Medellín en ruinas: espacio y lengua en La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo

Por  |  0 Comentarios

Felipe Oliver

 

 

El argumento de la elogiada novela de Fernando Vallejo La virgen de los sicarios (1994) es más bien simple: Fernando, un hombre maduro, regresa a la tierra natal después de un largo exilio. Como inevitablemente ocurre en estos casos, pronto descubre que el sublimado país de la infancia ha desaparecido para siempre. El drama, sin embargo, es particularmente patético pues el espacio que Fernando ingenuamente conservó intacto en la memoria es en el presente la ciudad de Medellín en la década del noventa, la Medellín de Pablo Escobar, en ese momento la ciudad más peligrosa y violenta del planeta. En palabras del propio Vallejo:

 

Sabaneta había dejado ser un pueblo y se había convertido en un barrio más de Medellín, la ciudad la había alcanzado, se la había tragado; y Colombia, entre tanto, se nos había ido de los manos. Éramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra, y Medellín la capital del odio.[1]

 

La novela se construye entonces a partir de la permanente confrontación entre ambos espacios: la idílica pero extinta Sabaneta recordada por Fernando y el violento Medellín contemporáneo. Un contraste que el autor implícito del texto exacerba de manera consciente a través de la relación amorosa entre el protagonista y Alexis, un sicario de las comunas. Óscar Osorio entiende con lucidez la lógica intrínseca de la novela cuando señala que

 

Fernando vuelve a Sabaneta con Alexis y se encuentra, en lugar de la arcadia del pasado, un barrio ruidoso y atiborrado de sicarios. Esa Sabaneta es ahora el mundo del sicario. Alexis encarna ese presente de violencia, vacío existencial, ruido, corrupción del idioma, que a Fernando le resulta oprobioso, y a la vez encarna la belleza y el sexo, que para Fernando son el único aliciente en ese mundo degradado. El mundo de Fernando está congelado en el pasado y el de Alexis se disuelve en el presente. Es decir, ambos personajes existen según dos modos diferentes de intemporalidad que la relación de los amantes hace confluir a través del sexo y de la muerte.[2]

 

Sobre la relación entre ambos volveré más adelante. Por ahora una precisión: a los diferentes modos de intemporalidad que pone en movimiento la novela habrá que agregar una dimensión espacial que igualmente la define y explica. En efecto, La virgen de los sicarios es ante todo un recorrido detallado por la ciudad de Medellín que pretende dar cuenta de la crisis y la descomposición social. Si acaso vale la expresión, Fernando es un flâneur posmoderno[3] que no descubre con fascinación lo nuevo, al revés, constata con horror la destrucción de lo viejo. Paradójicamente, la muerte del paraíso de la infancia responde en gran medida a una superabundancia de vida.

 

¡Pero miren qué hacinamientos! Millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta y lo que queda de mi niñez, y por donde pasan arrasan.[4]

 

La proliferación de barriadas asentadas de cualquier modo en las montañas que enmarcan la capital de Antioquia supone una sustracción que borra la naturaleza apacible al tiempo que transforma el espacio en una urbe inhabitable. Más sobre las comunas:

 

Las comunas cuando yo nací ni existían. Ni siquiera en mi juventud, cuando me fui. Las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora. Ganas con ganas a ver cuál puede más. En el momento en que escribo el conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo. A los doce años un niño de las comunas es como quien dice un viejo: le queda tan poquito de vida… Ya habrá matado a alguno y lo van a matar. Dentro de un tiempo, al paso al que van las cosas, el niño de doce que digo reemplácenlo por uno de diez. Esa es la gran esperanza de Colombia.[5]

 

Nueva paradoja: el exceso de vida de las comunas, la furia reproductora que posibilitó la emergencia de nuevos barrios en las montañas alguna vez vírgenes recordadas por el narrador, es contrarrestado por un exceso de muerte. Conocida es la interrelación entre pobreza, explosión demográfica y violencia: los sectores más pobres de la sociedad aportan los mayores índices de natalidad, siendo inevitable entonces el surgimiento del hacinamiento. Y el hacinamiento y la pobreza a su vez generan violencia, y la violencia, pobreza. Hablamos de un círculo vicioso muy difícil de romper. Las comunas son un foco permanente de reproducción y violencia, de vida y muerte. A la idiosincrasia de por sí brutal que el narrador atribuye a sus moradores, consecuencia de su «barbarismo rural»,[6] se suma la omnipresencia del narcotráfico; para nadie es un secreto que Pablo Escobar construyó un verdadero ejército de sicarios reclutando a los jovencitos de las comunas, como el propio Alexis.[7] El desplazamiento forzado, el auge del narcotráfico y la proliferación de los cinturones de miseria en los márgenes de la ciudad, fenómenos hoy habituales en las grandes urbes latinoamericanas, sorprenden y aterran al narrador justamente porque sobrevive en el recuerdo la imagen de la sosegada comunidad suburbana anterior. La geografía misma de Medellín, valle circundado por montañas y selva virgen, no logra impedir ni mucho menos dificultar la irrupción de los barrios periféricos. Hasta la cima más lejana de la montaña inabordable se ve de pronto invadida por una plaga de casuchas de cartón que durante el día arrojan multitudes al centro de la ciudad:

 

¿Las aceras? Invadidas de puestos de baratijas que impedían transitar. ¿Los teléfonos públicos? Destrozados. ¿El centro? Devastado. ¿La universidad? Arrasada. ¿Sus paredes? Profanadas con consignas de odio «revindicando» los derechos del «pueblo». El vandalismo por donde quiera y la horda humana: gente y más gente y más gente y, como si fuéramos pocos, de tanto en tanto una vieja preñada, una de esas putas perras paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa. Era la turbamulta invadiéndolo todo, destruyéndolo todo, emporcándolo todo con su miseria crapulosa. «¡A un lado, chusma puerca!».[8]

 

Para el narrador la multitud supone una amenaza, pues lo informe y lo desordenado inspiran terror. Hasta hace unas décadas era todavía posible pensar los cuerpos sociales como entidades «naturales», es decir, como un todo homogéneo espacialmente delimitado dentro de un territorio concreto y representado por entidades primigenias como la familia, la comunidad, el pueblo y la nación. El espacio social era todavía susceptible de ser aprehendido, codificado e incluso representado cabalmente. Al respecto, el propio narrador ofrece un pasaje lleno de sentido: al recordar las navidades vividas durante la infancia en Antioquia, la evocación de un pesebre en particular es capaz de conmoverlo hasta el llanto:

 

El pesebre de la casita que te digo era inmenso, la vista de uno se perdía entre sus mil detalles sin saber por dónde empezar, por dónde seguir, por dónde acabar. Las casitas a la orilla de la carretera en el pesebre eran como las casitas a la orilla de la carretera de Sabaneta, casitas campesinas con techitos de teja y corredor. O sea, era como si la realidad de adentro contuviera la realidad de afuera y no viceversa, que en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta.[9]

 

He aquí una imagen que recuerda al famoso texto de Jorge Luis Borges «Del rigor en la ciencia»: el mapa captura con tanta precisión al territorio que representa que diferenciar al uno del otro se vuelve problemático. Ahora, tanto la ficción de Borges como el pesebre navideño recordado por Vallejo son sólo posibles dentro de los límites del terruño, del espacio idílico siempre idéntico así mismo en el que los habitantes se reconocen como depositarios de una serie de valores y propiedades comunes e inalterables. Pero ese mundo casi premoderno que parecía ajeno al cambio no tardó en desmoronarse hasta volverse irreconocible. Hoy la imagen del cuerpo social unificado es desplazada por la imagen posmoderna de la carne múltiple, amorfa e ingobernable. En palabras de Michael Hardt y Antonio Negri, la carne de la multitud se define como

 

[…] una potencia elemental que expande incesantemente el ser social, produciendo en exceso de cualquier medida tradicional político-económica del valor. Aunque lo intentemos, no podemos sujetar los vientos, las olas, la tierra. Desde la perspectiva del orden y el control políticos, entonces, la carne elemental de la multitud es terriblemente evasiva ya que nunca puede ser completamente atrapada en la jerarquía orgánica de un cuerpo político.[10]

 

¿Cómo detener el avance de las comunas? ¿Es posible integrar la carne de la multitud para construir con y en ella un nuevo cuerpo político y social armónico? El narrador, con el sarcasmo feroz que lo caracteriza, ofrece una solución alternativa: «el paredón. Otra cosa sería buscarle la cuadratura al círculo»,[11] En otro punto de la novela propondrá envenenar el agua de las comunas con cianuro, y en su novela del 2001 El desbarrancadero volverá al problema para invitar al gobierno de China a que utilice las comunas de Colombia como escenario para sus ensayos nucleares. Casi no es necesario decirlo: el mayor atractivo de la prosa de Vallejo reside en la desfachatez con la que defiende posturas políticamente incorrectas, incluso alarmantes. En ese sentido, tanto el genocidio como su defensa de la homosexualidad (pues se trata de una práctica sexual que no multiplica el número de habitantes) se explican desde una lógica higiénica: eliminar el exceso de carne para salvar el cuerpo social. Es decir, reducir o incluso extinguir del todo a la multitud para preservar el espacio en el que habita(ba) apaciblemente la comunidad. En palabras de Carlos Jáuregui y Juana Suárez,

 

Para la ciudad letrada de las últimas décadas del siglo pasado, el malestar por la ciudad fue frecuentemente un malestar de lo nacional frente a las muchedumbres democráticas, la plebe, los inmigrantes, y la abigarrada heterogeneidad lingüística, étnica y política de la multitud. En las últimas décadas del siglo XX, ese imaginario se renueva con las constantes referencias a una ciudad sucia de humanidad, asediada, infectada e infestada de «elementos indeseables». Las metáforas deshumanizadoras se multiplican como en el pasado: «ratas», «peste», «escoria», «basura», «infección». Finalmente, la lógica cultural del capitalismo tardío y de la sociedad de consumo ha dado con un tropo rotundo: «desechables». La ciudadanía es una condición política definida por sustracción, por la marca, separación y disposición de la marginalidad social como desecho humano.[12]

 

Por la velocidad con la que se reproducen y expanden, por el peligro permanente que suponen para la «gente bien», por la devastación natural que acarrea la explosión demográfica, por la contaminación física y auditiva que generan sus habitantes, las comunas son como un virus letal al que es necesario eliminar. El genocidio, por tanto, es una necesidad quirúrgica e incluso estética de la ciudad letrada para contener el exceso de la ciudad real. Se trata, desde luego, de una utopía que encierra el frustrado deseo por volver a lo anterior, por reinstalar un modelo de orden «convencional» perdido para siempre en la realidad pero intacto en la memoria del narrador.

El problema del espacio y su sobreproducción de «carne ingobernable» tiene un correlato en la lengua. En efecto, el cambio radical que constata el narrador al volver a Antioquia alcanza o, mejor dicho, engloba también a la lengua. No hay que olvidar que el narrador se define a sí mismo como el último gramático colombiano e incluso se toma la molestia de extender al lector ciertas lecciones prácticas de corrección gramatical, como la diferencia entre «debe» y «debe de». De ahí que constate con horror la pobreza lexical de Alexis:

 

No habla español, habla en argot o juerga. En la jerga de las comunas o argot comunero, que está formado en esencia de un viejo fondo de idioma local de Antioquia, que fue el que hablé yo cuando vivo (Cristo el arameo), más una que otra supervivencia del malevo antiguo del barrio de Guayaquil, ya demolido, que hablaron sus cuchilleros, ya muertos; y en fin, de una serie de vocablos y giros nuevos, feos, para designar ciertos conceptos viejos: matar, morir, el muerto, el revólver, la policía…[13]

 

La obsesión por la lengua no es un azar o un capricho de Vallejo: al contrario, se trata de un detalle cargado de significación política en Colombia. En un sugerente ensayo titulado «Redentores, ideas y poder en América Latina», Enrique Krauze analiza con lucidez la intrincada relación de la literatura con la política en el subcontinente hispanoamericano. En el caso específico de Colombia, Krauze toma la icónica figura de García Márquez para revisar los inverosímiles pero innegables vínculos entre la hegemonía política del partido conservador y la obsesión por el estudio de la lengua española.[14] Baste por ahora con señalar que en la nación cafetalera al menos cuatro presidentes de la república, un vicepresidente y un buen número de magistrados en su momento publicaron compendios y tratados sobre filología, gramática, ortografía y otras subdisciplinas del lenguaje. Nos enfrentamos, sin duda, a un fenómeno singular, pero no por ello menos efectivo, de toma de posición política: a través de la lengua el partido conservador simbólicamente tiende un puente a España, se legitima en sus raíces latinas para reclamar el derecho a gobernar. Dicho con otras palabras, la preservación de la lengua enmascara la preservación de un orden político y económico surgido en la Colonia, a partir del cual una casta hegemónica se reserva el ejercicio del Poder. Más aún, el estudio de la lengua es una metáfora significativa del poder. La gramática estudia las reglas y principios de la lengua, fija los usos y combinaciones posibles de las palabras. Es decir, contiene y regula el exceso natural de la lengua, intenta estancarla cuando su naturaleza intrínseca tiende al movimiento. Para decirlo todo de una vez, la gramática es la metáfora más acertada del ejercicio político en la medida en que el Poder también clasifica, legitima y controla a la población. El Poder administra el espacio y fija límites espaciales y fronteras simbólicas a los distintos grupos sociales para evitar, en lo posible, el contagio entre grupos en conflicto. La diferencia entre la lengua y el Poder reside en sus respectivos objetos: la gramática asedia a la lengua y el Poder al espacio. «La violencia es el común denominador entre la gramática y la mirada cultural nostálgico-reaccionaria del narrador sobre la ciudad».[15] La perversión de la lengua y la transformación radical del espacio son, más que paralelos, fenómenos interdependientes.

Desde la ostentosa palestra de gramático cobra sentido entonces que el narrador de La virgen de los sicarios insista en la aniquilación de los pobres como la única solución posible a la compleja problemática de la proliferación de las comunas y la perversión del lenguaje. Puede, desde luego, objetarse que Fernando carece de coherencia ideológica pues se enreda sentimental y sexualmente con Alexis, representante de ese mundo que tanto desprecia. Sin embargo, está claro que la novela no pretende caer en la idealización del sentimiento amoroso como un aliciente capaz de enfrentar y vencer las diferencias de clase, ideología, educación o raza. Tampoco aparece el amor como un oasis de esperanza en medio de un país que literalmente se cae a pedazos por el lastre social del narcotráfico, la violencia de los paramilitares, la no menos destructiva utopía de los movimientos guerrilleros de izquierda, el desplazamiento forzado de millones de ciudadanos y la corrupción e ineficiencia del gobierno. Por el contrario, desde el momento mismo en que se gesta el idilio amoroso la relación aparece enviciada por la marca de la prostitución. Baste recordar que el primer contacto entre el narrador y Alexis ocurre en un burdel al que ambos acuden en busca de satisfacer necesidades diferentes. Alexis, antiguo sicario del cartel de Medellín, necesita ganarse la vida pues la muerte de Pablo Escobar supuso el cese de sus «servicios profesionales». El narrador, por el contrario, busca simplemente sexo. De hecho, al terminar el coito Fernando le desliza un billete al jovencito. El narrador habla de amor, pero ofrece y recibe sólo lujuria. Más aún: al morir Alexis pronto lo sustituye por Wílmar e incluso confunde al segundo con el primero: «Le dije a Alexis, perdón, a Wílmar que entráramos»,[16] y más adelante: «¿De qué le estaría dando gracias Alexis, perdón, Wílmar a la virgen?».[17] Para el ilustre gramático, Alexis y Wílmar son objetos desechables en los cuales puede depositar su lujuria, y lo más importante: Fernando guía e instiga los asesinatos de Alexis. En palabras de Nicholas Goodbody,

 

Casi todos los homicidios de Alexis observados por Fernando van precedidos por algún comentario de este último. Si Alexis despacha al vecino hippie de Fernando es porque éste se ha quejado del alto volumen con que el «metalero condenado» escucha su música. En este contexto, si el vecino es «condenado», lo es por el narrador. Todas las víctimas de esta pareja mueren de la misma manera: Fernando los apunta con un comentario y Alexis los asesina con una bala.[18]

 

Amparado en el poder simbólico que le otorga el «correcto» uso del lenguaje, el narrador se reserva además el uso de la violencia, pues la transformación del espacio y el empobrecimiento de la lengua son las dos caras de una misma moneda. El narrador goza sexualmente de Alexis al tiempo que lo utiliza para atacar y herir a la multitud. Por consiguiente, en su relación con los sicarios el narrador remeda la relación sexo-muerte que tanto le exaspera en las comunas. Puede, sin embargo, blandir un argumento en su defensa: la naturaleza homosexual de sus relaciones elimina de antemano el riesgo de la reproducción.

Una última reflexión. En un breve ensayo titulado «Ciudades», Noé Jitrik postula que el discurso moderno en torno a la ciudad –entendiendo por moderno el relato producido a partir del siglo xix por Baudelaire, Melville, Hawthorne, José Martí, etcétera– se articuló desde una dimensión subjetiva y una dimensión objetiva. La primera

 

[…] se relaciona con el mundo del afecto que, actuando en quien miraba,   sentía y sufría la ciudad […], tendía a crearla a partir de los modos de verla, sentirla o padecerla, ahora asumidos semióticamente; la ciudad tenía toda su fuerza de hecho material pero también era posible expresarse expresándola.[19]

 

Por su parte, la dimensión objetiva, «heredera del racionalismo científico»,[20] se propone la producción de modelos –arquitectónicos, filosóficos, literarios– capaces de formular, explicar y reproducir la ciudad. La fusión de ambos órdenes, el subjetivo y el objetivo, supusieron «una operación epistemológico-fenomenológica en virtud de la cual la ciudad fue convertida en objeto cognoscitivo».[21] De esta suerte comenzaron a acumularse los discursos en torno a la ciudad, generando una verdadera taxonomía en torno a un mismo objeto de estudio: la arquitectura, la sociología o la urbanística, por dar sólo unos ejemplos. En cualquier caso, lo que me interesa resaltar es lo siguiente: a partir del siglo xix y hasta bien entrado el xx, la ciudad como espacio podía ser representada, codificada y desplegada desde un modelo analítico determinado. Hoy la complejidad social supera cualquier clave interpretativa, por lo que debemos enfrentarnos a la ciudad privados de la confianza objetiva a la que se refiere Jitrik. Resulta impensable reducir la ciudad, trátese de Medellín o de cualquier urbe contemporánea, a un modelo interpretativo. No existe mapa o pesebre que pueda aprehender el espacio y la complejidad y diversidad de sus prácticas, conflictos y discursos. Despojados de la dimensión objetiva que hace un siglo sostenía la ilusión de aprehender y comprender la ciudad, la única posibilidad que se nos ofrece entonces es la de describirla desde la subjetivad, es decir, desde el particular sentir de quien la transita. En el caso de Vallejo, está claro, la descripción se formula desde la nostalgia por el pasado y la ira hacia el presente.

 

 

NOTAS

[1] Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, Madrid, Alfaguara, 2005, p. 10.

[2] Óscar Osorio, La virgen de los sicarios y la novela del sicario en Colombia, Cali, Colombia, Secretaría de Cultura Valle del Cauca, 2013, p. 169.

[3] Para una profundización de la novela desde la figura del flâneur, véase el interesante artículo Jorgelina Corbatta, «Lo que va de ayer a hoy. Medellín en Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo y La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo», Revista Iberoamericana, vol. LXIX, número 204, 2003, pp. 689-699.

[4] Vallejo, op. cit., pp. 51-52.

[5] Vallejo, op. cit., pp. 28-29.

[6] En un ensayo titulado «Del crimen al amor», Óscar Osorio analiza el diagnóstico que realiza el narrador, Fernando, respecto a la violencia en Colombia en general y sobre el problema de las comunas en particular. De acuerdo con Osorio, «Además de la explicación étnica del talente del colombiano necesariamente inclinado a la violencia y al desorden, el narrador protagonista construye un diagnóstico del problema de la violencia en Colombia que pasa por la argumentación en torno a la incapacidad de las instituciones reguladoras y su influencia en la formación de una sociedad anómica, y la descripción y registro del desarrollo violento y desordenado de las comunas de Medellín y de su lenguaje. Ese diagnóstico es coherente con la idea que define la estructura de la novela, según la cual la violencia colombiana es cíclica y estamos condenados a padecer sin fin este fenómeno. […] Esta constatación le permite al narrador protagonista insistir reiteradamente en la solución que a él le parece la única posible: aniquilar a los pobres. Ahí se completa el proyecto ético-estético de la novela, que está definido por un pensamiento criminal» (Óscar Osorio, «Del crimen al amor», Revista La Palabra, número 26, 2015, pp. 61-73.)

[7]  Véanse los muy conocidos trabajos de Alonso Salazar y Ana María Jaramillo, Medellín: las subculturas del narcotráfico, Santafé de Bogotá, cinep, 1992, así como No nacimos pa’ semilla: La cultura de las bandas juveniles en Medellín, Santafé de Bogotá, cinep, 1990.

[8] Vallejo, op. cit., pp. 64-65.

[9] Vallejo, op. cit., p. 14.

[10] Hardt, M. y Negri, A., Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, Buenos Aires, Random House Mondadori, 2004, p. 228.

[11] Vallejo, op. cit., p. 29.

[12] Ibid., p. 368.

[13] Ibid., p. 23.

[14] Enrique Krauze, Redentores: Ideas y poder en América Latina, México, Random House Mondadori, 2011.

[15] Carlos A. Jáuregui y Juana Suárez, «Profilaxis, traducción y ética. La humanidad “desechable” en Rodrigo D, No futuro, La vendedora de rosas y La virgen de los sicarios», Revista Iberoamericana, vol. LXVII, número 199, 2002, pp. 367-392.

[16] Vallejo, op. cit., p. 92.

[17] Ibid., p. 95.

[18] Nicholas T. Goodbody, «La emergencia de Medellín. La complejidad, la violencia y la différance en Rosario Tijeras y La virgen de los sicarios», Revista Iberoamericana, vol. LXXIV, número 223, 2008, p. 449.

[19] Noé Jitrik, Delicados trazos. Ensayos y tribulaciones, México, Universidad Veracruzana, 2014, p. 137.

[20] Id.

[21] Ibid., p. 138.

 

 

 

 

_____________

Felipe Oliver es doctor en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente trabaja como profesor e investigador en el Departamento de Letras Hispánicas de la Universidad de Guanajuato, México. Es vocero del Cuerpo Académico «Estudios de poética y crítica literaria hispanoamericana», y coordinador académico de la Maestría en Literatura Hispanoamericana.

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *