Mandarina

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Ignacio Bravo Vera-Pinto

 

 

 

MANDARINA

 

Tan perdida en las veredas,

que no tienen sentido,

el cemento le refleja el sol,

y eso la harta, y la confunde.

 

Se derrota bajo la fachada de un edificio,

tan perdida se abraza,

como una madeja de lana

derrotada.

 

Se saca el celular de los jeans,

los textos van y vienen,

y no les da la menor importancia.

 

Extraña el olor de las mandarinas,

bosques de mandarinos en sus manos,

rocío de las cáscaras en su cabellos,

la chica mandarina; plantada en las veredas;

perdida.

 

 

Me textea en la fachada,

oscuridades que no me pertenecen,

y sus labios se hacen gajos,

que quiero recortar.

 

La veo en su vereda,

llorando lágrimas naranja pálido,

oscuridades que no me pertenecen,

diminutos soles en su tez.

Explota, se retuerce,

de sus diminutos poros llora su cuerpo

oscuridades que no me pertenecen,

y siento el cítrico de ella llorando.

 

Y me estrello contra su boca

y la miro, la miro tanto,

que mis veredas comienzan

a perder sentido,

y no me importa, y me confunde,

y eso me harta.

 

 

SINGAPUR

 

Abierto el agujero

me entraron peces en el cuerpo,

y me llené de algas y de moho

en el oscuro azul.

 

Meses de ocio desquiciado en lo profundo,

la rompiente de tu cara endurecida

me volvió un pulidor, cargando un farolito,

de tus rocas y arrecifes negros.

 

El sol se me dio vuelta y te dije buenas noches

en las mañanas.

Puliendo la crónica interna;

la tristeza oceánica de ir a nadar

en el fondo de los seres, es solo la vida

y sus corrientes.

 

Allá abajo, inmerso en la quebrada submarina

quiero ver el sol, pero el vértigo intrínseco

que pertenece al caos de nuestras vibraciones

es la corriente masoquista que me mueve.

 

Quiero respirar

Como un hombre hipnotizado en el deporte de la apnea.

 

 

PLANTADOS

 

Cuando las calles se vacían

veo un árbol, creció chueco y nació casi,

casi muerto.

 

Yo lo veo en el silencio,

mis zapatos mojados,

el tiempo anda más lento

cuando lo voy pillando.

 

Tiene un agujero enorme del suelo a mi cintura,

me acurrucaría ahí, perfecto, acariciando,

el paso del tiempo en la madera.

 

Tomaría una cerveza en aquel árbol,

así, tan abrazados,

lloraríamos un poco

de seguir ahí

con cara de asombro

estáticos

petrificados  de ver a tanto humano transitando

y nosotros:

con las bocas abiertas

con los ojos redondos

y el triunfo extraño,

de seguir allí,

plantados

 

 

LO MEJOR

 

Cambié a mis amigos,

por una cajetilla de cigarrillos

extra en el quiosco.

 

Me convertí a la iglesia

de las veredas interminables

que a las doce de la noche

oficia misa en las cunetas.

 

Sospeche de todos,

también sospeche de mí.

 

La luna dejó de pertenecerme

y tus ojos se convirtieron en ilustraciones

de un libro de biología, que me dio fiaca leer.

 

Si los países se quemaban,

me senté en el tejado a verlos arder,

sin ningún interés más que la luz

que emana del fuego.

 

Jugué en las calles,

a recortar el musgo de los árboles,

para usarlos de suela en mis zapatillas.

Caminé, efectivamente, sobre nubes en el pavimento

 

Dejé la cerveza

para enfocar el sol filtrado y ondulante

bajo el mar

el arrecife lila donde me guardo.

Lejos de las multitudes,

cerca de la espuma,

levanto el cáliz de las olas,

me enciendo los ojos como linternas.

 

En la oscura puesta de sol,

sobre el graznido de los cisnes,

ya no quiero hablar;

en el horizonte me arranco la lengua

y me enciendo las ganas

de tirar piedras al agua como profesión.

 

 

CIUDADANA

 

Esta vez que no me escuches

será el camino.

 

Sentado en una roca

En un lugar desierto,

disparo a las estrellas.

 

Solo, muy solo

recojo viento entre las manos,

te escribo, te borro.

 

La sensación es la misma de otros tiempos

los bosquejos son distintos.

 

Ya no te percibes en el aire,

ya no desfilas azul

en lo que escribo.

 

Déjame soplarte

adentrándome en el invierno,

que azul es lo único que se de ti.

 

Déjame soplarte

adentrándome en el invierno,

que te cruzo por la calle

y no soporto

el haberte convertido

en nada más que otra ciudadana,

de este país.

 

 

 

__________________

Ignacio Bravo Vera-Pinto (Chile, 1987) es músico y escritor. En 2008 emigró a Buenos Aires, donde cursó estudios de Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente se mudó a la ciudad de La Plata a cursar Composición Musical en el colegio Educación Musical. Fue parte del taller de escritura de Yuri Pérez en la ciudad de San Bernardo. Sus poemas fueron publicados por primera vez en la revista Telescopio.

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