Mira

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Sobre Maryse Condé y por qué traducir Traversée de la mangrove

 

 

Como traductor, pocas veces uno puede elegir qué traducir. Generalmente se está a merced de las decisiones editoriales, tanto en temas como en formas. Sin embargo, la premisa contraria es correcta también: como traductor, uno siempre puede elegir qué traducir y cómo traducirlo. La diferencia está en la naturaleza del proyecto (externa o interna al traductor) y, quizás por ende, en la inmediatez de la publicación.

En este caso, la razón de la elección de «Mira» es la siguiente: como traductora prefiero trabajar con textos marginales dentro del universo de la lengua francesa, porque si la traducción tiene alguna función social directa, ésta puede ser la de dar voz a textos que no gocen de los mismos beneficios de difusión que un texto de zona y lengua dominantes. Dentro de la francofonía, prefiero al Caribe exclusivamente por proximidad geográfica y por una (quizá aparente) proximidad cultural mayor que con las otras regiones francófonas. Traversée de la mangrove pinta la vida de un pueblo antillano en el transcurso de una noche de velorio; Mira es una de las habitantes del pueblo. Esa noche las historias se piensan, no se cuentan. El lector tiene todas las versiones disponibles para formarse la propia.

Maryse Condé no es la escritora caribeña que espera un lector occidental: combativa en sus textos, enfática en las cuestiones ex coloniales y esclavistas que marcan la región, impulsora de un exotismo que venda. Tampoco reivindica sus raíces afroantillanas sin cuestionamientos ni defiende la escritura en créole como única posibilidad de coherencia. Si estos elementos están presentes en su obra es porque son parte de su cultura y los toma como tales: los describe, se burla de ellos, sus personajes los padecen o los aprovechan. No pretende imponer ideologías ni ensalzar oprimidos: muestra ideologías y muestra la opresión. Traversée de la mangrove, y en especial capítulos como «Mira», demuestran que lo que pretende es hacer literatura.

Condé nació en la Guadalupe todavía colonial, en 1937, pero se fue joven de su «isla-prisión», como la llama en alguna entrevista, para estudiar en la metrópoli; luego se mudó a África para encontrar sus raíces, como era la norma para los intelectuales afrocaribeños de la generación de Césaire, padre de la negritud. No encontró sus raíces pero entendió que las raíces no están en ninguna parte, y en todas a la vez. Sin que ella lo diga, podría atribuírsele el trillado apelativo de «ciudadana del mundo», que quizá en su caso, como demuestran sus novelas plagadas de personajes de todos lados, sea pertinente. Desde hace tiempo vive entre su isla natal y Nueva York, donde fue profesora de literatura francófona muchos años.

Su obra ha sido poco traducida al español; es una falta que habrá que subsanar.

 

Ana Inés Fernádez

 

 

***

 

MIRA

 

 

Maryse Condé

 

 

Hay que bajar al Torrente después de la puesta de sol, cuando el agua es negra, aquí tranquila, hoyo negro sobre el negro de la nada, allá corriente, rebotando sobre las rocas que el ojo ya no alcanza a distinguir. De niña, bajaba cada atardecer al Torrente y me quedaba ahí horas enteras. Había descubierto que el agua sabe mejor en esos momentos, en la oscuridad que se espesa poco a poco. Me hacía ovillo bajo las hojas de filodendro gigante y oía sus voces enojadas:

—¿Y ahora dónde estará? Deberíamos dejarla ahí.

—Una buena tunda es lo que esa niña se merece. Pero su papá no quiere que la toquen.

Cuando el ruido de las voces ya se había callado, me quitaba el vestido y toda la ropa. Me deslizaba en el agua que penetraba, ardiendo por el calor del sol del día, hasta las profundidades de mi cuerpo. Me estremecía bajo esa caricia brutal. Luego me sentaba en la orilla y me secaba con el viento.

Hay que bajar al Torrente después de la puesta de sol cuando el cielo es redondo, hueco como una concha pintada por encima de nuestras cabezas.

A veces, cuando no lograba quedarme dormida a mitad de la noche, recorría de puntitas el pasillo central de la casa. A la derecha oía los ronquidos de mi padre que todavía no se había casado con Dinah, la sanmartinense, y que acababa de hacer el amor con Julia, nuestra criada. A la izquierda, un rayo de luz brillaba bajo la puerta del cuarto de mis hermanos. Uno de ellos, Aristide quizá, debía de estar leyendo algún libro prohibido. En el jardín, los perros se me acercaban gimiendo, moviendo la cola. Me querían seguir. Pero yo los ahuyentaba, porque de noche el Torrente sólo me pertenece a mí. Odio el mar estruendoso, violeta y que despeina. Tampoco me gustan los ríos, su agua lenta y turbia. Sólo me gustan los torrentes vivos, violentos incluso. Me sumerjo. Duermo en sus orillas, pobladas por batracios. Me tuerzo los tobillos en sus rocas resbaladizas. Son mis dominios, sólo míos. Las personas ordinarias los recelan, creen que es la guarida de los espíritus. Además, nunca hay nadie ahí. Por eso cuando tropecé con su cuerpo, invisible en la negrura como un caballito del diablo, creí que como yo, él había venido por mí.

La soledad me acompaña. Ella fue la que me arrulló, me alimentó. No me ha abandonado hasta el día de hoy. La gente habla, habla. No saben lo que significa salir ardiendo del vientre ya frío de su madre, decirle adiós desde el primer momento del mundo. Mi padre se secaba los ojos rojos. Había amado a su Negra Rosalie, Rosalie Sorane, de pechos de berenjena. La comadrona le repetía:

—¡Agarre valor, Señor Lameaulnes!

Mi padre no tenía hijas. Su primera mujer, Aurore Dugazon, que murió por un fibroma, no le había dado más que niños. Tres niños, uno detrás de otro. Entonces, me tomó en sus brazos y sus lágrimas tibias me recorrieron la cara. Pero yo, desde ese momento, no quería su amor. No quería darle el mío. Él era culpable. Pues si hubiera dejado en paz a Rosalie Sorane, si la hubiera dejado dormir en la casa de su mamá, que se instalaba cinco veces a la semana en el mercado de la calle Hincelin para revender tomates, quingombós y ejotes, pero que quería que su hija fuera a estudiar a la metrópoli y se convirtiera en una licenciada, no se habría muerto a los dieciocho años, vaciada de toda su sangre joven, acostada con los pies fríos entre dos sábanas de tela de lino bordada.

Mi padre me envolvió en un albornoz azul, pues Rosalie Sorane había esperado un niño y preparado todo su ajuar de ese color, y me acostó en la parte trasera de su enorme automóvil norteamericano. Cuando llegamos a Rivière au Sel después de una hora de camino, era de noche. Un viento fresco se colaba a lo largo de los flancos de la montaña, densa, con relieve de sombra chinesca. Aurore Dugazon, pálida y enclenque, estaba sentada en el corredor. Mi padre pasó por donde estaba ella sin mirarla como de costumbre y me puso en brazos de Minerve, la criada, que se había precipitado por el ruido del motor. Él le dijo simplemente:

—La bautizaremos el sábado que entra.

El sábado siguiente me bautizaron en la iglesia de Petit Bourg: Almira (el nombre de mi abuela, la madre de mi padre) Rosalie Sorane. Como mi padre había tenido a bien tutear a todos los directores de banco, al presidente de la Cámara de Comercio y al de la Oficina de Turismo, no podía transformar a una hija de adulterio en hija legítima. A pesar de eso, jamás me llamaron por otro nombre que no fuera Mira Lameaulnes.

A los cinco años me fugué por primera vez. No podía entender que, para mí, no hubiera una mamá en algún lugar sobre esta tierra. Estaba convencida de que se escondía en la montaña, que la protegían los gigantes de la selva densa, que dormía entre los desmesurados dedos de los pies de sus raíces. Un día, buscándola desde la mañana, subí por una vereda. Estaba cansada de poner un pie delante del otro. Cansada a morir. Entonces me apoyé sobre una roca y rodé hasta el fondo de un torrente, escondido bajo el amontonamiento de las plantas. Jamás he olvidado ese primer reencuentro con el agua, ese canto delicado, apenas audible, ni el olor del humus en descomposición.

Cuando me encontraron después de una batida de tres días y tres noches, mi hermano Aristide se burló:

—Tu mamá era una Negra que atrapaba hombres. ¿Cómo te puedes imaginar que está allá arriba en la montaña? A esta hora ha de estar bajo nuestros pies, quemándose en el infierno, la piel chamuscada como la costra de un cochino.

A pesar de lo que pudiera decir, su crueldad no me alcanzaba. Había encontrado el lecho materno.

Desde ese día, cada vez que tengo el corazón ensangrentado por la crueldad de la gente de Rivière au Sel, que no sabe más que afilar el cuchillo de sus maledicencias, bajo al Torrente. Bajo en cada aniversario de la muerte de Rosalie Sorane que es también el de mi nacimiento y trato de imaginar cómo sería la vida si ella estuviera aquí en carne y hueso para verme crecer, para recibirme en el corredor cuando regreso de la escuela y para explicarme todos los misterios del cuerpo de las mujeres que yo debo descubrir sola. Si tuviera que contar con Dinah creería que fue por la mediación del Espíritu Santo que tuvo a sus tres hijos.

Le tenía cariño a Aurore Dugazon, la mamá de Aristide, tan pálida, tan pálida que sabíamos que tenía los días contados sobre esta tierra. Cuando murió, cubrimos todos los espejos con chales negros y morados para que no viniera a mirarse en ellos llorando por su juventud perdida. La gente decía:

—¡Ay Dios, parece una mujer casada!

En cuanto a Aristide, estaba encerrado en su cuarto. Fue mi padre el que lo fue a buscar y lo amenazó con golpearlo si no iba a darle un último beso antes de que clavaran la tapa del ataúd.

De verdad creí que él también se iba a morir ese día. Es por eso que los dos estábamos listos para Dinah, la segunda mujer, cuando llegó de San Martín una buena mañana. Aristide me había advertido:

—¡Vas a ver cómo te la voy a amansar!

Pero no fue necesario. No fuimos nosotros los que la amansamos.

¡Ah, los primeros tiempos, Dinah parecía una flor de tuberosa! Por la mañana cantaba frente a la ventana abierta de par en par ante la frescura de la montaña. Mandaba fregar toda la casa con raíces de vetiver y con ramilletes de hierbas. El aire se embalsamaba. Por la noche, nos contaba cuentos.

Por desgracia pronto la vimos languidecer, marchitarse como la hierba, privada del rocío de la mañana. Mi padre ya no le dirigía la palabra. Pasaba por donde estaba ella sin mirarla. En la mesa, apartaba su plato tras un bocado. Por la noche salía o se encerraba en uno de los cuartos del desván con mujeres recogidas quién sabe dónde y los oíamos reírse, reírse detrás de la puerta cerrada. Por eso, cuando mis ojos se clavaban en él, se mofaba:

—¿Lo que quieres es matarme?

Era cierto, el odio me sofocaba, me preguntaba qué podría inventar para lastimarlo. Es por eso que le hice caso a Aristide. En realidad, sólo lo quería como hermano. Pero creí encontrar mi dicha en el sabor del mal, de lo prohibido.

Muy pronto eso ya no me bastó. Desde que me habían corrido de mi cuarta escuela de paga no hacía nada y germinaba sin gozo alguno. Había empezado a tener un sueño, siempre el mismo, noche tras noche. Estaba encerrada en una casa sin puerta ni ventana y en vano intentaba salir. De repente, alguien golpeaba contra una tapia que se resquebrajaba, caía a pedazos y me encontraba frente a un desconocido, sólido como un pié-bwa[1] que me liberaba.

Bien o mal mataba el tiempo de los días. En cierto momento, Aristide se había metido en la cabeza encontrarme un trabajo en el Vivero. Arreglaba gavillas para las esposas o coronas para los muertos. Pero cuando estaba junto a ellos, los hombres no hacían nada de nada y me comían con sus ojos llenos de vicios. Por eso aquello no pudo durar mucho. A veces, mi padre me miraba:

—Te tengo que buscar un marido. Cuando tenga tiempo para ti.

Yo ni siquiera le respondía.

La vida empezaba cuando bajaba al Torrente. Una noche como las otras, ni más ni menos luciérnagas en el sereno, tomé el camino conocido. Iba a acercarme al agua cuando di con su cuerpo invisible sobre las hojas de filodendro. Se enderezó y preguntó:

—¿Eres tú? ¿Eres tú?

Con mi linterna proyecté su cara en la negrura. Lo reconocí al instante. Entonces murmuré:

—¿Me estabas esperando?

Tartamudeó:

—No tan pronto.

Me incliné hacia él:

—¿Crees que es demasiado pronto? Hace veinticinco años que te estoy esperando sin ver nada venir. Estaba perdiendo la esperanza.

Preguntó:

—¿Veinticinco años? ¿Cómo que veinticinco años?

Le puse la mano en el hombro. A él le temblaba todo el cuerpo y le pregunté:

—¿De qué tienes miedo?

—Pues de ti. ¿Cómo le vas a hacer?

Me acerqué mucho, mucho, y puse mi boca sobre la suya, seca, inerte y sin responderme:

—Así…

Después de ese beso me miró fijamente, con los ojos dementes por un terror que yo no comprendía:

—¿Es todo?

Me reí:

—No. Podemos seguir si quieres.

Le desabotoné la camisa azul fuerte, desabroché su duro cinturón de cuero. No dijo una palabra. Parecía un niño delante de una persona mayor. Hicimos el amor sobre la tierra fértil al pie de los helechos arborescentes. Él se dejó hacer, no reacio pero al acecho de cada uno de mis movimientos, como si creyera que escondían golpes mortales. Luego permaneció un rato largo sin moverse, junto a mí, y después dijo:

—Me llamo Francis Sancher.

Yo contesté:

—Eso ya lo sé, figúrate.

Se volteó hacia mí:

—Tú no eres a la que estaba esperando. ¿Quién eres?

Me puse de pie y bajé burlándome hacia el agua que brillaba negra entre las rocas:

—¿No sabes quién soy?, me sorprende. La gente de Rivière au Sel cuenta toda clase de historias sobre mí.

—Me rehúyen como a la peste. Nadie me habla.

—¿Ni siquiera el Zancudo?

—¿Zancudo?

Dejé que el agua corriera por mi cabeza:

—Moïse si prefieres. Así es como le dicen a tu amigo el cartero. ¿No te ha hablado de mí?

No contestó.

En la oscuridad, oía los pesados pasos de los sapos que cazaban a los insectos bajo las hojas. Bruscamente, el viento cayó, helado sobre mis hombros, y salí del agua para ponerme otra vez la ropa. Él todo el tiempo me veía en silencio. Cuando me estaba alejando, me preguntó:

—¿Te veré otra vez?

Por encima del hombro le lancé:

—¡Le agarraste gusto, parece ser!

 

*

La gente de Rivière au Sel no me quiere. Las mujeres recitan sus plegarias a la Santa Virgen cuando se cruzan en mi camino. Los hombres recuerdan sus sueños de la noche cuando empaparon sus sábanas y sienten vergüenza. Entonces, me confrontan con los ojos para esconder su deseo.

¿Por qué? Quizá sea demasiado bella para su fealdad, demasiado clara para la negrura de su piel y de su corazón. Mi padre tras las apariencias me tiene miedo. Puede hostigar a sus capataces y a sus obreros haitianos. Puede traer marcando el paso a sus hijos del segundo lecho, sin siquiera hablar de Dinah, zombi perdida ante él. Puede correr a las sirvientas por un sí o por un no cuando ya no quiere nada más de ellas o cuando se le resisten. Frente a mí, es otro asunto. Sabe que el cuerpo de Rosalie Sorane está entre nosotros. Aristide también me tiene miedo, a mis enojos, a mis lunas como él dice. Cuando llegué a Rivière au Sel, envuelta en mi albornoz azul, Aristide acababa de cumplir tres años. Por mí soltó la mano de su madre. Crecimos como dos salvajes. No tenemos secretos el uno para el otro. Sin embargo, jamás lo he llevado al Torrente. Sólo me pertenece a mí. Es mi reino, mi refugio.

Aristide dice que no podría vivir lejos de la montaña. Cada mañana, se adentra en su vientre y regresa, con la mochila llena de tordos de patas amarillas, de carpinteros negros, de perdices y de torcaces que atrapa con liga en los helechos y que encierra en jaulas de bambú al fondo del Vivero. Junto con los invernaderos de orquídeas, es su reino propio. Los que dicen que tiene el corazón duro como una roca no lo conocen. Su corazón es sensible como el de un niñito.

El día que me encontré a Francis Sancher en el Torrente, estaba fumando sobre el corredor. Gruñó:

—¿Y ahora a dónde te fuiste a vagar?

Le di la espalda y me dirigí a mi cuarto. Me siguió y se sentó con todo su peso en la mecedora. Me empecé a peinar para pasar la noche. Luego pregunté, poniendo mucha atención en los acentos de mi voz, porque conozco sus celos.

—¿Qué dice la gente sobre Francis Sancher?

Me miró y sus ojos me quemaban:

—¿Te interesa?

—¿No le interesa a todo el mundo aquí?

—La gente dice que es un cubano. Cuando Fidel abrió las puertas del país, se fue.

—¿Por qué vino para acá en donde no hay trabajo, nada que hacer?

—Ésa es la pregunta.

Hubo un silencio. Luego volvió a empezar:

—Óyeme bien, te voy a contar un cuento.

«Un domingo, en misa, Ti-Mari vio a un hombre que no conocía, todo vestido de blanco, ataviado con un sombrero panamá. A la salida de la iglesia, le preguntó a su madrina:

—¡Madrina, Madrina! ¿Viste a semejante hombre del sombrero panamá? ¿Sabes cómo se llama?»

Me alcé de hombros:

—¡Ya déjate de historias! ¿Me tomas por un bebé de cuna?

Se levantó y salió sin decir nada.

La noche no está hecha para dormir en un lecho como rueda de carreta sumida en el lodo de un campo de caña. Está hecha para soñar despierta, la noche. Está hecha para revivir las pobres dichas de los días. Reviví los momentos con Francis Sancher. Hasta entonces, jamás había acariciado más que un solo cuerpo familiar, sin misterio, tan cercano al mío como el tronco del hule al filodendro epifito. Ahora tenía que descubrir qué era lo que escondía esa forma extraña. Como Ti-Mari, enamorada de su desconocido del sombrero panamá desde la primera ojeada, todo vestido de blanco, tenía que saber quién era.

 

*

En el desayuno, mi padre piafaba como un caballo vicioso. Empezó con Joby, el mayor de sus hijos del segundo lecho, un joven paliducho y que a todo teme:

—¿Por qué gasto mi dinero para mandarte a la escuela, eh? No vales más que los negros haitianos que acarrean estiércol en mi Vivero.

Por una vez, Dinah protestó:

—No se te olvide que le dio dengue. ¡Hasta ayer estuvo en cama enfermo!

Se abalanzó sobre ella:

—¡Cierra la boca cuando les hablo a mis hijos!

Luego se volvió hacia Aristide:

—¿Y eso qué quiere decir, por los truenos de Brest? ¿Mandas desbrozar la sabana?

Aristide no perdió la calma y terminó de tomar su café muy tranquilamente:

—Fui a Martinica y visité el jardín de Balata. A un tipo se le ocurrió sembrar toda clase de flores y de plantas en la propiedad de cambios de aire de su abuela. Y llegan los turistas de todos lados y pagan por entrar. ¿Por qué nosotros no? Tenemos tierra hasta para vender y el clima necesario.

Mi padre se burló:

—¡Salvo que los turistas no vienen jamás por aquí!

—¡Vendrán si hay algo que ver!

Sabía que iban a empezar a echar espuma, a desgarrarse como dos perros, entonces salí al corredor. La mañana es mi momento preferido. Las hojas bailan suavemente en las ramas de los árboles que acaban de despertar bajo el sol. El aire huele a agua. Hecha ovillo en la mecedora en la que desde las seis de la tarde Dinah doma su soledad, vi al Zancudo dejándole el correo a Cornelia.

Si hay alguien que me ha seguido, que me ha espiado con sus ojos mal hendidos, ése es el Zancudo. Un día que paseaba sobre la meseta de Dillon, pues de ahí se ven las nubes correr por encima del mar, me lo encontré, como alma en pena. Me sonrió:

—Buenos días, preciosa, ¿te puedo acortar el camino?

Ni siquiera me tomé la molestia de contestarle. Se quedó un momento balanceándose sobre un pie y luego se fue todo atontado.

Pero esa mañana me pareció que era más bien un regalo del Buen Dios y corrí hacia él:

—Llévame a la tienda, voy a ver si encuentro papel para cartas.

No sabía bien cómo hablar así de repente de Francis Sancher cuando, en la cesta en la que acomoda su correo por paquetes amarrados con ligas de diferentes colores, noté una carta con un nombre raro, de otro lado, totalmente diferente a los de la gente de Rivière au Sel que se apellidan Apollon, Saturne, Mercure, Boisfer, Boisgris, ni qué decir, los Amos se han de haber divertido al bautizarlos: «Francisco Álvarez Sánchez».

Comprendí en seguida, pero me hice la sorprendida.

—¿Es de Rivière au Sel, ése de ahí?

Él gritó:

—¡Deja mi carta! ¿Qué no sabes que si estuvieras en Estados Unidos te meterían a la cárcel?

¿Qué sabe él de Estados Unidos? Aristide fue una vez a Estados Unidos. Con motivo de una exposición de orquídeas en Monterey. Me contó de los pájaros blancos y de los árboles que el fuerte viento raspa a voluntad.

Puse la mano sobre su rodilla dura y puntiaguda como un guijarro de río, se puso a temblar al punto de que llegué a sentir piedad por un cuerpo desgraciado que jamás descubrirá el amor.

—¿Qué sabes de él?

Intentó reír, pero sus ojos resplandecían como los de los insectos:

—¿Qué me das si te digo lo que sé? ¿Un beso?

Ni siquiera respondí. Tartamudeó:

—Su familia era de aquí y él está buscando sus rastros. Eran békés[2] que huyeron después de la abolición.

—¿Eso es todo?

Lo miré de arriba abajo.

—Déjame decirte. Si quieres tu beso, querrás enterarte de otras cosas.

Después de eso, me bajé de su camioneta azotando la puerta. La gente ya nos estaba viendo.

Pero esperé una semana, dos semanas. El Zancudo no vino a verme. También bajé cada noche al Torrente. Francis Sancher tampoco regresó.

De vuelta a casa, rechazaba a Aristide, que no entendía nada y yo mojaba mi almohada con agua salada.

 

*

El amor llega por sorpresa como la muerte. No se acerca con el golpe del gwo-ka.[3] Su pie se hunde despacio, despacio en la tierra suelta de los corazones. De golpe perdí el sueño, perdí el gusto de beber y de comer. Ya no podía pensar más que en esos momentos que pasé en el Torrente y que aparentemente ya no reviviría porque él me había olvidado.

Ese lunes, me acuerdo que era un lunes, pues, como cada semana, mi padre había bajado a La Pointe y había comido en casa de su primo Edgar, el cardiólogo al que no puede ver ni en pintura. La noche descerrajó la puerta ante el gran viento. Siempre hay que recelar del gran viento, de su voz de demente que resuena y rebota a través de montes y sabanas, que se insinúa por todos los intersticios, que siembra el desorden hasta en la calabaza cerrada de nuestras cabezas. Fue él quien plantó esa idea en la mía. Ahí estaba yo, echada en mi lecho, cuando él se puso a dar vueltas alrededor de mí, a picarme:

—¡Ve! Ve. Anda a alcanzarlo. No te quedes ahí a llorar como una magdalena.

Acababa de subir del Torrente, desierto, cuya agua se había enrollado alrededor de mi cuerpo despreciado. ¿Por qué había preguntado: «Te veré otra vez», si no sabía el significado de esas palabras, si no sabía que era una cita lo que estaba haciendo?

A todo lo largo del camino, la luna oblonga había caminado delante de mí, burlándose de mi pena:

—¿Mira, Mira Lameaulnes, en qué te has convertido? En una muñeca de trapo que llora por un hombre.

Ahora que conozco la continuación de esta historia, mi historia, y que acabé siendo devorada como Ti-Mari, ya no entiendo por qué puse todas mis esperanzas en ese hombre al que no conocía en absoluto. Quizá porque venía de Fuera. De Fuera. Del otro lado del agua. No había nacido en nuestra isla de murmuraciones, abandonada a los ciclones y a los estragos de la maldad del corazón de los negros.

De Fuera.

Sí, fue el gran viento quien me plantó esa idea en la cabeza bajo el sofoco del pelo. Idea loca, idea insensata pues iba a regalarle la vida y el amor a alguien que no esperaba más que la muerte.

En la madrugada, aventé en desorden en una cesta caribe todo lo que me caía en las manos. Y luego, salí. El gran viento había caído. El agua de la lluvia escurría, acostaba las largas hierbas de un verde vivo, bañado de fresco. Todo parecía en espera del humor del sol. Por un momento, tuve miedo. Me vi, mujer loca en vestido rameado que tomaba el camino de la desdicha. Estuve a punto de dar marcha atrás. Pero me acordé de la triste vida que dejaba tras de mí y mi deseo de vivir por fin al sol fue más fuerte. Descendí el camino.

 

 

 

Traducción de Ana Inés Fernández

Tomado de Maryse Condé, Traversée de la mangrove, París, © Mercure de France, 1989.

Traducción y publicación hechas con el consentimiento expreso del editor.

 

 

 

NOTAS

[1] Árbol.

[2] Blanco nacido en las Antillas francesas, descendiente de los primeros colonos (N. de la T.).

[3] Tambor.

 

 

 

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Ana Inés Fernández es traductora, con interés particular en la literatura francocaribeña, aunque para vivir traduce artículos académicos sobre temas políticos e internacionales, que de paso también le interesan. Aprendió el oficio sola y después lo reafirmó con el diplomado del IFAL de traducción literaria y humanística. Actualmente estudia la maestría en traducción en El Colegio de México y se titulará con una tesis sobre Traversée de la mangrove, de Maryse Condé.

 

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