Brea

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 Javier Kafie

 

Para el «Diablo»,

quien transformó el agua en guaro

 

 

«Se parece a Mónica», pensó Miguel Palma al observar desde la ventana de su oficina a la joven abrir la malla metálica de la zapatería en la acera de enfrente. El reloj de la pared marcaba las 8:35 de la mañana y habían pasado tres semanas desde que el terremoto destruyera la ciudad de San Salvador. La joven entró al local y comenzó a ordenar los zapatos en la vitrina. Una señora elegante esquivó un montón de escombros amontonados en la acera y se paró frente a la tienda. Desde el otro lado del vidrio la joven le brindó una sonrisa nerviosa. «También se ríe igual a Mónica», pensó Miguel intentando contener un estallido que se originó en su pecho y recorrió en menos de un segundo hasta la última hebra de sus nervios.

Pero en ese instante Miguel Palma escuchó los pasos torpes del gordo Fuentes acercándose a su escritorio, y maldijo a la vida por no darle ni siquiera la oportunidad de disfrutar esas espontáneas erecciones que proceden de lo más etéreo de la memoria:

—Poné cara de vivo, Palma –le dijo el gordo Fuentes–, porque el Señor Ministro quiere verte de inmediato en su despacho.

 

***

 

—Señor Palma –le dijo el Señor Ministro sin invitarlo a sentarse–, hay un asunto de gran importancia y necesito su ayuda. Se trata del cargamento de antibióticos que viene pasado mañana. Quiero que cambie la dirección de entrega. Carla le informará el resto de los detalles.

—¿Puedo… puedo preguntarle la razón de este cambio tan inesperado, Señor Ministro?

La expresión pétrea del funcionario dejó escapar un leve gesto de impaciencia.

—No, no puede, Palma. Ahora retírese.

Miguel Palma titubeó un segundo, pero no dio un sólo paso hacia la puerta.

—Disculpe mi obstinación, pero su Excelencia debe saber que como segundo supervisor de logística, sobre todo ahora que mi superior está ausente, es mi responsabilidad reportar…

—¡Su responsabilidad! ¡No, Palma, su deber es cumplir órdenes, y no querer pasarse de listo!

—Sí, Señor Ministro.

—¡Idiota! ¿Cómo se atreve a cuestionar mi palabra? En estos tiempos críticos debería usted dar gracias de estar vivo, de haber sobrevivido sin un rasguño a la catástrofe.

—Por supuesto.

—¡Tenía que ser un civil! –murmuró con odio el Señor Ministro después de levantarse y comenzar a caminar en círculos detrás de su inmenso escritorio de caoba–. Óigame bien, Palma. Lo que necesito, lo que la patria necesita, son servidores fieles que cumplan al pie de la letra las órdenes, sin dudas ni cuestionamientos, ¿me entiende?

—Sí, Señor Ministro.

—Así que no me venga usted con actitudes comunistas y antipatrióticas. Porque usted es un patriota, ¿verdad, Palma?

—Sí, por completo, Señor Ministro.

—Entonces sabe que vivimos momentos difíciles, que además de la guerra contra esos terroristas hijos de puta este terremoto se ha llevado a miles de hijos de nuestra amada patria. Hoy más que nunca necesitamos servidores públicos entregados a su deber, y no maricones conspiradores y subversivos.

—Por supuesto, Señor Ministro.

—Y usted no es ni maricón, ¿verdad, Palma?

—No, Señor Ministro.

—¿Tampoco es subversivo, verdad?

—Nunca, Señor Ministro.

—Muy bien –dijo el funcionario después de un pesado silencio en el que él miraba a Miguel y Miguel miraba el suelo–. Ahora váyase, que tengo cosas que hacer.

Al ver a Miguel salir del despacho del ministro, Carla suspiró un «pobrecito». Pero cuando él se acercó a su escritorio para preguntar por la nueva dirección de entrega ella se volvió a poner su máscara glacial.

—Sí, claro, Palma. Las órdenes del Señor Ministro son que usted me llame cuando esté redactando el cambio en la orden de entrega y yo le proporcionaré la dirección exacta.

—¿No tiene usted ningún memorándum, ninguna carta firmada por él?

—No.

Ambos sabían lo que esto significaba. Dejando a un lado su máscara glacial, Carla puso su mano compasiva sobre la mano huesuda de este. Luego la retiró. Cualquier otra cosa podría ser malinterpretada.

—El Señor Ministro también me dijo que quiere el cambio ejecutado para hoy por la tarde. Quiere tener la orden de entrega en su escritorio antes de marcharse.

—Claro, Carla. Tenga usted buenos días.

Miguel Palma regresó a su escritorio y colocó una página de papel bond en el rodillo de su Remington. Por fuera se le veía apacible, pero en su interior se sabía una res encaminada al matadero. Se disponía a oprimir la primera tecla cuando su vista deambuló hacia la ventana y vio a la muchacha de la zapatería raspando los restos de cinta adhesiva de la vitrina, reemplazada también después del terremoto. Al verla otra vez, Miguel Palma no pudo evitar que sus labios se movieran dibujando la palabra «Mónica».

 

***

 

Para ese entonces Miguel Palma acababa de cumplir dieciocho años y miraba la vida como una página mira al ejército de teclas, preguntándose cuál imprimiría en ella la primera marca. Era tímido y aplicado, pero también alto, flaco e inquieto, lo que le ganó un puesto como defensa en equipo de baloncesto del instituto técnico. Había asegurado ya la entrada a la Universidad Nacional después de las vacaciones de diciembre y todo el mundo le auguraba un futuro brillante, sobre todo porque se había inscrito en la carrera de administración de empresas.

Pero la vida siempre tiene lista una trompada cuando uno menos se la espera, y, una tarde, cuando Miguel Palma entraba al zaguán de su casa, la vecina metiche sacó la cabeza por la puerta entreabierta y le dijo, con rulos y todo, que en la mañana había llegado a buscarlo un señor que dijo que era su papá, y que había dejado dicho que lo esperaría en el bar de don Beto.

Miguel Palma entró a su casa, se sirvió un vaso de agua y se sentó en la mesita de la cocina. Su madre llegaría en un par de horas, y él ya podía imaginarla quitándose su sombrerito blanco de enfermera y masajeándose los pies mientras le decía que no vale la pena conocer a ese bueno para nada. Así que se levantó, y sintiendo las piernas débiles, se encaminó al bar de don Beto.

Un sólo hombre poblaba el bar. Dormitaba sentado frente a una mesa sucia y llena de botellas de vacías. Miguel se paró frente a él sin saber qué decir.

—¿Usted es Agustín Palma?

—¿Qué putas querés? –gruñó su padre sin abrir los ojos.

—Si usted es Agustín Palma yo soy su hijo, Miguel.

Agustín Palma abrió los ojos, y después de un instante se encendió en ellos una chispa de reconocimiento. Era flaco como su hijo, de cuerpo largo y mentón fuerte y mal afeitado. Se levantó de la mesa y lo abrazó, y mientras se dejaba abrazar Miguel hizo un esfuerzo sobrehumano para soportar el asco que le producía su olor a cerveza rancia, sudor y vómito.

Una semana más tarde, después de muchos ruegos, Miguel lo acompañó a México. Agustín Palma era trailero, lo había sido desde antes de abandonar a su mujer e hijo cuando éste apenas comenzaba a caminar. Agustín insistió tanto en que Miguel lo acompañara al Distrito Federal que su madre, después de varias negociaciones, terminó cediendo.

El ambiente en la cabina era denso, y Agustín intentaba aligerarlo con chistes sucios e historias de la carretera. Pero el destino quiso que los asaltaran antes de llegar a Huixtla, así que Agustín tuvo que manejar de regreso a Tapachula para llamar a sus contratantes y pedir más dinero para proseguir la ruta. Sus jefes le giraron un pequeño adelanto, pero no era suficiente para cubrir los gastos de los dos, así que Agustín decidió que Miguel lo esperara en el motel de una amiga que le fiaba mientras él manejaba a toda prisa al D. F.

Agustín Palma tocó el timbre de la recepción del motel, deshaciéndose en excusas. Y justo cuando Miguel Palma pensaba que su situación no podría ser peor, Mónica salió de una puertecita detrás de la oficina y se sentó con cara de hastío en la recepción. Tenían más o menos la misma edad, aunque ella parecía mayor. Era flaca y de piel tan blanca que uno podía ver las líneas moradas de sus venas recorrer sus brazos hasta perderse detrás de la blusa sin mangas que dejaba entrever su sostén de encaje morado. Su cabello era negro y alborotado, usaba maquillaje oscuro alrededor de los ojos y los labios pintados de un rojo intenso. Se miraba muy triste y muy hermosa, y Miguel Palma hubiera dado todo por entrar a la recepción en ese mismo instante para abrazarla y decirle que la cuidaría para siempre. Pero ella le entregó la llave sin mediar una palabra, y Miguel subió las escaleras jalando la maleta y el dolor de que ni siquiera lo hubiera visto a los ojos cuando él le dijo «gracias».

Esa noche, Miguel bajó a la recepción para platicarle. Pero después de una hora de silencios incómodos, ella desapareció detrás de la puertecita. Miguel regresó a su cuarto con el corazón mallugado, y se dispuso a masturbarse hasta olvidarla. La segunda noche Mónica se notaba molesta, y le dijo a quemarropa que ni soñara que se la iba a llevar a la cama. Sin titubear, Miguel le dijo que lo único que quería era abrazarla, y ella lo miró entre incrédula y asustada.

La tercera noche, Miguel se sentó frente a la recepción y comenzó a contarle su vida. Le contó cómo había sido crecer sin padre en un barrio de pobres donde todo se arreglaba a trompadas, de los años que le tocó vender chicles y cigarros a la salida de los cines para ayudar a mantener a su familia. Le habló con orgullo de sus últimos años en el bachillerato y se presentó como un héroe al ser el primero en su familia que iría a la universidad. Pero al final, en un arrebato de sinceridad, Miguel Palma confesó que tenía miedo, y Mónica levantó la vista de una revista y se le quedó viendo con atención.

—¿Miedo de qué? –le preguntó.

—No sé… de todo –respondió Miguel Palma–. De aplazar el primer semestre de universidad, de decepcionar a mi mamá.

Entonces Mónica comenzó a hablar. Le contó que su madre y ella se habían ido de Culiacán cuando todavía ella era una niña, huyendo de su padre. Había vivido un tiempo en Mazatlán, luego en Guadalajara, en el D. F. y en Puebla. Cuando llegaron a Tapachula, Mónica había cumplido quince años y ya se había dado cuenta de que su madre continuaría huyendo cada día más lejos del fantasma de su padre. Y cuando su madre murió, dos años atrás, la dueña del hotel le ofreció trabajo y hospedaje.

En la cuarta noche Miguel Palma notó a Mónica impaciente. Le preguntó qué le pasaba, y después de un segundo de duda, Mónica le dijo que quería enseñarle algo.

Apagó las luces de la recepción, cerró la ventanilla y entraron por la puertecita detrás de la oficina. Llevándolo de la mano, se internaron juntos por un laberinto de pasillos húmedos y mal iluminados hasta llegar a un pequeño cuarto donde Mónica, muy seria, le dijo a Miguel Palma que guardara silencio.

En ese cuartucho había una cámara de video pegada a un orificio en la pared. Mónica se acercó a la cámara, puso su ojo sobre el visor, y se quedó quieta un rato. Luego se incorporó, introdujo un casete en la cámara y oprimió un botón rojo que decía «record». Con una sonrisa nerviosa le dijo a Miguel Palma «ven», y lo guio al visor de la cámara.

En el visor, Miguel Palma vio a un hombre llorando al borde de la cama. Estaba desnudo y tenía puesto un condón en su pene inerte. Junto a él, una mujer entrada en carnes lo miraba con compasión, dándole palmaditas en el hombro.

 

***

 

—¿Va a salir a comer, Palma? –sonó la voz de Carla detrás de su escritorio, y a Miguel Palma le costó saldar el camino de regreso desde las estepas de su memoria.

—No tenía nada planeado, Carla –le respondió intentando esbozar una sonrisa–. Ya estoy trabajando en la orden…

Carla le sonrió dejando escapar una mueca de cariño:

—Acompáñeme a almorzar, y platicamos.

Salieron del ministerio y caminaron en silencio al comedor más cercano. Los edificios a su alrededor mostraban sin pudor los estragos del sismo, y en el sopor del mediodía, cuadrillas de trabajadores hacían la siesta del almuerzo bajo la sombra de los árboles sobrevivientes.

—Miguel, quería decirle otra vez que siento mucho lo de su madre.

—Gracias, Carla.

—Era una gran persona, es una pena que haya muerto así.

—Muchas personas murieron en la clínica, Carla. El plafón de cemento aplastó un piso entero.

—¿Se acuerda cuando jugábamos «mica» en el pasaje, Miguel? –dijo Carla después de un breve silencio.

—Tendríamos unos ocho años.

—Eran tiempos buenos, todo era más fácil.

—Es cierto –respondió Miguel Palma sin estar de acuerdo, recordando las tardes en las salidas de los cines, en las tiendas, en las salidas de los bancos, sosteniendo una caja llena de chicles y cigarrillos mientras todos sus vecinos jugaban «mica» en el pasaje.

—¿Qué va a hacer, Miguel?

—¿De qué habla?

—Sabe de qué estoy hablando.

—Ah.

—No se puede quedar así, como si nada.

—No tengo muchas opciones, Carla.

—Claro que las tiene…

Miguel se le quedó viendo sin poder esconder su enfado.

—Mire Carla, ya sabemos que Jovelino Guardado terminó en la cárcel, y al licenciado Gerardo Martínez y a Mario Olmedo los desaparecieron por querer abrir la boca…

Miguel Palma se cayó, pues la mesera se acercaba con los platos.

—O podría hacer como López –respondió Carla, tan pronto como la mesera se había alejado.

A Miguel Palma se le congeló la sangre.

—Todos saben que Juan López es un traidor y un embustero, Carla.

—No sea hipócrita, Miguel. Usted sabe tan bien como todos que López ha sido el más listo de todos los empleados del ministerio.

—¿Por haberse robado esa exagerada cantidad de dinero y haber desaparecido?

—No –respondió Carla de manera lenta, casi premeditada–. Por haberle dado vuelta a la misma trampa que le están poniendo ahora a usted, y que le han puesto a tantos antes de usted. Es más, lo de López a mí incluso me pareció… elegante.

—¿Qué me está diciendo?

—Déjese de cosas, Miguel. Conmigo no tiene que aparentar nada ni hacerse el tonto. Ya sabe cómo funcionan las cosas en el ministerio, en cualquier ministerio. Los señores de arriba hacen sus movidas y dejan a cualquier pendejo para que pague los platos rotos. Y hoy le toca a usted.

—Usted… Carla… no sabe de lo que habla. Es una mujer… no sabe la presión que tenemos que aguantar nosotros los hombres.

Carla reprimió una mueca de repulsión al recordar, por una fracción de segundo, la sensación del pene del excelentísimo Señor Ministro embistiéndola por detrás. Se le quitó el hambre y soltó los cubiertos sobre el plato lleno. Dio un sorbo de su gaseosa, y cuando vio a Miguel Palma a los ojos tenía puesta otra vez su máscara glacial.

—Yo podría ayudarle, Miguel.

—¿Qué quiere decir?

—Yo podría ayudarle a salir de ésta.

—¿Cómo?

—Pero antes tiene que quedarle claro que en esto vamos mitad y mitad, y hasta estoy siendo demasiado buena con usted, porque le estoy salvando el pellejo.

 

***

 

Esa noche, Miguel Palma vio muchas cosas a través de los agujeros. Vio a un tipo de brazos tatuados bajo una mujer de senos inmensos y cabello rojo que rebotaba frenéticamente sobre él. También observó a una pareja algo mayor, el hombre embestía el cuerpo triste y fofo de la mujer, y ella de vez en cuando levantaba su mano y la proyectaba con todas sus fuerzas contra la cara del hombre:

—¡Hijo de puta! –le espetaba, y el hombre gemía de placer.

Miró el frenesí de las parejas jóvenes, el cálculo frío de las prostitutas, la pena de las mujeres cuyo cuerpo ya no era esbelto, y muchas cosas más. A las 2 de la mañana siguió otra vez a Mónica a través de los pasillos húmedos, y al mirar por el siguiente agujero todo estaba oscuro y una pareja roncaba. Mónica apagó la cámara, retiró el casete y lo puso en una pequeña repisa en la pared. Luego regresaron a la recepción y Mónica sacó de debajo del contador una caguama.

—¿Para qué graban todo? –se atrevió a preguntar al fin.

Mónica sonrió con nerviosismo antes de contestarle:

—No grabamos todo. Sólo grabamos cuando los clientes lo piden.

—¿O sea que esa gente quiere que la graben?

Sin pronunciar una palabra, Mónica asintió con la cabeza.

—Debes de haber aprendido un montón de cosas –se aventuró Miguel, apenado por su propia falta de experiencia.

—Sólo he aprendido que el sexo es casi siempre lo mismo y que la gente se siente sola.

—Aprendiste a ser fuerte –le respondió Miguel Palma después de pensarlo un poco–. A mí también me tocó aprender a ser fuerte.

Se tomaron la cerveza tibia en silencio, Mónica perdida en el pantano de sus recuerdos, Miguel Palma sin saber qué más decir.

—¿Te gustaría venir conmigo, Miguel?

—¿Adónde?

—A Puerto Escondido, quiero poner un bar frente a la playa. Lo podríamos poner entre los dos.

Miguel Palma se sintió paralizado por el miedo.

—¿Y con qué dinero vas a poner el bar?

—Llevo ahorrando más de un año, creo que con lo que tengo me alcanza.

—¿Y no crees que es peligroso?

—Pues ahora no trabajo en el lugar más pacífico del mundo, ¿no crees?

—Pero tampoco tenés experiencia en bares…

—Si no quieres venir conmigo dímelo de una vez…

Miguel Palma sintió que se lo tragaba el mundo. Aun así, su respuesta salió sin esfuerzo:

—No puedo dejar sola a mi mamá.

Un velo de amargura cayó sobre la cara de Mónica, y Miguel Palma supo que si no hacía algo la perdería para siempre. Posó su mano sobre la de ella y la sintió fría, temblorosa, y se dio cuenta de que estaba llorando. Se acercó a Mónica y la envolvió con sus brazos, y ella lo abrazó con mucha fuerza, y Miguel Palma sintió que estaban despidiéndose.

Se mantuvieron abrazados en silencio por un buen rato, hasta que poco a poco Mónica dejó de llorar. Luego ella se levantó, lo tomó de la mano y le pidió que la acompañara.

Entraron a uno de los cuartos y cuando Mónica comenzó a besarlo él la notó tranquila.

—¿Te molesta si enciendo la cámara?

—¿Cómo?

—Es que quiero acordarme de esta noche –respondió ella.

Sin esperar su respuesta, Mónica abrió el clóset empotrado en la pared y desapareció por una puertecita. Miguel Palma supo que estaría activando la cámara posicionada detrás del espejo que lo reflejaba a él en ese mismo instante: joven, medio desnudo y aterrado, sosteniendo con pulso tembloroso el paquete de preservativos.

 

***

 

«Pero Mónica era diferente», pensó Miguel en su escritorio, viendo hacia la nada por la ventana.

Después de almorzar había entrado como sonámbulo a la zapatería de enfrente, y al ver a la joven acercarse logró hilvanar una mentira:

—Buscaba zapatos para mi novia.

Mientras le mostraba algunos modelos, Miguel Palma la notó servicial y temerosa, y concluyó que esa joven no tenía la temeridad de Mónica. Salió de la tienda y miró el edificio del Ministerio: era el único en toda la cuadra que había sobrevivido intacto al terremoto. Cruzó la calle, atravesó el recibidor y abrió la puerta de su oficina. Y al ver desde lejos su escritorio sintió una brea lenta y caliente trepar por su garganta.

El reloj de la pared marcaba las 3:45 de la tarde cuando Miguel Palma terminó todos los preparativos. Mecanografió el cambio de orden de entrega con tres copias al carbón, así como también una carta con el mismo número de copias que describía, con lujo de detalle, el nuevo lugar y la hora exacta en que se realizaría la entrega del cargamento de antibióticos donado días atrás por la cooperación internacional.

Con la parsimonia medida de quien se sabe caminando al borde del abismo, Miguel Palma se levantó de su silla, se desenrolló las mangas de la camisa e introdujo en el bolsillo de su saco lustroso las copias de la orden y de la carta, estampadas con el sello de la oficina y guardadas en sobres blancos sin remitente. Faltaban cinco minutos para el cierre de la oficina.

Miró por última vez su Remington, y tragándose una bocanada de nostalgia le esbozó una sonrisa.

Salió de la oficina sin despedirse de nadie, y caminó por las calles llenas de transeúntes sin fijarse si en la zapatería de enfrente se encontraba todavía la joven que se parecía a Mónica. Dobló la esquina y se paró en seco frente al buzón de la oficina de correos. Sintió la mano sudada mientras sacaba del bolsillo interior de su saco los tres sobres: uno destinado a un periódico local, otro a un periódico mexicano y otro a un corresponsal español que lo entrevistó sobre el colapso de la clínica y la muerte de su madre.

Dejó caer los sobres por la hendidura del buzón y se sorprendió de no sentir miedo, ansiedad o alivio. Sólo sintió un poco de curiosidad por ver la cara que pondría Carla o el Señor Ministro al darse cuenta de lo sucedido.

Miguel Palma supo que desde ese momento cada segundo contaba, así que con paso apresurado desapareció para siempre detrás de la siguiente esquina, preguntándose cuántos bares tendría que recorrer en Puerto Escondido hasta encontrar a Mónica.

 

 

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Javier Kafie (México, Distrito Federal, 1982) creció entre México y Centroamérica, luego realizó estudios en Estados Unidos y Alemania, especializándose en literatura, cultura y medios de comunicación por la Universidad de Siegen. De 2004 a 2008 ejerce como editor y colaborador en las revistas literarias Fool on the Hill y Polyphony Online, y como traductor de artículos académicos. En 2009 regresa a Centroamérica, y en 2011 dirige el corto documental «Perkín». En 2014 dirige el documental «Cuatro Puntos Cardinales» y el corto ficcional «Perfectos» (finalista en el Festival de Cine Español Notodofilmfest). Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias salvadoreñas. Vive en San Salvador, El Salvador, y trabaja como escritor y cineasta. Contacto: jckafie@gmail.com

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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