Las bañistas de Zamora

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Jaime Garba

@jaimegarba

 

I

La vida aprieta

 

María tiene casi sesenta años. Cuando se le pregunta la edad exacta desvía la conversación y se niega a dar una cifra. Tiene seis hijos –dos varones y cuatro mujeres–, el mayor tiene treinta y tres años y el menor dieciocho. Uno de los hombres se casó a los diecisiete porque embarazó a su novia y trabaja en los campos de cultivo a intermitencias según la temporada de lo que se siembra. Vive junto a su esposa con su madre y otros tres hermanos (una joven de veintitrés años que trabaja haciendo el aseo en una casa; una de treinta años que se separó del marido por los abusos y quien se dedica a hacer de comer y a mantener el lugar limpio; y un chavo de dieciocho que el año pasado dejó los estudios por «vicioso» –María refiere que se junta con malas compañías y que consume drogas, sin especificar cuáles). Los otros dos hijos están casados y viven con sus respectivas parejas; María comenta que suele verlos los fines de semana o cada quince días, dependiendo de las ocupaciones que tengan. Dice sin convicción que todos aportan a la casa: «A veces unos ponen más, dependiendo cómo les vaya. Pero hasta eso que sí nos echamos la mano entre todos». Es viuda. Su marido murió hace cuatro años; padecía diabetes y nunca se la trató por no tener seguro ni intención de afiliarse a algún sistema de salud universal; a lo mucho iba a citas médicas con médicos de dudosa reputación o les era habitual ir a consultorios de las Farmacias Similares por los bajos costos.

María vive en una colonia de clase baja en la periferia de la ciudad: la calle no está pavimentada y es considerada de alto riesgo. Cuenta cómo hubo un asesinato hace unas semanas. «Afuerita de mi casa. No vimos bien, pero se escuchó una moto pasar y unos tiros. Cuando salimos vimos al Chalo allí tirado. Seguro andaba en malas andadas». Cierra los ojos, los abre y baja la mirada, como si recordara lo que dijo de su hijo más joven (en su rostro hay temor pero se lo quita encendiendo un cigarro). Su cara es mayormente inexpresiva. Casi no hace contacto visual, concentra cualquier sensación en las piernas, que mueve una y otra vez como si estuviera tocando el bombo de una batería. Su esposo era chofer de transporte urbano. Gracias a sus ingresos no tenía que trabajar, aunque incursionó en la venta de Tupperware y Herbalife sin mucho éxito, más por mantenerse ocupada que por necesidad. Cuando feneció Mario, su pareja, dice que la familia sintió el descontrol económico y se vio obligada a trabajar para pagar deudas (debía una televisión en Coppel, dos celulares en Elektra y un préstamo en una caja popular por diez mil pesos que no recuerda en qué se gastaron). Buscó ubicarse planchando y haciendo trabajo doméstico, pero no duró más de quince días, dice, porque los patrones que tenía eran injustos y le pagaban muy poco. Fue después de ese periodo que por ciertas circunstancias escuchó de «las bañistas».

 

II

Los baños Torreón

 

La calle Corregidora es tan larga que en una orilla cruza los barrios populares de La Lima y el Duero, serpenteando hasta la Jacinto López, ya muy lejana y a ras de las tierras de cultivo que poco a poco se han ido sepultando por concreto para hacer fraccionamientos. En la otra, la Corregidora cruza la 5 de Mayo, la avenida principal de Zamora, Michoacán, y sigue, pasando por el centro histórico de la ciudad hasta topar abruptamente con un callejón. Los baños Torreón están a cincuenta metros de la 5 de Mayo, muy cerca del Mercado Hidalgo, donde la mayoría de los zamoranos va a surtir la despensa por su localización estratégica, y al cual las autoridades no han podido cambiar de lugar para hacer esa parte de la ciudad visualmente más atractiva. Zamora creció tanto en los pasados cincuenta años que dejó al descubierto errores de planeación urbana que en el presente le cuestan bastantes problemas a los ciudadanos, de tráfico, seguridad y limpieza, situaciones que varios gobiernos han intentado resolver sin éxito. Además del centro, los baños Torreón se encuentran cerca de varios espacios emblemáticos de la ciudad, como el Teatro Obrero, un majestuoso recinto para mil personas con más de cien años de antigüedad, y el Santuario Diocesano de la Virgen de Guadalupe, una iglesia neogótica cuya construcción inició a finales del siglo XIX, que es considerada la más grande de Latinoamérica y dentro de las 15 más grandes del mundo.

 

Los baños Torreón surgieron a mediados de los años sesenta, cuando una gran casa se adecuó para albergar una piscina techada, servicio de vapor, regaderas y sanitarios. Durante mucho tiempo fue la sensación; el lugar era visitado asiduamente por personas de las colonias periféricas y soportó inclusive la competencia de un par de negocios similares que se colocaron a menos de doscientos metros. Fue en la década de los ochenta cuando los baños Torreón comenzaron su decadencia, derivada del poco mantenimiento de sus propietarios y de que fueron surgiendo con el paso de los años otras formas de esparcimiento en el barrio y la ciudad. Pero si de alguna manera se sostuvo el proyecto fue porque quienes comenzaron a usar los servicios de los baños fueron hombres que laboraban en el mercado: cargadores, encargados de puestos o distribuidores que venían de poblaciones cercanas a surtir algún producto y que conocieron de los servicios de los baños y veían en ellos la oportunidad para asearse después de una jornada dura de trabajo. Según los propietarios, inclusive bajo esta dinámica los usuarios no eran muchos, pero bastaban para no poner fin al mítico negocio. Para principios de los noventa el tiempo cobró factura a los baños Torreón: la pintura se caía de las paredes, el piso se ponía cada vez más mohoso, el mobiliario se desgastaba o se estropeaba, los empleados fueron cayendo hasta solo contar con la atención del dueño, su hijo y su nieto. Afuera, con letras azules se podía leer con letra cursiva y aún notoria «Bienvenidos a los baños Torreón». En el balcón del segundo piso, ladeadas, estaban dos macetas que parecía que caerían en cualquier momento.  Los centenares de paseantes diarios ya no volteaban a ver el legendario lugar ya lúgubre, relegándolo de la memoria, mientras las nuevas generaciones desconocían su origen. El destino parecía ir sepultando lentamente aquel palacio de diversión y relajación.

 

III

El origen

 

Generaciones de mi familia han vivido desde siempre en esa larga y recta tripa llamada Corregidora, desde la ya mencionada punta con 5 de Mayo, cuna de familias de clase media alta, hasta las entrañas de La Lima, morada de gente pobre pero cálida y amable –he tenido parientes en distintos grados que, lejos de extinguirse, parecen reproducirse cada vez más–. Mi padre provenía de esa lejanía de la calle y una vez, de niño, atropelló a la abuela por admirar a mi madre. Ese incidente fue el flechazo e inicio de una historia de amor de la cual provine yo y otros dos hermanos. Frente al lugar del accidente vivía mi madre con sus hermanos y mis abuelos. Allí nos formamos, entre muchas cosas porque su casa era un centro de conexión para nuestra cotidianidad: trabajo, escuela, servicios, etcétera. A un lado de la casa de mis abuelos, una tía, hermana de mi abuela, tenía una tienda de abarrotes, de las pocas en su época y que vivió tiempos de opulencia. En ella se podían conseguir los famosos bolillos de don Fidencio, un panadero muy popular en la ciudad.

 

Fue mi tía quien vio el origen de «las bañistas», un grupo de mujeres que fueron apareciendo de la nada sobre la calle Corregidora, desde la altura de la 5 de Mayo hasta Padre Cavadas (calle que topa con el Santuario de la Virgen de Guadalupe). Quienes en un principio parecían clientas de la tienda después se dio cuenta que eran mujeres que transitaban por allí sin rumbo y entraban a comprar algo cuando alguna patrulla pasaba, cosa muy común porque a cuatro cuadras al fondo se encontraban las oficinas de Policía y Tránsito. Siendo una mujer ya mayor, mi tía se enteró del supuesto oficio de las mujeres por chismes de barrio y con los correspondientes equívocos. «Son pirujas», decían las vecinas escandalizadas que veían cómo eran «invadidos» sus espacios. Fue la misma observación derivada del morbo la que hizo notar que estas mujeres captaban a sus clientes sobre la misma acera y entraban a los baños Torreón. Lo común, y hasta cierto punto perverso, era imaginar que dentro sucedían una serie de sucesos sexuales dignos del Marqués de Sade o de Apollinaire. Pero sería después de entrevistarme con la Ojitos que esta versión se derrumbó contundentemente. De nombre Ramona, es una mujer de piel muy morena, de alrededor de sesenta y cinco años (aparenta más pero jura tener esa edad), le faltan varios dientes y en su piel lleva algunos tatuajes mal hechos con máquinas hechizas que apenas se alcanzan a ver. Ella fue una de las primeras que llegó a la Corregidora, motivada por la posibilidad de trabajar por la mañana, ahorrándose el riesgo del trabajo nocturno. Era prostituta desde los veintidós. Trabajó siempre en la zona de tolerancia de Zamora. Iba de un bar a otro y no siempre le fue bien; cuenta lo que la mayoría de las sexoservidoras han vivido: abusos sexuales, vejaciones y el trato insoportable de bestias que se dicen hombres y que las creen objetos. En una ocasión, un tipo se propasó tanto que terminó en el hospital. Su esposo, quien estaba de acuerdo con su trabajo, la motivó para que continuara a pesar del miedo y los grandes riesgos ya palpados, pero ella se negó, y fue gracias a su creatividad que cambió de giro a uno mucho más redituable y seguro. Ramona era vecina de la colonia Ejidal, que colinda con la del Duero y Jardines de Catedral, la primera, fronteriza con la calle Corregidora y la segunda, donde se encuentra esta; por ende su tránsito frente a los baños Torreón era regular. En cierta ocasión que iba al mercado a comprar menesteres para la semana, observó cómo un grupo de cargadores entraban a los baños. Para cuando regresó los vio salir limpios y sonrientes. Fue allí cuando creyó que podía implementar una dinámica: auxiliar a los visitantes en su aseo personal.

 

IV

La confianza se gana

 

Al principio no fue fácil. Cuando se topó con el primer cliente y le hizo la propuesta, este creyó que iba por otro lado, así que tuvo que sujetar sus manos con fuerza cuando el tipo le quería agarrar los senos y las nalgas. Le dijo hasta el cansancio que su chamba era ayudarlo a bañarse y si quería, sin cargo, conversar con él. La cosa pudo salir mal pero el cliente terminó aceptando y disfrutando de ser enjabonado en la espalda, en los muslos, el cuello y las piernas (no en las partes íntimas). Ramona comenzó cobrando veinte pesos y los clientes además debían pagar la cuota de ella por el uso de los baños. Pero la voz se corrió tan deprisa que al cabo de un mes hacía jornada completa desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde (dice que llegaba a sacar hasta trecientos pesos diarios). Sin embargo, Ramona no era egoísta y al ver la mina de oro que había descubierto invitó a varias amigas a que trabajaban en los bares para que pudieran emplearse al igual que ella. Así fue que de la noche a la mañana un grupo de entre cuatro y doce mujeres caminaban de un lado a otro por la Corregidora, a veces sentándose sobre la banqueta, otras veces entrando en la tienda de mi tía o en otros negocios cercanos. El barrio terminó aceptándolas porque además de que no se vestían de manera atrevida, no traían malas ondas ni buscaban conflicto; inclusive mi tía se volvió amiga de ellas y llegó a ocultarlas en la bodega, detrás del refrigerador de refrescos. Una de las del grupo era María, amiga de la Ojitos de la infancia y a quien invitó a trabajar una vez que la vio en el mercado contando las monedas para ver si le vendían menos de un cuarto de jitomates. Sin embargo, la cosa no fue sencilla, porque una vez que se corrió la voz, el gobierno municipal, motivado por la avaricia –levantarlas significaba pago de fianzas y otras corruptelas–, comenzó a hacer rondines más seguido para llevarlas presas por prostitución. Con esta persecución, las Bañistas tuvieron que estar atentas a esta situación, pero no siempre lograron sortear el peligro, cayendo varias veces presas y siendo extorsionadas por los oficiales.

 

V

Epílogo

 

La Changa toma de una caguama que oculta en una bolsa de plástico. A un lado suyo está la Barbie, su pareja, una mujer rubia de pelo muy corto que usa pantalones amplios y una camisa tipo polo. Luce muy masculina. Ella no es «bañista», solo acompaña a su vieja al jale y a cuidarla «por si algún cabrón se pasa de lanza». También está María y otra joven (casi todas las bañistas superan los cuarenta años; es raro ver a una mujer menor al rango de los 60-40 años), pero esta no quiere hablar, ni siquiera me mira; las demás me conocen, saben que soy hijo de fulanito y sutanita y que soy de confianza por ser del barrio. Al principio les daba pena saludarme o hablar conmigo. Dicen que de una u otra manera la vergüenza existe, porque creen que meterse a bañar con un tipo no es algo normal. Les pregunto por qué piensan eso y responden cosas relacionadas a atavismos morales que ellas han trasgredido con gallardía, pero de los que no se han despojado del todo y tal vez nunca lo harán. La Ojitos no está, casi ya no viene, dicen que ya está muy grande y entre risas aseguran que ya se jubiló. Sin que se los pregunte, cuentan historias personales, abusos sexuales, rupturas amorosas, pocas oportunidades laborales, engaños, abandonos. Se denominan a sí mismas «luchonas» y dicen que no necesitan de nadie. Se autoproclaman fuertes y de aguante porque nadie les va a dar para comer o el gasto: «hay que chingarle», aseguran.

 

Desde hace unas semanas los baños están cerrados. Nadie me ha sabido dar santo y seña del dueño; un presentimiento me dice que quizá murió (ya era muy viejo), y ni su hijo ni su nieto desearon seguir con el negocio. Sin embargo, también se dio una incisión entre las Bañistas derivada del hostigamiento de la policía y de las políticas del gobierno municipal (en su eterna insistencia por modificar la visibilidad de ese cuadro de la ciudad). Otras aseguran que también fue porque un hotel nuevo abrió a la entrada del mercado, así que muchas se fueron para allá; pero allí sí se ejerce la prostitución y muchas ya no quieren esa vida, y quienes nunca lo hicieron no están dispuestas a probarla. Nadie sabe si es el fin de los baños Torreón y de las Bañistas, este grupo de mujeres que creó su propio modo de supervivencia, anteponiendo al sexo pagado el triunfo de un intercambio físico distinto: cercano, erotizado, donde el diálogo y la compañía son la causa principal del gozo.

 

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Jaime Garba (Michoacán 1984). Escritor mexicano, colaborador de varios medios impresos y digitales, entre ellos Playboy México. Su primera novela, ¿Qué tanto es morir?, fue editada por Ediciones Arlequín, publicada en 2016.