Gentileza de una muerte extraña

Por  |  0 Comentarios

 

Entrevista a Eduardo Chirinos en torno a Cuadernos de Horacio Morell

 

Como parte del homenaje que rendimos a Eduardo Chirinos en nuestro número 18, presentamos a continuación la entrevista, hasta ahora inédita, que Jorge Eslava le hizo a Chirinos a propósito de su primer libro: Cuadernos de Horacio Morell. El lector podrá encontrar los demás textos del homenaje aquí.

 

 

Jorge Eslava

 

Toda literatura tiene sus presencias adolescentes, sus páginas que encarnan una actitud de insolencia y que se niegan a envejecer. Lo más usual es que esta clase de páginas aparezcan en las obras de un autor que se inicia y que forjará con el tiempo una obra importante que le recompensará y dará fama. Una temporada en el infierno, de Rimbaud, o Poesía lírica de Hugo von Hofmannsthal representan obras emblemáticas de la irreverencia juvenil. En nuestro país, dos libros excepcionales pertenecen a ese linaje: La casa de cartón y Cinco metros de poemas; sus autores, Martín Adán y Carlos Oquendo de Amat, apenas rozaban los veinte años cuando aparecieron. Son proezas literarias que enorgullecen o, a veces, incomodan a sus creadores. Eduardo Chirinos publicó Cuadernos de Horacio Morell (1980) a esa misma edad y empezó a escribirlo a los diecisiete años. «A esa edad creía –con un poco de humildad y un poco de soberbia– que la poesía reemplazaba el espacio que le correspondía a la felicidad. Y era lógico: ella hacía más soportable cualquier tristeza, me aliviaba del más rotundo rechazo, me acompañaba en la más orgullosa soledad», ha respondido en una entrevista. Treinta y cinco años más tarde, a fuerza de voluntad poética y genio personal, Chirinos advierte que nació para la literatura con la muerte de Horacio Morell y que todavía vive en olor de felicidad.

 

***

 

Muchos autores escamotean y hasta reniegan del primer libro publicado. No es tu caso, sin duda. Pero ¿tuviste intención de publicar algún libro antes de Cuadernos de Horacio Morell?

Antes de Cuadernos de Horacio Morell tuve algunos libros de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque debo reconocer que en términos formativos fueron muy valiosos porque con ellos aprendí a escribir… y a tropezarme escribiendo. Más bien, tuve un libro simultáneo a Cuadernos al que puse por título Crónicas de un ocioso. Cuando consideré que tenía suficientes problemas y que ya era hora de publicar, opté por Cuadernos, no porque lo considerara mejor, sino porque sentía que Crónicas merecía más tiempo de trabajo. Y así fue: lo publiqué a los dos años, luego de que obtuvo el premio de la Municipalidad de Lima en 1982.

 

¿Qué te animó a publicar Cuadernos de Horacio Morell y cómo fueron aquellas circunstancias? Seguramente lo pensaste: el acto de acumular muchos asuntos en un cuaderno, sin orden ni concierto, le conferían un aire bien adolescente. ¿Lo heterogéneo se convierte en su marca de unidad?

Lo que me animó fue el deseo –natural en todo poeta joven– de publicar un libro de poemas, pero también el de publicar a un autor como parte de la ficción propuesta por el libro. Me explico. Cualquiera que haya frecuentado las páginas de Cuadernos se dará cuenta de que no se trata de un libro unitario, ni está escrito en un estilo único y reconocible (el sueño del lenguaje propio). Hay, más bien, una secuencia de poemas –algunos breves y epigramáticos, otros más extensos–, pequeñas historias, centones, páginas de un diario y hasta una novelita en tres capítulos. Cuando me vi con ese material tan heterogéneo pensé que si quería darle alguna unidad debía atribuírselo a un personaje ficticio, a un autor que no tuvo el tiempo necesario para editar sus propios trabajos. Eso me dio la libertad que necesitaba para inventar el personaje, otorgarle un nombre, editar el libro y diseñar la cubierta.

 

Algunos títulos de tus libros muestran predilección por los campos semánticos relacionados con «registro» o «inventario»: Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso (1983), Archivo de huellas digitales (1984), El libro de los encuentros (1986), Rituales del conocimiento y del sueño (1987), hasta tu reciente antología personal Catálogo de las naves (2012). ¿Es una forma de congregar múltiples asuntos dentro de una categoría amplia y flexible?

Tienes toda la razón, se trata de insistir en la idea de que estamos ante una suerte de congregación textual, no ante un simple amontonamiento de poemas. Está, además, el gusto que tenía (y sigo teniendo) por los títulos medievales: El libro de los encuentros es un calco de El libro de los enxiemplos del infante Juan Manuel, y Crónicas de un ocioso juega con títulos como Crónicas de los reyes de Castilla. Por otro lado, se trata de palabras muy bonitas: «cuadernos», que evoca el número cuatro y los palotes de la infancia; «crónicas», que evoca los sucesos en un discurrir temporal; «rituales», que evoca el paso de lo profano a lo sagrado…

Creo que funciona también como una advocación cultural. Para mencionar sólo un caso: «Catálogo de naves» es una sección que se encuentra en el canto II de la Ilíada de Homero.

El título Catálogo de las naves lo tenía reservado desde hacía un tiempo, y me gustaba por varias razones. Una de ellas ya la has señalado: por la alusión a la Ilíada de Homero, que lo convierte de arranque en una invocación cultural. Por otro lado, está la idea de completitud que busca toda antología que, como bien sabes, está condenada a ser parcial: la palabra «catálogo» viene del griego katálogos, que significa ‘lista’, y más exactamente, ‘listar de arriba abajo, por completo’. Cuando un profesor pasa lista en clase no está haciendo otra cosa que un catálogo. Para terminar, la frase «catálogo de las naves» es un octosílabo perfecto. ¿No te suena grato al oído?

 

Entre la veintena de poemarios publicados, me parece que Cuadernos de Horacio Morell tiene un proceso de escritura diferente: se inicia sin un proyecto definido y su desarrollo te toma varios años. ¿Es correcta la apreciación?

Es verdad lo que dices. A pesar de no responder a un proyecto definido, Cuadernos me tomó varios años y su proceso fue diferente al de los libros que le siguieron. No sé si con él pagué mi deuda con la vanguardia, con mi adolescencia o con mis pudores personales, pero a la distancia le sigo guardando mucho cariño.

 

¿Es el deslumbramiento ante el saber su eje principal?

El deslumbramiento es el eje principal de todos mis libros. El día que deje de deslumbrarme por las cosas dejaré de escribir.

 

Imagino que la libertad de su escritura ahondó más el mundo de tus emociones. ¿Te ayudó a sobrellevar la angustia y el asombro de tus años adolescentes?

Sí, por supuesto, pero ésa es una cuestión secundaria. La poesía tiene como gancho ser el sucedáneo de la felicidad, la fiel compañera de la soledad adolescente. Pero ese gancho inicial obedece a una función que va (o debería ir) más lejos: lo que verdaderamente importa es el compromiso con la tradición y el lenguaje. Entender ese compromiso es lo que diferencia a un poeta de un hacedor de versos. No hay adolescente que no haya escrito alguna vez versos, pero son pocos los que, pasada la adolescencia, siguen perturbados por ese compromiso tan exigente como demandante.

 

¿Cómo viviste la difícil etapa adolescente en el entorno familiar y escolar? Además de las muchas curiosidades intelectuales que tenías, un padre militar y una educación escolar religiosa pueden resultar, en teoría, un polvorín para un muchacho sensible e inteligente. ¿De qué manera eludiste la manivela del detonador?    

Esa es una pregunta compleja. Tuve la suerte de contar con una familia normal y numerosa (soy el mayor de cinco hermanos), y por eso mismo despreocupada de las veleidades propias de un chico que se sentía diferente. Mi padre era militar y mi madre ama de casa, de modo que la presencia de un niño lector era una gracia que la familia podía festejar, pero no estimular. Bien mirado, se trató de una bendición, pues debido a esa circunstancia nunca he sentido la lectura como una tarea que debía cumplir, sino como un placer que le daba sentido a mi vida. Tampoco me sentí amedrentado por la mirada solemne y grave de una biblioteca que me exigiera cumplir con una venerable tradición familiar. La única biblioteca que había en mi casa era la que yo mismo fui construyendo a base de ruegos y propinas. Eso determinó que mi relación con la llamada «alta cultura» fuera muy de igual a igual, un diálogo que excluyó siempre toda jerarquía de conocimiento, toda reverencia.

Sobre el colegio podría decir otro tanto. Fui educado en un colegio de curas jesuitas, en su mayoría españoles, en una época en la que el clero estaba dividido entre los simpatizantes (declarados o embozados) de la Teología de la Liberación y aquellos que añoraban el pasado franquista. Por supuesto, la cosa no era tan clara, pues los curas se cuidaban mucho de sacar sus trapitos al aire. Pero había un doble mensaje y a cada quien le correspondía tomar partido. Como era de esperarse, tomé partido por los primeros, lo que fue muy enriquecedor en mi formación intelectual y personal, pues de ese modo aprendí mucho más de lo que ofrecían los currículos escolares. Por otro lado, me ofreció una versión muy libre y muy rica de la religión, que nunca sentí como un sistema opresivo ni mucho menos castrante. Por temperamento no soy una persona devota ni mucho menos piadosa, pero nunca perdí el interés por las cuestiones religiosas. Creo que eso se nota en mis poemas.

 

Me has contado que practicabas poco deporte, que leías con voracidad y que ya el oído te jugaba algunas pasadas. ¿Crees que esos rasgos de aislamiento fueron moldeando tu personalidad?

Definitivamente sí, lo que me acarreó no pocos problemas. Ya sabes que el deporte, y en particular el fútbol, es el salvoconducto que permite la aceptación en el grupo adolescente. La lectura, en cambio, aísla y te convierte automáticamente en raro. Y la rareza, a esa edad, se paga muy caro. Respecto de mis maltrechos oídos, ahí tienes otra fuente de problemas: al igual que la lectura, la sordera (aunque sea parcial) también aísla, y mucho. Ahora la disfruto, pues he aprendido a sacarle provecho literario, pero entonces la sufría. No puedo negar que todo esto moldeó mi personalidad.

 

Te he escuchado varias veces conjeturar sobre el carácter de los títulos, no sólo en términos de anclaje y sugerencia, sino también sobre su papel como hilo conductor de la lectura. frente a Cuadernos de Horacio Morell es inevitable no preguntarte por Quinto Horacio y por el fugitivo que escribe el diario de la Invención de Morell. ¿Hay alguna recóndita intención de vincularlos al yo poético de tu libro? 

Una vez que tuve al personaje, me tomó algunas semanas bautizarlo. Me decidí por Horacio Morell como un homenaje a Quinto Horacio Flaco, poeta latino que leí en la traducción de Alfonso Cuatrecasas, y a Horacio Oliveira, personaje de Rayuela de Cortázar. También de Rayuela salió el apellido Morell: ¿recuerdas al personaje Morelli? Ahora que escribo estas líneas me doy cuenta de que la conjunción nominal entre un poeta clásico y los personajes de una novela existencialista (en su versión patafísica) resulta bastante simbólica de lo que entonces estaba haciendo.

 

Es normal que la muerte, cuando se tiene veinte años, asuma una representación mental de rasgos épicos. ¿Fue uno de los motivos que te llevó a definir el destino de tu personaje?

No lo sé con certeza. Lo que sí puedo decirte es que consideré necesario que Morell muriera físicamente para que pudiera existir en la ficción. En términos psicoanalíticos es probable que algo mío haya muerto con Horacio Morell, aunque en términos literarios es claro que nací para la literatura con la muerte de ese personaje.

 

De ese modo pudiste vivir en el otro, ocupar su identidad. ¿Crees que también te confirió mayor emancipación para escribir?

No, porque al personaje lo inventé para darle unidad a textos que ya estaban escritos. Digamos que me dio libertad para editarlos. Pero lo más importante fue la conciencia de que aquello que determina la naturaleza de un libro es, más que la personalidad de su autor, el tono que se le asigna a cada libro. De allí que mis libros sean tan diferentes entre sí.

 

«La timidez y el pudor me convencieron de crearle una máscara», escribes en la «Nota de la segunda edición» (2006). ¿Pero no es un artificio que oculta y a la vez transparenta tus quebrantos más íntimos?

A esa edad uno tiene la soberbia de creer que al publicar por primera vez sus poemas está exponiendo su interioridad al mundo. Y digo soberbia porque la verdad es que será leído por muy pocos (ya sabes que el mundo no suele leer poemas) y que a esos pocos les tienen sin cuidado los «quebrantos íntimos» de quien escribe. Eso lo intuí vagamente y resolví que qué más daba si transfería esos «quebrantos» a otra persona, y si esa persona existía o no. Ahora que lo pienso, lo que hice fue un acto de fe en la poesía como género de ficción, lo que no significa otra cosa que poner el lenguaje encima de las cuitas que afectan a todo adolescente. En ese entonces no sabía de Pessoa y su legión de heterónimos, lo que tal vez fue mejor, pues me dejó libre para elaborar mis propias invenciones.

 

¿Es la misma transferencia de roles que has ensayado en libros posteriores como El equilibrista de Bayard Street o Canciones del Herrero del Arca?

No exactamente. El equilibrista de Bayard Street y el herrero del arca son personajes, sí, pero no poetas, ni mucho menos escritores: sus ocupaciones (hacer equilibrio en una cuerda y trabajar con metales) son transferencias simbólicas del acto de escritura poética, o de determinadas situaciones existenciales.

 

Volvamos a Cuadernos de Horacio Morell… me encanta el epígrafe que empleas. Ese fragmento de «Diálogos a solas» revela juego y soledad, dos estados esenciales para la escritura poética. ¿Era el pórtico que deseabas?

Siempre estuve tentado a escribir la totalidad de esos «Diálogos a solas» de los cuales sólo conozco ese fragmento, tan lúdico y a la vez tan cruel. Pero esa totalidad decidió continuar siendo una ficción más.

¿Que si era el pórtico que deseaba? De manera involuntaria (y digo involuntaria porque no me lo propuse conscientemente) ese fragmento sugiere el ludismo como parte inseparable del juego de escribir poemas, que requiere de la soledad para que pueda llevarse a cabo, sin que importe demasiado la incomprensión del resto.

 

Tú has declarado en una entrevista: «No existe tal página blanca, sino la página negra, ennegrecida por todo lo que ya se ha dicho y vuelto a decir de mil modos». Te pregunto si, en virtud de la originalidad de Cuadernos de Horacio Morell, ¿te propusiste escribir una obra singular, nada (o todo) parecida a lo que habías leído?

Si me lo hubiera propuesto seriamente me hubiera quedado en el intento. Los Cuadernos, como todos mis libros de poemas, no fueron «programados»: fueron saliendo naturalmente, sin que yo supiera con claridad adónde iría a parar. Sólo después, cuando me vi con ese material tan disperso y heterogéneo, encontré la solución editándolo como si fuera la creación de un poeta suicida. Si hubiera tenido la conciencia de la página negra me habría sentido tan abrumado que no habría podido escribir nada. Por suerte me asistían la soledad, el desconocimiento de algunos poetas claves (por ejemplo, el mencionado Pessoa, quien no había llegado a las librerías limeñas) y cierta juguetona y decidida ingenuidad, tan necesaria en un poeta joven.

 

Desde el comienzo el libro plantea un enriquecedor diálogo con la tradición cultural. Sus referencias son bastante eruditas, sobre todo tratándose de un autor tan joven. Apenas empezando su lectura me encuentro con alusiones a la Biblia, Beethoven, los bestiarios, la música clásica y popular… ¿Eras un lector omnívoro?

En mi respuesta anterior hablé de una juguetona y decidida ingenuidad necesaria en los poetas jóvenes. Quiero precisar un poco eso. No se trata de sorprenderse y conformarse inventando la pólvora, se trata de quemarse las pestañas sin perder la capacidad de deslumbramiento que tienen los jóvenes, de encauzar esa energía creadora que desarrollan contra viento y marea aun sabiendo que les falta mucho por leer y experimentar en la vida. Lo importante es que aquello que se ha experimentado y leído (aunque sea poco a causa de la edad) los conduzca a encerrarse frente a una máquina de escribir para que den cuenta de su razón de ser en el mundo.

 

La estructura del libro podría poner en duda su aparente anarquía e improvisación. El orden me parece meticuloso y juguetón: para empezar tres secciones presididas por animales y cuyos epígrafes producen la sensación de algo fuera de lugar.

Tu pregunta me obliga a establecer los límites entre la labor anárquica del poeta (o sea Morell) y la labor meticulosa del editor (o sea yo a mis diecinueve, veinte años). La experiencia de escribir un ciclo de poemas culmina generalmente con la experiencia de editarlos, es decir, de darles un orden, un concierto. Esa negociación entre autor y editor (que en mi primer libro funcionó a nivel ficcional) es un balance necesario para que el libro tenga una personalidad propia.

 

Y eso de «Localidades agotadas», el nombre de la última sección, sella el efecto de haber asistido a un espectáculo con emociones de carreras, acrobacias y otros juegos. ¿Es que ahora ingresamos a un ámbito más personal, donde se habla más del quehacer poético?

Me gusta tu interpretación. Sólo diré que desde muy joven sentí que la vida era un espectáculo al que siempre llegaba tarde, cuando las localidades estaban todas vendidas.

 

Una curiosidad trivial: del poema «Mis nuevas costumbres», ¿cuántas has conseguido incorporar a tu vida cotidiana?

Sólo una: caminar lentamente, como si les conversara a las veredas (o a las sombras).

 

En esta última sección hay tres versos que podrían formar un arte poética: «Nunca debí haber empezado este poema / Pero el silencio exige trascender a las palabras / Y las palabras trascender a mi silencio». ¿Qué opinas?

Lo has visto muy bien: es un arte poética que suscribo hasta hoy. El silencio me ha inquietado siempre, hasta el punto de haberle dedicado mi tesis doctoral que luego se convirtió en un libro: La morada del silencio.

 

Aunque en la primera sección encontramos un poema con el título de «Arte poética»: «El silencio reposa locuaz en mis orejas / Y escarbo como un topo bajo el cielo». ¿Suscribirías hoy esa reflexión esencial?

¿Por qué no? En esa rara combinación de un alejandrino con un endecasílabo están mi sordera y mi ceguera, es decir, la alianza entre el deseo del ojo de ver siempre más allá, y el deseo del oído de escuchar el silencio.

 

El gherba, el entrañable gherba. Si tuviera barba diría que es tu otro yo poético. ¿Cómo surgió esa criatura y su lamento tan indescifrable como conmovedor?

Sobre el Gherba y su lamento, qué decirte. Primero fue un juego, un poema con un lenguaje inventado (el único de ese tipo que he escrito), y, como lo sentí huérfano, se me ocurrió inventarle un enunciador que diseñé al modo de los bestiarios medievales. Así nació el gherba: un animalito tan único en su especie que hace pensar en la soledad de alguien que no tiene con quien compartir su lenguaje. Se trata, claro, de un contrasentido: ¿te imaginas un lenguaje hablado por solamente una persona? Su lamento juega a tener una sintaxis y un vocabulario (hay palabras que se repiten en determinados contextos que el lector puede adivinar), de allí que parezca, efectivamente, otro idioma. En una muestra organizada por Luis Alvarado hace algunos años, el poema podía escucharse con audífonos, pero, para acompañar la cosa, hice una serie de dibujos donde el gherba mismo recitaba su lamento a modo de cómic. Esos dibujos (un total de seis, si no recuerdo mal) los tengo enmarcados en mi casa de Lima. Y es divertido que los amigos me pregunten lo mismo que me pregunta el público cuando lo leo en voz alta en los recitales: si existe alguna traducción disponible.

 

En un imaginario estante de afectos o agradecimientos, ¿cerca de qué libros pondrías los Cuadernos de Horacio Morell: de la Historia de Cronopios, de Julio Cortázar, de La oveja negra, de Augusto Monterroso o de alguna antología poética de Lucho Hernández?

Los pondría a los tres y agregaría a Borges.

 

Imagino que no solo al lado del Borges de El libro de los seres imaginarios (o Manual de zoología fantástica), sino del Borges poeta. Tengo la impresión de que, por ejemplo, tu «Poema hallado en el pórtico central de la academia» tiene una composición bastante borgiana: pulcra, meditada, autorreferencial. 

Ese poema es un deliberado homenaje a Borges y, a la vez, una parodia. Pero, bien mirado, ¿qué parodia no es, en el fondo, un homenaje?

 

¿Me permites regresar al imaginario estante de los afectos? ¿Qué tal al lado de La casa de cartón, de Martín Adán?

Ese libro maravilloso lo leí después. Me hubiera gustado leerlo antes, es decir, en la escuela. Pero no formaba parte de las lecturas del curso de literatura, así que me lo perdí. Hubiera hecho algo con Lulú descollando como una zarza sobre un sembrío de coliflores.

 

¿Y seguro hubieras contestado la carta de Catita?

¡Claro que sí!

 

A propósito de Lulú, pero de La pequeña Lulú: sé que has sido un aplicado lector de historietas. ¿Qué reflexión te sugieren esas lecturas? ¿Cuáles eran tus superhéroes favoritos? ¿Llegaste a sentirte en el traje de alguno de ellos?

Fueron lecturas maravillosas que, por suerte, mis padres nunca me prohibieron (como sé que hicieron los padres de muchos de mis amigos). De niño no tenía ningún inconveniente en alternar esas lecturas, llamémoslas populares, con otras que provenían de un naciente interés por la mitología, la historia, la religión, los animales, la geografía. Todo encajaba maravillosamente sin que hubiera compartimentos estancos. ¿Que si alguna vez me sentí en el traje de un superhéroe? Yo no, pero mi hermano Carlos sí. Su simpatía por Batman lo llevó a escribir de adulto una novela breve titulada El día que murió Batman, donde yo soy uno de los personajes.

 

Ahora sí puedo preguntarte de qué manera este libro prefigura tus libros posteriores. Aquí hallamos múltiples referencias y siempre una mirada de asombro, un ánimo retozón a pesar de las circunstancias y esa hermandad tuya con los animales. ¿No crees que ha funcionado como un cuaderno de apuntes que has continuado explorando veinte, treinta años después…?

Hummm…, esa es una pregunta que preferiría que las respondieran los críticos. Lo que sí puedo decirte es que, a pesar de que ese libro carece de descendencia, hay muchos aspectos que he ido desarrollando (la idea del poeta como editor, la concepción de la poesía como género de ficción, la no separación entre alta cultura y cultura popular, el gusto por las citas, sean verdaderas o apócrifas, el sentido lúdico) y muchas certezas que he ido afirmando a partir de lo que entonces eran intuiciones juveniles.

 

La verdad, con el libro en mis manos, me siento abrumado por el campo de lecturas que tenías a los veinte años. Lo he conversado con mis alumnos, que tienen más o menos esa edad y les pareces un marciano. ¿Cómo te las arreglabas para organizar tu día, porque estudiabas y trabajabas como profesor preuniversitario, además dirigías una revista de poesía…?

Me hace gracia eso de «marciano». Si lo soy para quienes son ahora tus alumnos, también lo era para mis propios condiscípulos, quienes afirmaban de ese modo su «normalidad». Todo lo que les resultaba extraño lo situaban fuera de la órbita terrestre, pero resulta que todo lo que entonces escribía y escribo da cuenta de lo que ocurre en la órbita terrestre, no de otra cosa se ocupa la poesía. ¿Qué cómo me las arreglaba para organizar mi día? Del mismo modo en que me las sigo arreglando hasta hoy: dejando que la pasión me organice o desarregle el calendario.

 

Ante tantas lecturas de libros (e historietas), resulta inevitable hacerte la siguiente pregunta: ¿no te incomoda que a menudo se te haya calificado de escritor erudito o demasiado culto en detrimento del vitalismo que suele reclamarse al poeta?

Esa crítica supone una oposición entre vitalismo y cultura, como si la cultura no fuese vital. Debo reconocer que desde muy niño fui consciente de que todo lo que vivía, leía y soñaba formaba parte esencial de mi manera de ver el mundo; eso explica mi incapacidad para distinguir entre esos dos términos que, para empezar, nunca me parecieron excluyentes: si la lectura (y el conocimiento que ella acarrea) se integra de manera natural a tu vida, adquiere el mismo valor existencial que los amores, los viajes, las amistades, las fiestas, el trabajo, la calle… en fin, todo aquello que conforma la vida cotidiana, la que nos golpea día a día. Por otro lado, no estoy seguro de ser un erudito, pues leo intensa y desordenadamente todo aquello que me interesa y me proporciona placer, sin ánimo de hacer fichas ni clasificar conocimientos. Leo buscando poesía.

 

Hay libros como La casa de cartón y Cinto metros de poemas que se acercan al siglo de su publicación y que se leen con provecho en las escuelas. ¿Qué pensarías si te dijera que Cuadernos de Horacio Morell va a correr la misma suerte, pues pertenece a esa estirpe de libros que mantienen su fibra juvenil?

Pensaría que, después de todo, todavía hay marcianos dispuestos a reconocerse en ese personaje creado al fin y al cabo para ellos. Y eso estaría muy bien, ¿no crees?

 

Todo gran creador crea sus precursores e, incluso, sus epígonos: ¿dónde están los tuyos?

¿Dónde están? La verdad, no lo sé. Más que influencias o precursores, la literatura me ha dado amigos, y esa felicidad es impagable.

 

Lima, noviembre de 2015

 

Esta entrevista forma parte de la investigación titulada Zona crítica. Lecturas urgentes para educación secundaria, que pertenece al Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima.

 

 

_________

Jorge Eslava (Lima, 1953) es escritor, poeta y educador, autor, entre otros, de los poemarios Ítaca (1983), Voces (1986) y Territorio (1989); de los libros de narrativa Descuelga un pirata (1994) y Navajas en el paladar (1995) y de los ensayos sobre temas educativos Libro del capitán (dos volúmenes: 2008 y 2013) y Un placer ausente. Apuntes de un profesor sobre la lectura escolar (2013). También ha publicado una extensa obra literaria para niños y jóvenes.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *