La cuestión Bernal: ¿cuánto vale una vida?

Javier Abellán escribe sobre una adaptación de un clásico de la literatura rusa al cine mexicano de la edad dorada.

Se habla muy a menudo de cine clásico, de edad dorada de la cinematografía, y cuando esto sucede, el discurso o la conversación suelen referirse a un tiempo y un lugar claramente definidos. El tiempo: las tres décadas que van desde los primeros años treinta hasta los últimos cincuenta del siglo XX. El lugar: Los Ángeles, California. El tiempo, no lo pretendemos discutir. El lugar, sin embargo, peca de restrictivo, pues el áureo esmalte recubrió un vasto territorio que se extendía mucho más hacia el sur. Hasta Chihuahua, hasta Coahuila, hasta Guanajuato. Hasta la mismísima Ciudad de México. Hasta Puebla. Lo que comúnmente se conoce como la edad dorada de Hollywood no es más que un capítulo –aunque especialmente reseñable– del fenómeno, mucho más amplio, de la madurez de la industria cinematográfica. Esta es, también, la edad dorada del cine mexicano.

Generalmente se considera que el periodo clásico de la gran pantalla mexicana comienza con Allá en el Rancho Grande (1936), película dirigida por Fernando de Fuentes. Este llegaría a convertirse en uno de los grandes iconos de la época en lo que a directores de cine se refiere, habiendo firmado con anterioridad otras dos películas hoy indiscutiblemente canónicas: El compadre Mendoza (1933) y Vámonos con Pancho Villa (1935). Respecto a los intérpretes del momento, además de Sara García y Pedro Infante, verdaderos colosos del séptimo arte, merece la pena destacar al prolífico Roberto Cañedo: el esplendor de la industria del cine en México lo pilló jovencito, lo cual, unido a su incansable actividad hasta bien alcanzada la vejez, le permitió participar en más de cien películas.

Aunque solo fuese por cuestión de pura probabilidad, Roberto Cañedo y Fernando de Fuentes estaban condenados a encontrarse. Cinco de las películas del gran director contaron con personajes secundarios interpretados por Cañedo: La gallina clueca (1941), ¡Así se quiere en Jalisco! (1942), Doña Bárbara (1943), La mujer sin alma (1944) y Por la puerta falsa (1950). Tras una relación forjada a lo largo de diez años, poco a poco, película tras película, secundario tras secundario, por fin, en 1951, Cañedo asumió el papel protagonista en una película de Fernando de Fuentes. Se trata de un filme hoy poco conocido y, sin embargo, fácilmente accesible para el público, tanto en el sentido material –basta echar un ojo por la red– como en el sentido, digámoslo así, espiritual: ¿acaso puede considerarse ajena a la sensibilidad de nuestro tiempo una película de marcado cariz psicológico cuyo argumento detectivesco gira en torno al esclarecimiento de un asesinato?

En esta película, Roberto Cañedo no es Roberto Cañedo, sino Ramón Bernal, un estudiante de poca fortuna recién llegado a la Ciudad de México. Poco después de iniciar sus estudios universitarios en la gran ciudad, se ve obligado a abandonarlos por falta de medios. Sus penurias se agravan cada vez que, viéndose sin un mísero peso, debe recurrir a los préstamos de una vieja usurera que cobra unos intereses desorbitados, consumiendo así de forma anticipada el escaso dinero que su madre y su hermana le envían, siempre que pueden, desde el norte. Sobrevive a duras penas, sin quejarse, hasta que le llega una desagradable noticia: María, su hermana, piensa casarse con un tal Pedro Luquín, un altivo ricachón cuya máxima, al parecer, en lo que respecta al matrimonio, puede resumirse de la siguiente manera: «cásate con una mujer más pobre que tú, dispuesta a pagar su eterno agradecimiento con eterna sumisión».

Ramón no está dispuesto a admitir en la familia a semejante tipo. Está convencido de que su querida María, santísima como su nombre, nunca se desposaría con tal canalla por amor o, peor, por provecho. No. Con este desdichado matrimonio, María Bernal pretende sacrificarse para aliviar miserias ajenas. Concretamente, la miseria de él, de su hermano: Ramón Bernal. ¿Pues no le está diciendo su madre, desde el mismo momento en el que le transmite la noticia, que Luquín le ayudará a encontrar trabajo en la capital, a alcanzar posición? ¿Pues no le dice que quiera a su hermana, porque ella le quiere a él «más que a ella misma»? Es entonces cuando se convierte en determinación una idea que Ramón venía fraguando en su cabeza desde tiempo atrás: matar a la vieja usurera, robarle una cantidad suficiente para continuar sus estudios e iniciar una vida decente sin ayuda de nadie. Más vale el sacrificio de un decrépito «piojo» chupasangre que el de una bella, piadosa y bondadosa jovencita. Más vale el sacrificio de un decrépito «piojo» chupasangre que el de un inteligente, talentoso y prometedor jovencito, cuyo único pecado es haber nacido pobre.

El argumento de la película que nos ocupa, ya lo habrán adivinado, no se debe al ingenio de Fernando de Fuentes. Ni siquiera al del guionista, Paulino Masip. Crimen y castigo (1951) es una adaptación de la novela del mismo nombre escrita por el gran literato ruso Fiódor Dostoievski y publicada casi cien años antes, en 1866. Recoger el testigo de tal obra maestra, adaptarla al arte nuevo y salir airoso de la empresa no es cosa fácil, sin embargo, Fuentes y su equipo lo consiguieron. Qué bien le queda el blanco y negro… Qué bien le sienta el aire clásico del cine de los cincuenta… ¡Y con qué naturalidad ocupa la Ciudad de México el lugar de San Petersburgo! Resulta asombroso que nada chirríe. Muy al contrario, nos es más fácil seguir al afligido Ramón Bernal que a Rodión Románovich Raskólnikov; más fácil admirar a la abnegada María que a Avdotia; más fácil despreciar a la vieja doña Lorenza que a Aliona Ivánovna.

Dado que la historia es conocida, no supone gran perjuicio el adelantar que Ramón Bernal, efectivamente, mata a la vieja doña Lorenza a los pocos minutos de iniciarse la película. Lo interesante viene después, cuando la policía pone en marcha una investigación para encontrar al asesino y cuando al propio Bernal comienzan a planteársele dudas acerca de la legitimidad de su trágico acto. Las normas socialmente establecidas, entre las que se encuentra la de no matar a los semejantes, siempre se le habían presentado a Bernal como guías de conducta solo aptas para individuos débiles, infantiles, incapaces de pensar por sí mismos. Los seres superiores, según Bernal, son conscientes de la accidentalidad de las reglas comunitarias y no las aceptan sin cuestionarlas. Por el contrario, ellos forjan sus propias leyes, su íntimo código moral, y lo hacen en función de sus objetivos, siempre superiores a los bajos deseos de la imbécil muchedumbre. Ellos se sitúan más allá del bien y del mal. Ellos redefinen el bien y el mal. Bernal, creyéndose uno de estos seres superiores, forjó una nueva ley sobre el asesinato; pero, tras cometerlo, se entabla en su ánimo una dura lucha entre su nueva moral, que pugna por imponerse, y la moral tradicional, que se resiste a desaparecer.

La cuestión que se plantea Bernal podría expresarse de forma muy sencilla: ¿cuánto vale una vida? Según el código de valores comúnmente aceptado en el mundo actual –y también en el México de mediados del siglo XX de Bernal, o en la Rusia de mediados del siglo XIX de Raskólnikov–, la respuesta es simple: una vida no tiene precio; o, lo que es lo mismo, una vida lo vale todo. «No matarás», dice la Biblia. «Quien salva una vida salva a toda la humanidad», dice el Corán. «Todo individuo tiene derecho a la vida», dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero Bernal no acepta los códigos recibidos y forja el suyo propio, mucho menos categórico. Él echa cuentas: valora positivamente la juventud, la bondad, la inteligencia… y negativamente la vejez, la avaricia, el egoísmo… También incluye en el cómputo los resultados esperados de la muerte en cuestión: ¿cuántas vidas ajenas se verán afectadas y en qué sentido?, ¿nacerán nuevas ideas?, ¿perecerán viejos valores?, etc. En el caso de doña Lorenza, dispone, de un lado, la muerte de una vieja usurera esquilmadora de desfavorecidos; de otro lado, una inocente jovencita que se libera de un infeliz matrimonio y un prometedor estudiante que encuentra el alivio a sus penurias económicas. La cuenta es clara.

La visión de Ramón Bernal, con la calculadora en una mano y el hacha en la otra, puede resultar grotesca a más de uno. Sin embargo, lo cierto es que todos tomamos decisiones sobre la vida de nuestros congéneres con una asombrosa regularidad. Aunque no seamos conscientes de ello, día a día tomamos decisiones que nos obligan a responder a la pregunta que se plantea Bernal: ¿cuánto vale una vida? Y, muy frecuentemente, somos perfectamente capaces de ponerle precio.

Se hace, por ejemplo, y de manera habitual en el ámbito público a través de un concepto de amplísimo uso en los procesos de evaluación de políticas, el análisis coste-beneficio. Todo proyecto, programa o política puesto en marcha por el Estado, si quiere realizarse con un mínimo de rigurosidad, debe llevar asociado su análisis coste-beneficio, por el que se estiman los beneficios sociales a los que dará lugar esa intervención, así como sus costes, monetarios y no monetarios. A la hora de evaluar, por ejemplo, un proyecto de construcción de un área industrial, se anotan en la columna de beneficios algunos tan evidentes como la creación de puestos de trabajo, el aumento de la renta por habitante, etc. A su lado, en una columna dedicada a los costes, habría que consignar, por supuesto, el dinero público necesario para poner en marcha el proyecto; pero también otro tipo de costes no monetarios como, por ejemplo, la contaminación asociada a toda actividad industrial. Y he aquí que, según el Instituto Nacional de Salud Pública de México –podríamos poner como ejemplo a otras muchas naciones a lo largo y ancho de todo el mundo–, mueren en el país veinte mil personas al año debido a la contaminación del aire. Si queremos llevar a cabo un análisis coste-beneficio riguroso referido a este hipotético proyecto de promoción industrial, resulta obligado incorporar, en el lado de los costes, las muertes esperadas debido al incremento de la contaminación. Resulta obligado, por tanto, poner precio a esas vidas.

No existe una regla universalmente aceptada para valorar cada uno de los elementos incluidos en un análisis coste-beneficio. Los métodos de valoración siempre son discutibles, y por eso existe infinidad de ellos. Baste señalar aquí un ejemplo, ya clásico, referido al precio de la vida. Los economistas Alan Marin y George Psacharopoulos, en su artículo «The Reward for Risk in the Labor Market» (1982), se preguntaron cómo era posible que determinados empleos con un altísimo riesgo de muerte encontraran, pese a todo, candidatos dispuestos a ocuparlos. La razón resultó ser de naturaleza salarial: los empleos de alto riesgo pagaban mayores sueldos. Es decir, los propios trabajadores, al asumir un mayor peligro de muerte a cambio de dinero, estaban poniendo, ellos mismos, precio a sus vidas. De esta manera, los investigadores encontraron una forma relativamente cómoda de abordar el espinoso asunto de cuantificar el coste de la muerte: observar, sencillamente, el precio que los propios trabajadores ponían a sus vidas. Y el resultado fue este: una vida valía, en el Reino Unido de 1975, unas 600 000 libras.

Como pone de manifiesto el trabajo de Marin y Psacharopoulos, una cosa es la teoría y otra la práctica: aunque desde púlpitos y parlamentos se pregone la supremacía de la vida por encima de todo, desde el origen de los tiempos se le ha venido poniendo precio. Los rascacielos de Nueva York no dejaron de construirse aun sabiendo que varios de los trabajadores allí empleados morirían. El presupuesto destinado a la lucha contra enfermedades terminales es limitado, lo cual implica aceptar un número determinado de muertes a cambio de poder satisfacer otras necesidades sociales. Cierto es que, en casos como estos, hablamos de la muerte en términos probabilísticos y, lo que es más importante, desde una actitud pasiva, una posición expectante. En contraste con Ramón Bernal, el común de la sociedad no mata por acción directa, sino por omisión, y los estudios al respecto parecen coincidir en que el ser humano tiende a juzgar moralmente preferible la segunda frente a la primera. Mientras eso no cambie, Bernal seguirá atormentándose, y los malos de Utopía (Dennis Kelly, 2013) seguirán siendo los malos, por muy buenas que sean sus intenciones.

(Visited 36 times, 1 visits today)

Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.