Heinrich von Kleist o cómo ser un Auβenseiter sin sobrevivir en el intento

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Personaje ambiguo y atribulado como pocos, Heinrich von Kleist (1777-1811) compendió en su espíritu los vaivenes del romanticismo y el idealismo alemanes, y legó a la posteridad una obra que, a decir de Stephen Vizinczey, lo coloca, junto con Pushkin, Gógol, Tolstoi, Dostoievski, Stendhal y Balzac, como uno de los maestros de la prosa occidental. Mariana López Oliver elabora el perfil de este Auβenseiter que arrostró con su vida la certeza del vacío.


Mariana López Oliver


Aquiles, el pelida de pies ligeros, arquetipo masculino predilecto de la sociedad occidental, cae tras el beso letal de Penthesilea, la mujer que lo ama, reina de las amazonas, quien se suicida tras reconocer lo que ha hecho. Un lugar devastado, con la destrucción y la miseria suspendidas en el aire, se convierte en el paraíso recobrado de dos amantes condenados tras haber escapado de la muerte. El deseo se arrastra por rincones oscuros, recovecos más allá de la conciencia, en una viuda burguesa del siglo XVIII, que advierte lo divino y lo maligno en el mismo hombre: su ángel, su demonio. La marioneta se burla de la torpeza del bailarín humano a sabiendas de que su superioridad y su gracia, del hilo que la encadena directamente con lo divino, que la libera de la gravedad terrenal. Éstos son algunos de los elementos del imaginario de Heinrich von Kleist, el exiliado del mundo de lo bello y lo bueno, el sentenciado por su propia mano.

Kleist pertenecía a la nobleza prusiana y, según dictaba la tradición familiar, debía consagrar su vida a la milicia; sin embargo, para empezar con la cadena de fracasos a los que tendría que sobrevivir, abandonó las armas a los pocos años para dedicarse al estudio de la filosofía y las matemáticas. Entonces ocurrió el suceso que marcaría su vida hasta el final: se enfrentó con el trabajo de Kant, el cual lo despojó de su «más alta meta»: hallar la verdad absoluta. La imposibilidad del hombre de acceder a ésta arrojó a Kleist a una angustia existencial que nunca pudo sobrellevar. De más está decir que el autor de la Penthesilea no era hombre de metas sencillas. Siendo muy joven, se prometió arrancar a Goethe la corona que llevaba en vida para consagrarse como el escritor alemán más grande de todos los tiempos. En esta empresa también fracasó.

Su trabajo literario está situado en medio de dos grandes momentos de la literatura alemana. Por un lado, el clasicismo con la autoridad de Goethe y Schiller enmarcándolo; por el otro, el romanticismo con Novalis o Hoffmann como emblema. Ubicar su obra en un período determinado puede resultar problemático. Kleist tenía un estilo muy particular y sus textos no pertenecen a ningún género que se practicara cotidianamente en esos días; por ejemplo, en Penthesilea utiliza un modelo clásico al que dota de características románticas, haciendo de esta obra un objeto incomprensible para sus contemporáneos. El movimiento romántico en Alemania se desarrolló durante la primera mitad del siglo XIX. Durante este periodo se dio cabida a la existencia de nuevas posibilidades de creación al ampliar el abanico de valores que podían enunciarse: no sólo la luz, la belleza y la virtud eran dignos de ser enaltecidos, sino también la destrucción, la oscuridad y la muerte. El romanticismo alemán exaltó la fuerza de los poderes albergados en el inconsciente, que se manifestaban en el sueño, la magia, los mitos y la nostalgia.

El Teatro de Marionetas es la mejor exposición del pensamiento filosófico de Kleist, así como de la fijación del autor con Kant. Las múltiples alusiones estéticas y connotaciones metafísicas hacen de este texto una pieza de dimensiones polisémicas sumamente interesantes. El argumento central de esta obra es la reflexión que genera la comparación del movimiento ejecutado por marionetas con la danza realizada por un bailarín humano. Esta propuesta de dos mundos que se confrontan entre sí se reafirma en el texto en repetidas ocasiones. Kleist empieza por construir la identidad del bailarín y la marioneta, valiéndose de características que corresponden a una oposición binaria; es claro que el artista y la marioneta pertenecen a dos universos distintos que están relacionados. Las marionetas tienen una carga simbólica evidente: representan estados de inocencia y de gracia, donde el peso del libre albedrío no existe –de ahí su agilidad y ligereza–, mientras que el bailarín evoca el destierro al que el hombre fue condenado tras desobedecer la orden de su creador y aspirar a una libertad y conocimiento que no le correspondía.

La mayoría de las veces el exilio del hombre del paraíso se ha entendido como algo positivo, como una virtud, ya que se ha otorgado más valor a la posibilidad de conciencia y de conocimiento que a la inmortalidad que lleva de la mano a la inconsciencia; sin embargo, Kleist no interpreta al destierro como algo ventajoso, sino como lo contrario. La transición que va de la armonía divina al caos tras del destierro tiene como consecuencia la libertad, la autoconsciencia, el conocimiento, mismos que chocan con el creador y con la armonía del universo. En el exilio, el hombre es incapaz de asir el absoluto, pero gracias a esa chispa de divinidad que aún lo habita, es capaz de evocar a la gracia –perfecta únicamente en la inconsciencia– a través del arte. Éste, así como el espejo, se vuelve en un reflejo del infinito. La armonía del paraíso perdido sólo podría ser recobrada si la conciencia humana pasara a través de éste para reunificarse con la divinidad. El fin del caos, la tragedia de los hombres, tendría lugar tras el retorno a la armonía, es decir, al absoluto. Posibilidad viable sólo tras la muerte.

A pesar de que en nuestros días lo enunciado desde el dolor, el fracaso o las patologías esté sobrevalorado y protegido por una especie de aureola divina que lo dignifica, es innegable que el trabajo literario de Kleist se defiende por sí mismo: la maravilla que despliega en sus versos; la prosa apresurada, parte de largas cadenas a veces imposibles de seguir; el abanico de imágenes que oscilan entre lo bello y lo monstruoso. Kleist es un autor que confronta, que escinde la conciencia, que cuestiona hasta destruir, que se desdobla, que juega y se burla desde su trinchera. Los rasgos más geniales del movimiento romántico permearon su vida y su trabajo literario: la búsqueda del absoluto, la certeza de la inexistencia de verdades universales, el caos, la ironía, la pasión destructora y el culto al infinito, al que se unió tras suicidarse a orillas del lago Wannsee en 1811.

BIBLIOGRAFÍA

Heinrich von Kleist, Kleist Sämtliche Erzählungen, Text und Kommentar, Frankfurt am Main, Deutscher Klassiker Verlag , 1990.

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Mariana López Oliver (Ciudad de México, 1986) estudió Lengua y Literaturas Modernas Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente trabaja en la tesis titulada Representaciones femeninas del romanticismo alemán: de la mujer pasiva a la mujer que actúa. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

6 comentarios

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  3. Mariana Oliver

    Septiembre 12, 2010 at 8:01 pm

    Rosa María, ¿Qué te parece si me contactas vía email y compartimos impresiones? mariana.loliver@gmail.com Kleist está incluido también en mi tesis. Seguro nos será de ayuda a ambas. Saludos

  4. Rosa Ma. Esquivel

    Septiembre 3, 2010 at 9:08 pm

    Mariana, me encantó tu artículo de Kleist, ¿qué opinas sobre su cuento “El terremoto de Chile”?, estoy haciendo una tesis sobre el romanticismo alemán e incluiré a este escritor.
    Gracias

  5. heidi

    Agosto 14, 2010 at 5:29 am

    me gustaría que escribieras algo sobre”Christine Brückner”.
    un saludo y muy pero muy buen articulo!!

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