Senderos que confluyen: el arte de la ciencia

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«Ginkgo». Foto: Lourdes Martín Aguilar

 

 

Lourdes Martín Aguilar

 

 

Un hombre universal

En su poema Ginkgo biloba de 1815, Johann Wolfgang von Goethe especulaba sobre la peculiar historia que habría conducido a la morfología bipartita de la hermosa hoja, y además, extrapolaba su forma a una descripción introspectiva:

 

Las hojas de este árbol, que del Oriente

a mi jardín venido, lo adorna ahora,

un arcano sentido tienen, que al sabio

de reflexión le brindan materia obvia.

 

¿Será este árbol extraño algún ser vivo

que un día en dos mitades se dividiera? ¿O dos seres que

tanto se comprendieron,

que fundirse en un solo ser decidieran?

 

La clave de este enigma tan inquietante

Yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:

¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,

que soy sencillo y doble como este árbol?

 

Pero la curiosidad botánica de Goethe fue mucho más allá; él generó la idea del arquetipo biológico: un bello y útil concepto que consiste en la existencia de una morfología o plan corporal «básico» que cuenta con lo necesario y suficiente para derivar a partir de éste a cualquier ser vivo que posea el mismo plan. El ejemplo paradigmático (y el que usó Goethe en particular) es el de las plantas: un tallo con hojas es un arquetipo vegetal porque a partir del órgano foliar se puede desarrollar cualquier órgano ulterior:

 

La planta puede crecer, florecer o dar frutos, pero son siempre los mismos órganos los que, en destinos y formas con frecuencia diversas, siguen las prescripciones de la naturaleza […], así como hemos tratado de explicar los órganos aparentemente diversos de la planta en crecimiento y en estado de floración a partir de un solo órgano, la hoja, que se desarrolla comúnmente en cada nudo, también nos hemos atrevido a derivar de la forma foliar aquellos frutos que suelen encerrar en su interior sus semillas.1

 

Es curioso porque embriológicamente (y hasta paleontológicamente) las ideas de Goethe no son equivocadas: la teoría telómica de Zimmermann propone que fue a raíz de una unidad vegetal, el teloma, que se desarrollaron, a partir de las diversas topologías y combinaciones entre telomas, diferentes órganos vegetales en la evolución de lo vegetal.

El mismo Goethe, en la multiplicidad de sus intereses, daba cuenta de las influencias que había tenido sobre su obra el naturalista Linneo (fundador de la nomenclatura biológica binomial), pues en Historia de mis estudios botánicos2 afirma que después de Shakespeare y Spinoza, la mayor inspiración sobre él procedía de Linneo.

 

Las dos culturas

A pesar de la existencia de una plétora de personajes que han sido de facto científicos y artistas, predomina la impresión desde hace tiempo de que el vínculo entre ciencia y humanidades se ha bifurcado como las hojas del gingko poético de Goethe. En su famoso ensayo Las dos culturas, el científico y escritor Charles Percy Snow realizó una aguda radiografía sobre los mundos de la literatura y de la ciencia, donde el principal sabor de boca que deja es que ambos horizontes son tan ignorantes uno del otro que tienden a subestimarse mutuamente, y eso representa una pérdida cultural de dimensiones abismales, ya que las corrientes de inspiración que circulan entre ambos océanos –metáforas, artefactos, ideas filosóficas– se ven ahorcadas. Snow expone de maneras concretas la anterior paradoja:

 

Muchas veces he estado en reuniones de gentes consideradas muy cultas según las normas de la cultura tradicional, y que con sumo placer expresaban su incredulidad ante la ignorancia de los hombres de ciencia. Una o dos veces me he incomodado y he preguntado a los presentes cuántos de ellos podían decirme cuál era la segunda ley de la termodinámica. La respuesta fue fría, y también negativa. Sin embargo, yo estaba preguntando algo que es el equivalente científico de «¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?»3

 

Y la misma situación era vivida a la inversa por el autor (y seguramente, por muchos de nosotros):

 

En su mayoría [los científicos], cuando uno trataba de indagar qué libros habían leído, confesaba modestamente: «Bueno, he intentado algo de Dickens», como si Dickens fuera un escritor extraordinariamente esotérico, complicado y dudosamente merecedor del esfuerzo.4

 

Pero no siempre ha sido así. Goethe, como muchos otros, fue un personaje de intereses universales, que veía en el estudio de la naturaleza, y en el arte, no dos antípodas excluyentes, sino dos universos complementarios ¿Cuándo se estableció esta profunda escisión entre ciencia y humanismo que nos invade actualmente? ¿Ya se había producido antes en la historia de la cultura? ¿Por qué cuesta trabajo que la gente considere la ciencia una cultura en sí misma, o que vea la ciencia y las humanidades como parte de un continuo?

Aunque el debate sobre los orígenes de la brecha se presta a una amplia polémica, Bouterse y Karstens5 argumentan que en el siglo XIX, cuando la ciencia y la industria comenzaron su impulso mutuo de manera exponencial, el prestigio de las ciencias naturales y su capacidad pragmática creció superlativamente; habría sido este momento industrial el decisivo para que se produjera la deriva entre las ciencias naturales y las humanidades.

Algunos personajes, como Giambattista Vico en el siglo XVIII, y John Stuart Mill y Hermann von Helmholtz en el XIX, ya habían hablado de la diferencia que existía en el objeto y la metodología entre las ciencias naturales y las ciencias dedicadas al estudio de las sociedades y de la psique humana; sin embargo, la división no resultaba tan abismal aún, pues todo era parte del mismo tronco; se trataba de elementos diferentes, mas no opuestos.

En efecto, la óptica humanista no es totalmente equivalente a la científica, pero, ¿cuántos principios compartidos existen en realidad entre ambas? Responder a dicha pregunta es una empresa ambiciosa; sin embargo, a partir de situaciones particulares me aproximaré a este deliciosa –y necesaria– convivencia que ha tenido lugar en diversas ocasiones, entre ciencia y humanismo.

 

Trivio y cuadrivio

El matemático Karl Weierstrass aseveró que «Ningún matemático puede serlo del todo si no se tiene también algo de poeta».6 Y bien es cierto que la relación entre matemáticas y poesía, quizá más explícitamente entre matemáticas y literatura, permea –a veces en contra de algún miembro de cualquiera de las dos esferas– el imaginario colectivo de las relaciones entre ciencia y humanismo, y es que la matemática puede ser en extremo sutil, elegante, tan estética como un soneto, y puede transmitir ideas que quizá sólo en la poesía también se pueden cristalizar.

Son varias las intersecciones entre ciencia y literatura, pero una no tan evidente es la metáfora. Uno no cuestiona su importancia en la retórica literaria, pero me atrevo a decir –y probablemente alguien ya lo haya aseverado antes– que una teoría científica es en lo más básico de su esqueleto, de sus músculos y de sus vísceras, una metáfora de la realidad. La metáfora es un modo de guardar en las palabras una relación especial de los objetos del mundo, algo que cabe en cierta figura del lenguaje. Del mismo modo, una teoría científica recopila cierto conjunto de paradigmas (relaciones entre cosas) y sus consecuencias en una estructura intangible, que vive en el mundo de las ideas, al igual que la literatura. Por otro lado, la metáfora y la teoría científica acercan entes que son muchas veces irreconciliables de otra manera y, de ese modo, le proporcionan una especie de estilo a la realidad; ya no es un conjunto llano de casualidades, ahora es una red interconectada con forma concreta y relaciones dirigidas.

Y el hablar de la forma me lleva a una rama del arte que ha tenido encuentros afortunados con la ciencia: la pintura, y en particular, un caso nacional, el de José María Velasco. A pesar del realismo con que Velasco realizó sus pinturas de múltiples paisajes, quizá no es tan conocida su faceta científica: al tiempo que se desarrollaba como artista en San Carlos, se dedicó a estudiar en la Escuela de Medicina tópicos de la botánica, la zoología y la física.

El pintor consideraba que para plasmar en un cuadro cierto paisaje, uno debía antes conocerlo y ser, literalmente, un estudioso del objeto a retratar, lo que se refleja en la precisión geológica de mucha de su obra. Además de que el pintor consideraba al acto creativo como uno de precisión científica, éste también fue partícipe de la ciencia misma: Velasco produjo una monografía científica sobre el ajolote o axolotl (Ambystoma mexicanum), el icónico anfibio endémico del Valle de México, caracterizado por la neotenia,7 cuyo protagonismo se lee en el Axolotl de Julio Cortázar. Rheinberger describe los dibujos de la monografía así:

 

La «belleza» del axolotl, alcanzada por los movimientos, la posición de los ojos y la precisión de los colores de la ilustración de Velasco, revela un grado de bastante familiaridad con el objeto de estudio […] la memoria sobre el axolotl mostró que Velasco daba mucha importancia al medio natural del Valle de México, lo cual coincidió con su interés artístico, en donde este valle se destaca como tema predilecto.8

 

Otra coincidencia afortunada son las diez telas que pintó Velasco para el Museo de Geología de la Ciudad de México. Actualmente se hallan en el piso superior del vestíbulo y en éstas se representan paisajes de diferentes momentos en la evolución de la vida, desde el Paleozoico hasta el surgimiento del Homo sapiens. Un recordatorio más de que los museos de ciencia -desde el gabinete elegante hasta el más interactivo de todos los recintos- deben ser además de instructivos, estéticos y empáticos, y por esto, artísticos.

 

Tela de José María Velasco (expuesta en el Museo de Geología de la Ciudad de México) en la que se representan organismos del Paleozoico.

 

La pasarela de científicos-artistas y artistas-científicos es tan inmensa que se merecerían su propio artículo. Sin embargo, un ejemplo que por antonomasia se debe mencionar es Ernst Haeckel (1834-1919), naturalista y evolucionista alemán, conocido –entre muchas cosas– por sus estudios embriológicos y por la teoría de la recapitulación.9 Además de que fue un excelente biólogo, una cosa es cierta sobre Haeckel: dibujaba y pintaba extraordinariamente bien –quizás a veces tanto que forzaba la perfección y simetría de la realidad biológica–. Probablemente el lector se habrá encontrado antes con uno de las litografías de Kunstformen der Natur, libro de 1899 en el que se exponen ilustraciones de organismos microscópicos, de invertebrados y vertebrados e inclusive de plantas, hongos y algas. El estilo de Haeckel es en parte realista, pero tiene un modo particularmente detallista y proporcionado, de color ordenado, que no vemos en ningún otro lugar, ni siquiera en la naturaleza.

 

Fragmento de la lámina «Hexacoralla» del Kuntsformen del Natur de Haeckel (1899).

Hay otros casos en los que la representación pictórica de alguna hipótesis o teoría expone con precisión las ideas medulares de la misma; esto resulta en extremo interesante. El paleontólogo Stephen Jay Gould lo ejemplifica en su libro Wonderful life: The Burgess Shale and the Nature of History (1989): la reconstrucción pictórica que Charles R. Knight hizo de la fauna de Burgess Shale (un importante yacimiento con fósiles de hace unos 540 millones de años) ilustra el modo de pensar de cierta época paleontológica, en la que los organismos fósiles necesariamente se debían ajustar a las categorías taxonómicas aceptadas en aquel momento (pintó a estos animales antiguos como similares a medusas, camarones y otros conocidos coetáneos). Posteriormente, se postuló que en realidad la mayoría de los organismos de este yacimiento pertenecen a grupos extraños, sin ningún otro representante en la actualidad, y en algunos casos, ni siquiera en otro momento de la historia de la vida. A raíz de esto las ilustraciones que reconstruían Burgess Shale sufrieron un cambio vertiginoso, caracterizado por un nuevo aspecto casi alienígena.

 

Un viaje a la Luna

 

Portada de 1634 del Somnium, obra póstuma de astronomía lunar de Johannes Kepler.

 

Mi ejemplo favorito de los que atañen a esta discusión versa sobre ciencia y ficción, y sobre los viajes a la Luna. Resulta un hecho profundamente fascinante el que el astrónomo alemán (y Matemático Imperial durante el reinado de Rodolfo II), Johannes Kepler, haya escrito en el siglo XVII un estudio –publicado póstumamente– sobre la geografía lunar a partir de una historia ficticia, el Somnium o Sueño. En la misma, el protagonista, Duracotus, viaja a Levania (la Luna) gracias a un hechizo de su madre Fiolxhilde, una bruja. Es muy curioso el modo en que Kepler nos introduce a la historia, pues se trata de una especie de  «matrushka» literaria; lo hace a partir de un libro que lee en un sueño:

 

Ocurrió entonces cierta noche que, después de contemplar las estrellas y la Luna, me tendí en mi cama y me quedé profundamente dormido. En mi sueño parecía estar leyendo un libro que había conseguido en el mercado. Esto es lo que decía:10

 

El protagonista del misterioso libro había sido nada menos que un estudiante de astronomía de Tycho Brahe, un astrónomo danés con el que Kepler había mantenido un importante vínculo. John Lear11 asevera que una interpretación inevitable de esto es que El Sueño es un relato de una experiencia personal.

Kepler dedicó múltiples párrafos a la geografía y astronomía de Levania:

 

Aunque toda Levania tiene la misma vista de las estrellas fijas que nosotros, la visión que presenta de los movimientos y tamaños de los planetas es tal que sin duda debe haber allí un sistema de astronomía completamente diferente.12

 

El ecléctico Somnium combina pasajes de verídicos datos astronómicos con narración fantástica y especulaciones sobre la ficticia flora y fauna en la Luna:

 

El hemisferio de Subvolva puede compararse con nuestros poblados, villas y jardines; el de Privolva es como nuestros campos, bosques y desiertos, […]. En el caso de las plantas, la corteza, en el de los animales la piel o lo que ocupe su lugar, representan la mayor parte de su masa corporal, y es esponjosa y porosa,…, Las cosas que crecen en el suelo, aunque escasas en las elevaciones montañosas, suelen producirse y destruirse el mismo día, y cada día brota un nuevo crecimiento.

En general predomina una raza de serpientes. Es de asombro cómo se exponen al Sol a mediodía, como si fuera por placer, pero sólo en la boca de las cuevas, para contar con un refugio seguro y conveniente.13

 

Muchos consideran al Somnium como una verdadera obra de ciencia ficción e incluso algunos han llegado a establecer que se trata de la primera. Pero El Sueño es más que eso, se trata de un legítimo documento científico14 y de esto da cuenta el ejército de notas sobre geografía lunar que acompaña al viaje de Duracotus.

Al parecer el viaje selenítico es un deseo fuerte y atemporal en las venas literarias (y no sólo científicas) de la humanidad. Antes de Kepler ya se había escrito sobre viajes a la Luna, como lo hizo Luciano de Samósata en el siglo II con la Historia verdadera. Después de Kepler siguieron múltiples herederos de la empresa: el más conocido es Julio Verne, pero hay casos como el simpático cuento de La distanza della luna de las maravillosas Le Cosmicomiche de Italo Calvino en el que, gracias a la corta distancia que prevalecía entre la Tierra y la Luna primigenias, se podía transitar entre las mismas con tan sólo una barca, una escalera y unas cuantas maromas:

 

¿Que si no intentamos nunca subirnos a ella? ¿Cómo no? Bastaba con ir justo debajo de ella en barca, apoyar en ella una escala de mano y subir.15

 

Si listara todos los ejemplos en los que ciencia y humanidades (o ciencia y arte, como se le prefiera ver) han constituido paradigmas, estilos y obras juntos, no acabaría jamás, y sin embargo, actualmente vivimos una profunda crisis de comunicación entre ambos universos, ¿será quizás por confundir el rigor del método científico con la adopción necesaria de gustos áridos?, ¿o porque los artistas juzgan a la ciencia como pragmática y ni siquiera merecedora de una atención sensible? ¿Cómo influye el sistema educativo –en extremo especializado– en la constitución de esta bifurcación?

Al menos como científica (y como «turista» del país de las humanidades) puedo aseverar que la imaginación es un elemento tan intrínseco a la ciencia como lo es al arte. Leo sobre ciertas teorías y veo los datos que nos proporciona el mundo y pienso que para conectar de manera tan creativa y elegante algunos fenómenos, se debe de haber requerido de cantidades ingentes de imaginación, estilo y belleza. Es decepcionante ver que ambos mundos se juzgan de manera disociada, cuando en realidad muchas veces hablan de las mismas cuestiones, que yacen en lo más profundo de nuestra naturaleza humana.

Finalizaré con una frase de Juan Pablo Castel, personaje de El túnel, novela de Ernesto Sábato. El escritor argentino resulta perfecto para nuestro interés sincrético: se doctoró en Física en 1937 y obtuvo una beca para investigar sobre radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie de París:16

 

Diré antes que nada, que detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios y, en general, esos conjuntos de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos: la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto.

 

Suena parecido a las críticas de Snow, ambos escritores y científicos, viciados y cansados de los grupos idiosincráticos y ególatras. Es un llamado, una queja, pero sobre todo, una urgencia que nace, ahora más que nunca, de acortar la brecha.

 

 

NOTAS

1 Johann Wolfgang von Goethe, La metamorfosis de las plantas en Teoría de la naturaleza, 2a edición, traducción y edición de Diego Sánchez Meca, Madrid, Tecnos, 2007, p. 71. Originalmente publicado en 1790.

2 Ibí., p.21

3 Charles Percy Snow, «Las dos culturas», en Ensayos científicos, 3a edición,  traducción de Bárbara Jacobs, México, CONACYT, 1982, p. 22. Originalmente publicado en 1956.

4 Ibíd.

5 Jeroen Bouterse & Bart Karstens, «A Diversity of Divisions: Tracing the History of the Demarcation between the Sciences and the Humanities», The University of Chicago Press Journals, vol. 106, no. 2, junio de 2015, pp. 341-352.

6 Traducción de Francisco González Fernández en Esperando a Gödel: Literatura y matemáticas, Madrid, Nivola, 2012, p. 14.

7 La neotenia es un fenómeno del desarrollo biológico que se produce en ciertas especies. Es ocasionado por un retraso en la velocidad de crecimiento del individuo, como consecuencia, la forma adulta i.e. la que es capaz de reproducirse, posee características del estadío juvenil. En el caso del ajolote la característica decisiva es la presencia de branquias en el adulto, cualidad que en otras salamandras sólo existe en la etapa larvaria.

8 Ineke Phaf-Rheinberger, «Darwin y la obra de José María Velasco. Una visión científico-artística» en Barahona, Suárez & Rheinberger, Darwin, el arte de hacer ciencia, México, UNAM, 2011, p. 234.

9 La teoría de la recapitulación existía desde antes de que Haeckel escribiera sobre la misma, pero la exposición que el biólogo alemán realizó de la misma acuñó bastante fama. La teoría plantea que un organismo recapitula durante su desarrollo embrionario los caracteres y formas que tenían sus ancestros. Por ejemplo, un embrión puede poseer branquias (un caracter típico de seres vivos relativamente antiguos) en sus etapas tempranas de desarrollo, y luego éstas se pierden al formar otras estructuras «más derivadas o modernas». Aunque podría parecer muy evidente para ciertas situaciones, la teoría no es del todo correcta: por ejemplo, Karl Ernst von Baer argumentó que las etapas del embrión no se asemejaban realmente al estadío adulto de un grupo antiguo, sino al mismo estadío embrionario del ancestro.

10 Johannes Kepler, El Sueño. Obra póstuma de astronomía lunar, edición de John Lear (1965), traducción de Victoria Schussheim, México, DGDC, 2005, p. 87. Originalmente publicado en 1634.

11 Ibíd., p. 25-26.

12 Ibíd., p. 94.

13 Ibíd., p. 107

14 Ibíd., p. 27

15 Italo Calvino, «La distancia de la Luna» en Todas las cosmicómicas, traducción de Ángel Sánchez-Gijón, Madrid, Siruela, 2007, p. 14. Originalmente publicado en 1965.

16 Ernesto Sábato, El túnel, edición de Ángel Leiva, Madrid, Cátedra, 1983, p. 19. Originalmente publicado en 1948.

 

 

 

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Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) estudia Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Le apasionan la paleontología, la evolución y las matemáticas, pero también le gusta sumergirse en otros temas, como la historia y la literatura. Es editora de Cuadrivio.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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