El camino de la medusa o de la búsqueda de la inmortalidad

¿Todos estamos condenados a morir? Manuel Ochoa hace un fascinante recorrido biológico para ilustrar la forma en que la muerte y el tiempo son vividos por diferentes especies, y cómo una de ellas incluso desafía a la muerte.

El tiempo y la muerte son las dos derrotas máximas de una humanidad que se ha creído omnipotente, pues ninguna de ellas se puede poseer ni controlar a diferencia del resto de cosas con las que nos relacionamos. Que el tiempo transcurre y que la muerte llega, han de ser las únicas certezas que tenemos como humanos, pero en ocasiones no reparamos en ellas lo suficiente.

Más allá de lo filosófico, el tiempo y la muerte nos atraviesan y eso se percibe al observar lo vivo. La Biología conoce bien el tiempo porque estudia el cambio. Dicho en otras palabras, biológicamente podemos experimentar el paso del tiempo porque los organismos cambian constantemente, tanto en el transcurso de sus vidas (estudio del que se encargan la biología del desarrollo, la ecología y parte de la genética) como a lo largo de la historia de sus poblaciones (entendido desde el estudio de la evolución y sus disciplinas relacionadas).

El tiempo es implacable y transcurre en una misma dirección sobre cada partícula de materia existente desde que comenzó el universo, sin importar si los humanos divagamos sobre su significado o ideamos formas de registrarlo. En ese sentido, el tiempo es una condición objetiva del mundo, independiente de la conciencia que podamos tener sobre él. La muerte es un instante siempre a punto de ocurrir, que acompaña al tiempo hasta que se manifiesta radicalmente. Ciencia y filosofía se encargan con frecuencia de explicar las mismas cosas aunque lo hacen a través de caminos particulares, pero en ocasiones se entrelazan y sus límites no siempre son muy claros. ¿Cómo actúan estas dos condiciones del mundo sobre sus distintos protagonistas? ¿Pensar sobre el tiempo y la muerte puede generar algo más que angustia existencial desde lo filosófico?

 

El tiempo va

Es posible percibir el paso del tiempo sobre los organismos vivos de distintas maneras. Existen ciclos largos en organismos que alcanzan las decenas de años de vida; o cortos, en individuos que viven apenas minutos sobre la Tierra. Esto no implica simplemente que algunos organismos permanezcan vivos más tiempo o menos que otros, sino que también se relaciona con los ritmos de sus procesos biológicos: latidos de corazón, periodos reproductivos, metabolismo en general y otras partes del desarrollo. Es decir, no solo se trata del tiempo que transcurre, sino de cómo se experimenta.

Desde lo biológico, podemos decir que en el periodo de la vida de un organismo existe un compromiso o dilema (trade off) entre la reproducción y la sobrevivencia. Es decir, el cómo los organismos alcanzan –o no– un balance entre ambas: invertir recursos en la sobrevivencia a costa de la reproducción o viceversa. Prácticamente nunca es posible lograr maximizar ambas cosas a la vez. Desde la segunda mitad del siglo XX, los biólogos evolutivos han explicado los patrones de mortalidad en relación con la edad de los organismos a partir del cambio en la reproductividad y la supervivencia.

En humanos, por ejemplo (fig. 1A), el ciclo biológico ocurre en no más de un siglo, con un periodo de fertilidad que alcanza su máximo durante el primer tercio de la vida y una mortalidad que crece con la edad, en un patrón similar a muchos vertebrados. En plantas hay otras trayectorias: los encinos (fig. 1D) tienen una mortalidad que disminuye con la edad, lo que hace menos probable que los individuos mueran conforme pasa el tiempo; mientras que en algunos pinos (fig. 1E), ambos fenómenos se incrementan casi de la misma forma a lo largo de los años. Lo que sucede con ciertas hidras (fig 1G) es único; la mortalidad y la fertilidad no cambian a lo largo del tiempo y el ciclo de vida puede ocurrir, si las condiciones lo permiten, durante cientos de años. Esto quiere decir que las hidras tienen la misma probabilidad de morir y reproducirse a una edad de dos años, que de 90 o 350. Al final, ya sea después de poco más de un mes como con la mosca de la fruta (fig. 1F), o de 1400 años como se ha estimado para la hidra, todos mueren. El camino llega al mismo lugar aunque se experimente de formas diferentes.

 

Fuente: Jones, O. R. et al, «Diversity of ageing across the tree of life», Nature, 505, 169-173 (2014).

 

La longevidad de muchos organismos depende con frecuencia de ciertos mecanismos de regeneración y reemplazo celular. Si estos fenómenos de «arreglo» ocurren a un ritmo superior que el daño causado por el envejecimiento (el efecto del paso del tiempo sobre los sistemas vivos), el ciclo de vida se extiende. En ese sentido, la regeneración, el reemplazo celular y los metabolismos lentos, han sido las soluciones biológicas para lidiar con el paso del tiempo y retrasar la muerte. Aunque los seres vivos experimentamos el tiempo de maneras muy diversas, al final no podemos separarnos de la muerte. La inmortalidad no forma parte de la ecuación de la vida. ¿O sí?

 

La inmortalidad

Para enfrentar su miedo a la muerte, el humano inventó la trascendencia. Richard Dawkins, desde su ateísmo científico militante, abrió una puerta filosófica para pensar el tema de la muerte, quizá sin habérselo propuesto así, cuando habló de inmortalidad mientras pensaba en la evolución. En uno de sus libros más famosos,[1] argumenta que los genes, entidades replicadoras, son la pieza más importante de la evolución. Un replicador es algo a partir de lo cual se producen copias, como un libro, un grabado en linóleo o la secuencia del ADN. En la naturaleza, las copias de un replicador pueden existir por poco tiempo y luego morir, si el organismo no se reproduce; o bien, pueden perpetuarse y existir por millones de años, mientras sus copias persistan.

Yo moriré, pero si me reproduzco, algunos de mis genes quedarán en el mundo; ya no conmigo, sino con mis hijos o hijas. Los genes de mi estirpe persistirán hasta que alguien en mi línea de descendencia no se reproduzca más. Esa es una forma de inmortalidad, según Dawkins, en la que aquello que persiste no son los organismos, sino sus genes, que potencialmente podrían existir por siempre, en forma de copias. Aunque los organismos no son inmortales, sus genes podrían serlo. Dicho de otra forma, planteada también por Richard Dawkins, los seres vivos somos simples vehículos de genes egoístas que buscan perpetuarse a toda costa para dirigirse a la inmortalidad.

 

El eterno retorno

Dawkins hizo referencia a la potencial inmortalidad hablando de genes y su capacidad replicadora, pero pensemos en otra posibilidad para desafiar al tiempo y la muerte. En La gaya ciencia, Nietzsche propone una idea que da escalofríos:

 

¿Qué ocurriría si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijera: «Esta vida, como tú ahora la vives y como la has vivido, deberás vivirla aún otra vez, innumerables veces, y no habrá en ella nada nuevo; sino que cada dolor y cada placer, pensamiento, suspiro, y cada cosa pequeña y grande de tu vida deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión» […]?

 

Al margen de lo que eso significaría filosóficamente para los humanos, ¿hay algo en el mito del eterno retorno que sea posible biológicamente? El conocido paleontólogo y divulgador de la ciencia, Stephen Jay Gould, le respondería a Nietzsche que aun si pudiéramos rebobinar la cinta de la historia de la vida y volver a reproducirla, cualquier nueva reproducción de esa cinta conduciría la evolución a lo largo de un camino radicalmente diferente del que realmente ha tomado.[2] Aunque estas ideas ni siquiera figuran más allá de meros relatos de ciencia ficción o planteamientos filosóficos, existe algo que las engarza; algo vivo y real observable en la actualidad.

Una oruga que hace metamorfosis y se convierte en mariposa, nunca más vuelve a ser oruga; de la misma manera que un fruto no vuelve a ser flor. Como sabemos, el tiempo es irreversible y la muerte inevitable. Los individuos nunca experimentamos nuevamente las etapas de desarrollo que hemos vivido, ni las poblaciones se exponen a condiciones idénticas a las que han atravesado en su historia evolutiva. Esto es así para las 8.7 millones de especies eucariontes que conocemos. Sin embargo, al margen de este diálogo imaginario entre Gould y Nietzsche, existe una especie que parece querer entrar a la discusión. Cada una de las millones de especies que existen atraviesan por una sucesión temporal de eventos durante su vida que nunca se repiten. Todas, salvo un animal.

Turritopsis nutricula es una medusa que desafía las afirmaciones anteriores y que se acerca de cierta manera a estos pasajes. Las capacidades de este animal nos ponen a pensar sobre la forma de transcurrir (y entender) los ciclos de vida. Esta medusa es capaz de vivir nuevamente etapas de su ciclo de vida que ha atravesado; es decir, puede volver a etapas iniciales de vida y partir de ahí para experimentar su ciclo de vida nuevamente. Parte del mito del eterno retorno que refería Nietzsche existe en forma de mecanismo biológico y se llama transdiferenciación.

La transdiferenciación es un fenómeno en el que una célula diferenciada se transforma en otro tipo celular. En esa medusa, esto implica que, en cierto momento y bajo ciertas condiciones, cada una de las células que la componen, pueden retomar a la identidad que tuvieron al inicio de su ciclo de vida y volver a desarrollarse como en los estadios tempranos. Como todos, las medusas envejecen, pero luego pueden volver a ser jóvenes; son el único animal que reproduce nuevamente su propia vida.

Aunque Turritopsis nutricula no repite su vida tal y como si se rebobinara una película, sí vuelve a pasar por etapas ya vividas, y las enfrenta según los retos que distintas condiciones ambientales le imponen. Turritopsis nutricula es potencialmente inmortal, y tanto su vida como sus posibilidades parecen un punto medio entre el mito del eterno retorno y la suposición de la rebobinación de la vida porque parece desafiar la irreversibilidad del tiempo.

 

La muerte en el espejo

Las extinciones son una forma poblacional de experimentar la muerte. Una vez que una especie ha cruzado el umbral de la extinción, no hay marcha atrás; nunca. En tiempos modernos las extinciones arrastran hacia nosotros nostalgia y cierto sentimiento de culpa; quizás porque con la muerte siempre queda un aún no. Sucedió con la noticia de la extinción del rinoceronte negro occidental, la del puma de Norteamérica hace unos días, y está a punto de ocurrir con la frágil vaquita marina, entre otros cientos de ejemplos. Aunque son un fenómeno natural, especialmente en la actualidad, mucha parte del proceso de extinción de ciertos organismos lleva nuestro sello.

En el verano del 2012, La Dirección del Parque Nacional Galápagos de Ecuador (PNG) anunció la muerte de Solitario George, el último individuo de Chelonoidis abingdonii, una de las especies de tortuga gigante de las Islas Galápagos, y con ella, la extinción de la especie. Poco después, se inauguró en el museo del parque la sala «Símbolo de la esperanza», donde el ejemplar disecado se encuentra en exhibición. Según declaró el director del PNG, siempre se hizo lo posible para evitar su extinción, pero el cuerpo de la tortuga quedará como un símbolo de la esperanza de salvar otras especies. Resulta difícil comprender cómo un ejemplar disecado de una especie extinta puede ser el símbolo del rescate de otras; sin embargo, en ocasiones pensar en el tiempo y en la muerte puede llevarnos a la acción y no simplemente a sentirnos impotentes frente a estos hechos de la vida.

 

El tiempo y la muerte como motores

Martin Heidegger decía que la cotidianeidad es el gran invento del ser humano para escapar de la muerte. Cuando somos conscientes del morir y nos angustiamos, huimos hacia la cotidianeidad: hacemos cosas que nos evitan pensar en ella. En eso somos expertos; nos distraemos, actuamos en automático y poco a poco apreciamos menos lo que se encuentra a nuestro alrededor. A raíz de los hábitos que construimos actuando de esa forma, frecuentemente acríticos, nos enfrascamos en nocivas costumbres que derivan –hoy con mayor frecuencia– en consumos irracionales que impactan como amenazas a la biodiversidad y otros atropellos ambientales o sociales de diversa índole. La opción no es encerrarnos a sentir angustia y atormentarnos por la muerte, sino saber usarla como símbolo para problematizar y actuar sobre nuestra existencia, porque queramos o no, es parte de ella.

En lo concreto, no existe para nosotros inmortalidad alguna, ni eternos retornos; no somos potencialmente inmortales como Turritopsis, ni vivimos cientos de años como los robles o las hidras. La muerte es un problema irresoluble y el tiempo es irreversible, su paso no cesa; pero de algo nos tienen que servir estas crudas realidades para, al menos, darnos cuenta de lo que nos rodea y de su valor efímero. Tomar la muerte y el tiempo como puntos de partida para hacer y ampliar las posibilidades en el trayecto en esta realidad que vivimos puede ser, paradójicamente, una salida. Especialmente en estos tiempos donde se niega el impacto humano sobre el resto de la vida, y donde, aun cuando convivimos con la muerte día con día, parecemos empeñados en hacerla un adorno más de esa escenografía a nuestro servicio que ya dejamos de mirar con asombro y atención porque creemos ilimitada o porque la diluimos entre actos monótonos y repetitivos. Si la filosofía es el mejor ejercicio (existencial) para pensar la muerte y el tiempo, que la muerte y el tiempo (en un sentido literal y metafórico) sean el motor para la acción en vida.

 

 

NOTAS

[1] Richard Dawkins, El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta, Salvat-Larousse, 12ª edición, 2014. Originalmente publicado en 1976.

[2] Stephen Jay Gould, La vida maravillosa: Burgess Shale y la naturaleza de la historia, Barcelona, Crítica, 2006. Originalmente publicado en 1989.

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Posted by Manuel Ochoa

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

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