Al amor de la lumbre

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Marina Perezagua (1978) es una narradora sevillana que radica en Nueva York, acérrima aficionada y practicante del nado en mar abierto. Ha publicado en Los Libros del Lince los cuentarios Criaturas abisales (2011) y Leche (2013), así como las novelas Yoro (2015) y Don Quijote de Manhattan (2016). Su obra se antologa y se traduce en varios países. Por su primera novela obtuvo, en 2016, el Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL Guadalajara.

 

 

Marina Perezagua

 

Cuentos al amor de la lumbre, el primer libro que quiero recordar. Si sabía leer, no lo leí. Me lo contó mi madre, porque me crié en el campo, porque los cuentos pasaban de boca a oreja, porque la lectura era siempre oral y los autores no importaban o se acababan perdiendo en el bosque, hilados de voz en voz, desvanecidos de eco en eco. Los temas tenían que ser, a la fuerza, cruentos. Porque una amiga mía se ahogó en un pozo. Porque soy de la tierra de Lorca, donde el lagarto y la lagarta lloran por haber perdido un anillito. Porque lo popular andaluz utiliza los diminutivos para paliar las épocas de sequía. Porque una época de sequía fue cuando mi primita se perdió en otro bosque y yo heredé su nombre. Su cuento preferido era «La niña perdida en el bosque». Yo tenía miedo de elegir mi cuento preferido, acaso porque temía que marcara mi muerte. No recuerdo un cuento preferido, pero sí que todos los de esa antología lo eran. Todos a la vez. Porque al amor de la lumbre aquellos cuentos me hablaban de princesas condenadas para siempre, sin besos. Algunos besos había, pero no recuerdo que salvaran a nadie, y en mi familia las mujeres no solían salvarse.

Mi madre me contaba todos los cuentos del mundo con una luz de candela y luego, cuando cocinaba, me decía: «La buena cocina, como los cuentos, también ocurre al amor de la lumbre». Y después estaba mi padre, también gran lector, pero sobre todo una persona extraña. No creo que me quisiera, pero se ocupó de mí y, por alguna razón, se empeñaba en que sobreviviera en el campo, como si algún día fuera a quedarme sola y a él le importara mi vida. Pero yo ya estaba sola y a él no le importaba mi vida. Una persona extraña. Unos mueren solos, yo nací sola. En aquellos tiempos no salía del campo y los cuentos populares hablaban de mi vida y, sobre todo, la acompañaban. De mi padre aprendí a sacar palmitos de la tierra, pelarlos sin cortarme y comérmelos ahí mismo, a buscar escorpiones y jugar con ellos sin que me picaran, a orientarme de acuerdo con las estrellas, a no llorar cuando me mordía un bicho o un perro asalvajado, a atrapar víboras, a buscar agua, a curarme las picaduras en esas horas en que el veneno es más poderoso. Amoniaco, el secreto era el amoniaco de la orina mezclada con barro, o un corte limpio con la navaja pasada por el fuego, y luego correr a pedir ayuda. Aprendí a seguir el curso del río si me perdía. Cuántas niñas se perdían entonces, cuántas se ahogaban en las aguas de los campos… Todo mi bestiario, esos animales que corren por lo que escribo, vienen de los campos de Andalucía.

Recuerdo especialmente algunos episodios.

Solíamos encontrar huevos, que yo incubaba sin saber qué era lo que iba a salir. Mi padre no me lo decía. Me ilusionaba el misterio de esperar la sorpresa de una vida insospechada. Una vez, mientras pasaba uno de estos pequeños huevos a otro tipo de tierra, se me cayó. De él salió una forma inmadura, pero ya se veía que era un lagarto. Yo tendría seis o siete años. Me dolía ver a ese animalito en el suelo, en una gelatina verde, retorciéndose como el pez que fueron sus ancestros. Corrí y lo arrojé al retrete, esperando que fuera anfibio. Otra vez Lorca:

 

El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta

con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer

su anillo de desposados.

 

El segundo recuerdo es de una tortuga herida que recogí. Una enorme tortuga de tierra. Quería devolverla al campo cuando se curara, pero un día se cayó de la azotea. Bajé corriendo y su caparazón estaba totalmente roto. Se retorcía y hasta pensé, y aún pienso, que me miraba. Pesaba muchísimo, parecía que pesaba más por estar rota que por estar viva. Volví a sentir ese dolor ajeno. Sin saber cómo mitigar ese sufrimiento, la metí en el congelador, esperando que fuera una tortuga ártica. Kafka. Mi padre siempre me hablaba de Kafka: el encierro, el frío, mi propia vida, el miedo de la crisálida a convertirse en horror irreversible. El proceso de una tierra con problemas que hilan, y nunca cortan, las tres Moiras. Pero Kafka también estaba en Astérix. Leí todo Astérix y Obélix, que casi pierden Roma por tener que encontrar un formulario en un edificio donde de una ventanilla le envían a otra, y así indefinidamente. Ahí aprendí sobre la lentitud de la burocracia. No abro jamás las cartas del banco. Antes preferiría perder Roma. Por eso la lenta tortuga de Mafalda se llamaba Burocracia. También leí todo Mafalda, y todo El Capitán Trueno, y todo Tintín, y todo Jabato… Pero eso era el color, porque lo otro, lo principal, era la opacidad de lo popular que las viejas habían transmitido de generación en generación, para dar miedo, porque ellas lo tenían y no podían cargarlo solas. El miedo se transmite por la leche y por los cuentos.

El tercer recuerdo es de un buitre herido. Me arañó entera, principalmente los brazos. Jamás olvidaré su olor. Esas plumas de rapaces siempre me han olido a trigo. Antonio Machado. A aquella edad tampoco lo leí. Mi madre me lo contaba. El trigo y mis ojos, decía:

 

Tus ojos me recuerdan las noches de verano,

negra noche sin luna,

orilla al mar salado […].

Y tu morena cara,

los trigos requemados,

Y el suspirar de fuego

de los maduros campos.

 

Hoy, cuando en verano se queman los rastrojos en los campos de Sevilla, me huelen a plumas de buitre. Machado huele a plumas de rapaz cálido.

El cuarto recuerdo es de una serpiente acuática que justo delante de mí se tragó una rana. Yo sabía que era ley natural, mi padre me lo había dicho, pero instintivamente apreté la barriga de la serpiente hasta que escupió la rana. Rompí en un segundo las únicas leyes que aprecio. Hoy rompo casi todas las demás. Al menos salvé a una rana. En los cuentos populares que me contaban la princesa no besaba al sapo, sino que lo reventaba contra una pared. El príncipe salía de la sangre. Yo solo salvé sapos: los retiraba de la carretera, brillaban en la noche como si fueran astros. Solo salvé sapos y no tuve príncipe, pero por las madrugadas dormía mejor que nadie, mecida entre el croar batracio y el ladrido de los perros siempre lejanos.

El quinto recuerdo es de una rata, también herida. La curamos. La pusimos en una jaula de pájaros esperando que se recuperara. Yo tendría ahí ocho años. Metía el dedo en la jaula y ella me mordía. Yo le decía: «tú no eres mala» y entonces volvía a meter el dedo y ella me mordía otra vez en la herida ya abierta. Siempre metía el mismo dedo, como si cambiar de dedo pudiera cambiar esa rata por otra, y yo quería que esa, y no otra, cambiara. Sangraba mucho, aún tengo la cicatriz, pero otra vez y otra vez y otra vez metía el dedo diciendo lo mismo: «tú no eres mala». Goytisolo y su ataque a la verosimilitud:

 

Érase una vez

un lobito bueno

al que maltrataban

todos los corderos.

Y había también

un príncipe malo,

una bruja hermosa

y un pirata honrado.

Todas estas cosas

había una vez.

Cuando yo soñaba

un mundo al revés.

 

Aquella rata no era mala, no podía ser mala porque yo no lo quería. Mis heridas sanaron. La ficción era mi mejor desinfectante. Mejor que el amoniaco de mi orina. Mejor que el corte limpio de una navaja. Mejor que gritar ayuda. Todavía hoy lo es y todavía hoy espero que mis ficciones me cambien, siempre a mejor. Aún crío cicatrices. Y a veces muerdo. Pero soy buena porque creo profundamente en un mundo al revés, en donde el «caballero don Dinero» sea el más débil de todos. Quevedo. En los campos de mi infancia también estaba Quevedo, y siempre acudía cuando yo era una niña que soñaba, como ahora, al amor de la lumbre.

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