En defensa de la imaginación. Entrevista con Alberto Chimal

El equipo de Cuadrivio se reunió con Alberto Chimal para hablar sobre su antología personal «Manda fuego», editada por el Fondo Editorial Estado de México, así como de otros temas significativos para su obra: la imaginación, el poder y la ironía.

Algunos de tus cuentos han sido catalogados dentro del terreno de la literatura fantástica y ese calificativo a veces sirve para que los críticos prejuzguen una obra por su presunta clasificación sin tomar en cuenta los méritos de su contenido, ¿existe un prejuicio negativo contra la literatura denominada fantástica?

Yo creo que sí hay un prejuicio porque la denominación nos viene del mundo de habla inglesa, igual que otras como ciencia ficción o narrativa negra; viene del siglo pasado y está cargada con la idea de que se trata de una literatura de consumo popular. Desgraciadamente, nuestra cultura literaria ha tenido periodos de esnobismo y clasismo; entonces, estos tipos de literatura llegan y son recibidos con desconfianza, con enojo, también a veces se les considera poco mexicanos, poco apropiados al entorno nacional. La verdad es que esto no es cierto, hemos tenido imaginación fantástica con independencia desde hace muchísimo tiempo. Algunas de las grandes obras de nuestro pasado literario la utilizan. Vámonos hasta la cocina, el Primero Sueño, de Sor Juana, poema visionario, de cierta manera lo podemos leer como una narración fantástica, porque es la historia de una conciencia, un alma que se separa del cuerpo y se lanza al cosmos a buscar la divinidad. Está contado en verso de esta manera tan intrincada, pero utiliza la imaginación fantástica. En ese sentido, se parece a otras obras de imaginación fantástica que no tienen ningún problema en ser aceptadas como parte de la gran literatura, empezando por ejemplos notables como La divina comedia, de Dante, o las obras mágicas de Shakespeare.

 

Edgar Avilés, quien escribió el prólogo de Manda fuego, dice que en tus cuentos juegas a imaginar lo que no existe, ¿cómo atreverse a concebir lo que no tiene asidero en la realidad cotidiana?

La imaginación, tal como se la define desde la antigüedad, es esta facultad por la cual los seres humanos podemos enunciar o describir aquello que no tenemos delante de los ojos, que no es parte de las experiencias de nuestros cinco sentidos, sino que está estrictamente en nuestra conciencia, en nuestra cabeza. La imaginación se da por medio del lenguaje. De pronto descubrimos que nuestras palabras –las imágenes que podemos crear o los sonidos que podemos producir– se relacionan directamente con la realidad observada, pero también pueden ir hacia otro lado: pueden figurarse lo que no existe y además lo que no es susceptible de existencia. El campo de posibilidades del lenguaje es un poquito mayor que el campo de posibilidades de los sentidos y cuando uno descubre esto llega a la posibilidad creativa.

 

¿Cómo nos ayuda la imaginación fantástica a apreciar la realidad de un modo diferente?

Cuando se nos presenta algún personaje o entorno que decimos que es fantástico, lo que estamos diciendo es que es imposible: no existe, no puede ocurrir en la realidad tal cual la entendemos. Al hacer esto estamos implicando, aunque sea subliminalmente, una definición previamente existente de qué es lo real, de qué es lo cierto. En una época como esta, en la cual es tan fácil manipular aquello en que creemos, aquello que consideramos cierto, hacernos conscientes de cómo pensamos en lo real puede tener una gran cantidad de aplicaciones, de utilidades porque, finalmente, nos hace más conscientes, nos permite figurarnos otras maneras de existir, otras maneras de pensar que quizás no se nos hubieran ocurrido de otra forma.

 

Bajo qué criterio están divididas las cuatro secciones de Manda fuego.

Manda fuego es una antología personal, la gente del Fondo Editorial Estado de México me propuso, dado que yo soy un escritor nacido en ese estado y ese es el interés del Fondo Editorial, que hiciera una selección propia de lo que más me gustara de mi propio trabajo. Entonces, elegí hacer una selección de narraciones breves y el libro está dividido en cuatro segmentos en razón de los temas que trata cada uno. El primer segmento es el de historias donde lo fantástico aparece de una manera más juguetona, más lúdica. El segundo es donde lo fantástico se relaciona un poco más con la realidad, con lo social y lo político. El tercero son tres historias que no son de corte fantástico, son más bien de corte realista, de lo que a veces se llama realismo sucio y que tiene mucho que ver con la parte sórdida y densa de la vida contemporánea. No es lo fantástico lo único que he hecho. La última parte es un relato autobiográfico, un texto que se llama «El señor Perdurabo» que escribí en 2010 y es un relato de un momento en el que estaba enfermo y tuve que plantearme muchas cosas, ya no digamos de mi trabajo sino de mi existencia. Me pareció que el texto valía la pena recogerse y que era la cuarta sección.

 

Ante todo está el problema de que el libro sea una antología personal, ¿a qué se enfrenta el autor para seleccionar su propia obra?

Yo creo que el problema es, por una parte, tratar de encontrar algunos textos que puedan recobrarse de las publicaciones ya hechas y puedan volverse a leer con gusto por alguien que uno no conoce. En cierta manera es como hacer otro libro. Por otra parte, me interesaba recoger algunos cuentos que sé que han tenido muy buena acogida entre los lectores, por ejemplo «Se ha perdido una niña», este cuento de una niña que puede viajar a la Unión Soviética que ya dejó de existir. Algunos están allí por eso, porque ha habido cierto contacto y retroalimentación con los lectores. En el otro extremo hay algunos textos que eran inéditos cuando se reunió el libro, como cuando se agregan dos o tres pistas de remixes o de lados B en una compilación, en un CD o en un álbum para sacar en línea. Hay otros que son rarezas, textos que a mí personalmente me parece que pueden ser leídos con gusto pero que no han llamado tanto la atención como creo que podrían haberlo hecho.

 

¿Cómo influyeron en ti autores como Arreola, Borges o Calvino? El cuento de «Las ciudades latinas», por ejemplo, recuerda a «El guardagujas», de Arreola, y el de «Navidades alrededor del mundo» a «El prodigioso miligramo», del propio Arreola.

Lo que pasa es que de chico algunas de mis primeras lecturas fueron esos autores, de los que estaban en un librero en casa de mi mamá, que era de donde yo sacaba los libros cuando pequeño. Estaba, por ejemplo, el Confabulario, de Arreola, en alguna de sus muchas ediciones. Estaba también una antología que se llamaba Miedo en castellano, compilada por Emiliano González, un escritor mexicano de culto, donde vienen textos de imaginación fantástica pero de los autores más raros; es decir, de autores que habitualmente no se considera que le hayan entrado a ese tipo de narraciones como José Emilio Pacheco y Octavio Paz. Las primeras lecturas que yo tuve de autores importantes de Hispanoamérica fueron en este libro, entonces, yo entré por una puerta rara a la literatura en español y con el tiempo me fui encontrando a varios autores con intereses parecidos: Calvino y Cortázar, este último venía también en esa antología con el cuento «No se culpe a nadie», donde sale un suéter asesino que es una cosa rarísima. Mis primeras lecturas fueron las que determinaron mucho del interés que tengo todavía.

 

En tus cuentos, como en los de Arreola, hay un uso de codificaciones lingüísticas que normalmente no consideramos literarias pero que son absorbidas por el discurso literario. Lo mismo recurres a entrevistas que a la suma de minificciones para formar una historia, ¿cómo funciona este uso paródico de discursos que no son literarios pero son transformados en literatura?

Yo creo que eso viene muy natural, para mí por lo menos, de algunas lecturas iniciales que tuve. La literatura mexicana y latinoamericana del siglo pasado era, formalmente, muy atrevida, a veces se olvida eso, pero creo que en muchos casos era más atrevida de lo que es ahora y uno se podía encontrar con todo tipo de acrobacias rarísimas, no solamente en autores de los que utilizan la imaginación fantástica como Arreola, que parodiaba anuncios, que parodiaba entrevistas también, sino que lo podías encontrar en autores de la llamada «literatura general». José Agustín tiene cuentos con formato de guion de cine, por ejemplo, y está la obra entera de Gustavo Sainz o Luis Zapata, autores que utilizan el formato de entrevista, que utilizan toda clase de estructuras extrañas, experimentales, para diferentes fines en sus novelas y en sus cuentos. Mucha de mi formación inicial viene de allí y mucho de lo que he buscado con posteridad tiene que ver con ese tipo de experimentación, a veces, incluso, un poco a contrapelo de lo que al parecer se espera de narradores contemporáneos.

En muchas ocasiones me ha tocado leer elogios de tales o cuales autores de los que se dice: «escribe en un lenguaje sencillo», «no es complicado», «es duro y directo». En eso hay quizás una aspiración, digamos, digna de elogio de ciertos autores, pero también me parece una especie de imposición que sospecho es un poco mercantilista, pensada sobre todo al consumo fácil y rápido de la literatura como producto. Por temperamento, por esta formación que tengo, yo no puedo abordar mi trabajo literario a partir de eso. Siempre me interesa encontrar algo qué decir no solo por medio de la relación de los hechos en el texto narrado, sino a través de la forma en que esos mismos hechos son narrados.

 

Noto un interés exhaustivo por la composición lingüística en tus cuentos, el lenguaje mismo se vuelve objeto de experimentación en tu imaginario, ¿hay una sutileza poética en ese quehacer?

Yo creo que a veces la ha habido. No me podría considerar a mí mismo poeta, pero sí me interesan esa resonancia y esas posibilidades del lenguaje en tanto que lenguaje, como las minificciones que mencionaste hace un momento. Retomando lo que decías, la idea de enlazar minificciones y convertirlas en eslabones de una cadena o elementos de un discurso mayor para mí es una manera de salirme de las convenciones más utilitarias del discurso narrativo, según las cuales el texto únicamente es el vehículo para que te imagines los hechos. Al contrario, a mí me interesa llamar la atención sobre el texto mismo. Se puede lograr eso muy bien usando estos recursos que de pronto ponen más de manifiesto la textura de las palabras en lugar de que se vuelvan invisibles, en lugar de que desaparezcan. Hay un efecto muy, muy extraño, casi milagroso, en esa facultad que tiene el lenguaje para traspasar nuestra conciencia y para hacernos imaginar. Por eso, constantemente a la hora de escribir, a la hora de leer, estamos volviendo a esa que a veces se llama la textura del lenguaje; no solamente lo que se dice sino cómo se dice, qué palabras se utilizan, o de qué manera, por ejemplo, el habla de un personaje o el habla de una voz narrativa van revelando aspectos de su personalidad y su visión del mundo.

 

¿Qué lugar ocupan el poder, la religión y el sexo en tus cuentos?

Es muy curioso porque yo no pensé en esto durante muchos años, pero conocí a una persona que estaba haciendo una tesis donde se hacía mención de mi trabajo y me dijo que yo tenía dos temas centrales, uno en relación con el otro. El primero es la imaginación, cosa que me parecía muy obvia, pero el otro es el poder. Entonces son la imaginación y el poder en tensión, en crisis. Es la idea del poder como una especie de principio o norma obligatoria que ciñe a otros seres humanos y los condiciona a tener una sola visión de las cosas, una sola manera de comportarse, de conducirse; y como su reverso la imaginación, que hace exactamente lo contrario y para mí es una especie de principio liberador. Eso lo creo y lo defiendo. El poder se ha manifestado en mi trabajo no por la descripción del poder político, sino en los diferentes intercambios que existen en otras zonas de la vida, particularmente en la vida social, en la vida de pareja o en la vida sexual. Se ha dado un poco por azar, pero creo que sí, efectivamente, ese tema está muy presente y me interesa tratarlo porque es importante hacerlo, me parece que parte de lo que, por lo menos a mí como persona, como escritor, me mueve, es esta observación constante de la desigualdad, de la inequidad que traen el poder y sus figuraciones. He abordado el tema para tratar de buscar un contrapeso.

 

Relacionado con este tema, en varios de tus cuentos eres sarcástico y emites una risa sardónica tanto de la comunidad de la que formas parte como de ti mismo. En el relato autobiográfico de Manda fuego, «El señor Perdurabo», por momentos eres muy duro contigo mismo, ¿esa risa también es una forma de mofarse de la realidad?

Todavía voy a tener que pensar durante algún tiempo en las fuentes de esa risa sarcástica. Creo que sí está muy presente y que viene por un lado de experiencias propias que sería muy largo contar, pero también de otras que provienen del camino que he recorrido al escribir que me han llevado, lo voy a decir así, a la necesidad de establecer cierto tipo de oposición en relación con lo que observo como persona a mi alrededor. Yo creo que en esta época estamos viviendo una transformación muy inquietante en el discurso público, el discurso político y el de las diferentes formas de la cultura de masas que consiste en que la ironía, recurso capital para muchas formas de la cultura del siglo pasado, ha perdido mucho de su poder crítico y, en cambio, se ha convertido en una herramienta de enmascaramiento y de penetración muy insidiosa y preocupante de muchos discursos ideológicos extremistas…

 

O sea que Donald Trump se ha convertido en el payaso por antonomasia…

Exactamente, en ese estaba pensando, no lo quería mencionar pero ya lo hiciste tú. Es un payaso muy interesante porque es un payaso sin humor que no es capaz de reírse de sí mismo, que no tiene ninguna capacidad de autorreflexión y solo es sarcasmo, befa y agresión. Utiliza la ironía nada más como un arma en contra de los otros para construirse ese enemigo que le sirve para sus propósitos políticos, para mantener contentos a sus partidarios, a su público, a sus fans. Entonces, lo menciono porque creo que si no queremos afiliarnos a ese tipo de caudillos de ahora –yo no quiero por lo menos–, tenemos que comenzar a plantearnos de otra forma estas posibilidades del humor, de la reflexión y de la burla del mundo. Y a lo mejor una de ellas todavía puede seguir siendo esta especie de sarcasmo, de risa sardónica, que va en otra dirección.

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Posted by Alejandro Sal. P. Aguilar

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Es editor de Cuadrivio.

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