Otro par

Un cuento de Ángel Valenzuela.

Ángel Valenzuela

La mañana de su cumpleaños Felipe se levantó más temprano, fue al baño, se cepilló los dientes y sólo entonces se asomó a la cocina. Su madre lo esperaba con el desayuno listo –hotcakes con tocino, un plátano y jugo de naranja– y una caja envuelta con periódicos de la semana anterior.

—¡Feliz cumpleaños, mijo! —gritó entusiasmada mientras lo tomaba en sus brazos—. Ábrelo.

El pequeño tomó la caja y comenzó a romper el papel. En su interior descubrió unos zapatos negros, nuevos, de piel sintética. Felipe comenzó a llorar en silencio.

—Sé que no es un balón o un juguete…

—Es lo que quería —interrumpió Felipe.

Entonces abrazó con fuerza su nuevo par y recordó cuando, algunos días atrás, la señorita directora lo reprendió en el patio de la escuela, frente a los otros chicos, por llevar los zapatos evidentemente rotos. Su calzado era, había dicho, in-ad-mi-si-ble. Luego lo despachó a casa.

—Gracias, mamá.

Felipe se limpió las lágrimas y la nariz con la manga del pijama y se sentó a la mesa. Agradeció también el tocino en los hotcakes y que el jugo de naranja no fuese de concentrado.

—Es un día especial, después de todo —dijo su madre.

Cuando terminó el desayuno, el pequeño corrió a prepararse para ir a clase. Pantalón gris, camisa blanca impecable y sus lustrosos zapatos nuevos. Entonces agarró la mochila y se despidió de su madre con un beso.

—Te espero despierto a que salgas del trabajo —le dijo.

Y enfiló hacia la esquina a paso lento, combatiendo, a todas luces, el impulso de echar a correr.

En el patio escolar, minutos antes de romper la formación, Felipe, más erguido que nunca, sonrió satisfecho mientras la señorita directora hacía su inspección semanal. Esta vez no encontró nada objetable, de modo que asintió ligeramente con la cabeza y en silencio llevó sus ojos inquisidores hacia otros niños.

Durante la clase, Felipe experimentó una confianza moderada y participó más de lo acostumbrado. La maestra y sus compañeros le cantaron «Cumpleaños feliz» y feliz se sintió toda la mañana.

—Nos echamos una cascarita contra los del 4°B a la salida —le dijo Dani antes de la hora de salida—. Necesitamos delantero. ¿Le entras o qué?

—No sé —respondió—. Si no voy a casa me la van a hacer de tos.

—¿No que tu mamá trabaja el segundo turno? —insistió Dani—. No seas niña, juega un partido con nosotros y luego te vas.

Felipe titubeó. Quería decir que no porque temía que se ensuciaran sus zapatos nuevos pero quería clavarle un par de goles al presumido de Nicolás, el portero del 4°B. Quería decir que no porque suponía que su mamá los había comprado a crédito y pasaría las próximas semanas pagándolos para que él pudiera asistir a la escuela, pero le apenaba reconocerlo ante sus amigos. Felipe agachó la cabeza, le echó un vistazo a sus zapatos y cuando no encontró más excusas, aceptó. Ya tendría el cuidado de lustrarlos bien tan pronto llegara a casa.

Sonó la campana.

Felipe salió del salón de clases y siguió a sus compañeros hasta un terreno baldío, a un par de cuadras de la escuela. El Descamp Nou, le llamaban. Cuando los chicos saltaron la cerca, el equipo rival ya los esperaba.

Una vez que señalaron la portería con piedras, lanzaron una moneda al aire para decidir el saque. Muy pronto el balón se vio amenazado en medio de una cortina de polvo. Ambos bandos se peleaban por controlarlo y humillar al contrario.

Felipe avanzaba haciendo fintas hasta que logró acercarse lo suficiente a la portería. Ésta era su oportunidad, había que aprovecharla.

—¡Métela, métela! —gritaron sus compañeros de equipo.

La pelota pegó en el poste. ¡Ay, qué cerca había estado! Nicolás sabía anticipar la jugada y cada vez que Felipe intentaba, el canijo le volvía a bloquear el tiro. Bueno, no era tan mal portero pero la mera verdad es que era más suerte que otra cosa, eso que ni qué.

El juego terminó empatado. El sol ya decía que era hora de volver a casa. Felipe miró discretamente sus zapatos. Estaban blancos de polvo. Le costaría un gran trabajo dejarlos de nuevo en buenas condiciones.

—Buen partido —le dijo su rival al tiempo que le daba una palmada en la espalda.

Había que reconocer que era un tipo encantador, ese Nicolás. Esto le molestaba aún más a Felipe.

—Sí, buen partido —respondió en tono seco—. Ya vámonos, ¿no?

Uno a uno, los chicos comenzaron a escalar la cerca. Cuando estaba en lo más alto, Felipe sintió que su zapato derecho se atoraba con un alambre suelto. Sus compañeros notaron su cara de terror.

—No te muevas, Pipe —dijo Dani.

—Parece que sólo se atoró una agujeta —agregó Nicolás.

Entonces se acercó a sostener a Felipe mientras Dani intentaba liberarlo pero les ganó el peso y Felipe cayó al suelo. El alambre rasgó y atravesó el zapato.

—Uy, no manches —dijo alguien.

—Sí, qué mala onda — atinó a agregar otro.

—Eran nuevos —dijo Felipe con lágrimas en los ojos.

Pensó otra vez en la directora y la vergüenza del patio escolar. Muy merecido se lo tenía, pero su mamá era otra cosa. Pensó en ella trabajando el segundo turno para dar sus abonos puntualmente en Coppel y se le hizo un nudo en el estómago.

Uno a uno, todos comenzaron a retirarse. Sólo quedaban Dani y Nicolás.

—Mira, Pipe, tengo que irme —dijo Dani—. Me van a estar esperando para comer. ¿Te acompaño a tu casa?

Felipe no respondió. No dejaba de ver su zapato roto. Dani revisó la hora en su reloj, impaciente.

—Nos vemos mañana, ¿vale? —titubeó—. Luego de unos segundos se marchó sin obtener respuesta.

Nicolás se sentó junto a Felipe. Estuvieron así un rato, sin que ninguno se atreviera a hacer nada. No había mucho que pudiera hacerse. Entonces Nicolás, sin decir palabra, se desató las agujetas y colocó sus zapatos junto a Felipe.

—Feliz cumpleaños —le dijo.

Luego se puso de pie y se fue caminando descalzo.

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Ángel Valenzuela (Ciudad Juárez, México, 1979) es escritor, traductor y diseñador editorial. Le gustan las palabras «marea», «azar» y «albahaca». Le disgusta la palabra «calostro». Cuestión de fonética, no de semántica. Sus cuentos han sido antologados en los libros Dosis Letradas (UACJ, 2008) y Espejos y realidades de Ciudad Juárez (UACJ, 2013). Ha publicado en revistas de circulación local e internacional como Tierra Adentro, Paso del Río Grande del Norte, Esnob, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea y la Río Grande Review, así como en medios electrónicos como Revista Ombligo y Mutante.mx. Reside en la Ciudad de México desde el 2013, donde trabaja su primera novela como becario del FONCA Jóvenes Creadores 2013-2014.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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