A la distancia

A veces, la lectura y las ideas llaman como un amor irrefrenable, como una vocación a la que no se puede renunciar. Un texto de Rose Mary Salum.

Rose Mary Salum, narradora mexicana residente en Houston, es fundadora y directora de la revista bilingüe Literal, Latin American Voices y de la editorial Literal Publishing. Recibió el International Latino Book Award en dos ocasiones: por su compilación Delta de las arenas. Cuentos árabes, cuentos judíos, de 2013, y por su libro de relatos El agua que mece el silencio, de 2016, que también obtuvo el Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor y mención en el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada.

 

 

Rose Mary Salum

 

Un librero de madera oscura, un sillón roído, una casa en Pitágoras, los gritos de los niños jugando futbol en la calle, la colección de libros de mi padre. Escribo esto en su cumpleaños, pero él ya no está entre nosotros. Sus libros tampoco están en la casa de mi infancia, algunos de ellos se esconden entre las repisas de algunas bibliotecas. Los otros, los que leía mientras mi madre me apuraba a que la ayudara en la cocina o insistía en que hiciera mi tarea, permanecen en mi casa. A pesar del destino de esos textos, mi primer recuerdo vuelve a esa esquina entre el sofá y el librero que cobijaba mi cuerpo mientras yo viajaba en los brazos de Antoine de Saint-Exupéry, Juan Ramón Jiménez o Louisa May Alcott. La impresión que dejaron en mi ánimo fue extraordinaria. Había algo en el acomodo de sus frases, quizá en las circunstancias que presentaban, que me parecía tan asombroso como inquietante. En esos momentos me estaba convirtiendo en una lectora y aún no lo sabía. Y no lo supe por muchos años, hasta que me hice mayor de edad y entendí sin razonar demasiado, sin adornarlo con palabras extraordinarias, que no podía estar sin tener un libro cerca y que mi futuro quería desarrollarse alrededor de las ideas. No me lo planteé con una lógica asequible, ni siquiera me lo dije a mí misma. Más bien ese deseo se expresó a través de una imagen. Ella me indicaría mis quereres: seguir estudiando para leer y descubrir nuevos rumbos.

Pero las cosas no se concatenaron de forma lineal: entre los primeros libros que tuve en mis manos y mi edad adulta hubo un intermedio inesperado. Un día, a la mitad de clase, mientras un profesor nos cuestionaba sobre el futuro, sobre qué haríamos de nuestra vida al momento de salir al mundo, pensé en la posibilidad de escribir, de ser editora. Así: brevemente, como una toma instantánea que recorre el cerebro. El sentimiento no fue agradable, sentí un vacío al imaginar una vida de aburrición y parálisis que traería consigo la soledad. Así que indagué en las matemáticas, aunque jamás en la física; en la historia, pero no en sus fechas y conquistas; incluso me volqué de lleno en las artes. Buscaba una voz que en ese momento pudiera desarrollarse a través de la imagen. Hice todo por alejarme de los libros pero todos los caminos me devolvían a ellos. Si quería pintar, leía sobre arte; si quería saber del pasado, memorizaba las batallas tomadas de los expertos; si quería explorar el camino de las matemáticas, los libros de nuevo se imponían. ¿Qué decisión tomé entonces? El matrimonio.

A partir de ese momento, me volqué desesperadamente sobre las lecturas, sobre el saber. Era hambre lo que sentía. Quizá porque me vi arrancada de ellas debido a mi nueva vida. Esa necesidad me llevó de vuelta a mi carrera, a las humanidades y las ideas. Entendí que la lectura había sido un pilar en mi vida y cuando me alejaba de ella, una sed inquietante me empujaba de nuevo a las letras. Vivo, giro y trabajo alrededor de las ideas, y los libros, sobra decirlo, son un nido de ellas.

A la distancia todo se aclara. Entiendo por qué mi padre me apoyaba tanto a pesar de jamás haber tenido planeada esta vida mía entre sus expectativas. Me guardaba recortes de periódico donde las entrevistas con los autores se abrían como nuevas posibilidades para Literal, la revista de arte y letras, y posteriormente para el centro de cultura que fundaría. Me sugería que hablara con tal y cual persona para ampliar mis contactos, se sentaba conmigo a hablar de política e historia. Muchos años han pasado y los recuerdos de ese rincón con su tímido librero han permanecido. Son la metáfora de mi vocación. Sin saberlo desarrollé una historia de amor que no solo no ha terminado, sino que determinó mi quehacer en la vida.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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