocarburos siempre hay mano negra de los países imperiales, los cuales intervinieron abierta y militarmente en Libia y a trasmano en toda la región durante 2011, me parece que, a diferencia de las insurgencias juveniles en Islandia, Grecia, España, Gran Bretaña y Estados Unidos, que responden al injusto reparto de los costos de una crisis recesiva que golpea especialmente a los países más desarrollados, los movimientos reivindicativos y revolucionarios que sacuden áreas periféricas como el norte de África y el Oriente Medio se pueden catalogar como uno de los primeros saldos políticos de la crisis climático-alimentaria. Y es que, si bien son multifactoriales, cada uno tiene raíces históricas particulares, y en algunos casos sus protagonistas más vistosos son jóvenes educados de clase media; en conjunto, los fuegos insurgentes de la región fueron abanicados por los efectos combinados de la recesión económica, el cambio climático y el encarecimiento de la comida.

La primavera americana

En el confuso curso de las insurgencias del norte de África y el Oriente Medio las exigencias más visibles son democracia y libertades civiles, y no otras cuestiones sustantivas de la gran crisis. Las grandes fracturas estructurales están directa o indirectamente presentes en el descontento popular que conmueve a la región, pero por el momento no figuran destacadamente en las plataformas reivindicativas de quienes se movilizan.

Muy distinto es el panorama de la primera generación de insurgencias populares y mudanzas políticas del milenio. Un dramático cambio de rumbo que tiene lugar en América Latina y arrancó no en 2011, sino en 1998 con las circunstancias sociales que hicieron posible la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela. La conversión a la izquierda pronto se extendió con mayor o menor enjundia a los gobiernos de Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Perú, pero en lo tocante a los movimientos sociales cubre sin excepciones todo el continente y es particularmente relevante en Chile, conmovido desde 2006 por la llamada Rebelión de los pingüinos, protagonizada primero por los estudiantes de secundaria y después también por los universitarios, que demanda airadamente educación gratuita y de calidad, movimiento desde las escuelas que a fines de 2011 tuvo réplicas en Colombia con banderas muy semejantes.

El cambio de aires es en esencia una conversión antineoliberal: una rebelión contra las recetas del BM y el FMI plasmadas en el llamado Consenso de Washington, por cuya dogmática aplicación el subcontinente pagó un alto costo. Pero los grandes temas de la crisis civilizatoria se están incorporando, así sea discursivamente, en la agenda posneoliberal de los gobiernos renovadores de la región.

El cuidado del medio ambiente es asunto medular en la nueva institucionalidad, que comienza a imponerse y ocupa un lugar central en las flamantes Constituciones de Ecuador y Bolivia, en la primera de las cuales se reconocen expresamente los «derechos de la naturaleza».

El «desarrollo» y el «progreso», entendidos –sin más– como crecimiento económico, están en entredicho, y en su lugar se abren paso preceptos aún vagos, como Sumak kawsay y Suma qamaña, que para las viejas culturas andinas significan algo así como «vivir bien», y que sustentan conceptos novedosos como «economía plural» y «socialismo comunitario».

El tema de las rentas y la inviabilidad a mediano plazo de la economía extractiva que sigue sustentando a muchos de los países de la región hoy enfilados a la izquierda, se debate con fuerza en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Brasil. Los «desiertos verdes», sobre todo de soya transgénica, que caracterizan el paisaje agrícola de Brasil, Argentina y Paraguay, entre otros países, están siendo fuertemente cuestionados.

«No creemos en la concepción lineal y acumulativa del progreso –ha dicho Evo Morales–. Vivir bien es pensar no sólo en términos de ingreso per-cápita, sino de identidad cultural, de comunidad, de armonía entre nosotros y con la Madre Tierra. […] No tenemos muchas alternativas. O seguimos por el camino del capitalismo y la muerte, o avanzamos por el camino de la armonía con la naturaleza y la vida»[21]. Expresiones que hace apenas diez años habrían sido inconcebibles en un jefe de estado.

Aun más trascendente es el reconocimiento radical de la diversidad societaria como riqueza. Virtudes de la pluralidad que en Ecuador y Bolivia permitieron diseñar Estados multinacionales como los que institucionalizan las posliberales Constituciones de esos países.

Igualmente subversivo es el replanteamiento de la relación entre pasado y futuro, entre mito y utopía, en una región como la andino-amazónica, donde los mayores protagonistas del cambio fueron inicialmente los campesindios, amalgama étnico-clasista en la que se funde la memoria larga que les da su condición de originarios y la memoria corta que les confiere su recreación como campesinos modernos durante el siglo XX.

Paulatinamente, los pueblos y algunos gobiernos de nuestra América están asumiendo el recambio civilizatorio como su desafío. Y así, al encarnar en un sujeto, la gran crisis estructural deviene crisis verdadera.

Carnavalización de la política

Una de las presunciones que se difumina con el desmoronamiento de la modernidad es la del carácter instrumental de la política, visión que viene desde Maquiavelo y que tiene una de sus expresiones extremas en la reducción de los movimientos sociales a acciones colectivas protagonizadas por individuos a los que mueve el cálculo de costos y beneficios, propuesta por cierta sociología anglosajona contemporánea.

Así, en la medida en que la experiencia de la crisis va acompañada del descrédito de las profecías científicas y de las promesas de futuro que nos reclamaban acciones que abrieran paso a las arcadias anunciadas, la acción colectiva contestataria va transitando de simple lucha revolucionaria o reivindicativa a performance, de utopía siempre posdatada a utopia autocumplida, de ser sólo un medio a ser un fin en sí misma, rasgo que junto con el carácter festivo, carnavalesco y grotesco de las acciones, me parece fundamental en las experiencias de la crisis, sobre todo en las que protagonizan los jóvenes.

Los meses tumultuosos que a mediados del siglo XIX llamaron Primavera de los pueblos, parecen repetirse en el arranque del tercer milenio. Una exaltación carnavalesca transfronteriza que va del primero al tercer mundo y de regreso.

Las crisis recesivas son infartos, ataques al corazón del sistema, y se ensañan con la economía de los países ricos. Así, la remota Islandia resultó emblema de las rebeldías causadas por la primera debacle financiera del milenio, pasando de ser el país con mejor calidad de vida a sociedad en pacífica pero caladora revolución. El alzamiento convocado en 2008 por el músico Hordur Torfason, derrocó al gobierno, nacionalizó la banca, desconoció la deuda externa y eligió un «consejo de justos» para que, en consulta con los 320 mil islandeses e islandesas, hiciera una nueva Constitución.

Casi al mismo tiempo que los vikingos se inconformaban, en Grecia se alzaban los aganaktismeni: jóvenes iracundos que desde la plaza Syntagma se oponen al remedio de la Unión Europea a su desbalance financiero, consistente en que los países paguen la deuda pública a costa del futuro de las nuevas generaciones, cargando el fardo de la crisis sobre los hombros de pobres y clases medias. El testimonio de un aganaktismeni ilustra bien el talante neoutópico de los activistas del tercer milenio:

¿Cómo se hace la revolución? No lo sé. Pero hoy, en Grecia, se despliega desobediencia popular en todos lados. Vivimos dentro de su sistema, vivimos entre ellos, pero pensamos, actuamos y respiramos como si estuviéramos más allá de su mundo cerrado. Nos sentimos más libres. Rompemos todos los días la disciplina que intentan imponer. […] Vivimos entre ellos y sin ellos, trabajando por la mañana y participando en marchas, protestas, asambleas en la tarde […]. Creamos en cada barrio pequeños grupos de apoyo para no pagar los impuestos, para reconectar la luz en las casas que no pueden pagar, para ocupar los espacios de trabajo, para reaprender a hacer las cosas a nuestra manera, para no sentirnos solos[22].

Cuatro años después, se incorporan a las rebeldías societarias los indignados españoles, que el 15 de mayo de 2011 inician una serie de concentraciones –luego acampadas – que irradian de la madrileña Plaza del Sol a más de 700 plazas de todo el país. Las demandas son semejantes a las que se corean en la isla de los vikingos y en la plaza Syntagma, pues también en España la crisis recesiva disparó la pobreza, y el desempleo juvenil rebasa el 40%.

El 17 de septiembre del mismo año, Estados Unidos se amanece con un movimiento de jóvenes –y no tanto– que pretende acampar en Wall Street, y al ser expulsado, se planta en el cercano Parque Zuccotti, al que rebautiza como Plaza de la Libertad. Este fue «el inicio del inicio», como dicen ellos. Con el paso de los días, Ocupa Wall Street se transforma en una emergencia popular nacional a la que apoyan los sindicatos, que convoca a personalidades de distintos ámbitos, que van desde Lou Reed hasta Philip Glass, pasando por el legendario Pete Seeger, Salman Rushdie, Noam Chomsky, Jonathan Demme, Joan Baez y Naomi Klein, entre otros. Una convocatoria que, además de los famosos, moviliza a decenas de miles en diversas ciudades del país. El 2 de noviembre de 2011, en la importante terminal marítima de contenedores de Oakland, una huelga de hecho y una movilización en que participan más de 50 mil personas logra bloquear el puerto. Los ocupa de Oakland y de la vecina Berkeley se reconocen herederos de los movimientos que hace medio siglo se escenificaron ahí: la fundación en 1966 de los Black Panters (Panteras Negras), y el arranque del Free Speech (Libre Expresión) en la Universidad de California. Pero también son legatarios de iconos de la cultura popular industrial, como el historietista inglés Alan Moore, autor en los ochenta del pasado siglo de la serie V de vendetta, que relata las aventuras de un embozado y subversivo anarquista que se mueve en una ficticia sociedad fascista muy parecida a la Gran Bretaña de Margaret Thatcher. La máscara del héroe, inspirada en el rostro del conspirador católico inglés Guy Fawkes, es el emblema del grupo de piratas cibernéticos que firma como Anonymous, y ha sido retomada por los manifestantes de todo el mundo, activistas que también recuperan algunas de las posturas políticas de Moore, ácrata él mismo y guionista de cómics novelados tan espléndidos como Watchmen y From Hell, quien en reciente entrevista propone: «Si queremos que se haga algo en el siglo XXI, el mensaje parece ser: “No votes por alguien que dice que va a hacer algo, porque lo más probable es que no lo haga. Si quieres que pase algo en el siglo XXI, hazlo tú mismo”»[23].

Indignados con un manejo de la crisis económica que premia a los culpables y castiga a las víctimas, los integrantes del movimiento, que se identifican como «el 99%», no han consensuado un pliego formal de demandas, pero cuando se les reclama su falta de programa responden: «El programa somos nosotros». «Aquí están los dos elementos más importantes para el gran activismo: la ira y la diversión», declaró un contestatario veterano. «Por primera vez en mi vida me siento en casa», proclama una pancarta en la Plaza de la Libertad.

En el número uno de la revista Tidal: Occupy Theory, Occupy Strategy, aparecido en diciembre de 2011, el movimiento estadounidense se explica:

Nos nacieron en un mundo de fantasmas e ilusiones que han perseguido nuestras mentes a lo largo de todas nuestras vidas. […] Crecimos en este mundo de pantallas e hipérbole e imaginería surrealista […]. No tenemos una idea clara de cómo se siente realmente la vida […]. Hemos venido a Wall Street como refugiados de esta tierra nativa de sueños, buscando asilo en la realidad. […] ¿Qué queremos de Wall Street? Nada, porque nada puede ofrecernos. […] Hemos venido a desvanecer nuestros fantasmas; […] a construir relaciones genuinas entre nosotros y con el mundo; y a recordarnos que otro camino es posible[24].

Además de impulsar causas justas alterando por un rato el orden (con vistas a que la alteración sea permanente, o cuando menos recurrente), las marchas y mítines, pero sobre todo las acampadas y ocupaciones, restablecen la comunidad, la convivencia creativa y liberadora que se extravió en la barahúnda urbana. La mayoría de nosotros vive socialidades estragadas donde más allá de la familia –y aun en ella–, los nexos emocionales, intelectuales y significativos se han empobrecido. En calles, transportes públicos y centros comerciales la coexistencia es premeditadamente impersonal; en fábricas y oficinas impera la disciplina jerárquica, y las multitudinarias concentraciones en tocadas, conciertos, raves, antros y espectáculos deportivos son experiencias intensas pero unidimensionales y efímeras. Sin duda, la interacción en el ciberespacio puede llegar a ser sofisticada, apasionante y duradera, pero los nexos virtuales no suplen las relaciones cara a cara, la seducción del vidrio frío no compite con la tibieza de la piel. Así lo reconoce Camila Vallejo, hasta fines de 2011 Presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile:

Las redes sociales son una herramienta dinamizadora de los flujos de información, de las convocatorias, han permitido mayor fluidez, pero no han sido el factor determinante para la articulación de un movimiento amplio y masivo. Creo que eso se trabaja en el seno de la organización, de una forma personalizada. Este movimiento no se levantó gracias a las redes sociales[25].

Cierto, los nuevos movimientos se convocan por el twitter. Pero culminan en calles y plazas donde la convivencia es intensa, compleja, duradera; y también alharaquienta, sudorosa, desfajada. Hay ahí discusiones agitadas, debates colectivos, conferencias, performances, música viva, teatro en la calle, y también la gestión colectiva de las necesidades cotidianas: comer, dormir, asearse, fajar. De algún modo, para la generación digital acampar significa desenchufarse, y esto es una revolución. Una pancarta portada en las movilizaciones ocurridas en Tel-Aviv a fines de 2011, debido al deterioro de la calidad de vida en Israel, deja claro que en la política carnavalesca el medio es un fin en sí mismo: «El triunfo es habernos reunido».

Restablecer la multidimensional convivencia, propia de las comunidades verdaderas, es la función específicamente carnavalesca de las acciones colectivas contestatarias. Tienen razón los Ocupa Wall Street: el programa son ellos mismos, no lista de demandas justas, sino utopía vivida, altermundismo en acto, aquelarre. Lo sintetiza bien Arundhati Roy: el cometido de la nueva protesta es «encender una nueva imaginación política». Algunos habrá que vayan a verlos como quién visita un zoológico, pero de lo que se trata es de meterse en la jaula hasta que la especie en extinción sean los otros.

Los protagonistas más visibles de la marea social primermundista no son los pobres extremos, sino el mediopelo y, en especial, los jóvenes acomodados, la generación que creció disfrutando de «estado de bienestar», amplio acceso a la educación superior y consumo expandido. La generación de la gran promesa incumplida. Una oferta ciertamente hueca y banal, como todas las de la modernidad declinante, pero que sedujo a periféricos del centro, como los griegos y los españoles, que esperaban –ahora sí– ingresar a la «verdadera» Europa.

Como en 1968 del siglo pasado –cuya dinámica en mucho repiten islandeses, griegos, españoles y estadounidenses–, la avanzada del cambio en el XXI es una juventud «privilegiada» en acelerado tobogán de deterioro. Un ejemplo desolador: en España, miles de jóvenes que habían puesto casa aparte, hoy no pueden sostener su independencia y están regresando a vivir con sus padres.

Si a esto añadimos que los del viejo 68 habíamos sido entrenados para obedecer y nos costó trabajo destramparnos, mientras que ésta generación de ocupas, indignados y aganaktismeni es hija de la «escuela activa», tendremos los ingredientes de la spanish revolution, como la llaman con ironía los iberos.

«Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir», han dicho los indignados de la Plaza del Sol, citando a Shakespeare. Consigna memorable que no desmerece frente al «Seamos realistas, pidamos lo imposible» de sus abuelos, los enragés del Barrio Latino.

132

En mayo de 2012, en la inminencia de una elección de Presidente de la República que tenía en las nuevas generaciones un público incrédulo y desatento, se desató en México una inesperada emergencia estudiantil contra la imposición del candidato de la derecha, que puso al país en el mapa de la joven rebeldía mundial.

Bautizado YoSoy132, porque eran 131 los que se responsabilizaron de la primera gran repulsa estudiantil al candidato del sistema, el movimiento asemeja las insurgencias antiautoritarias de Túnez y Egipto, pero apostando por hacer transitable la vía electoral. Capaz de sacar a las calles a cientos de miles de personas, jóvenes y no, es más amplio y popular que las acciones de los indignados españoles y de los ocupa estadounidenses; y aunque también reivindica la educación gratuita, tiene una agenda más comprensiva que los jóvenes chilenos.

Los estudiantes mexicanos ya estaban ahí, en el ciberespacio, agazapados en las redes sociales donde conviven. Y siguen en la web, que por un rato devino pandemónium contestatario. Pero a mediados de 2012 también estaban en las calles, transformadas en un carnaval antiautoritario lleno de humor y de ira.

Por muchos años guardaron silencio, hasta que de nuevo la nación comenzó a hablar por boca de sus jóvenes, en carteles y grafitis que despotrican del gran elector que es la tele: «La vida empieza después de los comerciales»; critican la prolongada «dictadura perfecta» del PRI, pero también los desalentadores gobiernos del PAN: «Sesenta años durmiendo, doce años soñando. Yo ya desperté. ¿Y tú?»; y desnudan al ágrafo y represivo personero comicial de la derecha: «Cuando se lee poco, se dispara mucho».

El movimiento YoSoy132 es enfáticamente pacífico y en sus marchas evita causar molestias innecesarias, dañar la propiedad y afectar el moblaje urbano. Sin embargo, su violencia simbólica es extrema, y sus alborozados practicantes no se detienen ante el mal gusto y lo «políticamente incorrecto», en una recuperación de lo grotesco que, sin duda, es parte de la experiencia juvenil de la crisis. «¡Peña, puto! ¡Peña, puto!», corean las multitudes denostando de mal modo a Peña Nieto, candidato de la derecha. Y tampoco le tienen miedo a lo escatológico: en la gran plaza del Zócalo y rodeada de decenas de miles de personas la Congelada de Uva –una performancera conocida– se cagó, literalmente, en Peña Nieto… o más bien sobre su efigie en un cartel publicitario.

Después de un mutis histórico de casi medio siglo, los estudiantes están de nuevo en las calles reivindicando la democracia. «Esta marcha es más grande que las del 68, ¿verdad?», pregunta esperanzado un manifestante adolescente a su acompañante canoso. Claro que es más grande, y más alegre, y más creativa… Por fin esta generación se libró del estribillo con que las anteriores fueron atosigadas por padres y abuelos: «Porque los estudiantes del 68…». En un cartel portado por estudiantes politécnicos leo: «Somos nietos de los que no pudieron matar, hijos de los que no pudieron callar y alumnos de los que no pudieron comprar…».

Cualquiera que sea su desenlace, este es el 68 del tercer milenio. Los del viejo 1968 ya podemos morir en paz.

Síntomas o síndrome

Cada quien habla de la feria según le fue en ella; de la misma manera, los diversos sujetos sociales experimentan la debacle de distinta manera y dibujan la crisis con diferentes rostros. Porque desde la perspectiva del sujeto, la naturaleza del colapso no es un hecho científicamente constatable, sino algo en construcción, algo que está a debate. Y es que, a la postre, la tal crisis será lo que seamos capaces de hacer con ella.

Entonces, la polémica sobre la crisis no es sólo científica sino sobre todo política, pues lo que está en juego no es la consistencia teórica de tal o cual interpretación, sino las acciones individuales y colectivas que derivan de dichas interpretaciones.

Que si la crisis es coyuntural o estructural, que si es epocal o civilizatoria, que si es una o múltiple, que si es de sobreproducción o de escasez, no son disquisiciones académicas en las que se arriesga la autoridad y prestigio de los expertos: son confrontaciones políticas en las que se juega el futuro de la humanidad.

Y en este histórico debate distingo, entre muchas, dos posiciones importantes, de trascendentes implicaciones políticas:

Hay quienes ven en el desbarajuste generalizado que vivimos, la malhadada coincidencia de una diversidad de desordenes, unos ambientales, otros económicos, otros sociales; coincidencia en el tiempo que hace más graves sus efectos, pues al entreverarse los desarreglos, también se reatroalimentan y se potencian. Así, la crisis agrícola empeora porque el agotamiento de los combustibles fósiles hace que se extiendan los cultivos destinados a agrocombustibles en demérito de los alimentarios, lo que se complica porque la recesión económica se traduce en pérdida de empleos e ingresos, que al asociarse con el encarecimiento de los alimentos aumenta exponencialmente la pobreza. Aquí las cosechas erráticas, la recesión económica, el incremento de personas en pobreza extrema; son síntomas de diferentes males: calentamiento global, crisis capitalista de sobreproducción, desigual distribución del ingreso.

Otros, en cambio, vemos en los diferentes desordenes la expresión de tensiones provenientes de estructuras de larga duración, fallas geológicas profundas que salen a la superficie de diferentes maneras, pero que remiten a una misma fractura. Los desordenes pueden o no coincidir en el tiempo, y algunos estrangulamientos se resolverán temporalmente; sin embargo, la distancia entre los desarreglos tiende a acortarse, la calma es temporal y los periodos de recuperación más cortos. Y es que el problema va más allá de las sinergias perversas entre diferentes dimensiones de la crisis, pues estas no son más que los rostros de un problema civilizatorio de fondo. En esta visión, desastres ambientales, depresión económica, exclusión, pobreza y desesperanza son más que síntomas: forman parte de un síndrome, pues remiten a una misma irracionalidad estructural.

¿Síntomas de diversos males localizados o manifestaciones múltiples de una misma enfermedad terminal? El dilema no es asunto menor. En la primera hipótesis, que ve los desarreglos como síntomas de dolencias distintas, los problemas se pueden atacar y resolver uno por uno, y posiblemente, al dejar de retroalimentarse, los demás remitan y el paciente se salve sin necesidad de cirugía mayor. En cambio, en la segunda hipótesis, que ve en los desarreglos localizados el síndrome de un problema mas grave, las acciones encaminadas a atenuar las diferentes manifestaciones del mal son necesarias, pero si no se ataca el problema de fondo, los dolores, la temperatura y el insomnio volverán a aparecer, pues el paciente necesita cirugía mayor.

Alguien podría decir que no importa el color del gato, sino que mate ratones, y que no importa tanto el diagnóstico sino controlar la enfermedad. Pero lo cierto es que la teoría de los síntomas corresponde a una posición conservadora que no niega la crisis pero se limita a administrarla: frente a la recesión, sanear los bancos y reducir el gasto público; frente a la insostenibilidad del modelo energético, impulsar los agrocombustibles y las nucleoeléctricas; frente a la pobreza, asistencialismo; frente a la rebeldía, represión.

En cambio quienes vemos en nuestras dolencias un síndrome, tenemos la responsabilidad de afinar el diagnóstico del mal, porque detrás de los descalabros del neoliberalismo está la crisis del capitalismo como modo de producción; porque detrás de los desórdenes ambientales está el agotamiento del modelo civilizatorio urbano industrial; porque detrás del descreimiento político y la anomia social está el desfondamiento del progreso y la modernidad como paradigmas.

Bien por las aspirinas, pero vamos por el cáncer.

NOTAS

*Ensayo frankenstein, el presente texto integra fragmentos de artículos anteriores con otros escritos ex profeso.

[1] Informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en ingles) del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), enero de 2007.

[2] World Wilde Fund (WWF) o Convención sobre el Comercio Internacional de Fauna y Flora Silvestres en Peligro de Extinción.

[3] World Energy Outlook, 2006, de la Agencia Internacional de Energía (IEA).

[4] World Development Report, 2008, Banco Mundial.

[5] Evaluación internacional de las ciencias y tecnologías agrícolas, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

[6] Immanuel Wallerstein, Impensar las ciencias sociales. México, Siglo XXI, 1998.

[7] Samir Amin, Más allá del capitalismo senil. Por un siglo XXI no norteamericano. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003.

[8] Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Madrid, Alianza Editorial, 1983.

[9] Miguel León-Portilla (compilador), Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista. México, UNAM, 1987.

[10] Ibid. p. 42.

[11] Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México: Ítaca, 2003, p 47.

[12] Armando Bartra, Ibid, p. 166-168.

[13] Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje. México, Fondo e Cultura Económica, 1972, p. 41-43.

[14] Ver Armando Bartra, «Fin de fiesta. El fantasma del hambre recorre el mundo», en Argumentos, 57, Nueva época, año 21, mayo- agosto 2008, UAM-X, p. 15-35; Armando Bartra, «Fuego nuevo. Paradigmas de repuesto para el fin de un ciclo histórico», en Veredas, núm. 18, año 10, primer semestre de 2009, UAM-X, p. 7-39; Armando Bartra, «Tiempos turbulentos», en Argumentos, 63, Nueva época, año 23, mayo-agosto, 2010, UAM-X,  p. 91-123

[15] Jürgen Habermas, Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Buenos Aires: Amorrortu, 1975, p 15.

[16] Ver Edgar Morin, Introducción al pensamiento complejo. Barcelona, Gedisa 2007.

[17] Armando Bartra, «De viejas y nuevas reformas agrarias. Hacia una cartografía del cambio rural para el fin del milenio», en Cuadernos Agrarios. México, Nueva Época, núm. 17-18, 1999, p 210.

[18] Ibid, p. 207.

[19]  AFP, Reuters y Notimex, «Mil millones de personas en el umbral del hambre: FAO», en La Jornada [en línea], secc. Economía. México, 2 de enero, 2012.

<http://www.jornada.unam.mx/2012/01/04/economia/023n2eco>

[20] Jaques Diouf, «La volatilidad de los precios y las crisis alimentarias», en La Jornada [en línea], secc. Opinión. México, 30 de enero, 2011.

<http://www.jornada.unam.mx/2011/01/30/index.php?section=opinion&article=028a1eco>

[21] Ver Fernando Huanacuni Mamani, Vivir bien/ Buen vivir. Filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales. Instituto Internacional de Integración, La Paz, 2010, p. 43-44.

[22] Citado en Gustavo Esteva, «Hora de despertar», en La Jornada [en línea], secc. Opinión. México, 14 de noviembre, 2011. <http://www.jornada.unam.mx/2011/11/14/opinion/023a2pol>

[23] Leonardo Boix, «El hombre detrás de la máscara», en Proceso 1834. México,  25 de diciembre de 2011, pp. 56, 59.

[24] Citado en Gustavo Esteva, «El porvenir podría estar llegando», en La Jornada [en línea], secc. Opinión. México, 19 de marzo, 2012. <http://www.jornada.unam.mx/2012/03/19/opinion/019a2pol>

[25] Oleg Yasinsky, «El derecho a la dignidad. Entrevista con Camila Vallejo», en La Jornada Semanal [en línea], México, 27 de noviembre, 2011. <http://www.jornada.unam.mx/2011/11/27/sem-oleg.html>.

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Armando Bartra. Profesor del posgrado en Desarrollo Rural de la UAM-Xochimilco, director del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural «Maya» A.C. y coordinador del suplemento La Jornada del Campo del diario La Jornada desde 2008. Filósofo de formación, pensador de lo social en el oficio, estudioso de la cuestión agraria desde 1970 y experto en historieta y cartel mexicanos, con casi una centena de libros, artículos y folletos publicados. Entre sus obras más recientes se encuentran El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (2006), El hombre de hierro (2008) y Tomarse la libertad. La dialéctica en cuestión (2010).

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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