Coloquio en honor al Gherba

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Homenaje a Eduardo Chirinos

 

 

En julio, regresé a mi casa en San Salvador por unos días, y di con el libro que me regaló Eduardo Chirinos, No tengo ruiseñores en el dedo (2006), cuando vino en 2010 a mi ciudad de nacimiento para impartir un taller de poesía. A pesar de su breve estadía en el país, logró dejar una impronta y tender un puente que se sostuvo con los años. Mostró interés en mi trabajo y me dio muchos consejos y la oportunidad de publicar en la sección de poesía de una revista española. Sin duda, es un gesto que agradezco. Pocos poetas de su altura pueden establecer un diálogo generacional con la generosidad y bondad que siempre le caracterizaron (para constatar esto basta leer los textos de los poetas más jóvenes incluidos en este homenaje. Es de llamar la atención que sea la palabra «generosidad» una de las más recurrentes a la hora de retratarlo). El 17 de febrero de este año nos enteramos de su muerte. No dudé en escribirle a mi amigo y crítico peruano Carlos Morales Falcón para confirmar esta noticia. Aunque sabíamos de su enfermedad, uno no piensa que ese momento llegará así tan de golpe, porque se anida la esperanza de que la vida no se detendrá tan pronto (justo unos días antes había recibido su correo en el que me preguntaba por la fecha de publicación en Cuadrivio de la reseña del libro de la poeta guatemalteca Alejandra Solórzano). Sabía que el mundo de las letras hispanoamericanas estaba perdiendo a un gran poeta, un poeta agudo con un corazón de niño, un «niño, puro, voluntariamente puro; aherrojada, gozosa y sacerdotalmente puro», como bien lo llama Raúl Mendizábal, y con una gran claridad sobre nuestra tradición literaria (sus trabajos de ensayo como La morada del silencio ratifican esa solidez). Después de la noticia de su muerte, recibí el correo de la académica salvadoreña, radicada en Barcelona, Tania Pleitez Vela, quien también lo había conocido y coincidía en reconocer su «alma de niño bueno», su afabilidad, brillantez y humildad, cualidades poco comunes de reunir en una sola persona, sobre todo en estos tiempos donde el egoísmo y la falsedad gobiernan. En ese correo, me compartía un dibujo que Eduardo había realizado en su libreta de apuntes durante una conferencia. Una muestra de su espíritu juguetón.

¿Qué se puede decir ante la muerte de un maestro? Pues sólo podemos ahora regresar a su poesía, a esa caldera de palabras. Este homenaje es un pórtico para ello, una forma de dar gracias y reconocimiento a su labor poética que logró trascender las fronteras peruanas. Los premios (Premio Casa de América de Poesía Americana, en el 2011, y Premio de Poesía Generación del 27, en el 2009, por ejemplo) y homenajes en vida fueron varios, pero sé que eso sólo lo abrumaba. Nunca buscó ser una figura que concentrara las luces del escenario.

En especial, quiero agradecer a Andrea Cabel por su apoyo y sugerencias. Ella, desde el primer momento, aceptó la invitación de escribir, y brindó las condiciones para ponerme en contacto con varios autores aquí reunidos, a quienes también agradecemos por sus entrañables palabras en honor al gran Gherba.

Que la poesía de Eduardo nos siga convocando.

 

Miroslava Rosales

México, agosto de 2016

 

 

***

 

Querido Eduardo,

 

A pesar del paso de los días no he perdido la costumbre de escribirte. En días como los de hoy, en los que hace frío, sobre todo. Te cuento que me he comido varios chocolates y tampoco les he sentido sabor. Será porque ahora soy yo la que toma varias pastillas gordas al día. O será porque mi espalda ha decidido cambiar de lugar y hacerse un río. Recuerdas cuando te conté ese sueño en el que mi espalda se volvía un río furioso ¿capaz de humedecer hasta la última sonrisa del mundo? No tengo ganas de nada, Eduardo. No tengo ganas de nada. Así que, como para encontrar alguna razón al día a día, estuve nadando debajo del techo de la ballena, y estuve releyendo ese libro tuyo, que fue el primero que compré, y que me sorprendió tanto, y estuve recordándote. Habíamos hablado de la sordera mínima que nos aquejaba, habíamos hablado de nuestras madres, de nuestros padres, el tuyo vestido de guerra, el mío, que es la guerra misma.

Querido Eduardo, ser niños nos costó caro, ¿verdad? Golpearme la cabeza contra la computadora esperando que florezca una esperanza o dos, y ver que suena un sonido cualquiera y que de pronto aparece tu correspondencia… Sólo a ti te escribí el 28 de setiembre, ese día funesto para mí del 2015 en el que se me perdieron los cables a tierra, los cables al cielo, en el que me deshice de toda la poesía, de toda la matemática, en el que dudé de mi propia humanidad. Eduardo, sólo tú sabías que la niña vestida de escolar del San Antonio de Padua sería luego la que me enseñaría las rutas de Pittsburgh, las rutas para poder volar sobre todas las heridas en la espalda, sobre todos los tejidos que me hicieran. Eduardo, recuerdas el homenaje que te hicieron en vida en el que todos lloraban, incluyéndome… Ahora yo no entiendo por qué dicen que has fallecido. No entiendo por qué asumen algo que a ti no te gustaría. Tú estás en los dibujos, en la vida de cada uno de nosotros, en los detalles, en los consejos, en los pequeños pasos. Contigo y por ti pude ingresar al programa de doctorado en Estados Unidos. Tú me diste ánimo, me diste tu carta de recomendación. Tú me dijiste que yo era poeta, me dijiste que, además, te gustaba que lo fuera. Tú me dijiste que mi papá me quería aunque no tuviera el don de demostrarlo. Tú me dijiste que podríamos ser amigos y podríamos aprender a querer al resto tal como era, aunque a veces ese resto tuviera tan mal gusto (y sonreíamos).

Querido Eduardo, aunque nunca te gustó que te lo dijera, siento que te debo cosas, que te debo tardes tranquilas comiendo panqueques gigantes, siento que me debo a mí misma más tiempo contigo para escuchar más sobre ti, siento que lo único bueno que hice fue guardar tus secretos, tus mínimos secretos de infancia y adolescencia, tus inseguridades, tu forma de ser tan humano. Querido Eduardo, la vida pasa todos los días por el mismo lugar, como si fuera un tren, levanta la mano y tómala. Metete por algún huequito… y acompáñanos un rato. ¡Tengo tanto que contarte! Tengo tanto que decirte, tengo tanto que confirmarte, tengo tanto por qué llorar a tu lado. Querido Eduardo, por favor, respóndeme si puedes, y avísame, quedemos, yo me organizo y caigo donde siempre, en el lugar de siempre. Sólo avísame. Te quiero muchísimo. Me quedo en Lima unos meses más. Aún no sé cuántos. Así que sabes cómo ubicarme. Estoy segura de que este pequeño homenaje te hará sonreír. Te abrazo mucho. Y te agradezco como siempre, por todo. Por todo, todo. Por todo tu cariño y tu amistad, sobre todo, y antes de nada, por eso.

 

Siempre,

a.

 

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Andrea Cabel (Lima, 1982) es poeta, editora y colaboradora de diferentes publicaciones peruanas e internacionales. En 2006 publicó Las falsas actitudes del agua y en 2016 A dónde volver. En el presente número de Cuadrivio ofrecemos el prólogo (escrito por Chirinos) y algunos de los poemas que integran este último libro.

 

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Eduardo Chirinos: in memoriam

Un testimonio a manera de homenaje

 

Eduardo Chirinos sonríe. Cada vez que evoco la imagen del poeta, una sonrisa ilumina su rostro de hombre generoso y lúdico. El calendario marca mayo del 2009. Nos encontramos en casa de sus suegros, en San Isidro, y Jannine Montauban, su linda y entrañable esposa, acaba de traer una caja de galletas que Eduardo llama «lenguas de gato». Apenas unos meses antes en México, Humo de incendios lejanos, su nuevo libro de poemas, había salido de imprenta.

Eduardo sonríe y sonreímos todos. Acaba de contarme, orgulloso, el origen del título de su novísimo libro. Durante una caminata junto a Jannine, en el verano de Missoula, divisaron a lo lejos la humareda propia de un incendio. Jannine creyó ver en el rostro de Eduardo cierta preocupación que intentó rápidamente disipar: «No te preocupes, es humo de incendios lejanos».

Eduardo Chirinos ha muerto. La noticia me golpeó en su momento sin poder reaccionar. Es verdad que el poeta afrontaba una batalla contra el cáncer desde algunos años atrás. Y aunque la probabilidad nefasta de una derrota frente a aquella enfermedad siempre estaba latente, uno intentaba ocultarla como una posibilidad remota.

La última vez que lo vi –de manera breve y rápida por las urgencias de la vida laboral que ahora, a la luz de la distancia, no parecen tan urgentes y ni mucho menos importantes– presentaba un nuevo libro, en Lima, en la librería Sur: Siete días para la eternidad. Cómo saber que sería la última.

Conocí a Eduardo por sus libros. Primero como ensayista a través de La morada del silencio y luego como poeta con Breve historia de la música (I Premio Casa de América de poesía americana). Más tarde entablaría con él una relación epistolar –léase vía email–, pues vivía fuera del Perú, en Estados Unidos, hasta que finalmente pude conocerlo en persona en junio del 2004, aquí en Lima.

Eduardo no solo era un estupendo poeta y un lúcido ensayista. Era una persona entrañable, con un sentido del humor inteligente, cálido, único. Su mirada lúdica, infantil –era un niño grande por momentos– me hacía tenerle un aprecio especial, quizás porque yo también soy así: el niño grande que disfrutó mucho la lectura de los dos libros infantiles que publicó, sobre un pequeño koala llamado Guillherme. Me pregunto si alcanzó a ver la película de Charlie Brown. Y si le gustó tanto como a mí.

Eduardo sonríe. Seguimos en casa de sus suegros, en la terraza que da al jardín. Es la imagen que la memoria impone cuando empiezo a recordarlo. Eduardo sonríe mientras el fotógrafo Víctor Vásquez lo hace posar sentado sobre una banca del jardín. Luego se pone serio a la espera del clic de la cámara. Mientras Víctor dispara varias veces buscando la mejor toma, yo leo un poema que marco con un señalador y al que volveré varios años después, cuando tome del librero aquel poemario del humo de incendios lejanos y me atrape la nostalgia de aquel día y el desconcierto de hoy. «Tanto silencio me rodea esta noche escucho los rayos de la luna chocar en mi ventana el ris ras del corazón en la oreja de nada sirve mirar en blanco interrogar el alma la voz de los antepasados muertos ellos vuelven para vivir todavía un poco más para estar un momento con nosotros su silencio me rodea esta noche tenemos la música me dicen ¿tienes tú las palabras?»

¿Tienes tú las palabras? Hoy, en medio del desconcierto, no las tengo, Eduardo, salvo las tuyas, maravillosas, impresas en mi memoria y en tus libros que no dejarán de acompañarme.

 

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Carlos M. Sotomayor es escritor y periodista. Ha escrito para Letra Capital, Buen salvaje, Expreso y Dedo medio.

 

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Como te gustan las simetrías, como te divierten los números y jugar con las palabras, hoy 27 de marzo, hace nueve años, cuando tuve 27, me rescataste del abatimiento. Llegué antes de lo acordado como siempre y te esperé afuera bajo el día soleado, sin saber qué hacer… no me conocías aún pero yo sabía de tu rostro por las innumerables fotos de los periódicos y esperaba distinguirte. Fue increíble ver que eras tú el más nervioso –como un niño grande que no supiera qué hacer con sus manos– y el más noble. Tu tartamudez, tu sordera que volviste divertida y tu infinita cultura tan natural y deslumbrante. No sé qué espectáculo habrás visto porque entonces me sentía fuera del mundo como un cascarón asoleado y recogido a la sombra. Andaba solo siempre y tú lo descubriste en silencio. Desde entonces siempre que te veía aparecer eras como el hermano mayor que ingresaba y me descubría entre todos. Me buscaste al final de la aglomeración para sacarme con una mano en el hombro y frases buenas que turbado no supe retener pero que mi alma agradecía. Te debo tanto, los libros, las conversaciones, tu risa última, el sentido vital que me diste, el soplo de vida que me restituyó al mundo. Esa mañana leíste el pequeño libro que puse sobre la mesa con tu mirada atenta al afecto y la comprensión. En ti vive lo realmente importante, Eduardo. He logrado escuchar la música del mundo también, como quisieras, como una vasija agrietada que aparenta entereza… pero tengo fe en el futuro y tu sonrisa bondadosa me acompaña siempre en cada contacto humano. Como el tiempo es sólo una superstición nos veremos pronto, amigo. Feliz 27.

 

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Carlos Morales Falcón (Lima, Perú, 1980) es autor del poemario Recóndita armonía (2011) y maestro en literatura peruana y latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y candidato a doctor en la misma casa de estudios.

 

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Tener fe y pelearla

 

La primera vez que vi a Eduardo fue en un recital de poesía en la Universidad Católica. Cuando le tocó el turno de leer, el silencio se hizo total.

—No se escucha ni el vuelo de una mosca –dijo Eduardo.

Y era verdad. Todos, expectantes, alucinados, esperábamos sus palabras: una sucesión de olas y vientos que estremecieron la inmensidad del auditorio.

Meses o años después (no lo recuerdo) fue mi profesor de Poesía Latinoamericana. Me enseñó a amar a Darío por sobre todas las cosas y a leer a Girondo en los buses que me llevaban a la universidad.

Y de pronto se fue. A Estados Unidos. A Rutgers, a Bayard Street, donde vio zapatillas que colgaban de un cable de luz o de teléfono.

Nos escribíamos. En esa época en la que no había correos electrónicos, nos escribíamos. (¿Dónde estarán esas cartas?). Recuerdo que como respuesta a un poema que le envié, me mandó una postal de James Dean. Y que al final de mi carta, como despedida, escribí igual que el poeta: «Salud, hombre de Dios, mata y escribe».

Y pasaron tantas cosas. Y tantos años. Y tantos libros. Y yo también me fui a Estados Unidos y también vi zapatillas colgadas de un cable de luz o de teléfono, pero él ya había escrito ese poema.

Coincidíamos en Lima y el abrazo siempre era fraterno. Conversábamos normalmente en la biblioteca de la casa de los padres de Jannine, en la que destacaban (lo recuerdo bien) varios tomos de una rarísima Enciclopedia de la Carne.

—Algún día –decía Eduardo cada vez que nos veíamos en esa biblioteca– escribiré un libro que se llame Enciclopedia de la carne.

Era un buen título, sin ninguna duda, pero no tanto como No tengo ruiseñores en el dedo, Humos de incendios lejanos, Medicinas para el quebrantamiento del halcón.

Sí, el halcón estaba enfermo y a punto de volar hacia otros sueños. Perdió peso, pero nunca el buen humor.

Les dibujó una ballena a mis hijos, tomamos un tinto de verano, rememoramos versos de Cisneros y Watanabe.

No fui a la presentación de su último libro porque una noticia me había devastado.

Él, que cada vez se hacía más alma, se preocupaba por mí. Ése es el último recuerdo que tengo de Eduardo: su esperanza, su abrazo a la distancia, su ternura. Y ésta, su última respuesta:

21 de enero

Eso, querido Lorenzo, tener fe. Y pelearla.
Te mando un gran abrazo con las mejores vibras y todo mi cariño
Eduardo

 

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Lorenzo Helguero (Lima, 1969) es poeta y autor, entre otros, de Sapiente lengua (1993), Beissán o el abismo (1996), La mitad del cuerpo sonríe (2006) y 35 mm (2015).

 

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Tres cuerdas para el equilibrista de Bayard Street

 

UNO

En marzo de 1981 apareció Cuadernos de Horacio Morell. Era un pequeño volumen enmascarado en la apariencia de un cuaderno escolar que reunía un conjunto de poemas y apuntes atribuidos a un autor que se había suicidado tempranamente y por motivos no esclarecidos en 1979. El cuaderno lo firmaba Eduardo Chirinos Arrieta, supuesto editor de Morell, y recogía en un juego de identidades la fotografía de un joven barbado en la contratapa. El rostro se muestra enmarcado por las manos que lo sostienen y la ironía de la mirada. Eres igual a Horacio, le dije a Eduardo una tarde del año 83, cuando lo conocí. Recuerdo que intercambiamos libros y él me alcanzó un ejemplar de Archivo de huellas digitales, pero equivocó mi nombre al dedicarlo. No se lo dije hasta 1986, cuando formamos una pequeña hermandad con los Sologuren, los Eslava, Ana María Gazzolo, Roxanna y Jannine. La hermandad ha perdurado hasta hoy, a pesar de que ya son tres los que han partido.

 

DOS

En estos treinta años he leído todos los libros de poesía y ensayo de Eduardo y siempre he admirado la calidad e importancia de su escritura. Su obra es prolífica y él siempre quiso que cada libro explorara un territorio distinto. Hay autores cuyos textos y libros se acercan a un centro; hay otros, en cambio, que parten de un centro e irradian en múltiples direcciones. Eduardo eligió la segunda posibilidad y su obra está marcada por el viento de las transformaciones. En uno de los fragmentos de Anuario mínimo lo explicó con toda claridad: «Pascal Quignard decía que el escritor es un hombre atravesado por un solo tono. ¿Y por qué no por varios? Después de treinta años de escribir poemas percibo, sin ninguna aprensión, que mis libros son como planetas solitarios que se rigen por las leyes del movimiento». Pero esta aventura plural no significa dispersión: es la unidad en la diversidad; la convicción de que cada poema, con su dicción particular, diseña las facciones de un rostro.

Treinta años de amistad, me llevan al número tres. Elijo, entonces, tres libros de Eduardo: Cuadernos de Horacio Morell, por su frescura e irreverencia juvenil, Medicinas para quebrantamientos del halcón, volumen que cartografía su lucha con la enfermedad, y en el centro el que es para mí su libro más complejo: Humo de incendios lejanos. Acabo de releerlo como un homenaje y como un signo del renacimiento del poeta cada vez que un lector acude a sus textos.

 

TRES

Eduardo vivió en «olor de poesía» y también en los vínculos que sabía entablar con casi todos los que conocía. Desde que lo conocí fui testigo de su generosidad, inteligencia, ironía, su don para la conversación y, sobre todo, cultivamos la transparencia de una amistad que se construye con muy pocas personas. Cada amigo, dice Ribeyro, es dueño de una gaveta de nuestro ser y sólo él tiene la llave. La gaveta que le pertenece a Eduardo es enorme y siempre estará colmada.

 

                                                                                    Junio de 2016

 

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Carlos López Degregori (Lima, 1952) es poeta y ensayista, figura innovadora de la poesía peruana y autor de numerosas obras, entre las que destacan Cielo forzado (1988), Aquí descansa nadie (1988) y Flama y respiración (2005).

 

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Se fue el gran Gherba (en recuerdo de Eduardo Chirinos)

 

Amigo entrañable desde 1978, año en que nos conocimos en el campus de la Universidad Católica en Lima, Eduardo Chirinos siempre fue una presencia muy entrañable para los poetas de mi generación, empezando por el pequeño grupo de escritores que se empezaba a formar en esos finales de nuestra adolescencia con el pintoresco nombre de los Tres Tristes Tigres. (El otro tigre sigue siendo el poeta Raúl Mendizábal, actualmente en Lima; él, Eduardo y yo organizábamos recitales, publicamos la revista Trompa de Eustaquio y perpetramos mil correrías más. Collera firme –así se dice en el Perú «perdonen la tristeza»–).

Eduardo era entonces un delgado y tímido muchacho al que se veía de tarde en tarde recostado en las gradas del Pabellón de Letras rasguñando un cuaderno. A las pocas semanas de haber comenzado el año académico, y como suele ocurrir, los que nos dedicábamos a la poesía habíamos empezado a conocernos. Eran tiempos revueltos, pues el Perú se encontraba en las postrimerías de una dictadura militar ya arrinconada por grandes movilizaciones populares que exigían elecciones pronto. El aire general era de incertidumbre, pero a la vez de esperanza. Los estudiantes salíamos en marchas de protesta o participábamos en los mítines políticos en contra de la dictadura. Poco después, en 1980, se dio el inicio de la violencia política con más víctimas en la historia peruana, hecho que marcó para siempre al país.

Parecida agitación ocurría en la poesía. Nos sentíamos vinculados a los poetas de las generaciones anteriores, algunos de los cuales eran nuestros profesores de literatura (Antonio Cisneros, Marco Martos, Washington Delgado, Ricardo González Vigil), pero a la vez sentíamos que íbamos a protagonizar una nueva época, que nos tocaba hacernos cargo de una tradición antigua pero con claves y actitudes propias. Creación heroica, como decía Mariátegui.

Alguien le había hablado a Eduardo de mí, así como yo había oído ya hablar de ese muchacho flaco que parecía esconderse entre barandas y geranios. La conexión fue inmediata, y desde entonces nunca dejamos de estar en contacto.

Lo que Eduardo rasguñaba en esas tardes grises de 1978 eran los borradores de su primer libro, Cuadernos de Horacio Morell, publicado finalmente en 1981. Ese volumen «enigmático», según lo llamó el poeta Juan Gonzalo Rose, era un rico muestrario de la poderosa imaginación, el fino humor y el sólido oficio poético que Eduardo no hizo sino acrecentar con el tiempo. Luego vendrían otros grandes libros que le merecieron premios y reconocimiento nacional e internacional.

En esos Cuadernos aurorales desfilaban personajes de todo tipo, humanos, animales e imaginarios. Uno de los poemas que más me llamó la atención fue «OL-KI-OL (Lamento del gherba)», que a través de la jitanjáfora lograba expresar muy bien el dolor de un ser ficticio, el gherba, una especie de alter ego del poeta, en aquel entonces ahogado de soledad amorosa.

El 17 de febrero de este 2016 se nos ha ido el gran Gherba, el que supo cantar mejor que nadie. Honor a un excelente poeta y mejor amigo. Nunca lo olvidaremos.

 

Boston, 17 de junio de 2016 (a los cuatro meses)

 

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José Antonio Mazzotti (Lima, 1961) es poeta, editor y académico. Autor, entre otros, de Castillo de popa (1988), El libro de las auroras boreales (1995), Sakra bocata (2006), Apu Kalypso / palabras de la bruma (2015) y Coros mestizos del Inca Garcilaso. Resonancias andinas (1996). Actualmente es profesor en la Universidad de Tufts.

 

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Las palabras nos definen, es el legado de Eduardo.

Su lucha contra la gran objetividad, desde la naiveté; contra las más acendradas trampas de cuándo y cómo los hechos reifican y por qué necesariamente así, fue, es su lucha a través de sus versos.

Él era un niño, puro, voluntariamente puro; aherrojada, gozosa y sacerdotalmente puro; sus argumentos en defensa, su felicidad a pulso, sus versos, atestiguan esa lucha.

No estoy seguro de cuántas batallas ganó, de lo que sí estoy seguro es de sus intentos, nada vanos; eso lo convierte en uno de mis héroes.

Como las de los niños, algunas de sus batallas se perdieron en inocencias y decepción sorprendida pero aun asombrada (y esperanzada: los niños no dudan, ellos creen), y que aunque «vencidas» no claudicaron en su esencialidad; él supo escoger la esencialidad, buen reducto, y no por conveniencias, sino por convicciones de quien participó del amor con su shining armor, obliterada batalla.

Eduardo es quijote, ganador de la guerra, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre de sus criaturas elegidas y por elegir; léelo.

Buen amigo.

Mi amigo, mi hermano.

Mi honor.

Raúl Mendizábal

Triste tigre

12 de abril de 2016

 

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Raúl Mendizábal (Piura, 1956) es poeta. Ha publicado Dedeálade (1995) y Dedeálade (69 poemas) (2004). Una versión previa de este texto también apareció en las revistas Un Vicio Absurdo (edición de julio de 2016), de la Universidad de Lima, y Contratiempo (edición de junio de 2016), de Chicago.

 

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Eduardo Chirinos o la amistad en poesía

 

Eduardo Chirinos ha muerto a los 55 años de edad, en pleno florecimiento, en plena madurez poética. Eduardo y su barba larga, sus brazos largos, el modo en que seseaba las palabras. Siempre travieso, generoso, precoz. Devoto de Cortázar y Pessoa; me imagino que también de Satie. Recitando a Garcilaso en las playas de invierno; escribiendo historias para niños, libros híbridos. Recorriendo el mundo pero instalado en Montana con su amada Jannine. Habíamos nacido los dos en 1960; nos conocimos cuando frisábamos los 19. Por entonces él leyó admirado «Memorias de Electra», mi primer poema ever, que luego se publicaría en el primer número de su revista Trompa de Eustaquio, que sentó huella en nuestra generación del 80. «¿Qué dice la montana?», le preguntaba yo con acento gringo cada vez que nos veíamos de nuevo. La última vez fue en mayo pasado en los bajos de la librería McNally Jackson, reunidos en una de esas jornadas mágicas que pone en marcha el librero uruguayo Javier Molea. Yo acababa de presentar junto a Raquel Abend el poemario Calamina de la chilena Gladys González en la primera tanda; acto seguido Eduardo presentó la edición bilingüe de sus 35 lecciones de biología junto a su traductor al inglés, Gary Racz. Entre Eduardo y yo la camaradería fue recíproca, exacta. Nos teníamos confianza. Esa noche lucía muy delgado; me contó que el tratamiento de la quimioterapia le había anulado el sentido del gusto. «Ahora podrían envenenarme si quisieran», me dijo con una franca sonrisa. Hacía poco yo había publicado en Review: Arts and Literatures of the Americas, una larga reseña ponderando la salida reciente de tres tomos de su poesía en traducciones al inglés de Racz: Reasons for Writing Poetry; Smoke of Distant Fires, y Written in Missoula. Gary me lo agradeció encantado y Eduardo a su turno me comentó que acababa de leer en Asymmetries. An Anthology of Peruvian Poetry (Bloomington, The Cardboard House Press, 2015), mi poema «Tarde en Granada». «Es tu mejor poema hasta ahora», me dijo, «me ha conmovido». Eduardo siempre el mismo, pensé, animándome a seguir en poesía. Nos despedimos en una esquina de Prince Street. En un mundo de falsos afectos, su amistad era un fresco viento. Como pájaros que vuelan en un parque de Miraflores o en un alcázar de La Alhambra o sobre aquel algarrobo piurano de la infancia, Eduardo, Eduardo.

Nueva York, primavera 2016

 

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Mariela Dreyfus (Lima, 1960) es poeta, traductora y ensayista. Autora de los poemarios Memorias de Electra (1984), Placer fantasma (1994), Ónix (2001), Pez (2005), Morir es un arte (2010) y Cuaderno músico. Precido de Morir es un arte (2015). Actualmente es profesora en la Universidad de Nueva York.

 

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Recuerdo de Eduardo

 

Conocí a Eduardo cuando estudiábamos literatura en la Universidad Católica, en Lima. Con su barba clara, alto y delgado tenía algo de caballero de tiempos lejanos en su modo de escuchar, en su sonrisa serena y bondadosa, en ese su aire ensimismado que de pronto daba paso a una frase traviesa, un juego casual de palabras hecho como para sí mismo, y que todos festejábamos. Un caballero de tiempos lejanos, sí, y hasta podía imaginarlo llevando con elegancia una espada en la mano, una espada para dibujar en el aire un paisaje en el que libros de poesía brotaban ardientes como música, como árboles. Por entonces varios escribíamos poemas que empezaron a publicarse en dos revistas universitarias, Calandria y Trompa de Eustaquio. Esta última tenía a Eduardo, a José Antonio Mazzotti y a Raúl Mendizábal como sus tres generosos editores, o sus Tres Tristes Tigres (T.T.T.), como se autobautizaron. Esas publicaciones propiciaron recitales en aulas abarrotadas de estudiantes desde los pasillos hasta las ventanas, ávidos por escuchar poemas y canciones. En 1980, Eduardo obtuvo el Primer Premio en los Juegos Florales de la universidad, y recuerdo que fuimos a buscarlo en grupo («en mancha», como decimos en Perú) a su casa, para celebrarlo. Un año después publicó Cuadernos de Horacio Morell. Conservo con cariño el ejemplar firmado por él el 23 de septiembre de 1981. Con sus tapas negras y su breve etiqueta de bordes rojos reproduce la forma de los antiguos cuadernos escolares, y allí, junto a la alegre dedicatoria, está el dibujo que improvisó en veloz y perfecto trazo de lapicero: un duende de larga barba que conversa apoyado en una flor. Ese personaje fantástico parecía anunciar a muchos otros que en verso y en prosa aparecían y desaparecían con frescura hipnótica entre sus páginas, como el whanda, revoltoso habitante de las tapas de gaseosas; o el melancólico gherba y su idioma inextricable: ¿Waly den pforde gherba juyergfa?/ froklin plomnda/ grefsda plomnda/ dlou plomnda/ gherba jikolph pferda…

El tiempo pasó, surgieron nuevos libros y reconocimientos a la obra de Eduardo. En diciembre de 2005, nos encontramos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Él llegaba desde Missoula, donde era profesor en la Universidad de Montana, al igual que su esposa y musa Jannine Montauban. Allí volvimos a compartir una mesa de lectura, como en los viejos y felices tiempos del patio de letras, junto con Antonio Cisneros y Odi González. Recuerdo también que al día siguiente yo perdí la voz de manera repentina y total. Eduardo me encontró frente a un estand de libros tratando de hacerme entender en un idioma parecido al del gherba de sus poemas, y me sugirió ir a la enfermería del recinto ferial. Me ayudó a buscarla, e incluso se quedó afuera esperando mientras yo «hablaba» con el médico. Al salir, fue reconfortante encontrarlo allí, de pie, como el caballero de tiempos lejanos que siempre fue y que nunca dejó de ser, para alegría de quienes lo conocimos y pudimos seguir conversando con él cuando venía de visita a Lima con Jannine, en las presentaciones de sus nuevos libros o en reuniones en casas de amigos. Alegría que se nos fue encogiendo en los últimos años pues, ya enfermo, llegaba siempre un poco más delgado. Sin embargo, nunca perdió su sonrisa, su bondadosa manera de escuchar y su apasionado compromiso con la poesía, con los libros, con los héroes de los libros, como si la enfermedad ocurriese en un lugar lejos de su cuerpo. Y es que su cuerpo y su espíritu estaban siempre en el sitio salvado de las palabras, en su escritura y en su música, y en la bondad de todo ello.

 

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Rossella Di Paolo (Lima, 1960) es poeta, autora de los libros Prueba de galera (1985), Continuidad de los cuadros (1988), Piel alzada (1993) y Tablillas de San Lázaro (2001).

 

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¡Miroslava!

 

Gracias por recordar a Eduardo.

Me parece que cuando se entere de este homenaje, va a salir a pasear por el parque.

Creo que las palabras largas pueden sonrojarlo. Y claro, nadie se da cuenta de lo que ocurre, porque él cuida muy bien su barba.

¿Qué le parece si lo invitamos a escuchar algo de música y nos ponemos a bailar?

Tiene un oído muy fino, por eso es tan suave con las palabras.

(El otro, a veces se toma un descanso… Si pierde el hilo durante una conversación –nos gusta hablar rápido, ¿no?–, también se sonroja, pero nadie se da cuenta).

Después de bailar, podemos sentarnos en el pasto a leer poemas y conversar. Le gusta compartir la música que se esconde en los textos. Entonces sonríe y es feliz.

Cuando lee, su voz fluye, su cuerpo acompaña suavemente el ritmo. Las palabras hablan. Bailan.

Quizá ahora mismo esté ocupado, rescatando del silencio la música que necesitamos para llegar al final del día con aire.

 

Nos vemos en el parque.

 

Saludos,

Doris Bayly

 

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Doris Baily conoció a Eduardo Chirinos en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Eduardo, como jefe de prácticas, corrigió sus primeros poemas. Coincidían en la necesidad de leer poesía en los jardines de la universidad mientras las clases seguían su curso. Poeta. Periodista. Editora. Actualmente vive en el norte de Perú y dirige un proyecto de cultivos orgánicos.

 

 

Este homenaje se complementa con una entrevista (hasta ahora inédita) de Jorge Eslava a Eduardo Chirinos y un ensayo de Paolo de Lima sobre la poesía de Chirinos

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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