Canción de lluvia

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Khaled Mattawa

 

 

Lengua prestada

 

 

Tal vez soy un tonto

que sostiene dos hilos,

uno negro, uno blanco

y espera al amanecer

para distinguirlos.

Pero sólo practico

mi religión que

no tomé prestada

ni robé.

Tal vez soy un tonto

por pensar en una mejor respuesta

que la del paciente de trasplante

que dijo Lamento que alguien

haya tenido que morir.

 

No, no me queda chica

mi lengua. Es un abrigo

que te da tu madre,

carmesí o azul cobalto,

con el interior de seda, el collar

de un ancho suficiente

para cubrir todo el cuello.

Todo el invierno lo usas,

luego llega la primavera

pero nunca se va.

Ése es, para mí, el árabe.

Uso una camiseta blanca ahora,

con delgadas líneas grises,

sin el botón de arriba,

y me queda.

 

 

*

 

 

ZAI EL-HAWA

Imagina al cantante. París en abril, el primer día que sale solo. No le importa estar perdido aquí. En una tienda pequeña compra una camisa que sabe que no usará nunca. La compra porque una camisa nueva con plástico, cartón y alfileres es perfecta y eso es, para él, la transcendencia. Ahora imagina el dolor del cantante, su hígado devorado por esquistosomiasis. Tienes que ver esto, pues hay una especie de brisa que sopla en este día radiante de París, y porque nuestro cantante está eufórico: va a grabar una nueva canción en dos semanas y dará un concierto en dos meses.

Ahora imagina a mi prima que se lanzó de un balcón el día que murió el cantante. Durante años, todos dijeron está enfermo, está enfermo. Pero un dato tan pequeño y nunca confirmado es como uno de los barriles de pólvora que los turcos guardaron en el Partenón durante décadas. Basta un cigarrillo o un proyectil mal disparado de los griegos rebeldes y estalla el techo. O la fábrica de cohetes en Tennessee, a diez millas de donde yo vivía, un temblor en el pavimento y el estruendo distante como un murmullo que nadie escucha. No recuerdo cómo empezó el fuego ni cuántos murieron.

Pongo un casete de Zai El-Hawa en el estéreo y el cantante presenta la canción. Dilwaati zai el-hawa. Kalimat (letra de) Muhammad Hamza. Aplausos. Talhin (música compuesta por) Baligh Hamdi. Aplausos entusiastas. Tuqadimaha ma’ya (interpretado por) Al-Orchestra Al-Massiya. Aplauso. Gritos. Una canción. Cuarenta minutos. Una vez al año. Aplausos entusiastas.

Aman a este hombre, su rostro bien parecido, sus orígenes campesinos. De saber que era huérfano, hubieran llorado. Mantuvo en secreto los orfanatorios infestados de piojos, el abuso de niños mayores, la comida rancia. Y sólo sus amigos más cercanos saben que comenzó a cantar después de fracasar en la flauta. Sus escuchas sólo saben de orígenes humildes y ahora miran su nombre escrito con rosas blancas en un arreglo floral más grande que una cama.

Pero ahora gritan. Awid. Min Awil. (Desde el principio. Todo de nuevo). Aman esta canción aunque es igual a las otras: noches alumbradas por velas, flores, y el deseo, que se ha vuelto un tropo de petrodólares. Excepto que el cantante insistió en incluir un saxofón y una guitarra eléctrica. «Pero ésta es música árabe», se quejaron sus amigos. «Y qué, y qué», les gritó. Y tenía razón. A la multitud le encanta. Yo coreo junto con ellos, desde el principio, todo de nuevo.
Una vez, en una granja de café en Kenia, una mujer comenzó a hacer rimas. Los niños que trabajaban para ella se reunieron a su alrededor a escucharla. Cuando dejó de hacerlo dijeron: «Canta de nuevo, canta como lluvia». Una vez, leí en un periódico…

Ahora imagina que el cantante se cansa de su paseo. Escoge un pequeño café lleno de sol y pide un té. Entonces entra un hombre con un traje caro, reloj de muñeca de oro, el tipo de hombre que insistiría en acompañar al cantante a todos lados, comprarle regalos, invitarle la cena, el tipo de hombre que acabaría borracho entrada la noche diciéndole al cantante «Me sé de memoria todas tus canciones» y le hablaría lloroso de su exilio, de su nostalgia y sollozaría y sollozaría.

Pero el cantante esconde su cara tras un periódico y, cuando el hombre se marcha, se siente aliviado de la misma manera en la que un moribundo se sentiría aliviado de saber que toda la historia ha sido borrada y el dolor ya no existirá. Ahora, intenta escuchar al cantante cuando expresa esto con un sonido, medio murmullo, medio suspiro, un gesto capaz de hacer que una multitud se congregue, todos gritando «Desde el principio. Todo de nuevo», y un grupo de niños obreros se apresuran para entrar al café y ruegan «Canta otra vez, canta como lluvia», entre ellos una niña adolescente con fuegos artificiales proyectándose de su cabello.

 

 

*

 

 

Canción de lluvia

 

A partir de Al-Sayyah

 

 

La radio grita «Diálogo de almas»

y la mujer que odiaba las nubes

mira el cielo.

¿Dónde está el mar ahora?, pregunta.

¿Hacia dónde queda?

¿Cuál es su nombre?

Esta lluvia en camino a la escuela,

invierno, mi séptimo año,

mi padre conduce

a través de la lluvia, sus ojos fijos

en un mundo de crédito y deuda. En la

radio, devoción hacia

el que libra de daño a los desesperados,

el que sabe los secretos y conoce las certezas.

Ni siquiera la angustia de aquellos

años, el denso

tráfico, el frío o el viento podían

tocarme. Estaba seguro de que la palma

que me sostenía volvería

a ser golpeada. La suerte permite

eso y les permite latir a las estrellas

en profundidades accesibles.

Lleno de una pena cercana a la felicidad,

no me importaba si estaba a salvo,

si la tormenta

había o no terminado, sólo que se acercaba, la tajada

del rayo, el quejido del cielo,

y las tormentas que hacíamos,

cómo la lluvia le quitaba a todo su urgencia,

cómo aquel que libra el daño levanta

a los desesperados.

 

 

Traducción de Elisa Díaz Castelo

 

 

 

 
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Khaled Mattawa nació en Bengasi, Libia, en 1964, y en 1979, cuando aún era un adolescente, se mudó a Estados Unidos. Es autor de los poemarios Ismailia Eclipse (1995), Zodiac of Echoes (2003), Amorisco (2008) y Tocqueville (2010). También ha destacado como traductor de poesía árabe al inglés: Fadhil Al-Azzawi y Amjad Nasser se encuentran entre los poetas que ha traducido, además de haber recibido premios como el Pushcart y el PEN por la calidad de sus traducciones.

 

Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) es poeta y traductora. Estudió Lengua y Literaturas Modernas Inglesas en la UNAM. Con el apoyo de las becas Fulbright y Goldwater, cursó la Maestría en Literatura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Dos poemas suyos ganaron segundo lugar en el premio de poesía de Literal Latté y fue seleccionada como semi-finalista en el premio de Tupelo Quarterly. Sus poemas en español se han publicado en las revistas Periódico de PoesíaLos Bárbaros y Sobremesa, entre otras. Actualmente vive en la Ciudad de México y es becaria del FONCA.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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