Una caja de libros en busca de lector

Los libros pueden ser un secreto a develar, como relata Norma Lazo.

Norma Lazo, narradora y ensayista nacida en el puerto de Veracruz, es psicóloga de formación. Ha publicado cuento, novela y ensayo. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores (SNCA-FONCA), ha recibido el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2007 y el Premio Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en el rubro de ensayo en 2011 y 2016. Sus libros más recientes se publicaron en 2014: la novela Lo imperdonable en Tusquets y el cuentario Medidas extremas en Ediciones Cal y Arena.

 

 

 

Tengo vívido el recuerdo de cuando empecé a leer. Lo tengo claro porque no vengo de una familia de lectores y porque fue la consecuencia de una serie de eventos desafortunados. En la primera casa que recuerdo no había libros. Lo más cercano a estos eran las revistas de política de mi padre o el Lágrimas y risas y El libro vaquero de quienes ayudaban en casa o nos cuidaban. Nada apetecible para una niña ausente que no gustaba de hablar y que solo disfrutaba la compañía de sus hermanos, aunque a veces fuese blanco de sus bromas. Nunca estaba con los pies en la tierra; sin ninguna razón me quedaba con la mirada perdida en el piso, en el cielo, en el mar o en cualquier objeto de la casa, para después escurrir un par de lágrimas sin saber por qué. Circunstancia que siempre ocasionó un regaño, un castigo o un jalón de orejas.

Poco recuerdo de aquella casa sin libros: que era bonita; que tenía una gran terraza con una mesa de ping-pong donde jugaban mis hermanos (yo no lograba pegarle a la pelota dos veces seguidas); que en la planta baja había una escalera blanca y semicurva, con una recepción amplia donde mi madre tenía un negocio; que el baño era enorme con una tina espaciosa que mis hermanos y yo usábamos de alberca mientras imaginábamos ser náufragos arrastrados por olas furiosas hacia la orilla de una isla solitaria. De esa casa también recuerdo la segunda caída de cabeza que me provocó una conmoción –en la primera, yo tenía un año y solo sé de ésta lo que me contaron mis padres–. Una y otra se sumaron a la preocupación de que algo no estaba bien conmigo. Igualmente recuerdo ver a mis padres tristes y preocupados, tronándose los dedos debido a las cuentas por pagar, sollozando a escondidas de nosotros sin saber qué harían. De ese modo dejamos aquella casa para ir a vivir con mi abuela materna.

La casa de mi abuela Soledad era enorme, al menos así la recuerdo. Tenía cinco o seis recámaras, y en dos de estas cabían tres camas matrimoniales. La cocina era tan grande como las habitaciones. Si la viera hoy, seguramente no sería tan grande como la recuerdo; pero esa casa ya no existe: ahora es la sucursal de un banco.

Mi abuela no podía mantener la casa sola, la había convertido en pensión para varones. No recuerdo alguna mujer entre sus inquilinos. Por allí, según nos contaron, se hospedaban algunos jugadores de Los Tiburones Rojos. A dos cuadras nació «El Pirata Fuente», el famoso centrocampista del equipo veracruzano. En fin, que cuando mi abuela supo que su hija acababa de quedarse sin techo, despachó a todo mundo y nos acogió a nosotros.

Durante la mudanza se deshizo de varias cosas para darnos espacio. Pilas de objetos, imagino que pertenencias dejadas por algunos de sus inquilinos, fueron acumuladas en las escaleras para ser tiradas o regaladas. Entre la montaña de trebejos destinados a la basura apareció una caja de libros. Yo decidí quedármelos. Aún recuerdo la pregunta de mi madre: ¿para qué quieres guardar basura? No supe qué responder. Con todo, me dieron permiso de conservarlos. Para alguien ajena a ese mundo, al de los libros quiero decir, y sin referente alguno que me guiara, aquella caja se convirtió en algo mío que no tenía que ver con nadie más, una especie de secreto que solo podía ser develado a mí y a través de mí.

He contado varias veces sobre los libros que había en esa caja. No recuerdo a todos los autores, pero siguen latiendo en mi memoria, así como el papel de las páginas en mis dedos: Poe, Lovecraft, Shelley, Bécquer, Ludlum, Stoker, Levin, James, Quiroga y Maupassant. Una mezcla de novelas y cuentos de horror, suspenso y misterio. De alguna manera innata, que aún no puedo explicar, entendí que leer significaba escribir; desde entonces, leer y escribir van de la mano para mí.

El mayor culpable de esa invención de mí, pensarme como escritora, fue Poe. Su imagen con levita en uno de aquellos libros me convirtió en la niña de la capa. Me amarraba al cuello una toalla mientras escribía en una vieja Olivetti –que mis padres me regalaron confiados en que en algún momento se me pasaría la gracejada de ser escritora–, convencida de que lo que usaba Poe en esa imagen era una capa.

Los libros de aquella caja me duraron poco, mas el virus o la semilla había sido plantado. Pasé una larga temporada sin leer. No había qué. De pronto caían en mis manos libros que mi padre compraba, como La noche de Tlatelolco de Poniatowska, Señor y perro de Thomas Mann o El diario del Che, que yo leía como el adicto que recibe su paliativo de metadona. Con los años me aficioné a leer el Playboy que compraban mis hermanos y, por supuesto, Batman, Los Cuatro Fantásticos y El Hombre Araña, también comprados por ellos.

La lectura regresó de una forma más lineal, por decirlo de alguna manera, cuando conocí a Lucía Ortíz, la madre de mis amigos los Gutiérrez Zamora. Ella fue la primera guía real que tuve en esto de leer. Si bien agradezco la fortuna de haber tenido en preparatoria una maestra de literatura y un profesor de filosofía que me significaron una inspiración en ambos temas, fue Luchi –como le dicen de cariño a Lucía– quien me prestó una novela que hasta hoy considero el parteaguas entre la afición de escribir y la decisión de hacerlo como un oficio. Luchi no solo hizo eso: también me invitó a ir los sábados a los talleres de lectura y de cuento en la Escuela Municipal de Bellas Artes. Yo iba muy irregularmente. Me sentía fuera de lugar: una niña, si bien era ya una adolescente, en medio de adultos. No participaba en las sesiones, costumbre acendrada hasta la fecha, y prefería escuchar y soterrar mis opiniones autodescalificadas. De esa época no recuerdo las lecturas, lo que sí puedo asegurar es que se trataban de textos que requerían otro tipo de atención y que me hacían sentir ajena. La playa fue casi siempre un mejor plan para los sábados. El simple hecho de conocer aquel espacio, de transitarlo, me habló de ese otro modo de ser que cada día se me iba revelando como pedazos de piel injertados en partes de mi cuerpo.

Aquella novela que Luchi me prestó y que nunca le devolví era El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers. Menudo frentazo me llevé al leerla; no solo fue la lectura más conmovedora que había pasado por mis manos, sino que –de alguna manera– al igual que entendí que la caja de libros era algo mío, este me develó un secreto a mí y solo a mí. «Si no quieres acabar como Singer o Mick tienes que irte de aquí». Eso hice. Irme en busca de una caja más grande donde cupiesen tantos libros como versiones de mí, siempre dispuestas a irrumpir en un texto que me permita encontrar la cordura del mundo, mi propia cordura.

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Posted by Norma Lazo

Norma Lazo, narradora y ensayista nacida en el puerto de Veracruz, es psicóloga de formación. Ha publicado cuento, novela y ensayo. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores (SNCA-FONCA), ha recibido el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2007 y el Premio Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en el rubro de ensayo en 2011 y 2016. Sus libros más recientes se publicaron en 2014: la novela Lo imperdonable en Tusquets y el cuentario Medidas extremas en Ediciones Cal y Arena.

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