La Revolución como imaginario historiográfico

¿Cuál es el acontecimiento preciso que «celebramos» en este centenario? Una heterodoxa interpretación de Pueblo en vilo, obra clásica del maestro Luis González y González, sirve a Ricardo Nava para señalar que, como cualquier otro acontecimiento histórico de amplio alcance, la Revolución mexicana es una compleja construcción historiográfica que no refleja necesariamente lo que ocurrió en México durante las primeras décadas del siglo XX.

¿Cuál es el acontecimiento preciso que «celebramos» en este centenario? Una heterodoxa interpretación de Pueblo en vilo, obra clásica del maestro Luis González y González, sirve a Ricardo Nava para señalar que, como cualquier otro acontecimiento histórico de amplio alcance, la Revolución mexicana es una compleja construcción historiográfica que no refleja necesariamente lo que ocurrió en México durante las primeras décadas del siglo XX.


Ricardo Nava

No es necesario explicar demasiado para sostener la ocurrencia de este título. Hoy es un lugar historiográfico común sostener que entre 1910 y a lo largo de la primera mitad del siglo XX, no hubo una Revolución mexicana sino muchos movimientos armados y políticos que pasaron de lo regional a lo nacional; de hecho podría sostenerse que éstos aún continúan. Sin embargo, no es un lugar historiográfico común sostener –como haré en este ensayo–, que, así en singular y como se enuncia el acontecimiento de 1910, la Revolución mexicana no es más que un constructo, un artefacto historiográfico cultural que tiene más en común con las formas en que ha sido imaginada y sus efectos en el presente, que con lo que pudo realmente haber ocurrido en las primeras décadas del siglo XX. En otras palabras, eso que aún se denomina Revolución mexicana es un concepto histórico que ha afectado los modos de tratamiento historiográfico de esos sucesos hasta crear un imaginario nacional capaz de desatar los más profundos sentimientos nacionales, los usos políticos y políticas actuales y los hechos del tiempo presente. En la historia de la historia, los historiadores han escrito afectados por este concepto histórico, que en los tiempos líquidos en que habitamos ahora[1], la credibilidad de cambio fundamentado en esta revolución está cuestionada. Habrá que reflexionar por qué puede significar la celebración del centenario desde los imaginarios construidos y afectados por este concepto histórico.

La revolución como un concepto histórico

Reinhart Koselleck, historiador de los conceptos, afirma que esta palabra tiene un contenido semántico que no se agota en los usos y aplicaciones tópicas. Para él, «“Revolución”  indica, más bien, tanto un cambio de régimen o una guerra civil como también transformaciones a largo plazo; es decir, sucesos y estructuras que se introducen profundamente en nuestra vida cotidiana»[2]. Koselleck sostiene que es mejor definirlo convenientemente como un concepto universal elástico[3]. Dos antecedentes históricos constituyen el uso lingüístico de esta palabra, que poco a poco se va a introducir en el vocabulario corriente de los historiadores. El primero de ellos remite a vuelta, retorno al punto de origen del movimiento. Así como se entendía ya con Aristóteles, en el sentido de alternancia política al mismo punto de partida, dado que las formas políticas se pensaban limitadas. El concepto moderno de revolución partió de la obra de Copérnico, De revolutionibus orbium caelestium, con la semántica de referirse a los movimientos circulares de los cuerpos celestes[4]. El concepto de revolución pasa poco a poco de la astrología a la política. Koselleck muestra cómo este concepto estaba ya difundido en lo político y social desde el siglo XVII con nuevos contenidos semánticos. Por ejemplo, para Hobbes, revolución trata de un movimiento circular que osciló de la monarquía absoluta «a través del largo parlamento hasta el parlamento incompleto, de éste a la dictadura de Cromwell y, de vuelta, a través de formas oligárquicas intermedias, a la monarquía, restaurada bajo Carlos II»[5].

Desde esta historización del concepto, Koselleck, evidencia cómo el concepto se consolida ya, incluso como una expresión transhistórica a modo de metáfora consciente de acontecimientos a largo plazo, políticos y sociales[6]. Así es como los ilustrados van a ser leídos posteriormente por la historiografía como los orígenes intelectuales de la revolución.

Por último, y siguiendo esta línea argumentativa, este historiador de los conceptos menciona ocho características del concepto de revolución, de las cuales sólo tomaré tres que permitirán argumentar cómo la historiografía mexicana se escribe bajo los efectos históricos de este concepto hasta producir imaginarios específicos de la Revolución mexicana. Una primera característica es que el concepto de revolución es un singular colectivo (una palabra que nos compete a todos) y, como afirma Koselleck, reúne en «sí mismo los cursos de todas las revoluciones individuales»[7] cargándose de aspectos trascendentales y sirviendo como principio regulador para el conocimiento y acción de todos los hombres incluidos por el concepto mismo. Una segunda característica (en realidad me permito juntar dos), es cómo el concepto está atravesado por la noción de aceleración del tiempo nuevo. Esto es, la posibilidad de acortar el tiempo de manera rápida para traer pronto el futuro (progreso, promesa) al presente. Y por último, el factor importante es que el concepto de revolución pasa de la revolución política a la revolución social, propia de la semántica de la modernidad; crea su contenido a partir del futuro.

La historiografía mexicana afectada por el concepto histórico de revolución

Una obra historiográfica clásica puede venir aquí como ejemplo. Se trata del libro del historiador Luis González y González intitulada Pueblo en vilo[8]. Es una obra que escribe la tradición del pueblo de San José de Gracia en Michoacán. En general, el tiempo histórico de la obra Pueblo en vilo es muy amplio, al estilo de la narrativa de larga duración. Corre desde su génesis geológico, esto es, desde los orígenes de las tierras y poblaciones, hasta el tiempo del autor, 1968.

Por tiempo  histórico se entiende lo que Reinhart Koselleck define no como una unidad referida en última instancia al ser humano, sino un concepto vinculado a unidades políticas y sociales de acción, a hombres concretos que actúan y sufren; incluye a sus instituciones propias y a sus modos de organización social[9].

El tiempo que habita la comunidad josefina, está vinculado a la unidad política establecida historiográficamente por el historiador: la Revolución mexicana. Ésta aparece en el texto como aquello que rompe el ritmo, lento y pausado de la tradición o espacio de experiencia, abriendo una expectativa concreta como lo nuevo. Es la intención de modernidad impuesta desde afuera por una lucha que le es, por demás ajena a San José de Gracia. Ahí, Luis González coloca a los personajes que habitan ese único espacio, que sufren y padecen la intromisión de la consigna de cambio. Porque este autor insistirá, que la revolución no llega de la misma forma a las regiones del Estado-nación, ni con la misma fuerza, ni de manera homogénea.

De hecho, la construcción del tiempo histórico es posible a partir de la ruptura que hace historiográficamente entre pasado y futuro, cuando describe el momento en que a los josefinos les comienza a interesar la vida nacional: «Con todo, al decir que nacen en esta época las pasiones de la nación se alude a otra cosa: al interés puesto en la vida política de la nación»[10]. De esta forma, queda construido el tiempo histórico que permite distinguir entre la irrupción del futuro y la larga y lenta disolución de la tradición. El tiempo histórico queda construido por este historiador con el siguiente enunciado: «lo que sin duda significaba algo muy importante: los inicios de la identificación de San José con la patria mexicana, los primeros brotes de nacionalismo en una aldea distante y muy poco comunicada»[11].

Las consecuencias del tiempo histórico como un  concepto con historicidad tienen que ver con el tiempo histórico moderno, que se experimenta como un período siempre nuevo, que abre como reto el futuro cada vez más ancho, haciendo tabla rasa de la tradición. De ahí que la pregunta que queda de por medio, es por el presente correspondiente, y lo que sería su futuro en tanto ya pasado.

Es precisamente en este lapsus histórico de la modernidad donde se inserta una noción importante, con la que Luis González trabaja los contrastes entre tradición y modernidad. «De aquí en adelante, el progreso despliega un futuro que va más allá del espacio del tiempo y experiencia natural»[12]. Junto a la idea de progreso propia del tiempo histórico moderno, se encuentra un singular colectivo activado, el de revolución.

En consecuencia, los análisis en torno a lo que la historiografía llama Revolución mexicana, como el caso de Pueblo en vilo, están anclados en una tradición, que regula con este término la experiencia previa de los historiadores, que buscan explicar las transformaciones sociales, los cambios políticos y las insurrecciones a partir de una regularidad, constante y causal, como la de revolución. La meta es otorgar una fundamentación al conocimiento histórico en el ámbito académico y en el espacio público. La historiografía mexicana escribe afectada por la revolución como un concepto histórico que le permite construir distintos imaginarios nacionales.

En todo esto, ¿cómo funciona la pregunta por el pasado en la escritura de la historia? ¿Qué del pasado, cuando el concepto histórico de revolución mira sólo hacia la aceleración de lo nuevo en un progreso continuo? La perspectiva de futuro, dice Koselleck, modifica también la orientación de la mirada hacia el pasado, abriendo un nuevo espacio de experiencia con ciertos puntos de fuga y perspectivas, remitiéndose siempre a las diversas fases de la revolución de 1789. Así, nos dice, atestiguamos cómo la revolución se transforma en un concepto perspectivista de carácter filosófico-histórico, que indica una dirección sin retorno.

La revolución mexicana como imaginarios historiográficos

La pregunta por el pasado aparece determinada con los supuestos de la historiografía moderna y afectada por el concepto mismo de revolución, que le interesa ante todo, indagar por la vida social en todos sus aspectos, porque sin esta indagación, la pregunta por el pasado carece de validez. También, al historiador moderno, que separa bien el relato de ficción del relato histórico, le interesa indagar, aunque sea en perspectiva, la verdad del pasado, aquello que puede ser histórico gracias al método del oficio de la historia. De esta manera el relato cobra una lógica que interesa explicar  a partir del caso de Pueblo en vilo.

El relato está centrado en dos figuras opuestas, desplegadas desde el campo propio de la operación historiográfica moderna. La figura del ranchero y la del bandolero[13]. El ranchero contiene en sí, el espacio de experiencia propio de la tradición. En él descansa la puesta en escena de la comunidad josefina, con su sosiego y lentitud a caballo. La vida social del rancho que transcurre repitiendo el pasado por costumbre. En cambio, la figura del bandolero es simbólica del paso de la revolución por la región de San José. Él contiene todo el peso de la representación de estas guerras civiles en manos de caudillos. A su paso por la comunidad, sólo deja sentir la desesperanza de ver truncado su arribo a la modernidad mediante mecanismos sosegados. El bandolero representa la violencia, el caos y el desorden, propios de la lucha del exterior. En otras palabras, la revolución es bandolerismo para los josefinos.

Por eso, ¿qué función tienen estos relatos en donde su protagonista principal, parece decir el autor, no es el Estado-nación, cuando en realidad sí lo es, en tanto mediación con el pasado? Con Pueblo en vilo se sigue teniendo el relato de un Estado que pone en juego a sus héroes para legitimarse a sí mismo, y que a partir de esta historia regional, el protagonista será una comunidad pequeña aparentemente insignificante[14]; un discurso histórico que tampoco pretende que el protagonista sea la revolución misma, como han querido ver algunos[15], pero que se convierte por efecto en lo contrario: un ente real que movió y empujó la historia hasta forjar un nuevo país. Luis González busca que el protagonista sea ante todo, la comunidad ranchera de josefinos avecindados en una pequeña tierra sin importancia para México; sin embargo, esto es sólo un efecto retórico en tanto revela lo contrario.

Así, mediante un artificio literario que el autor crea, la Revolución mexicana aparece tal y como él cree que se vivió en las regiones. No obstante, se está más bien ante una representación de lo real, más no lo real. La obra funciona para resaltar las bondades de la tradición y contrastar su característica de aceleración del progreso, con el ritmo lento  de la comunidad josefina.

La población josefina ha sido descrita para cimentar imaginarios colectivos que se han olvidado por el mundo moderno, y de los cuales carece ya. Afirma las identidades colectivas en una sociedad donde se estaba desarrollando, mediante el consumo de productos modernos, lo individual. Busca reconstruir identidades en proceso de pérdida, y esto, es parte fundamental de la historiografía moderna. Su historia es siempre historia del presente. En este sentido, Pueblo en vilo afirma la idea de nación bajo la de patria. Dicho en otras palabras, para tener conciencia nacional hay que tenerla primero regional. Muestra cómo el pasado, la tradición de esta población habita de alguna manera el espacio social del presente, aunque éste lo niegue por su naturaleza moderna.

En resumen, podría decirse que al separar la modernidad el presente del pasado, necesita de la historia para refamiliarizarse con él, pero busca hacerlo en su opuesto complementario. Con Pueblo en vilo, se puede constatar que la práctica historiográfica tiene como preferencia buscar su identidad en el terreno de la tradición, pues es aquello que cambia lenta, aceleradamente o no cambia. «Por eso el problema se sitúa en las formas silenciosas de representación del pasado»[16].

La Revolución mexicana ha creado un conjunto de imaginarios nacionales que hacen difícil salir de ellos. Permiten el tono festivo, triunfalista y progresista en medio de las celebraciones de los centenarios. Sin embargo, la realidad constituye otra cosa. Como afirma Bauman, el terreno donde descansaban nuestras perspectivas vitales es inestable, como los son los empleos, las redes de amistades, la autoestima y la confianza en nosotros mismos. Para este autor, el progreso ya no es más la manifestación extrema de optimismo radical y de promesa de una felicidad universal compartida y duradera. En cambio, estos tiempos líquidos hacen que los individuos vean el progreso como amenaza de un cambio implacable. Y para aminora ese ritmo vertiginoso (la aceleración del «tiempo nuevo» diría Kosellleck), el sujeto se centra sobre aquello que puede controlar e influir: la minimización del riesgo y de los peligros. Lo que está en juego es la lucha por la seguridad personal[17]. ¿Algo que celebrar acerca del centenario de la Revolución mexicana?

NOTAS


[1] Entiendo la idea de tiempos líquidos tal y como la define Zygmunt Bauman en un libro con el mismo título. Para él, hemos pasado de la fase de una modernidad sólida a una modernidad líquida, la cual se caracteriza por una condición en la que las formas sociales no tiene una forma definida, pues han ido perdiendo su solides. Dicho de otra forma, se ha pasado de una sociedad con certezas más o menos definidas a una sociedad de incertidumbre indefinida. (Tiempos Líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, México, Tusquets Editores, 2009, pp. 7-12).

[2] Reinhart Koselleck, «Criterios históricos del concepto moderno de revolución»,  Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Ediciones Paidós, 1993, p. 67.

[3] Ibíd., p. 68.

[4] Ibíd., p. 71.

[5] Loc. cit.

[6] Ibíd., p. 73.

[7] Ibíd., p. 76.

[8] Luis Gonález y González, Pueblo en vilo, México, Clío/El Colegio Nacional, 1999, 421 pp. (vol. XI, Obras completas).

[9] Reinhart Koselleck, Op.cit., p. 14.

[10] Luis González y González, Op.cit.,  p. 140.

[11] Loc. cit.

[12] Ibíd., p. 36.

[13] Dentro de la historiografía regional, la figura del ranchero está referida principalmente al occidente de México en relación con las haciendas. La construcción que hace Luis González se suscribe en el marco de un imaginario distinto a otro, como le llama Ricardo Rendón Garcini («Preliminares», Historia y Grafía número 5, México, Universidad Iberoamericana, 1995, pp. 7-11), una visión bucólica construida por la cinematografía en oposición al proyecto del gobierno cardenista revolucionario. Combatientes de la reforma agraria cardenista y de tipo nostálgico sobre el Porfiriato y sus élites. Otra representación opuesta a la de nuestro autor sería, la sostenida por los voceros de la revolución. Bajo una perspectiva fuertemente politizada en donde las haciendas y algunos rancheros eran la fuente de la injusticia, causa de la rebelión. Y aunque el ranchero que representa nuestro autor es de carácter mediano económicamente, carga sobre sí el ideal nostálgico por el pasado. De ahí que González y González maneje al ranchero historiográficamente en estas dos líneas para demostrar su apego y al mismo tiempo crítica a la revolución.

[14] En un balance historiográfico del Colegio de México hasta 1966, la Revolución mexicana está inscrita en el ámbito de la historia política. Esta historiografía, por su propio campo, fabrica a los héroes y a su propio proyecto revolucionario (Stanley R. Ross, «Historia política: la revolución Mexicana», 25 años de historia en México, México, El Colegio de México, 1966, pp. 275-277).

[15] Pueblo en vilo ha sido insertado dentro de la historiografía de la Revolución mexicana. Alan Knight se refiere a esta obra como perteneciente a la historia local, enfoque más común de la historiografía de la  Revolución mexicana revisionista, de la cual Luis González es el gran pionero y decano. Permite el giro historiográfico de la revolución, al ámbito regional, quedando la Revolución mexicana como protagonista principal. (Alan Knight, «Interpretaciones recientes de la revolución mexicana», en Secuencia, revista del Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, México, Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, número 13, 1989, pp. 27-28).

[16] Guillermo Zermeño, «En busca del lugar de la historia en la Modernidad», La cultura moderna de la Historia. Una aproximación teórica e historiográfica, El Colegio de México, 1994,  p. 173.

[17] Zygmunt Bauman, Op. cit., pp. 20-21.

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Ricardo Nava Murcia. Es profesor de tiempo completo de la Universidad Iberoamericana en el Departamento de Historia.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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