El amante doble: la perversión gemelar

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Yelenia Cuervo

 

La figura del doppelgänger (del alemán doppel, ‘doble’, y gänger, ‘andante’) siempre ha resultado fascinante en la literatura y en el cine, quizá porque la misma idea de encontrarse con un doble en la propia existencia nos genera horror, o nos maravilla ante la posibilidad de nuestra propia duplicidad.

Desde la época del romanticismo, la mitología del doble ha sido recurrente hasta extenderse a la literatura fantástica. Ejemplos de diversa naturaleza pueden hallarse en  distintas épocas. Dostoievski muestra en su novela El doble el desdoblamiento de la personalidad en un ámbito psicológico. Por otro lado, no se puede olvidar El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, donde la personalidad queda bifurcada por dos fuerzas que se contraponen; o la Metamorfosis, de Kafka, donde se muestra una variante siniestra del protagonista, o El hombre duplicado, de José Saramago, donde el protagonista descubre que en su ciudad vive un individuo exactamente igual a él. Lo cierto es que dicha figura escindida puede encontrarse de manera interna o externa, es decir, el doble puede ser una manifestación de la subjetividad, de la mente perturbada o incluso de una posesión demoniaca; o puede ser un otro que aparece como un ser gemelo o idéntico sin ningún vínculo sanguíneo.

En el caso del cine, acuden a mi mente algunas películas cuya trama exhibe el caso de la duplicidad, como La doble vida de Verónica (1991), de Kieslowski, Hermanas (1973), de Brian De Palma, y Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock. Sin duda también el cine de terror japonés ha explotado la imagen de las gemelas diabólicas, y la lista podría alargarse por la importancia en el imaginario cultural de la figura de la otredad fantasmagórica.

En términos filosóficos la idea del doppelgänger nos da qué pensar en torno al enigma de la identidad y la relación con los otros, pues en efecto, ¿qué seríamos sin la relación con la alteridad que nos confirma o nos niega?, o ¿hasta dónde centrar la propia identidad cuando se antoja huidiza como una especie de misterio?

La película del L’amant double (2017), traducida literalmente como El amante doble, última película del realizador François Ozon, basada en el relato de Joyce Carol Oates, es un thriller psicológico que se asemeja más al trabajo que ya había concebido el cineasta en filmes anteriores como Swimming pool (2003) o En la casa (2012), que a Frantz (2016), en donde se valió de una narrativa clásica, pero con un tratamiento preciosista de la imagen y un elemento sorpresa al final. Sin embargo, en esta ocasión Ozon trae de vuelta una de sus obsesiones cinematográficas: el juego entre la realidad y el submundo de los sueños, la batalla entre la oniria y la cordura, el puente entre lo cotidiano y las alucinaciones, lo que vemos y lo que no existe.

La trama se centra en el extraño erotismo de Chloé (Marine Vacth), una joven de gran belleza que ha vivido constantemente con un extraño dolor de vientre sin aparentes causas fisiológicas y que ha sido canalizada por su ginecóloga a un psicoanalista, Paul (Jérémie Renier), con el que acude a terapia por un tiempo breve hasta que se siente atraída por él. Meses después se van a vivir juntos, tiempo en el cual Chloé advierte una parte del pasado de Paul hasta ahora desconocida: la presencia de un hermano gemelo que ha sido ocultada.

 

 

La historia se va intensificando en la medida en la cual como espectadores nos internamos al misterio sobre la procedencia del hermano gemelo. Chloé continúa con una obsesionante pesquisa hasta dar con él, descubrir que también es un psicoanalista, iniciar terapia y caer en una súbita atracción sexual hacia la imagen idéntica de Paul; no obstante sus métodos terapéuticos son poco usuales, lo que conduce a Chloé a romper con un estado de frigidez que se asocia a la vigilancia y al castigo de la mirada de su madre.

Habría que recalcar que desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, el inicio del filme es determinante, pues Ozon nos traslada al universo de la sexualidad de manera explícita a través de las primeras tomas: un plano cercano de una vagina se abre a través de un espéculo ginecológico. Toma siguiente: el orificio rosado se transforma en el ojo de la protagonista. El emplazamiento de la cámara, por lo tanto, nos sitúa en una posición al interior no solo del órgano sexual de Chloé, sino del orbe de la sexualidad, y pronto también al centro de los juegos eróticos entre el trío, que se irán tornando cada vez más peligrosos.

Conforme avanza la historia, la perturbación de Chloé es cada vez más evidente, pues goza del sexo con el gemelo e inaugura un mundo de fantasías eróticas que se cruzan con las vivencias sexuales que tiene con Paul. Ozon juega con la perspectiva del espectador, pues hasta cierto punto dudamos si son alucinaciones, anhelos o realmente acontece en la diégesis de la historia. Una magia perversa se presenta ante el evento de estar frente a un doble que posee una personalidad antagonista a la de su pareja.

El discurrir narrativo llega a un punto culminante cuando se expone la idea de que hay un gemelo dominante mediante un diálogo en el que se hace patente la supremacía de uno sobre otro: uno nace primero, con mayores potencialidades que el otro y es en alguna medida más amado por los padres, mientras que el doble «diabólico», a la luz de una supuesta inferioridad, sobresale por llevar una vida maliciosa.

En última instancia, estamos ante un filme que trata de dosificar las pistas sobre el misterio para generar un estado psicológico de incertidumbre y plantearnos así la experiencia de la alteridad: ¿hasta qué punto la información genética gemelar es traicionada por la historia de vida de cada uno de los gemelos? ¿Qué es lo que nos vincula sensualmente hacia los otros? ¿Su fenotipo o su personalidad? Son interrogantes que atraviesan constantemente la trama.

Finalmente, Ozon da un giro a la historia con una truculenta vuelta en el guión que demerita hasta cierto punto la película, sin embargo logra su cometido de mantenernos a la expectativa.

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