Ni calladitas ni bonitas: cuando las mujeres alzan la voz

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Claudia Pedraza

 

Imaginen recibir de diez a quince bofetadas al día. Algunas, tan fuertes como puñetazos directos a la cara o al estómago. En una semana, sus cuerpos tendrán las marcas de alrededor de cien golpes. En un mes, cerca de quinientos. En un año, serán una persona con el dolor y las heridas de más de cinco mil golpes. ¿Quién se podría acostumbrar a vivir así? Nadie.

Ahora imaginen que esos golpes llegan en ciento cuarenta caracteres. Algunos, en forma de «sutil» bofetada a través de un insulto como estúpida, prostituta, teibolera, malcogida. Otros, en forma de una amenaza que como puñetazo, roba la tranquilidad: un «te voy a matar», «te voy a violar», «te estoy vigilando». No se ven, pero igual causan dolor y heridas.

Eso lo sabe bien Marion Reimers. Como periodista deportiva de un canal de televisión, tiene miles de seguidores en su cuenta de Twitter. Al día, publica entre veinte y treinta tuits, casi todos relacionados con su actividad profesional. Muchas de las respuestas que recibe son de personas que valoran, critican o aportan a su trabajo. Pero otras, más de una docena al día, son bofetadas y puñetazos virtuales. Marion no pudo acostumbrarse a vivir así. No quiso acostumbrarse a vivir así.

Hace casi dos meses, al lado de Verónica Rodríguez y Jimena Sánchez, sus compañeras en Fox Sports, lanzó una iniciativa llamada Versus[1] con la intención de denunciar el ciberacoso que enfrentan en redes sociales. A través de un video, expusieron los miles de tuits intimidantes y violentos con los que despiertan, se duermen y conviven todos los días.

Saben que no son las únicas. Comparten la violencia cotidiana que enfrentan seis de cada diez mexicanas. Comparten la violencia constante que padece el gremio periodístico nacional. Y comparten la violencia sutil (y a veces no tan sutil) con la que trabajan las mujeres en las redacciones de deportes. Por eso alzaron la voz. Y encontraron un eco inesperado.

«No esperábamos tal respuesta. Muchas personas que se han sumado a la iniciativa dicen estar sorprendidas. No se imaginaban que estuviéramos sometidas a ese tipo de acoso. Eso nos habla de un punto ciego muy importante», comenta Reimers, presidenta de Versus, acerca de la respuesta hacia la campaña. En su primera semana, el video registró más de doscientas cincuenta mil visitas y la iniciativa recibió el apoyo de la comunidad periodística, académica y de organizaciones civiles. Fue noticia en diferentes medios nacionales e internacionales, en países como Argentina, España y Colombia. Pero a la par se ha encontrado con la respuesta automática para las mujeres que denuncian la violencia.

«La primera reacción fue la esperada: ellas recibieron más amenazas, los ataques fueron constantes, la gente, sobre todo quienes eran parte de ese ciberacoso, se sintió agredida y reaccionó con más agresiones», comenta Santiago Cordera, secretario de Versus, quien también ejerce el periodismo deportivo como director editorial del sitio juanfutbol.

¿Por qué era la respuesta esperada? Porque cuando las mujeres deciden alzar la voz contra las agresiones, las desigualdades o la discriminación se vuelven blanco de ataque debido a que transgreden uno de los mandatos de la feminidad: el del silencio. El «calladitas se ven más bonitas», ese consejo histórico con el cual se les dice a las mujeres que tienen que aguantar la violencia sin quejarse. Por eso, cuando rompen el mandato, activan una serie de mecanismos sistémicos que tienen por único objetivo callarlas de nuevo: violentarlas más, desacreditarlas, ignorarlas. Para que se sigan viendo bonitas, aguantando los golpes (reales o virtuales), sin incomodar a nadie.

 

La respuesta agresiva: denunciar la violencia en tiempos de troles

Andrea Noel[2] caminaba por la calle cuando un sujeto se le acercó por detrás y le bajó las pantaletas. En la cámara de seguridad de la calle quedó grabado el incidente. Noel, periodista independiente, creyó que el video serviría no solo para levantar la denuncia, sino también para localizar al agresor. Nunca imaginó que con ese video se ganaría miles de agresores más. Esa especie implacable, invisible e impune: los troles. Cuentas anónimas, programadas para atacar, con los discursos más violentos que se pueden encontrar en las redes sociales.

La continuación de esta historia es conocida. El video fue visto por millones de personas. Más de un trol se atribuyó la «hazaña». Desde cuentas con nombres como «Misógino hijo de puta», «Violador» o «El Puerco», Noel recibió respuestas aterradoras. «Te estoy espiando», «A la próxima te voy a violar», «Si te vuelvo a encontrar, en vez de levantarte la falda te voy a matar». Durante las siguientes semanas, la periodista no tuvo tregua.

Las promotoras de Versus también fueron víctimas de los troles tras lanzar la campaña. Como figuras públicas, el «troleo» es una condición sine qua non para quienes trabajan en los medios. Según la Asociación Mexicana de Internet, de un registro de sesenta y cuatro millones de internautas, al menos la mitad usa Twitter. Aunque es la cuarta red social más usada por la población mexicana, es la principal red para la comunidad periodística: funciona como una herramienta de trabajo que permite difundir información, estar en contacto con el  público y expresar opiniones como voces expertas. Pero también implica estar a merced de los troles.

De acuerdo con la investigación del Pew Research Center,[3] 73% de las personas usuarias de Twitter son víctima de alguna agresión virtual. En las mujeres, las agresiones se presentan como insultos, hostigamiento y acoso sexual. En los hombres, solo como insultos… o amenazas para las mujeres con las que están relacionados. Santiago Cordera dice que el troleo es parte de lo que enfrenta la comunidad periodística todos los días. A él le ha tocado enfrentarlo por sus opiniones, sus textos… y también por la relación profesional que lleva con Marion Reimers. «De repente, encontraba mensajes que decían: voy a torturar a tu amiga, voy a subir fotos desnudas de tu novia Marion» y cosas parecidas.

Desde el surgimiento del «troleo», el consejo general ha sido ignorarlos. Don’t feed the troll es la regla con la que se busca desestimar la violencia en redes sociales. Desde esta lógica, el ciberacoso no es real porque ocurre en un espacio virtual. Porque los troles no son personas conocidas. Porque son solo palabras. Pero como señala el mismo Cordera, este camino es peligroso. «Se puede decir que es parte de las redes sociales. Decir que son personas inofensivas, que no tienen un perfil real o que no te van a atacar. Dejarlos de lado. Pero como dijo Verónica el día de la presentación de Versus, lo peor que puedes hacer es acostumbrarte a la violencia».

El consejo de ignorar al trol resulta difícil de seguir si todos los días recibes sus mensajes, como le pasó a Vero. O si un día comienzan a amenazar a tu familia, como le ocurrió a Jimena. O si por años te acechan y te siguen a tu trabajo, a tu casa, a cualquier sitio, como le tocó a Marion. Ellas saben que el «troleo» es violencia que trasciende a lo real. Es una violencia emergente, que bajo nuevas formas y en nuevos espacios repite las mismas agresiones simbólicas y discursivas. Es una violencia anónima contra la que poco se puede hacer. Denunciar en el propio Twitter, con la posibilidad que la denuncia no proceda. Bloquear, con la seguridad de que los troles generarán otras cuentas para atacar. «Trolear», con la posibilidad de engancharse permanentemente. O lanzar una iniciativa como Versus para intentar erradicarla, con el riesgo de recibir más violencia, que no se queda solo en una timeline.

Así le ocurrió a Andrea Noel, quien un mes después de la viralización del video de su agresión, prefirió abandonar el país ante el acoso masivo en todas sus redes sociales. También a Alicia Murillo, quien tras lanzar su proyecto de El Cazador Cazado[4] para exhibir a sus acosadores en la calle, tuvo que aguantar cientos de agresivas llamadas telefónicas porque un trol difundió su número celular en la red. Igual ocurre con Loreto Ballesteros, creadora de la página No son depravados,[5] a quien mes con mes los troles le «tumban» su sitio web para que deje de publicar los nombres de violadores y acosadores de niñas y jóvenes.

El agresivo troleo contra las mujeres que denuncian la violencia se convierte en una guerra en la cual los insultos y amenazas son explícitos. La respuesta violenta funciona como una estrategia para crear miedo y con esto, silenciar. Pero hay otra respuesta, menos explícita pero igual de preocupante, como señala Marion Reimers: la que no viene de los troles, sino de gente con nombre y apellido.

 

El descrédito: denunciar la violencia en tiempos de corrección política

Ana Karen, Ana Beatriz y Estefanía son tres jóvenes mexicanas que un día se hartaron del acoso callejero. Así que decidieron lanzar confeti a sus agresores con una pistola de juguete, cantarles una canción punk y grabarlos con su celular para exhibirlos. Los videos de Las Hijas de Violencia,[6] como nombraron a su colectivo, se hicieron virales. También fueron virales las respuestas que recibieron. «Vestidas así van provocando a los hombres. ¿De qué se quejan?» les escribían en las redes sociales. Lo mismo que a Andrea Noel, cuando levantó su denuncia. Y también a Vero Rodríguez cuando se empezó a difundir el video de Versus. No, no eran comentarios de troles, sino de usuarios comunes y corrientes

No importa el tipo de violencia. Mucho menos el tipo de denuncia. Así sea una iniciativa contra el ciberacoso, una denuncia formal contra una agresión sexual o un performance contra el mal llamado piropo callejero, si las mujeres alzan la voz contra la violencia, hay un cuestionamiento hacia la legitimidad de su denuncia. Este otro mecanismo no aparece en forma de insultos sino de comentarios con los que se reflejan las ideas que justifican la violencia de género.

A Jimena, Verónica y Marion les llegaron por montones. «Si bien estoy de acuerdo con que las mujeres no deben recibir violencia, también es cierto que el respeto se gana», como si el respeto fuera el premio de un concurso de puntos. «Las reporteras profesionales no traen ropa entallada y las taiboleras sí. Por eso las tratan así», como si el profesionalismo se evaluara con el tipo de ropa. «Mandar besitos no es hacer periodismo deportivo, ¿cómo esperan que no las ataquen?», como si hacer un reportaje fuera el pasaporte para transitar por el mundo sin ser violentada. «Yo no niego que el machismo existe, pero ustedes se pasan de machofóbicas», como si tener miedo a los machos fuera un trastorno psicológico. Con estos sutiles comentarios se activa el mecanismo para desacreditar las denuncias de las mujeres, el cual funciona en dos partes: primero, minimizando la violencia; y segundo, culpando a las mujeres por la violencia que reciben.

Semanas después de la presentación de Versus, Tamara de Anda,[7] columnista de El Universal, denunció a un taxista que la acosó en la calle. Cuando la noticia de la denuncia comenzó a circular, los mecanismos del silencio se activaron. Tamara, conocida en las redes como Plaqueta, fue descalificada con adjetivos como «hipócrita», «clasista» y «exagerada» por tuits que había escrito hace siete años. Así, la discusión sobre la agresión no se enfocó en el actuar del taxista. Tampoco en el problema del acoso. Se enfocó en ellas y su calidad moral para tener (o no) derecho a denunciar.

Esto ocurre sistemáticamente en las denuncias públicas contra la violencia de género: se les coloca un pero que minimiza el problema central. «Sí, el taxista la acosó, pero si hubiera sido güero no lo hubiera denunciado». «Sí, el futbolista la golpeó, pero esta actriz solo habla ahora porque quiere publicidad para su nueva serie». «Sí, las molestan en la calle, pero también ellas hacen mucho escándalo con sus pistolas». Curiosamente, estas respuestas no niegan la violencia. Al contrario, aceptan que está mal, pero colocan el tema en segundo plano. Lo importante no es la violencia que se ejerce contra ellas, sino que ellas hacen cosas peores. Como tuitear que el dueño de un antro está bien guapo o disparar una pistola de confeti.

En estos comentarios, quienes las agreden salen de foco, el acto de violencia se minimiza y el cuestionamiento se dirige hacia la mujer que denuncia. Así, se moraliza su actuar y es criticada por cualquier acción. Si se puso minifalda. Si alguna vez posó para Playboy. Si es mal hablada. Si hace mucho escándalo en el metro. Si graba sin permiso a los acosadores. Cualquier cosa que haya hecho, le quita el derecho de quejarse.

Entonces, en lugar de argumentos, se responde con un montón de juicios hacia ellas. Marion entiende bien a los montoneros. «Cuestionarnos es la forma de empujarnos a la autocensura, decirnos que nos callemos. Es comprensible. Cualquier desafío al orden genera resistencia». Para Marion, que las cuestionen significa que su denuncia está despertando incomodidad, que está haciendo ruido. Y eso es mejor que el silencio.

 

La respuesta indiferente: denunciar la violencia en tiempos del incómodo feminismo

A mediados del 2016, Sarah Spain, locutora de ESPN Radio y Julie DiCaro, locutora de 670 The Score, en Estados Unidos, lanzaron un video donde aficionados les leían comentarios recibidos través de sus redes sociales. Con el hashtag #MoreThanMean,[8] el video buscaba llamar la atención sobre las frases sexistas que aficionados, compañeros y deportistas suelen hacerles a las mujeres que trabajan en los medios deportivos. Desde los sutiles «regresa a la cocina», «estás gorda», «no sabes de deportes» hasta el contundente «ojalá  que tu novio te viole». Comentarios tan comunes, que hasta parecen seguir el mismo guion aunque se trate de mujeres diferentes.

En Alemania, Claudia Neuman[9] fue alabada al convertirse en la primera narradora de futbol femenil en la televisión germana, pero cuando empezó a narrar los partidos varoniles de la UEFA, los tuiteros la regresaron a «la cocina». En Inglaterra, Sara Ochard[10] debutó como comentadora de rugby de la BBC, en un duelo donde los aficionados no criticaron la actuación de selección inglesa sino que ella se veía «vieja y gorda». En Canadá, Shauna Hunt,[11] periodista del canal CityNews, enfrentó durante un enlace directo a los aficionados que afuera de un estadio de futbol le gritaron que «se la iban a coger» al pasar detrás de ella. Todas ellas escuchan y leen este tipo de comentarios diariamente como algo que les toca aguantar por trabajar en la masculinizada sección de deportes. Para las periodistas, para los aficionados, para sus colegas, las reacciones contra las mujeres están normalizadas como parte del oficio. Por lo tanto, hay que aceptarlas. Y no quejarse.

Cuando la iniciativa de Versus fue lanzada, las notas sobre el tema se publicaron antes en otras secciones que en las secciones de deportes. El eco llegó después a las redacciones deportivas. La indiferencia resulta comprensible porque como ha señalado la académica Joana Gallego[12], el periodismo exige dejar colgado el género en el perchero; es decir, no hablar de la desigualdad o la discriminación porque se considera que se toma partido. Entonces, denunciar temas de violencia de género, de sexismo o de acosos es mal visto en las mesas de las redacciones de deportes. Y más si estos temas ocurren al interior del propio gremio.

Durante una transmisión del canal colombiano Win Sports, la conductora Andrea Guerrero[13] cuestionó la convocatoria a la selección nacional del jugador Pablo Armero, acusado de atacar a su esposa. «No comparto que mi selección, que tiene a mis ídolos, tenga un hombre que maltrató a su mujer», se atrevió a decir al aire. Como era de esperarse, se activaron los mecanismos mencionados para silenciarla. Los insultos masivos de los troles. Los cuestionamientos de los aficionados hacia su profesionalismo. «¿Con qué cara pregunta eso si una vez se presentó?» «¿Quién se cree ella para juzgarlo? Solo quiere llamar la atención». Al igual que otros casos, el tema de la violencia pasó a segundo plano. Lo cuestionable no era que un hombre denunciado por atacar a una mujer estuviera en la selección. Lo cuestionable fue que una reportera de deportes se fijara en esos temas, que no son deportivos.

Quienes hacen esto reciben el peor «insulto»: son llamadas «feministas». Y si ser periodista deportiva es ya una transgresión a cierto orden, tener conciencia feminista, en un gremio que reproduce de mil y un maneras el machismo, se considera todavía peor. Para Marion Reimers, este es el primer eje que activa la indiferencia. «Por un lado, como sociedad le tenemos muchísimo miedo al feminismo y tiene que ver con la carga de dominación. Está muy malentendido el concepto». Así, en las redacciones de deportes se ignora que el feminismo conlleva todo un planteamiento teórico, filosófico y político. Las periodistas que, por descuido o por valentía, se declaran feministas, son tachadas de fanáticas. Como si el feminismo fuera una afición. Como si denunciar la violencia y la desigualdad fuera igual que echarle porras a los Pumas o al América.

Desde este injustificado descrédito del feminismo, resulta difícil que la comunidad periodística se comprometa abiertamente con estas causas. El miedo a ser tachado como «poco profesional» está latente. Para las periodistas, sumarse a las denuncias no es sencillo porque consideran que se pone en juego la credibilidad que tanto les ha costado conseguir en un gremio que siempre está cuestionando la actuación de las mujeres. «Todas las mujeres hemos enfrentado lo mismo, a lo mejor no de forma directa, pero sí presencialmente. Pero nos han tocado respuesta de colegas, que dicen: “yo simpatizo con la causa pero yo no he enfrentado esto”. Entonces se colocan en la situación ajena, en la que parece que esto lo enfrentamos solo unas cuantas».

La tibieza de los colegas varones obedece a otros motivos. «El segundo eje que genera indiferencia tiene que ver con que en general, quien goza del privilegio, no tiene que luchar por ninguna libertad», explica Marion. Desde este privilegio, para los periodistas, el problema de la violencia lo enfrentan ellas, y por lo tanto, a ellas les corresponde luchar por combatirlo. El último eje de la indiferencia, dice ella misma, es el miedo al rechazo entre pares. «Si apoyas causas de mujeres, asuntos de mujeres, eres mal visto dentro de los grupos de hombres. Criticar el sexismo, avergonzar o señalar a otro hombre por estas actitudes implica un castigo social para quien lo hace».

Así, el gremio aplaude la lucha de las periodistas contra la violencia pero desde cierta distancia. Pocos son los que se comprometen a trabajar para erradicarla. Porque es fácil señalar la violencia cuando la ejercen los otros. Pero cuando se empieza a notar la forma en que todos contribuyen a normalizarla, el tema raspa. Cuando los actos violentos no son las agresiones visibles sino las decisiones cotidianas. La del editor que publica en la contraportada a la «chica del día» en bikini. La del reportero que resalta la belleza de una deportista como principal mérito. La del productor que no incluye en la mesa de análisis a ninguna mujer. La del comentarista que en plena transmisión, califica de «diva» o de «nena» a algún jugador. La de la periodista que critica a su colega por cómo se viste. Actitudes arraigadas en la cultura del periodismo deportivo. No solo en México. Como se ha señalado, ocurren también en Inglaterra, en Estados Unidos, en Canadá o en Colombia. Que ocurra en tantos y tan distintos países nos confirma que el periodismo deportivo está estructurado sobre estas violencias sutiles, casi invisibles, y por lo tanto, difíciles de aceptar. Por eso, para erradicarlas, hay que modificar esa cultura, desde adentro.

A esto le apuesta Versus. Su plan de acción contempla conferencias, talleres de periodismo, manuales de actuación para enfrentar el ciberacoso. Los temas que quieren tocar son la violencia, pero también la desigualdad laboral, el sexismo y el acceso de las mujeres a puestos de decisión. En espacios educativos como escuelas o universidades. Pero también, en alianza con organizaciones e iniciativas que ya tengan experiencia en el tema. En un proyecto a largo plazo y de largo alcance.

A dos meses del proyecto, mantienen el entusiasmo. Ya han enfrentado los mecanismos del silencio. Han recibido más insultos de los que querían denunciar. Han sido cuestionadas. Han chocado con cierta indiferencia. Entonces… ¿por qué el entusiasmo? Porque han encontrado otra posibilidad: la de ser escuchadas. La de romper el silencio. La de construir otras narrativas.

Algo está claro para quienes trabajan en Versus. Y para las Hijas de Violencia, para Plaqueta y muchas más: callar no es una opción. Ya no. No están dispuestas a aceptar el silencio. Lo van a seguir desafiando con pistolas de confeti o con videos, con páginas de denuncia o con performances callejeros, con preguntas incómodas y con tuits de resistencia.  Nunca más «calladitas». Aunque las critiquen. Aunque las troleen. Aunque ya nos las vean «bonitas». Porque más que bonitas, quieren verse vivas, plenas y construyendo otras posibilidades para estar en este mundo.

 

 

NOTAS

[1] http://www.versus.mx/

[2] «Una periodista exhibe en redes al hombre que la agredió sexualmente en la Condesa», Animal Político, 10 de marzo de 2016. Obtenido de: http://www.animalpolitico.com/2016/03/una-periodista-exhibe-en-redes-al-hombre-que-la-agredio-sexualmente-en-la-condesa/

[3] Maeve Duggan, «Online Harassment», Pew Research Center, 22 de octubre de 2014. Obtenido de: http://www.pewinternet.org/2014/10/22/online-harassment/

[4] «Todos los vídeos de “El cazador cazado”», Pikara Magazine, 21 de septiembre de 2012. Obtenido de: http://www.pikaramagazine.com/2012/09/7109

[5] Véase http://no-son-depravados.tumblr.com/

[6] Gabriela García Calderón Orbe, «Las Hijas de Violencia combaten con arte el acoso sexual callejero en México», SinEmbargo, 9 de febrero de 2016. Obtenido de: http://www.sinembargo.mx/09-02-2016/1617801

[7] Arturo Dean, «Una mujer denunció a quien le gritó guapa en la CDMX. Estas son sus razones». Animal Político, 17 marzo de 2017. Obtenido de: http://www.animalpolitico.com/2017/03/plaqueta-guapa-denuncia-acoso/

[8] El video puede verse en: https://www.youtube.com/watch?v=9tU-D-m2JY8

[9] Rebecca Staudenmaier, «Germany’s first female Euro commentator faces sexist outrage online». DW, 18 de junio de 2016. Obtenido de: http://www.dw.com/en/germanys-first-female-euro-commentator-faces-sexist-outrage-online/a-19340658

[10] Fred Nathan, «“Calm down dear”. Female rugby commentator Sara Ochard is taunted by sexist trolls after BBC’s coverage of England vs Fiji», The Sun, 21 de noviembre de 2016. Obtenido de:  https://www.thesun.co.uk/sport/2228403/female-rugby-commentator-sara-orchard-is-taunted-by-sexist-after-bbcs-coverage-of-england-vs-fiji/

[11] «Una periodista canadiense se encara en directo con varios hombres por una frase machista», El peródico, 13 de mayo de 2015. Obtenido de http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/reportera-canada-encara-hombres-frase-machista-fhritp-4182276

[12] Joana Gallego, La prensa por dentro: producción informativa y transmisión de estereotipos de géneroBarcelona, Libros de la Frontera, 2002.

[13] Colombia.com, «Andrea Guerrero recibió amenazas de muerte por hablar de Pablo Armero». 23 de marzo 2017. Obtenido de:  http://www.colombia.com/futbol/eliminatorias/rusia-2018/noticias/sdi607/152973/andrea-guerrero-recibio-amenazas-de-muerte-por-hablar-de-pablo-armero

 

 

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Claudia Pedraza es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga (Michoacán), maestra en Comunicación y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Ha sido reportera, guionista, realizadora, locutora y productora en diversos medios michoacanos. Ha ejercido también la docencia. Como investigadora se ha especializado en el análisis del periodismo deportivo, género y comunicación. Recientemente obtuvo el primer lugar, categoría doctorado, del Concurso de Tesis en Género Sor Juana Inés de la Cruz. (Y le va a los Pumas aunque le rompan el corazón.)

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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