Rendirse

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Ocean Vuong

 

Leer y escribir, como cualquier otra destreza, le llega a uno poco a poco, por partes. Pero para mí, un estudiante de inglés como segunda lengua cuyos padres eran analfabetos, se dedicaban al cultivo de arroz y veían la lectura como algo esnob o incluso peor, la experiencia de abrir un libro, incluso uno tan sencillo como Where the Wild Things Are, era algo parecido a estar en medio de arenas movedizas y que tus seres queridos se amontonaran en la orilla, de brazos cruzados, con miradas de sospecha y duda mientras tú te hundías.

Mi familia emigró de Vietnam a Estados Unidos en 1990, cuando yo tenía dos años. Vivíamos, los siete, en un departamento de una recámara en Hartford, Connecticut, y pasé mis primeros cinco años en el país rodeado, inundado, del idioma vietnamita. Cuando entré al kínder, estaba, de alguna manera, emigrando de nuevo: esta vez al inglés. Como cualquier niño estadounidense, aprendí rápidamente el abecedario, gracias a la tradicional canción para niños (la cual todavía canto a toda velocidad para mí mismo cuando olvido si la «M» va antes de la «N»). En pocos años ya lo hablaba con soltura, pero no lo escribía de la misma forma.

Una tarde de primavera, en cuarto grado, nos dieron una tarea en la clase de lengua: en dos semanas teníamos que escribir un poema para el mes nacional de la poesía. Normalmente, mis escasas habilidades de escritura me habrían librado de tareas semejantes, y me la habría pasado copiando mecánicamente fragmentos de libros de un contenedor azul de plástico situado al fondo de la clase. Eso me permitía camuflarme; mientras pareciera que estaba haciendo algo bien hecho, mi sentimiento de fracaso y mi vergüenza no hacían acto de presencia. Los problemas comenzaron cuando decidí ser peligrosamente ambicioso, o lo que es lo mismo, cuando decidí escribir un poema.

«¿Dónde está?», me preguntó el profesor. Levantó la hoja del poema contra la luz fluorescente de la clase y entrecerró los ojos, como quien examina un billete falso. Yo sabía, por cómo se estaba iluminando el salón, que había empezado a nevar. Señalé mi trabajo, que colgaba de sus dedos. «No, ¿dónde está el poema que plagiaste? ¿Cómo pudiste escribir algo así?», e inclinó mi escritorio hacia mí. El escritorio tenía un cajoncito en la parte de abajo y vi caer por la boca del cajón todo lo que en él había: gomas rosas rectangulares, crayolas, lápices amarillos, plantillas de caligrafía arrugadas con letras punteadas, una paleta Dum Dum de limón. Pero no había ningún poema. Me quedé inmóvil frente a los escombros. Pequeños momentos de hielo se lanzaban contra la ventana mientras los niños y niñas, mis compañeros, miraban fijamente y se veían tan escépticos como una hoja de papel en blanco.

Unas semanas antes había estado en la biblioteca. Allí me escondía en los recreos. Si no, por mi complexión menuda y mi voz suave, los niños me llamaban «marica» y «joto», y me bajaban los pantalones hasta los tobillos en medio del patio. Me senté en el suelo junto a una grabadora. De una caja de cintas, elegí la que tenía una etiqueta que decía «Los grandes discursos estadounidenses». Agarré ésa por la ilustración, un micrófono contra un fondo de la bandera de Estados Unidos: porque la bandera de Estados Unidos era uno de los pocos símbolos que reconocía.

De los audífonos, surgió una voz masculina potente, que se vertía en mi cuerpo. Sus inflexiones me llevaban a pensar en las olas del mar. Entre sus frases, una multitud –miles de personas, imaginaba yo– gritaban y aplaudían. Imaginaba sus cabezas desplazándose en un caudal interminable. Su voz debe tener el poder de una luna, pensé, algo más allá de mi comprensión, de mi pequeña vida. Entonces el narrador le ponía nombre a la voz: el Dr. Martin Luther King, Jr. Asentí, sin saber por qué un doctor hablaba de esa manera. Pero quizá esa gente estaba enferma y él estaba intentando curarlos. Debe de haber medicina en sus palabras. ¿Puede haber medicina en sus palabras? «Tengo un sueño», dije a la vez que el doctor, sólo moviendo los labios. Y entonces me acordé de que también hacía eso con las historias de mi abuela, las que me había contado desde que nací. Por supuesto, no saber leer no quiere decir que uno esté vacío de historias.

Mi poema se llamaba «Si un niño pudiera soñar». Las frases «tierra prometida» y «cima de la montaña» me parecían afortunadas, y vi un campo de un color ocre encendido, con una exuberancia parecida a la de un crepúsculo de primavera. Imaginé que el doctor estaba soñando con la primavera. Así que mi poema era una especie de oda a la primavera. Aprendí nombres de flores que no conocía en los programas de jardinería que mi abuela veía: dedalera, lirio, azucena, botón de oro. «Si un niño pudiera soñar con campos dorados, llenos de lirios, tulipanes, margaritas…» Ya sabía palabras como «si» y «niño», pero otras las tuve que buscar en el diccionario. Pronunciaba las palabras en mi cabeza, con el diccionario en las piernas, y luego buscaba las letras. Después de unos días, el poema apareció en forma de palabras de grafito gris. El papel era una bandera blanca. Me había rendido: había escrito.

Ahora puedo entender el problema de mi profesor. Al fin y al cabo, yo tenía un nivel bajo. «¿Dónde está?», dijo otra vez.

«Aquí mismo», dije, señalando mi poema, que él sostenía entre los dedos.

Había leído libros que no eran libros, y los había leído usando todo excepto mis ojos. De esa «lectura invisible», había vertido mi mundo en el papel. Por definición, yo era un fraude en el campo del lenguaje, o lo que es lo mismo, era un escritor. He plagiado mi vida para darles lo mejor de mí.

 

Traducción de Patricia Oliver

 

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Ocean Vuong (Saigón, 1988) es el autor de Night Sky with Exit Wounds (Copper Canyon Press, 2016). Obtuvo la beca Ruth Lilly en 2014 y su poesía ha recibido reconocimientos por parte de la Fundación Civitella Ranieri, la Fundación Elizabeth George, la Academia de Poetas Americanos (Academy of American Poets), la revista literaria Narrative y el premio Pushcart. Sus textos han aparecido en Kenyon ReviewGRANTAThe NationNew RepublicThe New YorkerThe New York TimesPoetryAmerican Poetry Review, la cual le concedió el premio para poetas jóvenes Stanley Kunitz. Actualmente vive en la ciudad de Nueva York.

 

Patricia Oliver (Zaragoza, España, 1977) es traductora, correctora de estilo y coordinadora de la revista Nocturnario. Ha traducido la novela Pétalos de sangre, del keniano Ngugi wa Thiong’o (Elefanta Editorial, 2014), y sus textos y traducciones se han publicado en las revistas Nocturnario y Crónica Ambiental.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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