Tinta de pulpo

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Carlos Yushimito

 

 

Wagner cruzaba los brazos bajo la nuca y sus piernas extendidas casi tocaban los pedales del automóvil. El respaldar de su asiento había sido echado hacia atrás y, por la forma en que respiraba, Ciro creyó que dormía. Calculó que necesitarían otra media hora más de vigilia: treinta minutos más y el malecón se limpiaría de deportistas y las putas lo gobernarían todo, enredando turistas, traficando pequeñas cantidades de droga. Más tarde o más temprano llegaría, se dijo Ciro. Las desgracias nunca son puntuales, pero siempre acaban por aparecer. A pocos metros de ahí, una mulata de greñas oxigenadas cruzó meneando su pequeño short, y él creyó reconocer en ella una señal del anochecer inminente que caía sobre Río. Ciclistas de regreso. Hombres en sudaderas. Predicadores. Nada fuera de lo normal hasta ahora, pensó. No obstante, al ver que la mujer se alejaba hacia el Calçadão de Matinhos sintió un leve desencanto, como si algo se le hubiera perdido con ella. Chupó el cigarrillo hasta que rozó el límite de la boquilla. Exhaló. Los días martes no habían sido hechos para trabajar. Eran días de oración en la iglesia.

Cuando no fumaba, Ciro hacía rotar una esfera de metal en su manaza negra. Se detenía, y nuevamente la hacía rotar.

Decía que eso lo relajaba.

—¿Vas a dejar de tocarte las bolas o qué, porra? –refunfuñó Wagner, sin abrir los ojos.

—No son mis bolas –se justificó Ciro–. Son las llaves de mi casa. Dentro del bolsillo tengo un regalo del babalaô, las llaves de casa y un pedazo de… –se detuvo–. Sabes que estos trabajos me ponen ansioso.

—Como sea, negro, párala ya. Sólo vas a conseguir que me contagie.

Vagabundos. Algunos peatones con prisa.

—Además, esta maldita radio que no funciona…

Wagner era todo lo contrario a lo que podía esperarse de un buen paulista: era aficionado al fútbol local, un apostador compulsivo y un juerguista; en suma, el hombre menos industrial que había conocido en toda la cuadrilla. El hecho de que lo hubieran alejado de las favelas para que desempeñara labores de ablandador en la zona sur hablaba bastante claro del modo en que había desempeñado su trabajo durante el último año. Y, sin embargo, esto no había perjudicado la opinión que Pinheiro tenía de él, pues, incluso ahora, relegado como estaba a tareas menores, atracos, palizas, custodias o desapariciones de chivatos o insolventes, eran pocos los malandros que se atrevían a contradecirlo por temor a verse envueltos en trifulcas con él, y era una precaución coherente, al menos, mientras durara su buena estrella con el jefe.

—¿Le has jugado al Corinthians de nuevo? –indagó Ciro.

Era una pregunta hueca, en realidad: sólo intentaba impedir que el otro se durmiera.

—Doscientos reales –confirmó Wagner, sin aspavientos–. Suficiente para no dormir, para no quedarse despierto. Este maldito limbo es el peor lugar en que pueden dejarte las apuestas.

Ciro asintió, mirando la calle.

¿No era eso lo que decía siempre? Esto me va dejar en la ruina, negro. Tengo que ponerle un límite a esto. Pero volvía: los adictos siempre terminan por regresar a sus vicios. A los mismos lugares, como los asesinos.

Allá adelante, las luces del paseo parecían langostas de ojos indiscretos asomadas sobre las palmeras. El mar se estremecía a doscientos metros, con un suave oleaje sin sonido. Una pareja andaba sin preocupaciones; ella batía unos hermosos muslos de yegua y él caminaba tirándole del brazo, como si sufriera con la exhibición de poder que daba su mujer. Difícil saber si eran novios; si sólo eran un proxeneta y su puta. Siguió las espaldas erguidas por el espejo lateral hasta que el reflejo de su cara marcada por la viruela se le posó encima, como una mosca, y no se le antojó tan desagradable como recordaba. Si no fuera por ella, después de todo, nunca habría conocido a Melba y por lo tanto nunca se habría enamorado de ella. Melba no se habría acostado con él la primera fiesta de São João. Y sin esa espléndida noche, en la gasolinera, él nunca se la habría llevado a vivir a São Clemente. No se habría bautizado. No estarían esperando un niño.

Se acarició la mejilla.

—¿Tú crees en la suerte, Wagner?

A su lado, el asiento rechinó como una articulación vieja.

—¿El azar, quieres decir?

—La suerte que nos toca a las personas –dijo Ciro, moviendo la cabeza–, me refiero a lo que hace que una persona sea de una forma y no de otra. –Sintió que las palabras correctas no parecían llegarle a tiempo–: me refería a si crees que existe la posibilidad de que alguien tenga inclinación a que las cosas le salgan bien, o si las cosas que hace uno son correctas o incorrectas sólo porque no podrían ser de otra manera –pensó–: un mundo sin alternativas, para ninguno. ¿Me dejo entender?

Wagner volvió a cerrar los ojos.

—No te diré que soy un filósofo, negro; pero una cosa sí te puedo decir acerca de la suerte. Lo único que yo sé es que la suerte no se nos presta ni se nos regala con el tiempo. Sólo se nos paga –chasqueó la lengua, como si algo le supiera mal–. De una forma u otra, la suerte que tenemos siempre se la quitamos a otro.

Abrió los ojos, como esperando ver algo.

—¿Tiene sentido eso, negro?

—Sí –dijo Ciro–. Tiene sentido.

Treinta años después, de Praia Mansa sólo permanece un delgado eco o la ridícula migaja del banquete que terminó por devorarse a sí mismo. Pocas cosas quedan de aquel lugar en donde se podía jugar al fútbol, su arena caldeada, incluso cuando la orilla había perdido gran parte de su superficie lamida por la marea alta. En el paseo abundaban puestos de comerciantes, ferias nómadas y un antiguo vigor de fiesta que ahora, simplemente, languidecía. Había inspirado canciones afligidas y de una suave sensualidad; le habían escrito poemas melancólicos, y los amantes se habían declarado amor eterno en sus paseos de piedra recién pulida y baldosas ondulantes que imitaban la corriente de un mar en blanco y negro. Ahora éste, no el verdadero, había perdido su hechizo hipnotizador, despintado por la humedad y los años. Ahora nadie parecía echar en falta su espíritu poético, salvo cuando un par de viejos lo recordaba en la televisión o algún alcalde mencionaba su gran aporte a esta comunidad, que creció gracias a su beneficio por más de cuarenta años. Es verdad que, incluso ahora, en pleno crepúsculo, lo siguen haciendo las putas y los malandros, viviendo a costa de extranjeros incautos y adolescentes desencantados que rondan aún como espectros por donde casi medio siglo atrás el mar se había engullido gran parte de la avenida Atlántica.

Sigue estando ahí la marca de su dentadura salada en el terraplén, sobre el que se levantan hoy miradores atacados por una pertinaz mata de hierba, perfecta para ocultar golpizas y homicidios sin culpa.

Hablando con la verdad, ambos eran los únicos que recordaban espontáneamente el apogeo de ese recodo de la zona sur, mientras jugaban al dominó en una vieja covacha del morro Babilônia. Mientras los recuerdos de su niñez afluían como un chorro caliente a su cabeza, su corazón y su mente preferían guardar silencio, como si quietos en otro lugar, intentaran mantenerse a salvo de cualquier debilidad. Pero había algo que Ciro no podía eludir. Como se lo había prometido a sí mismo, aguardó a que la primera carroça asomara su perfecta simetría en la ronda de fichas, para decirle a Cuaresma lo que había venido a decirle, mucho antes de venir a buscarlo.

Sólo le tomó cuarenta y siete minutos y tres partidas previas para que ese momento aconteciera.

—Entonces era verdad que me buscaban –dijo Cuaresma, mirándolo sin sorpresa.

—Es lo que he oído decir.

El doble seis permanecía erguido en mitad del tablero.

—¿Y te han dicho por qué?

—Wagner dice que Pinheiro soñó contigo dos veces esta semana. Soñó con una flor que crecía en mitad de una callejuela a oscuras, y con una faca que la cortaba por la mitad. Dice que ha estado inquieto, pensando en Mamboretá últimamente. Se ha entrevistado con el babalaô dos veces, y, orando, conversando con los orixás, babalaô ha descubierto que es el espíritu de Yemanjá que anda pidiendo desagravio para reparar la pureza que lastimó la guerra durante su fiesta. De cualquier manera, el viejo piensa que sería bueno borrar del mapa a los que sobrevivieron al Tatuado. Babalaô no se lo ha dicho, pero él ha interpretado que alguno de su entorno quiere tomar revancha en su contra.

Se secó la frente, con breves picotazos de su pañuelo.

—Comenzaron hace dos días, como ya debes saber –dijo, y después de unos segundos acomodó un par de piezas sobre la mesa–. Belego apareció muerto en Vidigal, un disparo en la cabeza, y algunos negros han estado desapareciendo en el interior con la excusa de ir por más mercancía. Al parecer sus sueños no se han detenido, y ahora eres tú el que más le preocupa.

Cuaresma movió la cabeza con cansancio.

—Si quieres mi opinión, Ciro –y su mano grande no tardó en engullir una de las fichas–, es lo más idiota que he escuchado en mucho tiempo. ¿Crees que no he deseado hacerlo alguna vez? Lo haría con mucho gusto, mi Dios. Mucha gente lo querría. Pero así como van las cosas, ni siquiera tengo dinero para comprar una faca: mucho menos para soñarla. Dudo incluso que, aun teniéndola, me dejaran acercarme lo suficiente como para clavársela a ese hijo de puta. Yo estoy tranquilo en mi área y trabajo lo mismo que con Mamboretá. Nada me sobra. Pero hay que ser un tipo demasiado burro para creer que alguien podría matar al viejo con una faca, sabiendo que lo siguen treinta tipos cada vez que sale a la calle.

—Pero es así –dijo Ciro, poniéndose serio–. Debo decirte que ya te han puesto una fecha encima.

—¿Cuándo?

—El veintitrés –dudó–, o el veinticuatro.

—Poco tiempo me han dado, ciertamente –su boca se estiró como una faja.

—Entonces estarás de acuerdo conmigo en que lo mejor que puedes hacer es escaparte un tiempo, hermano.

—¿Minas Gerais?

—Adonde quieras, siempre que no elijas la costa.

—Supongo que tendré que hacerlo.

—Tendrás que hacerlo –Ciro se impacientó; empezaba a sudar a chorros, no podía evitarlo–. Sabes que me juego el pellejo alertándote cada vez, viniendo hasta acá, a ésta que ni siquiera es mi zona. Es decir, tendré que hacerlo si te encuentro a partir de ahora. No me dejarías opciones. El primogénito de Melba llegará en cinco meses. Un niño, Cuaresma. ¿Te imaginas eso? Fuera de Río ella no tendría opción ninguna de sobrevivir. Mucho menos yo, que ni siquiera salgo solo cuando voy de cacería por las noches –lo miró a los ojos, suplicante–: Ya sabes que así están las cosas.

—Supongo que no haré nada estúpido –dijo Cuaresma.

—Lo pasaría muy mal si lo hicieras, hermano.

—Lo sé. Yo también lo pasaría mal.

Tomaron el resto de cervezas en silencio hasta que secaron la botella. Cuando eso sucedió, jugaron hasta que ninguno de los dos quiso contar sus fichas.

—Niño, entonces –dijo Cuaresma.

—Sí: Brandão, como el abuelo. Nombre de navegante.

—Tal vez con ese nombre nunca le falte adónde ir. Podría llegar bastante lejos.

—Como tú.

Cuaresma, a pesar de todo, no se veía convencido.

—Minas Gerais debe verse muy bonita en esta época del año.

—Ten certeza. Cualquier lugar fuera de Río será más bonito el resto del año.

Amanecer delante de aquella discoteca de loiras y cretinos poderosos le había dejado una callosidad que lo hacía inmune a cualquier otro tacto. Podía ver con indiferencia niñas del brazo de turistas, jovenzuelos con labios pintados o ancianas despojadas por drogadictos sin experimentar sorpresa ni indignación alguna. La gente, en realidad, era un jaleo raro, aturdidor para él. Ciro se tapaba los oídos, seguía adelante. Puntualmente, todos los días martes rezaba junto al babalaô con ese sueño conveniente, pensando con frecuencia en singular, acaso en Melba o en su futuro hijo, Brandão. Poco importaban los vagabundos, las parejas en busca de oscuridad, los pequeños traficantes que hacían trapicheos nada rentables, su porción de mercancía adquirida, los hombres y las mujeres devueltos cuesta arriba con menos esperanzas que antes. El encuentro con Cuaresma, cinco semanas atrás, lo había llevado a creer que el círculo vicioso por fin se había cerrado. Que él podría intervenir, quizá, en algo que no sería su propia vida. Se equivocaba, claro: los perros domesticados nunca están sobradamente encadenados a su conducta, a su temperamento fiel, a su afecto de costumbres. Él debería saberlo mejor que nadie.

Mientras la primera puta se acomodaba las tetas bajo el vestido de hilo blanco, Ciro recordaba la voz aflautada de Wagner metiéndose a través de sus sueños; lo despertaba otra vez de la blanda y sosegada modorra en que lo había abandonado la comida de Melba, el ridículo quejido de latón que la fusca arrastraba habitación adentro como un sabueso, hasta que el agudo viento alcanzó su dormitorio, su cama, el cielo raso y las profundas grietas de humedad que tardó algunos segundos en identificar como suyas.

Cuando abrió los ojos, Melba lo miraba fijamente, apoyada contra la puerta.

—¿Quién es? –farfulló Ciro.

—Wagner –dijo Melba.

Su cara lustrosa le hablaba sin voz. Una urgencia contenida le callaba la boca. Mientras descifraba la silueta de su mujer cortada por la mitad, la media luna que abultaba su bata, insistió, rezongando, recostado sobre la cama.

—¿Y qué quiere conmigo?

—Que salgas, dice.

Ciro consiguió sentarse en la cama.

Se restregó los ojos.

—Sí, a Cuaresma, negro. –El automóvil jadeaba con un rugido impaciente cuando llegó a la puerta de la calle–. ¿Recuerdas cómo se nos escapó la última vez? –Wagner se apoyaba junto a la ventana; le hacía espacio para que subiera–. Pero he estado averiguando por mi cuenta. Haciendo preguntas. Y esta mañana el Alemán ha dado con él, en Praia Mansa. –Volvió a recostarse. La espalda le dolía. No cerró los párpados otra vez. Ahora él también contemplaba la avenida Atlántica, la mirada fija en el muelle–: Sólo tenemos que verificar si el soplo es de fiar. Tú sabrás identificarlo mejor que yo desde aquí. El viejo mismo dice que tienes los mejores ojos de Río. «Por las noches es como un gato negro», me dijo. «Nunca le ha temblado la muñeca.»

Se levantó de la cama.

—¿Cuaresma? –preguntó Ciro, incrédulo–. ¿Estás segura de que ha dicho eso, Melba?

Ahora, Ciro dudaba. Pero Melba estaba ahí con él: le apretaba una mano flácida, unos dedos esponjosos, sin huesos, y supo que no mentía. Vio cómo movía la cabeza lentamente, de arriba abajo.

—Cuaresma –repitió el Alemán, asintiendo–. El mismo cara que buscabas. Hoy estuvo de nuevo, lo vi caminar hacia Babilônia. Solo.

—De modo que tendrá que pasar por aquí –dijo Wagner, echando una calada por la boca–, más tarde o más temprano, ese hijo de puta tendrá que pasar delante de nosotros.

Ciro apretó su bola.

—Esperaremos, sólo eso.

Eso, y un par de pistolas recién cargadas, eran la única estrategia que tenía Wagner en mente. Lo demás, como siempre, lo había dejado a la improvisación.

A través del parabrisas, un negro lanzaba piedras contra la arena.

Tres caras con pinta de niñatos se metieron en una Land Rover y desaparecieron. La tercera puta se acomodaba las tetas bajo un vestido elástico. Y a pesar de la noche, podía verla mimetizándose con el color violeta del mar. Vagabundos. Drogadictos. Un hombre grande que caminaba fatigosamente en dirección a Matinhos.

Ciro pensó en la falsa rubia, pero la sensación de pérdida no se repitió nuevamente.

Era él.

Wagner le movió el brazo.

—¿Negro? –dijo Melba–: Despierta, negro.

Entre las matas feroces de Praia Mansa, Cuaresma todavía se revolvía, respiraba con dificultad, se presionaba la boca del estómago como si algo se le hubiera roto por dentro. Era un pez dando los últimos coletazos fuera del agua. Delante de él, Ciro reía. Tenía la pelota atrapada bajo la axila.

—¿Te vas a revolcar toda la tarde como una hembra, negrote?

Cuaresma era torpe y rudo, por eso Ciro siempre lo animaba para que peleara con los más grandes.

Estiró su mano; pero esta vez no se levantó.

—¿Y bien? –dijo.

—¿Vas a levantarte o tengo que patearte la cabeza para que lo hagas de nuevo, cagón, tragamierdas? –Wagner se volvió hacia Ciro–. ¿Te parece si le rompemos las piernas antes de dispararle los huevos? ¿O le damos de puntapiés hasta que vomite sus dientes?

Cuaresma lo miraba igual. Los mismos ojos lavados, amarillos. Aunque la sangre le peinaba la cara, los rasgos de su rostro circular y su cabeza al rape seguían siendo los mismos. Casi nada lo había alterado el tiempo. Seguía siendo el mismo negro obtuso que nunca había sabido retirarse a tiempo de ninguna pelea. ¿Había tenido sentido que se arriesgara por él? Sintió que Wagner esperaba. Sabía que una palabra dicha hubiera sido suficiente para forzar la situación que nunca llegó; tal vez para alterar el orden de ese quieto libreto que ya se habían impuesto mucho antes de verse las caras a través del vidrio. Pero incluso al reconocerlo, cuando el cuerpo macizo de Wagner lo bloqueó sin darle oportunidad de escapar, Cuaresma no había dicho nada para incriminarlo, ni siquiera una tentativa de clemencia o vacilación. Mirándolo desde arriba, inofensivo ante su autoridad, Ciro supo enseguida lo que tenía que hacer.

Apuntar directamente a la cabeza siempre había sido lo más fácil.

Y así lo hizo: disparó.

—¿Qué mierda crees que has hecho, negro?

—¿No lo has visto acaso? –el calor de la pistola todavía le atrapaba la mano–. Maté al tipo. ¿No era eso lo que quería Pinheiro?

—Sí… porra… pero antes debíamos darle un buen escarmiento. ¿No te lo dije en el auto?

Ciro miró su reloj de pulsera: eran las nueve y veintisiete de la noche.

—Si nos damos prisa todavía podrás ver el segundo tiempo del partido. Yo me iré a la iglesia, a rezar –sus ojos miraron el suelo, la mancha negra que empezaba a acercársele, intentando tocarle los pies–. Los dos en paz, con nuestras conciencias.

—Negro, negro –repitió Wagner.

Volvió sobre sus pasos y pateó un buen rato la cabeza de Cuaresma hasta que le abrió el cráneo. Luego hizo otro tanto con las costillas y los brazos. Lo pateó un buen rato hasta que Ciro lo detuvo.

—Ahora sí, dale –dijo Wagner, agitado–. Descárgale todos tus tiros.

Ciro disparó hasta que su percutor le devolvió el crujido inofensivo de un encendedor.

—Mucho mejor.

—Pinheiro estará contento ahora –repitió Ciro.

—Así es, vamos.

Caminaron sin darse prisa haciendo sonar el suelo de piedritas. Y cuando por fin llegaron al fusca amarillo, Wagner incluso parecía de buen humor.

—Me ha ensuciado el zapato, este hijo de puta.

Las luces de la avenida Atlántica, sus suaves farolas amarillas, parecían cosidas a la costa por un pulso disparejo que las extendía hasta casi tocar la playa de Leme. Un par de niñas avanzaba por ella, una sujeta del brazo de la otra, como si fueran compañeras de compras en un agitado mall. De cuando en cuando sus manos se deslizaban con una calculada gravedad hacia las piernas escuálidas de la otra o se adherían con sutileza, sus traseros como un par de capullos a punto de explotar en sus diminutas mallas. Tocando su bola de metal, Ciro se sintió inmune a todo. Sintió que el callo que había permitido que se formara ya se había endurecido hasta convertirse en una piedra. Una piedra que, sin embargo, todavía latía.

El auto se puso en movimiento.

—¿Me dejas en São Clemente? –preguntó, mirando la calle, la dirección inversa a la que solían tomar.

Wagner no contestó.

Durante el camino, los altos edificios de la metrópoli le parecieron señoras espigadas, mujeres envueltas en joyas, habituadas a la indiferencia.

Ellas brillaban; ellos sólo oscurecían.

—Míralo de esta forma –dijo Wagner, encendiéndole un cigarrillo–. El babalaô no se va a enojar contigo porque no hayas ido a la iglesia hoy. Pareces tonto, Ciro. Preocuparte por eso. Yo, en cambio, estaría agradecido con Pinheiro, ahora que te ofreció un trabajo estable, lo suficientemente decente para que puedas pensar en el futuro, para que puedas tener un buen lugar para criar a tu hijo. Ni que fuera tonto, ¿no? Él siempre ha querido que cuides bien a su hija. Lo único que te ha pedido a cambio es agradecimiento.

Condujo en silencio hasta que los suburbios de Tijuca, cercanos a la floresta, oscurecieron el camino.

—Anda, te invito una cerveza mientras vemos el fútbol. –Sesenta kilómetros por hora, miró Ciro en las fosforescencias del tablero.– Anda, te sentará bien, negro. Unas cervecitas antes de meterte a la iglesia, a rezar, ¿eh? –aceleró el fusca–. Ciento veinte reales al Corinthians, nada menos. ¿Te imaginas eso, negro? ¿Lo que podríamos hacer con eso?

Se rio imaginándolo, saboreándolo acaso, pero se contuvo enseguida.

Residencias espaciadas. Paredes largas de ladrillos. Luces casi al ras del suelo. La marcha diagonal.

Nada parecía terminar esa noche.

—¿Crees que Pinheiro haya soñado con él, como dice? –Ciro quería pensar en otra cosa, pero había estado dándole vueltas al asunto y necesitaba saberlo ahora, mientras Wagner se acercaba a donde ya no le cabía duda que iban–: Es decir, siendo francos, Wagner… una vez a hablar… ¿toda esa mierda tiene algún sentido realmente para nosotros?

Aunque mantenía los ojos atentos en la autovía, sabía que su compañero no dejaba de vigilarlo.

Era parte de su trabajo.

—¿Quieres saber la verdad, negro? –volteó dos segundos exactos, los suficientes para enseñarle que sus ojos se habían vaciado de pronto.

—Sí, me gustaría saberlo.

—Bien –dijo Wagner, regresando a la pista–: te lo diré. Sus sueños sólo fueron tinta de pulpo. ¿Sabes a lo que me refiero?

Ciro movió la cabeza.

—Los sueños sólo nos dicen lo que no queremos oír. Así que se disfrazan para llegar hasta nosotros. Se arrastran, nos atrapan cuando nos hallamos más indefensos y entonces nos echan todo lo que esconden encima –su voz era ahora profesional, neutra–. Como los pulpos. Nos distraen con su tinta negra mientras escapan. Se largan, pero nos dejan sucios con toda la mierda que tenían dentro. –Sonrió–: Tinta de pulpo. Suena bien eso. ¿No crees?

Pero Ciro no lo comprendió del todo.

—Bah, negro, ya lo entenderás cuando lleguemos.

—¿Era sólo para distraernos, entonces? –insistió, sin embargo.

—Míralo de esta forma –dijo Wagner–, si Pinheiro sueña, no es precisamente con los muertos.

A través de los cristales, la casa de Pinheiro, los autos reunidos en la oscuridad del portal, eran manchas apenas perceptibles para los fantasmas que los guiaban. No tardarían en volverse formas concretas como Wagner había prometido. Ciro pensó nuevamente en el perfil de Melba. Y apretó con fuerza la bola de metal en su bolsillo.

—Sueña con los vivos, sobre todo –repitió Wagner, con una media sonrisa que esta vez no fue amable.

De alguna manera, Ciro empezaba a comprender.

—Y con los que todavía no saben que lo están –dijo, viendo que los esperaban fuera.

—Te equivocas, en esos piensa con frecuencia Pinheiro, incluso estando despierto. En los que no lo saben y en los que todavía no viven del todo.

Miró una silueta junto al vidrio, justo cuando el motor del fusca se apagaba.

—Es mejor que dejes tus llaves aquí –dijo Wagner, abriendo su puerta–. No vayan a creer que tienes una pistola en el bolsillo.

—Da lo mismo, Wagner. Ya sabemos que la mía sólo podía llegar hasta aquí como un carnicero sin dientes.

Aun así, sintiendo cómo el aire fresco le pegaba en la cara, Ciro dejó las llaves y su pistola sobre el tablero.

—¿Crees que lo criará bien? –preguntó.

Casi habían llegado a la puerta de la casa cuando lo dijo.

—Sí –dijo Wagner, impaciente–, mírame a mí.

Sonrió.

—Tu hijo será un hombre con suerte.

Del libro Las islas (2006)

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Carlos Yushimito. Escritor peruano, nacido en Lima, en 1977. Ha publicado los libros de cuentos El mago (2004), Las islas (2006), Lecciones para un niño que llega tarde (2011), Los bosques tienen sus propias puertas (2013), Rizoma (2015), así como el libro de prosas libres Marginalia (2015). Fue seleccionado en 2008 como uno de los narradores jóvenes de mayor proyección por Casa de las Américas y Centro Onelio Cardoso de Cuba; y en 2010 por la revista británica Granta entre los 22 mejores narradores en lengua castellana menores de 35 años. Incluido en antologías de nueve países, varios de sus relatos han sido traducidos al inglés, al portugués, al italiano y al francés, y se han publicado en revistas internacionales como Granta, The Asian American Literary Review (AALR), Alba París, Hueso Húmero, y Review: Literature and Arts of the America. Graduado en Literatura por la Universidad de San Marcos de Lima, ha recibido una Maestría en Estudios Hispánicos en Villanova University; y un doctorado en Brown University. Actualmente es profesor visitante de la Universidad de California, Riverside.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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