Sobre la cartografía literaria

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La narrativa como acto espacialmente simbólico

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Arrojados al paréntesis de la vida, es preciso navegar, narrar el océano del mundo y trazar su sentido en las palabras. Así, la narrativa nos da Norte existencial, latitud en su mapa totalizante. El oleaje posmoderno arrecia y requerimos aún más de la cartografía literaria para hacer de este mar inhóspito un hogar. Un ensayo de Robert T. Tally Jr. traducido por Raúl Bravo Aduna.

 

 

Robert T. Tally Jr.

 

La experiencia de estar en el mundo es una de navegación constante, de localizarse con relación a los otros, de orientarse en tiempo y espacio, de trazar una ruta, de ocupación y desplazamiento, y de movimientos a través de un despliegue de fenómenos geográficos e históricos. La condición humana es una de estar como en el mar y a la deriva –lanzados al mundo y, al mismo tiempo, perdidos en él– y, como el navegante, hacemos uso de mapas, de bitácoras, de nuestras propias observaciones e imaginación para hacer que un lugar cobre sentido. Como Frank Kermode apunta en The Sense of an Ending, «el hombre, como los poetas, se apresura lo más que puede a la mitad, in medias res, cuando nace; también muere in mediis rebus, y para que haga sentido su lapso de vida, requiere correlaciones ficticias con orígenes y finales, así como dar significado a su vida y a la poesía misma» (7)[1]. Kermode está hablando de organización temporal, pero esta experiencia de estar «a la mitad» también es espacial, y requiere de soluciones cartográficas que también se presentan como «correlaciones ficticias» entre aquí y allá, cerca y lejos, hogar y fuera, por mencionar algunas. Los humanos terminamos por aceptar esta realidad debido a que proyectamos líneas imaginarias que trazan espacios geográficos de referencias o que simplemente inventan narrativas –latitud y longitud son ejemplos obvios de esto.

Acercarse a la narrativa como un acto espacialmente simbólico nos permite navegar por el mundo y la literatura de maneras nuevas e interesantes, al formular cuestionamientos distintos, explorar territorios diferentes y descubrir efectos atípicos. Así como los escritores crean los mapas de sus mundos, los lectores o los críticos pueden confrontar estos mapas narrativos para buscar una orientación de las cosas que pertenecen a un mundo en cambio perpetuo.

En el siglo XXI, este acercamiento puede ser aún más apremiante, puesto que muchos de los puntos de referencia e indicadores que solían darse por sentado (incluyendo los geográficos, como puede ser la idea de fronteras nacionales) han desaparecido, o por lo menos ahora son menos confiables. Por ejemplo, la crisis financiera actual ha marcado el nivel en el que incluso los comercios más locales y pequeños están conectados con un mercado global que excede el entendimiento de la mayoría de nosotros, involucrando valores y derivados exóticos (obligaciones de deuda colaterales, por ejemplo) que se juegan fuera de la bolsa de valores y en el exterior y que, sin embargo, pueden llegar a tener consecuencias devastadoras. Cartografiar esta condición parece cada vez más necesario y cada vez menos probable, pero es esencial intentarlo.

Navegar es, por tanto, una figura de la condición existencial de manera individual y de la literatura en términos generales. Desde una perspectiva fenomenológica, el sujeto debe intentar entender el mundo por medio de una suerte de actividad cartográfica. Fredric Jameson ha llamado a este tipo de actividad «mapeo cognitivo», un marco relacional que permite «una representación situacional por parte del sujeto individual frente a la más basta e irrepresentable totalidad que se presenta como el ensamble de las estructuras sociales como un todo» (Postmodernism, 51-54). Trazar el mapa establece un marco significativo para el sujeto, con puntos de referencia específicos que ayudan a pensar sobre sí mismo y sobre el lugar propio en el espacio social más amplio. Igualmente, las narrativas sirven para dar sentido, o darle forma, al mundo en cuestiones de significación. En ese caso, las obras literarias tienen una función cartográfica de crear figurativa o alegóricamente una representación del espacio social, en un sentido amplio. A esto es a lo que yo llamo cartografía literaria.

En su Teoría de la novela, Georg Lukács contrasta la civilización, cerrada o integrada, de la épica antigua con el mundo fragmentado de la novela, y su retórica implica el tipo de ansiedad cartográfica que requiere mapas narrativos. La épica viene de aquella «época feliz» cuando «el cielo estrellado es el mapa de todo posible camino […] El mundo es amplio y aún así se siente como un hogar» (29). La condición moderna, cuya forma representativa es la novela, queda marcada por una división entre interior y exterior, entre sujeto y mundo, que ahora es «un mundo abandonado por Dios» y caracterizado por una «condición trascendental de lo transitorio»  (Lukács 88, 41). Esta ansiedad existencial se traduce en una perplejidad reflejada espacialmente, ya que uno ya no se puede sentir «en casa» en el mundo. Como Heidegger lo expresa en El ser y el tiempo, «En la angustia le va a uno “inhóspitamente”. En ello encuentra inmediatamente su expresión la peculiar indeterminación de aquello cabe lo cual se encuentra el “ser ahí” en la angustia: el “nada y en ninguna parte”. Pero “inhospitalidad” aquí quiere decir al par “no estar en casa”»[2]. La época de la novela está marcada por una condición humana transitoria y ominosa que requiere de maneras figurativas para conectar a uno con su propio mundo. Y esto es en lo que se convierte la novela: una cartografía literaria que provee de imágenes alegóricas o figurativas al mundo y al espacio que uno ocupa en éste.

Este proyecto cartográfico de la novela se parece bastante a la idea de Jameson sobre el mapeo cognitivo como estrategia para situar a uno dentro de la totalidad social, compleja y aparentemente imposible de representar. Jameson retoma el concepto del análisis que hace Kevin Lynch sobre la desorientación urbana en Image of the City y de la teoría revisionista de Althusser sobre la ideología como solución imaginaria a contradicciones reales. Vale la pena apuntar, sin embargo, que Jameson fue el primero en emplear el concepto (aunque de manera distinta), haciendo referencia a la narrativa en The Political Unconscious, donde sugiere que el realismo es «un discurso narrativo que unifica la experiencia cotidiana con el trazo de un mapa cognitivo, o al menos como una perspectiva más o menos “científica”» (90). La narrativa en sí es una forma de trazar un mapa, organizando la información obtenida de la vida en abstracto para obtener patrones reconocibles, bajo el entendido que el producto final es ficticio, una mera representación de espacio y lugar, cuya función es ayudar al «espectador» o cartógrafo, lector o escritor, a hacer sentido del mundo. En Maps of the Imagination, Peter Turchi establece que toda forma de escritura es cartográfica hasta cierto punto, pero que narrar es esencialmente una forma de trazar mapas, de orientarse y orientar a los lectores en un espacio concreto. El narrador, como el cartógrafo, determina las fronteras del espacio que será representado, elige qué elementos serán incluidos, establece el alcance y la escala, y así sucesivamente. En la producción narrativa, el autor también produce el mapa de espacio, conectando al lector con la totalidad formada por la narrativa en su totalidad. La narrativa es, por tanto, un acto espacialmente simbólico, en tanto que establece una cartografía literaria para el lector.

No es necesario que esta cartografía literaria quede limitada a un mundo particularmente moderno o postmoderno, aunque las condiciones que han surgido a partir de las progresiones de modernismo y postmodernismo hacen que los proyectos expresamente cartográficos sean más deseables. Sin embargo, y sin lugar a dudas, el mundo antiguo también conocía la ansiedad y desorientación espaciales –baste con recordar a Odiseo para darnos una idea de esto.

Pero el mundo antiguo percibía una totalidad inherentemente «cartografiable» en la mente de las personas, ya fuera por medio de la metafísica, la política o la geografía; la épica tenía lo que Joseph Frank llamó «una forma espacial», puesto que la organización de los eventos depende menos de la cronología que de los lugares que se encuentran en un universo fijo. Con la condición moderna, en contraste, esta totalidad ya no se da por sentado. En palabras de Lukács, «La épica le da forma a la totalidad de la existencia que está rodeada por sí misma; la novela busca, por medio de la estructuración, develar y construir una totalidad oculta de esa misma existencia» (60). La modernidad, al menos entendida desde esta tradición, logra colapsar el sentido de los sistemas anteriores. Por ejemplo, la discusión de Michel Foucault sobre el colapso de los sistemas de significación renacentistas se enfoca en Don Quijote, una novela que exhibe a lo largo de sus páginas una condición trascendental de lo transitorio, así como una ansiedad claramente cartográfica (Cfr. Foucault, 47-48). Quizá la narrativa siempre ha sido una forma de orientarnos, tanto en el universo semántico relativamente estable de las civilizaciones herméticas de Lukács, como en el mundo moderno y quijotesco en el que el centro nunca permanece estable, o incluso al navegar por el mundo postmoderno en el que hasta los mapas provisionales de la época moderna son sujetos a deconstrucciones intensísimas (Cfr. Harley).

La «digresión sobre la cartografía» de Jameson, contenida en sus discusiones sobre el postmodernismo, es iluminadora en esta materia. Mientras que los mapas antiguos eran frecuentemente meros diagramas de los desplazamientos de un viajero individual, el descubrimiento en el Medioevo de la brújula (entre otras invenciones) permitió «coordinar información existente […] con la aún no experimentada, concepciones abstractas de la totalidad geográficas», y tales avances modernos, como el globo terráqueo y la proyección de Mercator, subrayaron el problema mismo de la representación, desengañándonos de las «nociones ingenuas de la cartografía mimética», pues «se vuelve claro cómo es que no pueden existir mapas verdaderos», sólo existen mapas más o menos útiles (Postmodernism, 51-52). De manera similar, en distintas narrativas, uno puede diferenciar la directa «narración real», producto de testimonios individuales basados en su necesariamente limitada evidencia empírica, de la concepción más amplia de la relación del individuo con la totalidad «aún no experimentada», y eventualmente a una concepción del arte figurativo en sí, que debe explorar otras técnicas ficticias, incluso extravagantes, para alcanzar sus objetivos. Con el mapa distorsionado de Mercator, la representación exagerada del espacio –representar a Groenlandia del tamaño de Iberoamérica, por ejemplo– cumple con los propósitos prácticos de la navegación, particularmente con respecto a la determinación de longitudes, el gran terror de la navegación marítima de los siglos dieciséis y diecisiete.

«Los mapas verdaderos», del tipo mimético y antiguo, son menos útiles. Por supuesto, todos los mapas son ficciones. Jorge Luis Borges cuenta, por ejemplo, en “Del rigor de la ciencia”, que incluso los cartógrafos imperiales, que hicieron que un mapa fuera coextensivo a, e incluso más detallado que, el espacio que buscaba representar, no pudieran trazar «mapas verdaderos». Pero con la cartografía moderna, las ficciones también se vuelven funciones.

En la narrativa literaria, el autor traza el mapa de un mundo de manera similar, en ocasiones coordinando la información existente del individuo que escribe o la experiencia del protagonista con la totalidad social, incomprensible y aparentemente imposible de representar. Por ejemplo, en Melville, Mapping and Globalization, ya he argumentado que Melville desarrolló sus técnicas literarias empleadas en Moby-Dick, en parte como respuesta a su frustración por las limitaciones de su narrativa personal en obras anteriores como Typee o Redburn. Melville necesitaba un acercamiento distinto, explícitamente cartográfico para intentar representar «espacios que antes se encontraban en blanco» para poder crear una vista panorámica inexistente para peatones que van arrastrándose al caminar (una perspectiva diferente de este mismo impulso cartográfico puede ser encontrado en “Walking in the City”, parte de The Practice of Everyday Life, de Michel de Certeau.) La presentación artística y representación de «lugares verdaderos» requiere una proyección que vaya más allá de los límites de una escritura simple y testimonial (Cfr. Tally, 86-101).

Proyectar, tanto en literatura como en cartografía, permite hacer sentido de, o darle forma a, el mundo para que se vuelva legible.  En The Crying of Lot 49, Oedipa Maas se pregunta: «Shall I project a world? If not project then at least flash some arrow on the dome to skitter among constellations and trace out your Dragon, Whale, Southern Cross. Anything might help» (81–82). Como esto indica, una constelación –líneas imaginarias dibujadas entre las estrellas que pretenden ordenar los cielos– es otra figura apta para este proceso de cartografía literaria, un sistema imaginario que busca crear sentidos. La constelación es, por supuesto, esencial para la navegación celestial. En dicha nouvelle, la conspiración misma opera como una suerte de mapa que busca ser leído: proyecta una totalidad que se convierte en una forma de entender los códigos y figuras en apariencia indescifrables que bombardean a Oedipa Maas en su odisea.

Si el escritor es el cartógrafo, el crítico es un navegante, quien (como todo navegante) traza nuevos mapas en el proceso. En La géocritque mode d’emploi, Bertrand Westphal y su equipo de investigación enfatizan las relaciones entre escritura y geografía, mediante el uso del término «geocrítica», para etiquetar a una serie de prácticas críticas que involucran a los espacios literarios, tanto reales como imaginados. En palabras de Westphal, «el espacio literario, a fin de cuentas, es un espacio real, material y geográfico, imaginado y representado por un lenguaje. La vocación de la geocrítica es interpretar las manifestaciones de esta imaginación espacial, en la intersección entre geografía y literatura». Otros críticos se han embarcado en proyectos similares a últimas fechas. Los críticos postcoloniales se han involucrado con lo que Edward Said llamó, en Cultura e imperialismo, «un cuestionamiento geográfico de la experiencia histórica» (7), en respuesta a la percepción de que «la mayoría de los historiadores culturales, y por supuesto de los académicos literarios, han fallado en darle importancia a la notación geográfica, el trazo de mapas teóricos y al delineamiento de territorios que subyacen la ficción occidental» (58). El trabajo de Franco Moretti en Atlas of the European Novel 1800-1900 ha mostrado cómo el Paris de Balzac o el Londres de Dickens son trazados en sus novelas. Moretti utiliza, precisamente, mapas narrativos para trazar el desarrollo de cómo los cronotopos novelísticos ofrecen un modelo fascinante, y un tanto extraño, para la investigación histórico-literaria (Cfr. Graphs, Maps, Trees). Otra intervención interesante, Novels, Maps, Modernity de Eric Bulson, examina cómo Melville, Joyce y Pynchon usaron, de hecho, mapas y guías en el desarrollo de nuevas técnicas literarias como las bases para la configuración de orientaciones tanto realistas, por un lado, como modernistas y postmodernistas, por el otro. La crítica literaria, la historia y la teoría ya se están empapando de las operaciones de la cartografía literaria en la narrativa y otros lugares. Como lectores y escritores, no queda de otra: navegamos por nuestro mundo al trazarlo.

 

 

Obras citadas

Bulson, Eric. Novels, Maps, Modernity: The Spatial Imagination, 1850–2000. Londres: Routledge, 2006.

Certeau, Michel de. The Practice of Everyday Life. Trad. Steven Rendall. Berkeley: Universidad de California, 1984.

Foucault, Michel. The Order of Things. Trad. Anón. Nueva York: Vintage, 1973.

Harley, J.B. «Deconstructing the Map». Cartographica 26.2 (Verano 1989): 1–20.

Heidegger, Martin. Being and Time. Trad. John Macquarrie y Edward Robinson. Nueva York: Harper and Row, 1962.

Jameson, Fredric. The Political Unconscious: Narrative as a Socially Symbolic Act. Ítaca, NY: Universidad de Cornell P, 1981.

———————. Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism. Durham: Universidad de Duke, 1991.

Lukács, Georg. The Theory of the Novel. Trad. Anna Bostock. Cambridge: MIT, 1971.

Moretti, Franco. Atlas of the European Novel, 1800–1900. Londres: Verso, 1998.

———. Graphs, Maps, Trees: Abstract Models for a Literary History. Londres: Verso, 2005.

Pynchon, Thomas. The Crying of Lot 49. Nueva York: Harper & Row, 1990.

Tally, Robert T. Melville, Mapping and Globalization: Literary Cartography in the American Baroque Writer. Nueva York: Continuum, 2009.

Turchi, Peter. Maps of the Imagination: The Writer as Cartographer. San Antonio: Universidad de Trinity, 2004.

Westphal, Bertrand. «Pour une approache géocritique du texte», La géocritique mode d’emploi. Ed. Bertrand Westphal. Limoges: Presses Unversitaires de Limoges, 2000.

Este ensayo fue publicado originalmente en New American Notes Online, No. 1.1 (Enero 2011). Traducción y reproducción bajo permiso del autor.

 

 

Traducción de Raúl Bravo Aduna

 

 

 

 



[1] N. del T.: Todas las traducciones de citas son mías, a menos que se exprese abiertamente lo contrario.

[2] Nota del traductor: Hago uso de la traducción de José Gaos con la intención de que este fragmento pueda ser lo más esclarecedor posible. Cfr. Heidegger, Martin. El ser y el tiempo. Trad. José Gaos. México: Fondo de Cultura Económica, 2005 [1951], p. 208. A manera de complemento, la citada usada por Tally Jr., de la traducción al inglés de John Macquarrie y Edward Robinson, misma que viene citada al final del presente texto, establece que «In anxiety one feels “uncanny” [unheimlich]. Here the peculiar indefiniteness of that which Dasein finds itself alongside in anxiety, comes proximally to expression: the “nothing and nowhere”. But here “uncanniness” also means “not-being-at-home” [das Nicht-zuhause-sein]» (233).

 

 

 

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Robert T. Tally Jr. es profesor en la Universidad Estatal de Texas, donde enseña literatura mundial y norteamericana. Es el autor de los libros Spatiality (2012), Kurt Vonnegut and the American Novel: A Postmodern Iconography (2011), y Melville, Mapping and Globalization: Literary Cartography in the American Baroque Writer (2009). También tradujo Geocriticism: Real and Fictional Spaces (2011), de Bertrand Westphal, y editó Geocritical Explorations: Space, Place, and Mapping in Literary and Cultural Studies (2011).

Raúl Bravo Aduna es ensayista, poeta y traductor. Actualmente es profesor de lenguas en la Universidad Panamericana y editor literario de Cuadrivio. Su web personal es http://www.rbaduna.com

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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