El remedio

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Edgar Omar Avilés

20 de julio de 1899, Cd. de Valladolid

 

Magnolia, dueña de mis suspiros:

Estoy sentado en mi Luis XV, frente al escritorio donde he redactado tantos versos a nuestros amores, a la luz de una vela que proyecta quimeras que crepitan con el fuego. Mi mano izquierda sostiene un recio puro de los que tú me regalaste, y mi diestra, la pluma de ganso con la que te escribo esta carta. Carta que desconozco si su destino será que tú la leas o si será interceptada por ellos.

Entiendo que te molesta pero, aunque creas que es una locura, tengo la obligación de continuar las investigaciones sobre por qué, de extraña y abrupta forma, las personas de un tiempo a la fecha se convierten en entes de pesadilla. Te adelanto que todo es culpa de los que llamaré, por desconocer su naturaleza, vampiros. Dejando las evasivas, con una desazón que me constriñe el alma, te suplico: ¡no debes comulgar de nuevo! En mis prácticas de arcana alquimia he descubierto que el vino de consagrar, la «Sangre de Cristo», no es sino sangre auténtica, pero profanada; una suerte de hachís con la cual nos han sedado durante siglos. Ellos son quienes por detrás manejan las ideas, la fe y el gobierno.

Guarecido entre sombras y mi miedo, he podido seguirlos para constatar su modus operandi: en las noches dejan su efigie de madera, bajan de sus crucifijos para buscar alguna víctima con la cual saciará la jauría sus instintos; la secuestran para llevarla a sus dominios, le extraen sangre, deforman su rostro, lo mutilan, le injertan órganos inútiles: enormes páncreas colgando de la nuca, falos al término de los dedos, venas y arterias envolviendo el tronco, decenas de anos en los muslos… los pies fundidos en una gran bola de carne, las entrañas invadidas de enfermedades, y más, aún más… Es un ritual que se repite noche tras noche. Sin embargo, lo más terrible, ya que los vuelve entidades secretas pese a su número, es que pueden parar el tiempo; de tal modo, el proceso de la macabra ceremonia no dura nada, ni un segundo. Al final eliminan el atroz recuerdo de la memoria y se burlan implantando en el cerebro de la víctima absurdos conceptos, que atribuyen al filósofo Baruch. ¿Por qué aluden a un filósofo muerto en el siglo XVII? Es uno de los enigmas que algún día espero esclarecer… Luego a la víctima la regresan al lugar de donde fue tomada para que continúe haciendo lo que hacía, independientemente de si estaba en medio de una charla, escribiendo una carta, cabalgando o cualquier otra cosa. Entonces ya será un monstruo, pero no se dará cuenta de ello y querrá continuar con lo que hacía, pero es muy raro que la víctima, con su contrahecho cuerpo y cambiada mente, logre a cabalidad con su labor interrumpida.

Un ejemplo claro, y motor de mis indagaciones, es lo acontecido a mi amada abuela el mes pasado. Estábamos, la familia, celebrándola por sus 80 años. Ella platicaba de sopas españolas y cortes de carne argentinos, cuando de súbito se convirtió en un monstruo. Llenos de horror nosotros, ella no se dio por enterada y continuó  hablando, con esa su lucidez que a todos maravillaba, de algo de lo que –estoy seguro– mi abuela jamás tuvo contacto, ni en libros ni en charlas. Exaltada empezó a versar, de forma docta, sobre la relación entre unos animales mágicos llamados ornitorrincos y el panteísmo de Baruch.

Alguien avisó a la policía y vinieron por ella para realizar pruebas de laboratorio sobre esta nueva y horrible transformación a la que llamaron «enfermedad». Terminaron explotándola con una dinamita cuando empezó a surgirle el hambre, como lo han hecho con cada uno de los cientos de prodigios que ya se han registrado.

Todas estas minucias no tenían el propósito de arrancarte la calma –triste, sé que es inevitable– sino de alertarte de los vampiros: de su poder y perversión. También te doy a saber que he encontrado el remedio; que ya he trazado el modo de erradicar del planeta a ese infesto clan de sangre, y tú eres una pieza fundamental para ello.

¡Oh, mi dulce Magnolia! Mis advertencias no carecen de fundamento. Ten cuidado al escribir y aun al hablar, más ahora que serás poseedora y parte del secreto de cómo destruir a toda esa ponzoña: los estudios, como te he manifestado, me han llevado a la conclusión de que es importante la «p» en «psicología», pues esta nueva ciencia abarca el estudio de la mente. De otra forma, los enredos serían brutales, debido a que «sicología» se refiere al estudio de los higos; ya en numerosas publicaciones el filósofo Baruch nos lo había advertido.

 

Te ama, muy tuyo, Sebastián.

 

 

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Edgar Omar Avilés (Morelia, Michoacán, 1980) es autor de los libros La Noche es Luz de un Sol Negro (Fictticia) y Luna Cinema (Tierra Adentro), entre otrosRecientemente ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala (2011) por Cabalgata en duermevela. 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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